Herencia Cristiana

 

¿Qué debemos hacer, nosotros cristianos, con los judíos, esta gente rechazada y condenada? Dado que viven con nosotros, no osamos tolerar su conducta ahora que estamos al tanto de sus mentiras, sus injurias y sus blasfemias. De hacerlo, nos convertimos en cómplices de sus mentiras, maldiciones y blasfemias. Ese no es el modo de extinguir el insaciable fuego de la ira divina del que hablan los profetas, ni es el modo tampoco de convertir a los judíos. Con plegarias y el temor a Dios debemos practicar una intensa piedad para intentar salvar de las llamas al menos a algunos. No osamos vengarnos. Una venganza mil veces peor de la que nosotros pudimos desearles ya los tiene agarrados de la garganta. He aquí mi sincero consejo:

 En primer lugar, debemos prender fuego sus sinagogas o escuelas y enterrar y tapar con suciedad todo lo que no prendamos fuego, para que ningún hombre vuelva a ver de ellos piedra o ceniza. Esto ha de hacerse en honor a Nuestro Señor y a la cristiandad, de modo que Dios vea que nosotros somos cristianos y que no aprobamos ni toleramos a sabiendas tales mentiras, maldiciones y blasfemias a Su Hijo y a sus cristianos. Pues Dios perdonará todo lo que toleramos en el pasado sin saberlo —de lo cual yo mismo no estaba al tanto­—. Pero si ahora que estamos al tanto protegiéramos para los judíos una casa levantada justo en frente de nuestras propias narices, en la que mienten sobre Cristo y sobre nosotros, en la que nos blasfeman, maldicen, vilipendian y difaman (como lo oímos más arriba), sería como estar haciéndonos a nosotros mismos todo esto e incluso cosas peores, y eso lo sabemos muy bien.

 En Deuteronomio 13:12, Moisés escribe que cualquier ciudad que se entrega a la idolatría ha de ser totalmente destruida por el fuego y nada de ella ha de preservarse. Si él aún viviera, sería el primero en prender fuego las sinagogas y las casas de los judíos. Puesto que en Deuteronomio 4:2 y 12:32 explícitamente ordenó que no se agregara o sustrajera nada de su ley. Y Samuel dice en 1 Samuel 15:23 que la desobediencia a Dios es idolatría. Hoy la doctrina de los judíos se basa en las adiciones de los rabinos y en la idolatría de la desobediencia, de modo que Moisés se ha vuelto enteramente desconocido entre ellos (como ya lo dijimos antes), tal como la Biblia se volvió desconocida para el papado en nuestros días. Así que, por el bien de Moisés, tampoco sus escuelas pueden ser toleradas; lo difaman tanto como nos difaman a nosotros. No es necesario que tengan sus propias iglesias libres para tal idolatría.

 En segundo lugar, también aconsejo que sus casa sean arrasadas y destruidas. Porque en ellas persiguen los mismos fines que en sus sinagogas. En cambio, deberían ser alojados bajo un techo o en un granero, como los gitanos. Esto les hará ver que ellos no son los amos en nuestro país, como se jactan, sino que están viviendo en el exilio y cautivos, como incesantemente se lamentan de nosotros ante Dios.

 En tercer lugar, aconsejo que sus libros de plegarias y escritos talmúdicos, por medio de los cuales se enseñan la idolatría, las mentiras, maldiciones y blasfemias, les sean quitados.

 En cuarto lugar, aconsejo que de ahora en adelante se les prohiba a los rabinos enseñar sobre el dolor de la perdida de la vida o extremidad. Pues con razón han perdido el derecho a tal oficio al tener cautivos a los judíos inocentes con el dicho de Moisés (Deuteronomio 17:10) en el cual les ordena que obedezcan a  sus maestros so pena de muerte, aunque Moisés claramente agrega: “cuidarás de hacer según todo lo que te manifiesten de acuerdo con la ley de Jehová tu Dios”. Estos villanos hacen caso omiso de esto. Sin ningún miramiento emplean la obediencia de gente inocente en contra de la ley del Señor y les infunden este veneno, maldición y blasfemia. Del mismo modo el papa nos tuvo cautivos con la declaración en Mateo 16:18, “Tú eres Pedro”, etc., induciéndonos a creer todas las mentiras y engaños que surgían de su mente diabólica. No enseñaba de acuerdo a la palabra de Dios y por tanto perdió el derecho a enseñar. 

