Herencia Cristiana
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De
modo que si nosotros no queremos ser condenados por sus pecados, no podemos
tolerar que los judíos blasfemen e injurien públicamente al Dios Padre delante
de nuestros propios oídos blasfemando e injuriando a Jesús Nuestro Señor,
pues Él dice, “El que me aborrece a mí, aborrece también a mi padre”. Del
mismo modo, tampoco podemos tolerar que abiertamente y al alcance de nuestros oídos
digan que el Nuevo Testamento los tiene sin cuidado y que lo consideran una
sarta de mentiras. Esto es lo mismo que decir que Dios Padre no les importa en
lo absoluto y lo consideran un mentiroso, pues este es el libro de Dios Padre,
son sus palabras sobre Su Hijo Jesucristo. Alegar que ignoran o no aceptan este
libro no avala el argumento que pretenden sostener, de hecho lo perjudica.
Porque le incumbe a todos conocer el libro de Dios. Él no lo reveló para que
fuera ignorado o rechazado; quiere que sea conocido, y a nadie exime de ello.
Es
como si un rey nombrara en su lugar a su único hijo y le ordenara al país que
lo considerara su soberano (conservando también él sus derechos de soberano
por razones de herencia natural), y el país en general lo aceptara sin
inconvenientes, pero unos pocos se unieran en oposición alegando desconocer el
tema, aún habiendo el rey confirmado su voluntad con su sello, cartas y otros
testimonios. No atento a esto, este minúsculo grupo insiste en que desconoce el
tema y lo niega. El rey se vería obligado a tomarlos de las orejas, arrojarlos
en un calabozo y encomendárselos al Maestro Hans, para que él les enseñe a
decir: “Estamos dispuestos a aceptarlo”. La alternativa sería encarcelarlos
de por vida, no sea que con su obstinada actitud contagien a otros que sí
quieren aprender todo esto.
Esto
es lo que también ha hecho Dios. Nombró en su lugar a su Hijo Jesucristo y
ordenó que se le rindiera homenaje, de acuerdo con Salmos 2:12: “Rendid
pleitesía al Hijo, para que no se enoje y perezcáis en el camino”. Algunos
judíos hacen caso omiso de esto. Por medio de los apóstoles y de toda clase de
milagros, Dios ofreció su testimonio y asimismo citó las declaraciones de los
profetas. Pero los judíos hicieron entonces lo que hacen ahora; obstinados, se
negaron rotundamente a oír la palabra divina. Es entonces que el Maestro Hans los
romanos llega para destruir Jerusalén, tomar a los villanos por las orejas,
y arrojarlos al calabozo del exilio, que es donde viven aún y de donde nunca
podrán salir, a menos que digan: “Estamos dispuestos a aceptarlo”.
Con
seguridad, Dios no hizo esto secretamente o en algún recoveco o rincón, de
modo que los judíos pudieran tener una excusa para ignorar el Nuevo Testamento
sin pecado. Como lo hicimos constar más arriba, les dio un signo confiable a
través del patriarca Jacob, es decir, que confiaran en que el Mesías llegaría
cuando el cetro fuera quitado de Judá. O, cuando las setenta semanas de Daniel
hubieran expirado; o al poco tiempo de construido el templo de Hageo pero antes
de su destrucción. También les informó por medio de Isaías que cuando oyeran
una voz en el desierto (como sucedió cuando fue quitado el cetro), es decir
cuando oyeron la voz de un profeta y predicador clamando: “Preparad el camino
a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios”; en ese momento
debieron estar seguros de que el Mesías había venido [Isa. 40:3 ff.].
Al
poco tiempo el propio Mesías apareció en la escena, enseñó, bautizó y
realizó un sinnúmero de maravillosos milagros. Esto no lo hizo secretamente,
lo hizo en todo el país, lo que provocó que muchos exclamaran: “Éste es el
Cristo” [Juan 7:41]. También [Juan 7:31]: “El Cristo, cuando venga, ¿
acaso hará más señales que las que éste hace?”. Y ellos mismos dijeron:
“¿Qué hacemos? Porque este hombre hace muchas señales. Se le dejamos así,
todos creerán en él” [Juan 11:47]. Cuando estaba en la cruz, dijeron: “A
otros salvó, a sí mismo no se puede salvar” [Mat. 27:42]. ¿Puede Dios
conceder que estos santos circuncisos desconocen todo esto siendo que las cuatro
declaraciones citadas más arriba (las hechas por Jacob, Hageo, Daniel y David
respectivamente) los condenan, y todas muestran que el Mesías debió haber
venido en ese momento? Varios de sus rabinos también declararon que Él
mendigaba en Roma, etc.
