Herencia Cristiana
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Además, nosotros estúpidos
y cobardes cristianos y malditos goy no sólo consideramos a nuestro Mesías
indispensable para librarnos de la muerte a través suyo siendo pecadores, sino
que nosotros condenados también padecemos una ceguera tan extraordinaria y
terrible que creemos que Él no necesita espada ni poder mundano alguno para
llevar esto a cabo. Porque no podemos comprender cómo la ira, el pecado, la
muerte y el infierno de Dios puedan desvanecerse con la espada dado que
observamos que desde la creación del mundo al presente nada le ha importado a
la muerte la espada; ha derrotado a todos los emperadores, reyes, y todo aquél
que empuñe una espada con la misma facilidad con la que derrota en la cuna al
niño más débil.
A
estos efectos, los grandes seductores Isaías, Jeremías, y todos los otros
profetas nos infligen un enorme daño. Ellos nos cautivan con su doctrina falsa,
con la que sostienen que el reino del Mesías no soportará la espada. ¡Oh, que
los santos rabinos, y los caballeros heroicos y audaces de los judíos habrían
de venir aquí a rescatarnos y librarnos de estos abominables errores! Puesto
que cuando Isaías 2:2 profetiza sobre el Mesías que los gentiles vendrán a la
casa y a los collados del Señor dispuestos a aprender (dado que indudablemente
no esperan ser asesinados con la espada; en ese caso seguramente no se acercarían,
se mantendrían alejados), dice: “(el Mesías) juzgará entre las naciones, y
será árbitro de muchos pueblos; y volverán sus espadas en rejas de arado, y
sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán
más para la guerra”.
Una
hechicería similar se practica sobre nosotros pobres goy en Isaías 11:9: “No
harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del
conocimiento de Jehová”. Nosotros, pobres y ciegos goy no podemos concebir
este “conocimiento de Jehová” como una espada, sino como el mecanismo por
medio del cual uno aprende a conocer a Dios; nuestro entendimiento concuerda con
Isaías 2, arriba citado, que habla también del conocimiento que los gentiles
habrán de perseguir. Pues el conocimiento no se logra por medio de la espada,
sino enseñando y oyendo, como suponemos nosotros, estúpidos goy. Asimismo, Isaías
53:11: “Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos”; es decir,
al enseñarles y, a su vez, ellos oírle y creerle. ¿Qué otra cosa puede
significar “su conocimiento”? En suma, de conocer al Mesías hemos de
hacerlo predicando.
La
prueba de esto se encuentra frente a vuestros ojos, a saber, que los apóstoles
no usaron lanza o espada, sino únicamente sus lenguas. Y alrededor del mundo
siguieron su ejemplo durante mil quinientos años arzobispos, sacerdotes,
predicadores, y aún lo siguen. Observad si el sacerdote empuña una espada o
una lanza cuando entra en la iglesia, predica, bautiza, y administra el
sacramento, cuando retiene o perdona pecados, contiene a los malhechores,
consuela al piadoso, y enseña, ayuda y nutre el alma de todos. ¿Acaso no hace
todo esto exclusivamente con la lengua y con palabras? Asimismo los fieles
tampoco traen espada ni lanza al sacerdocio, sino únicamente sus oídos.
Y
considerad los milagros. El Imperio Romano y el mundo entero abundaba en ídolos
a los que adherían los gentiles; el diablo era poderoso y se defendía con
vigor. Todas las espadas estaban en contra de él, y sin embargo sólo la lengua
purgó al mundo entero de todos estos ídolos sin siquiera una espada. También
exorcizó infinidad de demonios, invocó a los muertos, sanó todo tipo de
enfermedades, e hizo nevar y llover puros milagros. Por tanto arrasó con toda
herejía y error, como arrasa aún hoy frente a nuestros ojos. Y además este
es el milagro más maravilloso perdona y borra todo pecado, crea corazones
felices, pacíficos y pacientes, destruye la muerte, cierra las puertas del
infierno y abre las puertas del cielo, y da vida eterna. ¿Quién es capaz de
enumerar todas las bendiciones realizadas por la palabra de Dios? En suma,
convierte a todos aquellos que la oyen y creen en hijos de Dios y herederos del
reino de los cielos. ¿No llamas a esto reino, poder, fuerza, dominio, gloria? Sí,
seguramente, es un reino reconfortante, y el verdadero “chemdath” de todos
los gentiles. ¿Y debiera yo en lugar de dicho reino desear o aceptar a la par
de los judíos a Kokhba, sediento de sangre? Como ya dije, en tales
circunstancias preferiría ser una cerda en vez de un hombre.