En quinto lugar, que la protección en las carreteras sea abolida completamente para los judíos. No tienen nada que hacer en las afueras de las ciudades dado que no son señores, funcionarios, comerciantes, ni nada por el estilo. Que se queden en casa. He oído decir que un adinerado judío está viajando por el país con doce caballos su ambición es convertirse en un Kokhba devorando con sus usura príncipes, señores, tierras y gente, de modo que los grandes señores ven esto con ojos celosos. Si vosotros, grandes señores y príncipes, no prohiben con la ley que estos usureros circulen por las carreteras, algún día se juntará una tropa contra ellos, que habrá aprendido de este libro la verdadera naturaleza de los judíos y la manera de tratar con ellos en vez de proteger sus actividades. Dado que vosotros tampoco deben ni pueden protegerlos a menos que deseen ser partícipes de todas sus abominaciones ante los ojos de Dios. Considerad qué bien podría surgir de esto, y evitadlo.

 En sexto lugar, aconsejo que se les prohiba la usura, y que se les quite todo el dinero y todas las riquezas en plata y oro, y que luego todo esto sea guardado en lugar seguro. La razón para una medida como esta, como ya se dijo, es que no tienen otro medio de ganarse la vida que no sea la usura, por medio de la cual nos han hurtado y robado todo lo que poseen. Este dinero no debería ser usado de ningún otro modo que no sea el siguiente: En el caso de que un judío sea sinceramente convertido, le serán entregados cien, doscientos o trescientos florines, según lo sugieran las circunstancias personales. Con esto, podrá establecerse en alguna ocupación para mantener a su pobre esposa e hijos y para el cuidado de los ancianos y los enfermos. Porque estas funestas ganancias están malditas si no son usadas con la bendición de Dios en una causa buena y digna. 

Pero cuando se jactan de que Moisés les permitió u ordenó exigir interés del extraño, citando Deuteronomio 23:20 además de esto no pueden aducir más que una letra en su defensa debemos decirles que hay dos clases de judíos o israelitas. La primera comprende a quienes Moisés, en conformidad con la ley de Dios, guió desde Egipto hasta la tierra de Canaán. A ellos les otorgó su ley, que debían respetar en ese país y no más allá de él, y sólo hasta el advenimiento del Mesías. Los otros judíos son los del Emperador, no de Moisés. Estos datan del tiempo de Pilato, el gobernador de la tierra de Judá. Dado que cuando este último les preguntó frente al pretorio, ¿Qué, pues haré de Jesús, llamado el Cristo? Todos le dijeron: ¡Sea crucificado! ¿A vuestro Rey he de crucificar? Respondieron los principales sacerdotes: No tenemos más rey que Cesar [Mat. 27:22; Juan 19:15]. Dios no les había ordenado tal sumisión al emperador; lo hicieron voluntariamente.

 Pero cuando el emperador les exigió obediencia, se resistieron y se rebelaron contra él. Ahora no querían ser sus súbditos. Entonces vino y visitó a sus súbditos, los reunió en Jerusalén, y los dispersó por todo su imperio, a fin de obligarlos a obedecer. De ellos descendieron los vestigios de los judíos del presente, de quienes Moisés nada conoce, ni ellos le obedecen; pues no merecen ni uno de los pasajes o versículos de Moisés. Si desean aplicar la ley de Moisés nuevamente, deben primero regresar a la tierra de Canaán, convertirse en judíos de Moisés, y respetar sus leyes. Allí pueden practicar la usura todo lo que los extraños les permitan. Pero dado que moran en países extranjeros  bajo el emperador y desde allí desobedecen a Moisés, están obligados a respetar las leyes del emperador y abstenerse de practicar la usura hasta tanto no vuelvan a ser súbditos de Moisés. Pues la ley de Moisés nunca ha pasado un sólo paso los límites de Canaán ni más allá de la nación de Israel. Moisés no fue enviado con su ley a los egipcios, los babilonios, o cualquier otra nación, sino que fue sólo enviado a la gente a quien guió desde Egipto hasta la tierra de Canaán, como él mismo testifica con frecuencia en Deuteronomio. De ellos se esperaba que respetaran sus mandamientos en la tierra que conquistarían más allá del Jordán.