Además,
se encargó de que estuviesen advertidos de no ofenderse por su persona, pues en
Zacarías 9:9 anunció que vendría a Jerusalén “cabalgando sobre un asno”,
desgraciado y humilde, pero como un propicio Rey que enseñaría paz, que
destruiría los carros, los caballos y los arcos (es decir, que no gobernaría
de un modo mundano, como despotrican los furiosos kokhbaitas, esos judíos
sedientos de sangre), y que el señorío de este humilde pero pacífico,
propicio Rey se extendería hasta los confines de la tierra. Es, en efecto, una
declaración muy clara que pone de manifiesto que el Mesías ha de reinar en
todo el mundo sin espada, con pura paz, como un Rey que trae la salvación. Me
sorprende enormemente que el diablo pueda ser tan poderoso como para engañar a
una persona; pero más me sorprende cuando a toda una nación, que se jacta de
ser la gente de Dios, le haga creer algo que discrepa tanto de este texto claro.
Fielmente
les advirtió, además, que no se ofendieran al ver que un hacedor de milagros
tan maravilloso y humilde Rey que había cabalgado sobre un asno permitiera que
lo mataran y crucifiquen. Pues Él ya había ordenado que se advirtiera acerca
de que (Daniel 9:26 e Isaías 53:2 y 52:14) Su Siervo, que asombraría a los
reyes, sería presa de tormentos y aflicciones; pero todo esto sucedería porque
Dios depositó en Él los pecados de todos nosotros, y lo hirió por nuestras
transgresiones, pero Él mismo se convertiría en una ofrenda por los pecados,
intercedería por los transgresores, y por su conocimiento a muchos redimiría.
Así lo manifiesta claramente el texto.
Pero bajo el sol nada más deshonroso que el abuso que han hecho de este
pasaje los blasfemos judíos ha sido visto u oído. Se lo adjudican a ellos
mismos en el exilio. En este momento no tenemos tiempo de tratar este asunto.
Pudieron haber sido ellos quienes padecieron tormentos a causa de nuestro pecado,
quienes soportaron nuestras transgresiones, quienes nos redimieron, e
intercedieron por nosotros, etc.? No existió pueblo más vil que éste, nunca;
habiendo mentido, blasfemado, maldecido, calumniado, habiéndose arrojado a la
idolatría, el robo, la usura y todo tipo de vicios, nos acusan a nosotros
cristianos y a toda la humanidad ante Dios y el mundo más que cualquier otro
pueblo. De ninguna manera rezan por nosotros pecadores, como dice el texto; nos
maldicen con vehemencia, como lo comprobamos con Lyra y Burgensis. La enorme
pereza y malicia lleva a que estos blasfemos sinvergüenzas se burlen de las
Escrituras, de Dios y de todo el mundo con sus insolentes mascaradas, lo cual
hacen de acuerdo con su mérito y verdadero valor.
Luego
de la crucifixión del Rey, en primer lugar Dios presentó los signos apropiados
de que este Jesús era el Mesías. Pescadores humildes, tímidos, incultos,
humillados, que ni siquiera tenían un dominio perfecto de su propia lengua,
dieron el primer paso y predicaron en las lenguas de todo el mundo. El mundo
entero, cielo y tierra, aún se colma de maravilla ante esto. Interpretaron los
escrito de los profetas con poder y un correcto entendimiento; además las señales
y milagros que realizaron produjeron que su mensaje fuera aceptado en todo el
mundo, tanto por judíos como por gentiles. Infinidad de gente, jóvenes y
adultos, lo aceptaron con tal sinceridad que voluntariamente sufrieron horrendos
martirios debido a esto. Este mensaje ha perdurado estos mil quinientos años al
día de hoy, y perdurará hasta el fin de los tiempos.
Si
dichas señales no conmovieron a los judíos de aquel entonces, ¿qué puede
esperarse de estos degenerados judíos que con desdén se rehusa a saber de esta
historia? En efecto, Dios, quien reveló tan gloriosamente todas estas cosas a
todo el mundo, se ocupará de que nos oigan predicar y de que nos vean conservar
este mensaje, el cual no inventamos, sino que oímos en Jerusalén mil
cuatrocientos años atrás. Ningún enemigo, ningún hereje y especialmente ningún
judío ha sido capaz de acallarlo, aún intentándolo por todos los medios. Sería
imposible que este mensaje hubiera perdurado si no fuera porque es el mensaje de
Dios.
Los
propios judíos en su exilio de mil cuatrocientos años deben confesar que este
mensaje ha sido predicado en todo el mundo al alcance de sus propios oídos, que
fue asediado por innumerables herejías, y aún así perduró. Por tanto, Dios
no puede ser acusado de haber hecho todo esto en secreto u oculto, ni de nunca
haberlo puesto ante la atención de los judíos o de otra gente. Pues todos
ellos lo han perseguido con insistencia y vigor durante estos mil quinientos años.
Y aún así los blasfemos judíos se oponen a esto con tanta insolencia y tanta
altivez, como si todo hubiera sido inventado ahora por un borracho que no merece
ningún crédito. Si sienten con la libertad de injuriar y maldecir todo esto
con impunidad, y como si fuera poco nosotros cristianos debemos ofrecerles un
espacio, un hogar; debemos protegerlos y defenderlos para que puedan sin reparos
y libremente injuriar y condenar la palabra de Dios. Y a modo de recompensa
permitimos que nos quiten nuestro dinero y nuestros bienes por medio de la usura.
No,
tu vil padre de estos blasfemos judíos, tú infernal demonio, estos son los
hechos: Dios le ha predicado lo suficiente a tus hijos, los judío, públicamente
y con señas milagrosas por todo el mundo. Lo ha hecho durante casi mil
quinientos años al día de hoy, y sigue haciéndolo. Su obligación era, y aún
es, obedecerle, pero se volvieron insensibles y siempre se resistieron,
blasfemaron y maldijeron. De modo que nosotros cristianos, por nuestra parte,
estamos obligados a no tolerar su licenciosa y consciente blasfemia. Como hemos
oído más arriba: “El que me aborrece a mí, aborrece también a mi padre”
[Juan 15:23]. Dado que si permitimos que hagan esto allí donde nosotros somos
soberanos y los protegemos para permitirles que lo hagan, entonces estamos
eternamente maldecidos junto a ellos por sus pecados y blasfemias, aún siendo
en lo personal tan inocentes como los profetas, los apóstoles y los ángeles. Quia
faciens et consentiens pari poena [“Hacer y consentir merecen el mismo
castigo”]. El que hace, el que aconseja, el que acompaña, el que consiente,
el que oculta… uno es tan pío como el otro. No nos ayuda (y a los judíos
todavía menos) que los judíos se rehusen a reconocer la palabra divina. Como
ya ha sido dicho, nosotros cristianos lo sabemos, y los judíos deberían también
saberlo dado que en estos mil quinientos años lo han escuchado con nosotros,
han contemplado toda clase de milagros, y han visto cómo esta doctrina ha
sobrevivido puramente por la fuerza divina, en contra de todos los demonios y el
mundo entero.
De
esto se puede estar seguro, surge del testimonio tan duradero e imponente: “El
que no honra al Hijo, no honra a padre que le envió”, y el que no tiene al
hijo no puede tener al padre. Los judíos blasfemaron y maldijeron siempre a
Dios Padre, Creador de todos nosotros, simplemente porque blasfemaron y
maldijeron a su Hijo, Jesús de Nasaret, el hijo de María, a quien Dios proclamó
como su Hijo durante mil quinientos años en todo el mundo por medio de las prédicas
y las señales milagrosa en contra de las fuerzas y las artimañas de todos los
demonios y los hombres; y lo proclamará como tal hasta el fin del mundo. Lo
apodan “Hebel Vorik”, es decir, no simplemente un mentiroso e impostor, sino
la mentira y el engaño mismos, incluso más vil que el diablo. Nosotros
cristianos no debemos tolerar que lleven a la práctica esto en sus sinagogas públicas,
en sus libros y en su actitud, abiertamente delante de nuestras narices, al
Alcance de nuestros oídos, en nuestro pías, casa y regímenes. Si lo hacemos,
junto con los judíos y a causa de ellos perderemos al Dios Padre ya su querido
Hijo, que nos compró a un precio tan alto con su santa sangre, y nosotros
estaremos eternamente perdidos, ¡que Dios no lo permita!
En
consecuencia, no puede ni debe considerarse un asunto menor sino como de suma
importancia buscar consejo en contra de esto y salvar nuestras almas de los judíos,
es decir, salvarlas del demonio y la muerte eterna. Mi consejo, como ya dije más
arriba, es:
En
primer lugar, que sean quemadas sus sinagogas y que todo el que pueda arroje
azufre y brea; también estaría bien si alguien pudiera arrojar fuego del
infierno. Eso le demostraría a Dios nuestra seria determinación y serviría de
evidencia para todo el mundo de que fue por ignorancia que toleramos estas casas,
en las cuales los judíos han injuriado del modo más vergonzoso a Dios, nuestro
querido Creador y Padre, y a su Hijo hasta el día de hoy, pero que ahora les
hemos dado su merecida recompensa.
En
segundo lugar, que sus libros sus libros
de plegarias, sus escritos talmúdicos, así como la Biblia entera les sean
quitados, que no se les deje ni una hoja, y que sean preservados para aquellos
que sean convertidos. Pues ellos usan todos estos libros para blasfemar al Hijo
de Dios, es decir, al Dios Padre, Creador del cielo y la tierra, como dijimos
anteriormente; y nunca los usarán de otra manera.
En
tercer lugar, que se les prohiba bajo pena de muerte alabar a Dios, darle las
gracias, rezar y enseñar públicamente entre nosotros y en nuestro país.