 Además, dado que el sacerdocio, el culto, el gobierno de lo que la mayor parte, de hecho casi la totalidad, de esas leyes de Moisés tratan han perdido su vigencia hace ya más de mil cuatrocientos años, ciertamente las leyes de Moisés también perdieron vigencia y autoridad. Por tanto son las leyes imperiales las que han de aplicarse a estos judíos imperiales. Su deseo de ser los judíos mosaicos no debe consentirse. De hecho, ningún judío lo ha sido hace más de mil cuatrocientos años.

 En séptimo lugar, recomiendo poner o un mayal o una hacha o una azada o una pala o una rueca o un huso en las manos de judíos y judías jóvenes y fuertes y dejar que coman el pan con el sudor de su rostro, como se le impuso a los hijos de Adán (Gén.3:19). Porque no es apropiado que nosotros, malditos goy, trabajemos sin descanso en el sudor de nuestros rostros mientras ellos, la santa gente, se pasen las horas haraganeando junto al hogar, dándose festines y expeliendo sus ventosidades, y, como si fuera poco, haciendo alarde con blasfemias de su señoría por encima de los cristianos por medio de nuestro sudor. No, debemos deshacernos de estos perezosos delincuentes por las asentaderas de sus pantalones.

 Pero si tenemos miedo de que pudieran dañar a nuestras esposas, hijos, sirvientes, ganado, etc., en el caso de que tuvieran que servirnos y trabajar para nosotros —lo cual es razonablemente lógico dado que estos nobles señores del mundo, y venenosos y resentidos gusanos no están acostumbrados a trabajar y además se mostrarían muy renuentes a rebajarse de tal modo frente a los malditos goy—, entonces emulemos el sentido común de otras naciones como Francia, España, Bohemia, etc., calculemos junto con ellos cuánto nos ha arrancado la usura, dividámoslo, dividámoslo conciliatoriamente, pero luego expulsémoslos del país para siempre. Porque, como sabemos, la ira de Dios contra ellos es tan intensa que la piedad diplomática sólo hará que sean cada vez peores, en tanto que una piedad estricta no los reformará más que un poco. Por tanto, de cualquier modo, ¡afuera! 

    Se oye decir que los judíos donan grandes sumas de dinero y de ese modo resultan beneficiosos para los gobiernos. Sí, ¿pero de dónde sale este dinero? No sale de sus propiedades sino de las de los señores y sus súbditos a quienes saquean y roban por medio de la usura. Así los señores toman de sus súbitos lo que éstos reciben de los judíos en forma de beneficencia, es decir, los súbditos están obligados a pagar más en impuestos y son oprimidos para los judíos, para que éstos puedan permanecer en el país, mentir descarada y libremente, blasfemar, maldecir y robar. ¿Cómo estos judíos impíos no van a reírse disimuladamente de nosotros si permitimos que se burlen y gastamos nuestro dinero para permitirles que permanezcan en este país y practiquen todas las maldades habidas y por haber? Una y otra vez dejamos que se enriquezcan a costa de nuestra sangre y sudor; se chupan la médula de nuestros huesos y nosotros permanecemos pobres. Si está bien que un sirviente huésped le dé a su amo o anfitrión diez florines al año y le robe a cambio diez mil, entonces el sirviente o huésped pronto y con facilidad se hará rico mientras que el amo o anfitrión será rápidamente un mendigo.