Pueden hacerlo en su propio país o donde puedan sin que nosotros nos veamos
obligados a oírlos o saber que lo están haciendo. Esta prohibición se debe a
que sus alabanzas, agradecimientos, plegarias y doctrina son pura blasfemia,
maldiciones e idolatría porque su corazón y su boca llaman al Dios Padre
“Hebel Vorik”, dado que así llaman a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo.
Pues aunque nombren y honren al Hijo, de ese modo nombran y honran también al
Padre. No los ayuda tener palabras altisonantes y preámbulos acerca del nombre
de Dios. Pues en Éxodo 20:7 leemos: “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios
en vano”. Tampoco a sus ancestros les sirvió en el tiempo de los reyes de
Israel que llevaran el nombre de Dios, y aún así lo llamaran Baal.
En
cuarto lugar, que se le prohiba pronunciar el nombre de Dios al alcance de
nuestros oídos. Pues no podemos escucharlo o tolerarlo si procuramos mantener
nuestra consciencia limpia, porque su boca y corazón blasfemos y malditos
llaman al Hijo de Dios “Hebel Vorik”, y por tanto también llaman asía a su
Padre. No puede interpretarlo de otro modo, ni lo hará; así como tampoco
nosotros cristianos podemos interpretarlo de otro modo porque creemos que sea
como fuere que el Hijo es nombrado y honrado, así también ha de ser nombrado y
honrado el Padre. Por tanto, no debemos considerar que la boca de los judíos es
digna de pronunciar el nombre de Dios al alcance de nuestros oídos. Quien oiga
este nombre pronunciado por la boca de un judío debe informar a las autoridades,
o bien, cuando lo vea, arrojarle materia fecal de cerda y echarlo. ¡Y que nadie
sea piadoso y amable en lo que a esto respecta, pues está en juego el honor de
Dios y la salvación de todos nosotros, incluyendo la salvación de los judíos!
Y
si alguno de ellos, o alguien en su nombre, sugiriera que es su intención hacer
ningún mal, o que no se dan cuenta de que sus blasfemias y maldiciones son
blasfemias y maldiciones en contra del Dios Padre alegando que aunque blasfemen a Jesús y a todos nosotros cristianos,
no obstante alaban y honran a Dios contestamos como ya lo hicimos antes: que
si los judíos o quieren admitir esto o no intentan mostrar una mejor cara,
nosotros cristianos, al menos, sí estamos obligados a admitirlo. La ignorancia
de los judíos no ha de ser disculpada, pues Dios ha hecho que esto fuera
proclamado por casi mil quinientos años. tienen la obligación de saberlo; Dios
les exige este conocimiento. Pues quien haya escuchado la palabra de Dios en
estos mil quinientos años y aún así insistiera en que no quiere reconocer lo
que ha sido dicho, alegar ignorancia resultaría una excusa muy pobre. Por esto
incurre realmente en una culpa que se multiplica por siete.
Con
seguridad, en aquel momento ellos no sabían que ésta era la palabra de Dios;
pero en estos mil quinientos años ya han sido informado. Han sido testigos de
maravillosas señales. Sin embargo reaccionaron con furia frente a esto, lo cual
los condenó a vivir en el exilio mil quinientos años. Muy bien, que lo oigan y
lo crean ahora; todo será simple. Si se rehusan es porque nunca lo aceptarán,
están empeñados en maldecirlo por siempre, como sus antepasados lo han hecho
en estos mil quinientos años. De modo que nosotros cristianos, que aceptamos la
palabra divina, no podemos tolerar esta ignorancia y blasfemias eternas entre
nosotros, ni tampoco podemos asumir la responsabilidad que ello conlleva. Que
yerren de regreso a su país, que sean ignorantes y blasfemos allí hasta donde
se les permita, y que no nos sigan cargando a nosotros con sus perversos pecados.
Pero,
¿qué sucederá si finalmente incendiamos las sinagogas de los judíos y les
prohibimos que alaben públicamente a Dios, que recen, enseñen, y pronuncien el
nombre de Dios? seguirán haciéndolo en secreto. Si sabemos que lo están
haciendo en secreto, es lo mismo que si estuvieran haciéndolo públicamente.
Pues conocer sus actos secretos y tolerarlos implica que después de todo no son
secretos, y entonces por esto nuestra consciencia no estará limpia ante Dios.
De modo que debemos tener cuidado. En mi opinión el problema debe ser resuelto
así: si deseamos lavarnos las manos de la blasfemia judía y no vernos
involucrados en su culpa, debemos alejarnos de ellos. deben ser expulsados de
nuestro país. Que piensen en su tierra natal; entonces dejarán de llorarle y
mentirle a Dios en contra de nosotros alegando que los tenemos cautivos, ni
nosotros necesitaremos quejarnos de la carga por su blasfemia y su usura. Esto
es lo mejor que se puede hacer y lo más natural, lo cual protegerá los
intereses de ambas partes.
Pero
dado que se resisten a dejar el país, negarán todo descaradamente y hasta le
ofrecerán al gobierno el suficiente dinero para que se les permita permanecer
aquí. Pobre de quienes aceptan ese dinero, y maldito sea ese dinero, que nos
fue terriblemente robado a través de la usura. Lo niegan con tanto descaro como
con el que mienten. Y allí donde pueden secretamente maldecirnos, envenenarnos
o dañarnos lo hacen sin ningún el menor reparo. Si se los encuentra
perpetuando el acto o se los acusa de algo, son lo suficientemente atrevidos
como para negarlo impúdicamente, aún al punto de morir, debido a que no nos
consideran dignos de conocer la verdad. De hecho, estos santos hijos de Dios
consideran que todo daño que pueden desearnos o infligirnos es una enorme
servicio a Dios. En efecto, si tuvieran el poder de hacernos lo que nosotros
podemos hacerles a ellos, ninguno de nosotros viviría más de una hora. Pero
dado que no poseen el poder de hacerlo públicamente, en sus corazones continúan
siendo nuestros asesinos cotidianos y enemigos sedientos de sangre. Sus
plegarias y maldiciones son evidencia de esto, así como también la
significativa cantidad de historias que relatan la tortura de niños y todo tipo
de crímenes por los cuales fueron quemados en la hoguera o desterrados.
Por
tanto, creo firmemente que practican cosas muchos peores secretamente de las que
se encuentran registradas sobre ellos en las historias y otros relatos,
confiando entre tanto en sus desmentidos y su dinero. Pero aún si pudieran
desmentir todo lo demás, no podrían desmentir que a nosotros cristianos nos
maldicen abiertamente; no por llevar una vida impía, sino porque consideramos
que Jesús es el Mesías, y porque ellos se ven a ellos mismos como nuestros
cautivos, aunque saben muy bien que esto último es una mentira, y que en
realidad son ellos los que por medio de la usura nos tienen cautivos a nosotros
en nuestro propio país, y que cualquiera se alegraría de deshacerse de ellos.
Al maldecirnos están maldiciendo a Nuestro Señor; y si maldicen a Nuestro Señor,
también maldicen a Dios Padre, el Creador del cielo y la tierra. Por tanto,
mentir no les es inútil. Maldecir los condena, de modo que estamos obligados a
creer todos los actos malvados que se registran realizados por ellos. Sin lugar
a dudas, hacen muchas más cosas y más impías de las que sabemos y descubrimos.
Pues Cristo no miente ni nos está engañando cuando declara que son víboras e
hijos del demonio, es decir, asesinos y enemigos de Él y todos sus seguidores,
siempre que les resulta posible.
Si
yo tuviera poder sobre los judíos, como tienen nuestros príncipes y ciudades,
por partes me ocuparía de su falaz boca. Tienen una mentira con la que
perpetuaron mucho daño entre sus hijos y su gente, y con el cual calumniaron
nuestra fe vergonzosamente: es decir, nos acusan y nos difaman entre su gente,
manifestando que nosotros cristianos adoramos a más de un Dios. De esto se
jactan y se enorgullecen sin límites. Engañan a su gente afirmando que son los
únicos que adoran a un Dios, omitiendo incluirnos a nosotros los gentiles. ¡Oh,
engreídos son con respecto a esto!
Aunque
están al tanto de que esto es una injusticia y de que están mintiendo como
maliciosos y perversos sinvergüenzas, aunque por mil quinientos años han oído
que todos nosotros cristianos lo negamos, continúan tapando sus oído como víboras
y se rehusan deliberadamente a oírnos, y en cambio insisten en que sus mentiras
venenosas acerca de nosotros deben ser aceptadas por su gente como si fueran la
verdad. Esto lo hacen aún cuando leen en nuestros escritos que coincidimos con
las palabras de Moisés en Deuteronomio 6:4: “Oye, Israel: Jehová es nuestro
Dios, Jehová uno es”, y que nosotros confesamos, públicamente y en privado,
con nuestros corazones, bocas y escritos, nuestra vida y nuestra muerte, que no
hay más que un sólo Dios, de quien habla Moisés aquí y a quien los judíos
invocan. Digo, aun sabiéndolo y habiéndolo oído y leído por casi mil
quinientos años, de nada les sirve; tienen que sostener sus mentiras, y
nosotros cristianos debemos tolerar que nos injurien diciendo que adoramos a
muchos dioses.
Por
tanto, si tuviera poder sobre ellos, reuniría en asamblea a sus sabios y a sus
líderes y les ordenaría, so pena de perder sus lenguas desde la raíz, a
convencernos en ocho días de la verdad de sus aseveraciones y probar esta
blasfema mentira en contra de nosotros: que alabamos a más de un verdadero Dios.