 Y aún en el caso de que estas sumas que los judíos dan al gobierno fueran de su propiedad, lo cual es imposible, y de este modo compraran la protección que les damos y el privilegio para con tanto descaro difamar, blasfemar, vilipendiar y maldecir pública y libremente a nuestro Señor Jesucristo en sus sinagogas, y además desearnos todos y cada uno de los infortunios, es decir, que nos maten a puñaladas y perezcamos con nuestro Haman, emperador, príncipes, señores, esposa e hijos —esto realmente sería estar vendiendo barato y vergonzosamente a Cristo Nuestro Señor, a la cristiandad completa junto con el imperio entero y a nosotros, con esposa e hijos—. ¡Qué maravilloso santo sería el traidor de Judas comparado a nosotros! De hecho, si cada judío, tantos como hay, pudieran dar cien mil florines al año igualmente no les concederíamos por ello el derecho a calumniar, maldecir, difamar y empobrecer por medio de la usura a un solo cristiano con tanta impunidad. Sería todavía demasiado  barato. Cuánto más intolerable es que permitamos que los judíos compren con nuestro dinero este permiso para calumniar y maldecir a Cristo entero y a todos nosotros, además recompensarlos por esto con riquezas y hacer de ellos nuestros señores, mientras ellos nos ridiculizan y se regodean en su malicia. Un espectáculo delicioso para el diablo y sus ángeles, del cual secretamente se sonríen como se sonríela cerda al contemplar sus desperdicios, pero que de hecho merece la gran ira divina.

 En suma, queridos señores y príncipes, quienes tienen a los judío bajo su gobierno: si mi consejo no os agrada, buscad mejor asesoramiento a fin de que tanto vosotros como nosotros podamos deshacernos de la insoportable, diabólica carga de los judíos. No vaya a ser que para Dios nos volvamos cómplices de sus mentiras, blasfemia, difamación y maldiciones que los judíos se permiten con tanta libertad e impunidad en contra de nuestro Señor Jesucristo, su querida madre, todos los cristianos, toda autoridad y nosotros mismos. No le otorguéis protección, ni le permitáis el libre tránsitos ni la comunión con nosotros. No los instiguéis a adquirir tu dinero o el dinero y los bienes de tus súbditos por medio de la usura. Sin esto, ya tenemos suficiente con nuestros propios pecados, que se remontan al papado y diariamente los engrosamos con nuestra ingratitud y desprecio a la palabra de Dios y toda su gracia divina; de modo que no es necesario también cargar con estos ajeno y vergonzoso vicios de los judíos, y sobre todo pagarles por esto con dinero y bienes. Tengamos en cuenta que ahora peleamos a diario con los turcos, lo que ciertamente requiere de una reducción de nuestros pecados y una reforma de nuestra vida. Con este consejo y esta advertencia fieles deseo limpiar y exonerar mi consciencia.

 Y vosotros, queridos caballeros y amigos que son sacerdotes y predicadores, deseo muy fielmente invitarlos a que recordéis su deber oficial, de modo que vosotros también advirtáis a vuestros feligreses acerca del daño eterno como sabéis hacerlo, es decir, que estén alerta frente a los judíos y que, en la medida de lo posible, los eviten. No obstante, no deben maldecirlos o dañar sus personas. Puesto que los judíos se han maldecido y dañado a ellos mismos más que suficientemente al maldecir a Jesús de Nasaret, el hijo de María, lo cual han estado haciendo desafortunadamente a lo largo de más de mil cuatrocientos años. Dejemos que el gobierno se encargue de eso, como ya he sugerido. Pero más allá de si el gobierno actúa o no, que todos al menos sean guiados por sus propias consciencias y construyan para sí una definición o imagen de lo que es un judío. 