Si lo lograran, ese mismísimo día nos convertiríamos al judaísmo y seríamos
circundados. Si no lo lograran, deberían atenerse a recibir el castigo que
merecen por sus vergonzosas, perversas, funestas y venenosas mentiras. Dado que,
gracias a Dios, después de todo no somos tan gansos, ineptos y duros como estos
inteligentísimos rabinos, estos tontos inconscientes, piensan; que sabemos que
no se puede creer sinceramente en un Dios y muchos dioses simultáneamente.
De
ningún modo será capaz ni un judío ni el propio diablo de probar que nuestra
fe en que la única, eterna Divinidad se compone de tres personas implica que
nosotros creemos en más de un Dios. Si los judíos sostienen que no pueden
entender cómo tres personas pueden ser un solo Dios, ¿por qué entonces su
blasfema, maldita, falaz boca niega, condena y maldice lo que no puede entender?
Una boca así debe ser castigada por dos razones; en primer lugar, porque
confiesa que no lo puede entender; en segundo lugar, porque blasfema algo que de
todos modos no entiende. ¿Por qué no preguntan primero? Es más, ¿por qué en
mil quinientos años que lo han oído se han negado a aprenderlo o entenderlo?
Consiguientemente, una falta de entendimiento tal no los ayuda ni los disculpa,
tampoco a nosotros cristianos si lo seguimos tolerando. Como ya fue dicho,
debemos obligarlos a probar las mentiras sobre nosotros o sufrir las
consecuencias. Pues quien nos calumnia e injuria diciendo que somos idólatras
en lo que a esto respecta, calumnia e injuria a Cristo, es decir, a Dios, llamándolo
ídolo. Pues es de Él de quien aprendimos y recibimos esto como palabra y
verdad eternas, confirmadas por señales, y confesadas y enseñadas por casi mil
quinientos años ya.
No
ha nacido aún, ni nacerá jamás, nadie que pueda comprender cómo puede brotar
el follaje de la madera o de un árbol, o cómo puede crecer hierba de una
piedra o de la tierra, o cómo son concebidas las criaturas. Y sin embargo estos
indecentes, ciegos, empedernidos mentirosos suponen entender y conocer lo que
sucede por fuera y más allá de la criatura en la oculta, incomprensible,
inescrutable y eterna esencia de Dios. Aunque sólo con dificultad y débil fe
podemos entender lo que nos ha sido revelado acerca de esto en veladas palabras,
ellos dan rienda suelta a su terrible blasfemia y califican a nuestra fe de
idolatría, lo cual es reprochar y difamar al propio Dios por idólatra. Tenemos
pleno convencimiento en nuestra fe y nuestra doctrina; y ellos también tendrían
que comprenderlo, habiendo oído por mil quinientos años que es por Dios y
desde Dios a través de Jesucristo.
Si
esta gente tan vulgar se hubiera expresado más amablemente y hubieran dicho:
“Los cristianos adoran un Dios, no varios, y nosotros estamos
cometiendo una injusticia al alegar que adoran a más de un Dios; aunque sí
creen que la Divinidad se compone de tres personas. Nosotros no lo entendemos
pero estamos dispuestos a permitir que los cristianos sean fieles a sus
convicciones”, etc. Esto hubiera resultado sensato. Pero vuelven, impulsados
por el demonio, a caer en esto como las sucias cerdas caen en el comedero,
difamando e injuriando lo que se niegan a aceptar. Sin más preámbulos,
declaran: Nosotros judíos no lo entendemos ni queremos entenderlo; por tanto
está mal y es idólatra.
Esta
es la gente que para quienes Dios nunca ha sido Dios sino un mentiroso en la
persona de todos los profetas y apóstoles, sin importar cuánto ha predicado
Dios a esta gente. Esto resulta en que no pueden ser la gente de Dios, sin
importar cuánto enseñen, griten y recen. No oyen a Dios; de modo que Él, a su
vez, no los oye a ellos, como se lee en Salmos 18:26: “Puro te mostrarás para
con el puro, Y con el ladino, sagaz”. La ira de Dios los ha superado. Me
resisto a pensar en esto, y no ha sido una tarea agradable para mí escribir
este libro al verme obligado a recurrir una vez a la furia, otra a la sátira a
fin de apartar mis ojos del terrible espectáculo que ofrecen. Me ha dolido
mencionar su horrible blasfemia con respecto a nuestro Señor y a su querida
madre, lo cual a nosotros cristianos nos apena oír. Perfectamente entiendo lo
que San Pablo quiere decir en Romanos 10 [9:2] cuando dice que se entristece al
pensar en ellos. Pienso que todo cristiano experimenta lo mismo cuando
reflexiona seriamente, no sobre los infortunios temporales ni el exilio del que
los judíos se lamentan, sino sobre el hecho de que están condenados a
blasfemar, maldecir e injuriar a Dios y todo lo que pertenece a Dios porque
recae sobre ellos una maldición eterna, y que ellos se rehusan a oírlo y a aceptarlo pero
consideran todos sus actos como muestras de fervor hacia Dios. ¡Oh, Dios, Padre
Celestial, cede y haz que tu ira contra ellos sea suficiente y llegue a su fin,
por tu querido Hijo! Amén.
Deseo
y pido que nuestros gobernantes, que tienen súbditos judíos, muestren una
aguda piedad hacia esta maldita gente, como fue sugerido más arriba, para ver
si esto les es de ayuda (lo cual es poco probable). Deben actuar como un buen médico
que cuando se encuentra frente a un cuadro de gangrena sin piedad procede a
amputar, serrar o quemar carne, venas, hueso y médula. Este tipo de
procedimiento debe seguirse del siguiente modo. Incendiad sus sinagogas,
prohibid todo lo que enumeré anteriormente, oblligadlos a trabajar, y tratadlos
con rigor, como lo hizo Moisés en el desierto masacrando tres mil no fuera que
pereciera el pueblo entero. Seguramente no saben lo que están haciendo; además,
como gente poseída, no desean saberlo, oírlo o aprenderlo. Por tanto, no estaría
bien ser piadosos y confirmarlos en su conducta. Si esto es en vano, tendremos
que expulsarlos como perros rabiosos a fin de no convertirnos en cómplices de
su abominable blasfemia y todos sus otros vicios y por ello merecer la ira de
Dios terminar malditos junto a ellos. He cumplido con mi cometido. Ahora que
cada cual haga su parte. Yo estoy exonerado.
Por
último desearía decir esto para mí mismo: Si Dios no fuera a darme ningún
otro Mesías que aquél que los judíos desean y esperan, preferiría ser una
cerda a ser un ser humano. Citaré una buena razón para esto. Lo único que le
piden los judíos a su Mesías es que sea un kohkba y un rey mundano que nos
masacre a nosotros cristianos y reparta el mundo entre los judíos y haga de
ellos señores y finalmente muera como otros reyes y mueran sus hijos después
de él. Pues esto declara un rabino: No debes suponer que será diferente en
tiempos del Mesías de lo que ha sido desde la creación del mundo, etc.; es
decir, habrá días y noches, años y meses, verano e invierno, tiempo de
siembra y de cosecha, vida y muerte, comer y beber, dormir, crecer, digerir,
eliminar; todo seguirá su curso, sólo que los judíos serán los amos y poseerán
todo el oro, los bienes, los placeres y las delicias del mundo, mientras que
nosotros cristianos seremos sus servidores. Esto coincide enteramente con los
pensamientos y las enseñanzas de Maoma. Él asesina cristianos como les gustaría
hacer a los judíos, ocupa la tierra, toma nuestros bienes, nuestras alegrías y
placeres. Si él fuera un judío y no un ismaelita, los judíos lo hubieran
aceptado como Mesías hace mucho tiempo atrás, o lo hubieran convertido en el
kokhba.
Aún
teniendo todo eso, o pudiendo convertirme en el líder de Turquía o en el Mesías
que los judíos esperan, igualmente preferiría ser una cerda. ¿Pues en que me
beneficiaría todo esto si no tendría la seguridad de mantenerlo por más de
una hora? La muerte, esa terrible carga y plaga de toda la humanidad, no habría
dejado de amenazarme. No me habría librado de ella; tendría que temerle a cada
hora. Aún me haría temblar el infierno y la ira de Dios. Y no le conocería
ningún final a todo aquello, tendría que esperarlo para siempre. El tirano
Dionisio ilustró esto muy bien; él contó de una persona que alababa su buena
fortuna en la cabecera de una mesa
repleta de comida. Por encima de su cabeza colgó una espada desenfundada que
colgaba de un hilo de seda, y
debajo de él encendió un fuego ardiente diciendo: Comed y divertiros, etc. Tal
es la clase de placeres que un Mesías como este concedería. Y yo sé que quien
haya saboreado el terror a la muerte o la carga de la muerte preferiría ser una
cerda a soportarlo por siempre.
Pues
una cerda se tumba en su lecho de plumas, en la calle o en un estercolero;
descansa protegida, ronca suavemente, duerme plácidamente, no le teme ni al rey
ni al señor, no le teme a la muerte ni a l infierno, no le teme al demonio ni a
la ira de Dios, y vive sin preocupación alguna en tanto tenga su salvado. Y si
el emperador de Turquía fuera a acercarse con todo su poder y toda su ira, ella
en su orgullo no movería ni un pelo por él. Si alguien la despertara, ella,
supongo, lanzaría un gruñido y luego diría: Eh, tonto, ¿por qué me
despiertas? No tenéis ni la décima parte de mis riquezas. Ni vives protegido,
en paz y tranquilidad como vivo yo todo el tiempo, ni viviríais así aún si
fueras diez veces más importante o
rico que yo. En suma, no se le ocurre ningún pensamiento de muerte, pues su
vida es segura y serena.