Cuando vuestros ojos se encuentren con un judío o vuestro pensamiento os lleve hacia él, debéis decir para vosotros: ¡Ay, esa boca que estoy contemplando! Ha maldecido, execrado y calumniado cada sábado a mi querido Señor Jesucristo, que me ha redimido con su valiosa sangre; además, rezó y suplicó ante Dios que yo, mi esposa e hijos, y todos los cristianos muramos apuñalados y perezcamos miserablemente. Y él mismo lo haría con todo gusto si pudiera, a fin de apropiarse de nuestros bienes. Tal vez hoy mismo haya escupido muchas veces sobre el suelo invocando el nombre de Jesús, como es su costumbre, de modo que la baba todavía cuelga de su boca y de su barba (si tuviera la oportunidad de escupir). Si comiera, tomara o hablara con una boca tan diabólica, ese plato de comida o vaso de bebida me llenarían de demonios del mismo modo que sin dudas me vuelvo un seguidor de todos los demonios que habitan en los judíos y que se burlan de la valiosa sangre e Cristo. ¡Que Dios me ampare!

 Nada podemos hacer si no comparten nuestra fe. No se puede forzar a nadie a que crea. No obstante, debemos evitar que sientan confirmadas sus mentiras, calumnias, maldiciones y difamaciones desvergonzadas. Ni nos atrevemos a ser partícipes de su sermón endemoniado protegiéndolos, dándoles de comer y beber, ofreciéndoles un techo, y otras amabilidades, sobre todo porque cuando los ayudamos y les servimos con vileza y orgullo hacen alarde de que Dios los ordenó señores y a nosotros sirvientes. Por ejemplo, cuando un cristiano enciende el fuego para ellos en un Sabbath, o cocina para ellos en una taberna, nos injurian y maldicen y difaman, suponiendo que esto es algo meritorio, y así y todo ellos viven de nuestras riquezas, las cuales nos han robado. ¡Vaya que son desesperados, absolutamente malvados, venenosos, y diabólicos estos judíos, quienes durante estos mil cuatrocientos años han sido y todavía son nuestra plaga, nuestra pestilencia y nuestro infortunio!

 Especialmente vosotros pastores, entre quienes los judíos viven, insisten en recordarles a sus señores y gobernantes que tengan presente que su función y su obligación ante Dios es forzar a los judíos a que trabajen, prohibirles la usura, y comprobar sus blasfemias y sus mentiras. Dado que si estos señores y gobernantes castigan entre los cristianos el hurto, el robo, el asesinato, la blasfemia y otros vicios, ¿por qué los diabólicos judíos tienen impunidad para cometer sus crímenes entre nosotros y en nuestra contra? Sufrimos más nosotros a causa de ellos de lo que sufren los italianos a causa de los españoles, que le saquen al anfitrión la cocina, el sótano, el arcón y el monedero, y además lo maldicen y lo amenazan de muerte. De este modo nos tratan los judíos, nuestros invitados —dado que nosotros somos sus anfitriones—. Estos alfeñiques haraganes y barrigas indolentes nos roban y despluman y acechan nuestros cuellos; toman y festejan, la pasan bien en nuestros hogares, y nos pagan maldiciendo a nuestro Señor Jesucristo, nuestras iglesias, a nuestro príncipe y a todos nosotros, amenazándonos, incesantemente deseándonos la muerte y todos los males. Os invito a reflexionar simplemente sobre esto: ¿Cómo puede ser que nosotros, pobres cristianos, alimentemos y enriquezcamos a gente tan inservible, malvada, perniciosa, estos blasfemos enemigos de Dios, sin recibir nada a cambio más que las maldiciones y la difamación y todas los infortunios que pueden infligirnos o nos desean? De hecho, en relación a esto somos tan ciegos e insensibles como los judíos en su falta de fe; padecemos la imponente tiranía de estos viciosos alfeñiques y no percibimos que son nuestro señores, sí, nuestros dementes tiranos, y que somos sus cautivos y sus súbditos. Entre tanto ellos lloran que son nuestros cautivos, y al mismo tiempo se burlan de nosotros... ¡cómo si tuviéramos que tomarlo de ello! 