Y
si el carnicero lleva a cabo su tarea con ella, ella probablemente imagine que
una piedra o un trozo de madera la está pinchando. Nunca piensa en la muerte, y
al cabo de un momento ya está muerta. ¡No siente más que vida, vida eterna!
Ningún rey, ni siquiera el Mesías de los judíos, será capaz de emularla,
tampoco una persona, sin importar cuán importante, rica, sagrada o poderosa sea
ésta. Ella nunca comió de la manzana que en el Paraíso nos enseñó a
nosotros, infelices hombres, la diferencia entre el bien y el mal.
¿Qué
tendría de bueno el Mesías de los judíos si sería incapaz de ayudar a un
pobre hombre como yo dada su inconmensurable y horrible carencia y dolor, ni sería
capaz de hacer que mi vida fuera aunque sea la décima parte de lo agradable que
es la vida de una cerda? Yo diría: Dios, quédate con tu Mesías, o dáselo a
quien lo quiera. En cuanto a mí, conviérteme en una cerda. Pues es mejor ser
una cerda viva a ser un hombre que está eternamente muriendo. Sí, como dice
Cristo: “¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido! [Mateo 26:24].
Sin
embargo, si tuviera un Mesías que pudiera sanar este dolor, de modo que no
tendría porqué temerle a la muerte sino que estaría siempre, eternamente
seguro de la vida, y sería capaz de hacerle una jugarreta a al diablo y a la
muerte y ya no tendría porqué temblar ante la ira de Dios, entonces mi corazón
saltaría de alegría y estaría intoxicado de pura exultación; entonces un
fuego de amor por Dios se habría encendido y mi devoción y agradecimientos no
cesarían jamás. Y aún si no me diera oro, plata y otras riquezas, el mundo
entero sería igualmente un verdadero paraíso para mí, incluso si viviera en
un calabozo.
Esta
es la clase de Mesías que nosotros cristianos tenemos, y le agradecemos a Dios,
Padre de toda piedad, con el pleno, desbordante contento de nuestros corazones,
dispuestos con alegría a olvidar todo el dolor y el daño que produjo el diablo
para nosotros en el Paraíso. Pues nuestra pérdida ha sido enormemente
compensado, y se no ha devuelto todo a través de este Mesías. Colmados de este
contento, los apóstoles cantaron y se regocijaron en calabozos, rodeados de
todo tipo de infortunios, incluso entre jóvenes muchachas, como Agatha, Lucia,
etc. Los funestos judíos, en cambio, quienes rechazaron a este Mesías, han
languidecido y perecido desde ese momento en la agonía del corazón, la turbación,
el temor, la ira, la impaciencia, las injurias, la blasfemia y la maldición,
como leemos en Isaías 65:14: “He aquí que mis siervos cantarán por júbilo
del corazón, y vosotros clamaréis por la pesadumbre del corazón, y aullaréis
por el quebrantamiento de espíritu. Y dejaréis vuestro nombre por maldición a
mis escogidos: ¡el Señor Jehová te matará! Pero a sus siervos los llamará
por otro nombre”. Y en el mismo capítulo leemos: “Me he dejado encontrar
por los que no preguntaban por mí; fui hallado por los que no me buscaban. Dije
a gente que no se llamaba por mi nombre (es decir, a gente que no era mi gente):
Heme aquí, heme aquí. Extendí mis manos todo el día a un pueblo rebelde”.
Nosotros
en efecto tenemos este Mesías, que nos dice (Juan 11:25): “Yo soy la
resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”. Y
Juan8:51: “De cierto, de cierto os digo, que el que guarda mi palabra, nunca
jamás verá la muerte”. A los judíos y a los turcos no les gusta nada este
tipo de Mesías. ¿Y por qué debiera gustarles? Ellos quieren un Mesías del
paraíso de los tontos, que satisfaga su barriga hedionda, y que muera junto con
ellos como una vaca o perra.
Tampoco lo necesitan de cara a la muerte, pues ellos mismos son lo suficientemente sagrados con su penitencia y su piedad como para pararse frente a Dios y alcanzarlo todo. Sólo los cristianos son tan tontos y cobardes que se sienten tan intimidados por Dios, que se toman muy a pecho su pecado y su ira, tanto que no se aventuran a aparecer ante los ojos de Su Majestad divina sin un mediador o Mesías para representarlos y sacrificarse por ellos. Los judíos, en cambio, son héroes y caballeros sagrados y valientes que se atreven en persona a acercarse a Dios, sin un mediador o Mesías, y piden y reciben todo lo que desean. Seguramente, los ángeles y el propio Dios deben alegrarse cada vez que un judío se digna a rezar; entonces los ángeles deben tomar esta plegaria y ponerla como una corona en la cabeza divina de Dios. Hemos sido testigos de esto por mil quinientos años. ¡Tanto estima Dios a los nobles y circuncisos santos que pueden llamar a su hijo “Hebel Vorik”!
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