Pero si las autoridades son renuentes a usar la fuerza y contener la indecencia diabólica de los judíos, estos últimos deberían ser expulsados del país y enviados a su tierra y a sus posesiones en Jerusalén; allí podrán mentir, maldecir, blasfemar, difamar, asesinar, hurtar, robar, practicar usura, mofarse, y permitirse todas esas abominaciones infames que practican entre nosotros. Que nos dejen nuestro gobierno, nuestro país, nuestra vida y nuestros bienes, pero sobre todo a nuestro Señor, el Mesías, nuestra fe, y nuestra iglesia aún no profanada ni corrompida por su tiranía y malicia diabólicas. Cualquier privilegio que imploren no les ayudará; nadie puede otorgar privilegios por practicar tales abominaciones. Cancelan y abrogan todo privilegio.

 Si vosotros, pastores y predicadores, han seguido mi ejemplo y fielmente han realizado las debidas advertencias y sin embargo príncipes y súbditos nada hacen al respecto, sigamos el consejo de Cristo (Mateo 10:14), sacudamos el polvo de nuestros pies y digamos: “Somos inocentes de vuestra sangre”. Pues he observado y con frecuencia experimento cuán indulgente es el mundo pervertido en momentos en que debiera ser estricto, y, a la inversa, cuán severo es en momento en que debiera ser piadoso. Tal es el caso del Rey Acab, según se encuentra documentado en 1 Reyes 20. Ese es el modo en que el príncipe del mundo reina. Supongo que el príncipe ahora querrá mostrarse piadoso frente a los judíos, los enemigos sedientos de sangre de nuestro nombre cristiano y humano, para de ese modo ganarse el cielo. Pero los judíos nos enredan, nos acosan, nos atormentan y nos afligen en todo sentido con los diabólicos y detestables actos mencionados más arriba: esto es lo que quieren que toleremos, y este es un noble acto cristiano, especialmente porque no hay dinero de por medio (¿qué dinero podría haber si nos lo han robado todo ellos?).

 ¿Qué debemos hacer mientras tanto, nosotros predicadores? En primer lugar, debemos confiar en la verdad de las palabras de nuestro Señor Jesucristo cuando declara que los judíos, quienes en vez de aceptarlo lo crucificaron, son “engendros de víboras” (cf. Mateo 12:34). Su precursor, Juan el Bautista, coincide con esta apreciación aun siendo esta gente de su familia. Ahora bien, nuestras autoridades y todos estos piadosos santos (así como quieren que a los judíos les vaya bien) al menos tienen que permitirnos creer en la palabra de nuestro Señor Jesucristo, quien, estoy seguro, tiene un conocimiento más íntimo de todos los corazones del que tienen estos compasivos santos. Él sabe que estos judíos son engendros de víboras, hijos del demonio, es decir, gente que nos concederá los mismos beneficios que su padre, el demonio, y ya tendríamos que haber aprendido tanto de las Escrituras como de la experiencia, cristianos, cuánto desea que nos vaya bien.

 He leído y oído muchas historias sobre los judíos que coinciden con esta apreciación de Cristo, es decir, cómo han envenenado pozos, asesinado, secuestrado niños, como ya fue relatado. Oí que un judío le envió a otro judío, y esto a través de un cristiano, una vasija llena de sangre, junto con un tonel de vino, en el cual, una vez tomado éste, se hallaba a un judío muerto. Hay más historias de este tipo. A causa del secuestro de niños con frecuencia han sido quemados en la hoguera o desterrados (como ya hemos oído). Tengo plena consciencia de que ellos niegan todo esto. Sin embargo, coincide plenamente con la apreciación de Cristo, que declara que son víboras venenosas, amargas, vengativas, engañosas, asesinos, hijos del demonio que hieren y hacen el mal a hurtadillas cuando no pueden hacerlo abiertamente. Es por esta razón que preferiría verlos donde no haya ningún cristiano. Los turcos y otros infieles no tienen que tolerar lo que los cristianos toleramos de estas víboras venenosas y jóvenes demonios. Ni los judíos tratan a ningún otro como nos tratan a nosotros cristianos. En esto estaba pensando cuando dije más arriba que el cristiano no tiene enemigo más enconado y mortificante que el judío. A nadie le concedemos tanto de nosotros y por nadie sufrimos tanto como lo que sufrimos por estos infames hijos del demonio, estos engendros de víboras. 

 Ahora dejadme recomendárselos sinceramente a quien tenga el deseo de protegerlos y alimentarlos y honrarlos, y de ser desplumados, robados, saqueados, difamados, vilipendiados y maldecidos, y de sufrir todos los males en sus manos, las manos de estas víboras venenosas, de estos hijos del demonio, que son los más vehementes enemigos de Cristo Nuestro Señor y de todos nosotros. Y si todo eso no fuera suficiente, dejad que Él se llene la boca de ellos, o se arrastre dentro de sus traseros y haga culto de este objeto sagrado.  Entonces, dejad que se mofe de su piedad, dejad que se mofe de que ha fortalecido al demonio y a su engendro por continuar blasfemando a nuestro querido Señor y la preciosa sangre con la cual nosotros cristianos somos redimidos. Entonces será un cristiano perfecto, lleno de piadosas obras ¡por las cuales Cristo lo recompensará el día del Juicio junto con los judíos en el fuego eterno del infierno! 

 Eso es lo que yo llamo hablar sin decoro de las maldiciones indecorosas de los judíos. Otros escriben mucho sobre esto, y los judíos saben muy bien que se trata de maldiciones pues ellos maldicen y blasfeman conscientemente. Ahora pasemos a hablar más sutilmente y, como buenos cristianos, más espiritualmente sobre esto. Así dice nuestro Señor Jesucristo en Mateo 10:40: “El que me recibe a mí, recibe al que me envió”. Y en Lucas 10:16: “El que a vosotros desecha, a mí me desecha; y el que me desecha a mí, desecha al que me envió”. Y en Juan 15:23: “El que me aborrece a mí, aborrece también a mi padre”. En Juan 5:23: “Que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra a padre que le envió”; etc.

 Estas son, alabado sea Dios, palabras claras y simples, que declaran que todo lo que se hace en honor o en deshonra al Hijo con seguridad también se hace en honor o en deshonra del Padre. Nosotros cristianos no podemos albergar o tolerar ni la menor duda de esto. El que niegue, difame o maldiga a Jesús de Nasaret, Hijo de la Virgen María, también niega, difama y maldice al Padre, quien creó el cielo y la tierra. Pero eso es lo que hacen los judíos, etc.

 Diréis que los judíos no creen ni saben esto porque no aceptan el Nuevo Testamento, a lo que respondo que los judíos pueden saber o creer esto u aquello; nosotros cristianos, no obstante, sabemos que ellos públicamente blasfeman y maldicen al Padre cuando blasfeman y maldicen a Jesús. Decidme, ¿qué le contestaremos a Dios si nos toma para considerar ahora o en el día del juicio, y nos dice: “Escuchad, vosotros cristianos. Estáis perfectamente al tanto de que los judíos abiertamente blasfemaron y maldijeron a mi Hijo y a Mí, vosotros les habéis dado la oportunidad para hacerlo, los protegisteis para que pudieran dedicarse a esto sin obstáculo ni castigo en vuestro país, ciudad, hogar”?. Decidme: ¿Qué le contestaremos?

 Por supuesto, le concedemos a cualquiera el derecho a no creer omissive et privatim (“por negligencia y en privado”); esto lo libramos a la consciencia de cada uno. Pero ostentar esta falta de fe con tanta libertad en iglesias y ante nuestros propias narices, ojos  y oídos, hacer alarde de ella, cantarla, enseñarla, injuriar y maldecir la verdadera fe, y de este modo atraer a otros y obstaculizar a nuestra gente, esa es una historia muy, muy diferente. Y en este sentido nada cambia el hecho de que los judíos no crean en el Nuevo Testamento, que no lo conozcan, y que no le presten atención. Nosotros sí lo conocemos y no podemos permitir que los judíos lo injurien y maldigan al alcance frente a nosotros. Ser testigos de esto y callarlo es hacerlo nosotros mismos. Así los maldito judíos nos cargan con sus diabólicos, blasfemos y horribles pecados en nuestro propio país. 

 

 

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Ultima Actualizacion Diciembre 27, 2002
por greenman_92553 - Elias Bernard

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