Todos
los escritos de los profetas concuerdan enteramente con esta interpretación:
que las naciones, tanto judíos como gentiles, acudieron al Siloh antes de que
el cetro hubiera sido arrancado de Judá (como Jaacob dice en Génesis 49);
asimismo, que las setenta semanas de Daniel son completadas; que el templo de
Hageo es destruido, pero que la casa y el trono de Israel permanecen hasta el
presente y permanecerán por siempre. Por otra parte, de acuerdo a las
maliciosas negaciones, mentiras y maldiciones de los judíos, que Dios ha
rechazado, este no es el significado [de estos pasajes], mucho menos se
realizado.
Para
referirnos en primer lugar al dicho de Jacob en Génesis 49, ya hemos escuchado
qué vana e insensata tontería han inventado los judíos sobre esto, aún así
sin llegar a ningún significado definitivo. Pero si le confesamos a Nuestro Señor
Jesucristo y lo dejamos ser el “Siloh” o Mesías, todo concuerda, coincide,
rima y armoniza maravillosa y deliciosamente. Pues Él apareció puntualmente en
la escena en el tiempo de Herodes, una vez que el cetro hubo sido quitado de Judá.
Él inició su reinado de paz sin una espada, como habían profetizado Isaías y
Zacarías, y todas las naciones se reunieron en torno a Él tanto judíos como cristianos de forma tal que en un día en Jerusalén
tres mil almas se volvieron creyentes, y muchos de los sacerdotes y príncipes
del pueblo también acudieron, como Lucas asienta en Hechos 3 y 4.
Pues
más de cien años después de la resurrección de Jesús, es decir, del décimo
octavo año del reino del Emperador Tiberio hasta el décimo octavo año del
reinado del Emperador Adrián, que infligió el segundo y último baño de
sangre de los judíos, que derrotó a Kokhba y expulsó completamente a los judíos
de su país, en Jerusalén siempre hubo arzobispos de la tribu de los hijos de
Israel, a quienes nuestro Eusebio menciona uno a uno por su nombre (Eccl.
Hist., libro 4, capítulo 5). Comienza con St. James el apóstol y enumera
acerca de quince de ellos, todos los cuales predicaron el Evangelio con gran
diligencia, practicaron milagros y vivieron una vida sagrada, convirtiendo a
muchos miles de judíos e hijos de Israel al Mesías prometido, Jesús de
Nazaret, que ya había llegado; aparte de ellos estaban los judíos que vivían
en la Diáspora a quienes San Pablo, otros apóstoles y sus discípulos
convirtieron junto a los gentiles. Esto fue llevado a cabo a pesar de que la
otra facción, los judíos ciegos, impenitentes los
padres de los judíos de hoy criticaron, protestaron y despotricaron sin
cesar en contra de esto, y derramaron mucha sangre de miembros de su propia
raza, tanto dentro de su propio país como en el extranjero entre los gentiles,
como ya se ha mencionado también sobre Kokhba.
Luego
de que Adrián hubo expulsado a los judíos de su país fue no obstante
necesario elegir a los arzobispos en Jerusalén entre los gentiles que se habían
convertido al cristianismo, dado que no se veían ya judíos en el país y
tampoco se los toleraba a causa de Kokhba y sus seguidores rebeldes, quienes no
le daban descanso a los romanos. No obstante, los otros, los píos, convirtieron
a varios hijos de Israel que vivían dispersos entre los gentiles, según se lee
en las Epístolas de San Pablo y en las historias. Pero éstos siempre sufrieron
la persecución de los kokhbaítas, tal es así que los hijos píos de Israel no
tuvieron peores enemigos que su propia gente. Esto es verdad hoy en el caso de
los judíos que fueron convertidos.
Ahora
los gentiles alrededor del mundo también se reúnen en torno de estos hijos de
Israel píos, convertidos. Esto lo hicieron muchos de ellos y con tal fervor que
renunciaron no sólo a sus ídolos y a su tradición sino que también
abandonaron a su esposa e hijos, amigos, bienes y honor, vida y extremidad.
Sufrieron todo lo que el demonio y todos los demás gentiles, así como los judíos
demenciales, pudieran concebir. Por todo esto, no buscaban un Kokhba, ni el oro,
la plata, los bienes, el poderío, la tierra o la gente de los gentiles;
buscaban la vida eterna, una vida distinta a la vida secular. Por voluntad
propia vivieron en la pobreza y la miseria, e igualmente fueron felices. No se
llenaron de rencor ni se hicieron vengativos, sino que fueron amables y
piadosos. Rezaron por sus enemigos y además practicaron muchos milagros,
milagros extraordinarios. Esto perdura ininterrumpidamente desde aquel tiempo
hasta el presente, y perdurará hasta el fin de los días.
Es
fantástico, extraordinario, maravilloso que los gentiles en el mundo entero,
sin espada ni fuerza, sin beneficios seculares que les fueran concedidos por
ello, alegremente y con total libertad, aceptaran a un Hombre humilde de entre
los judíos como el verdadero Mesías, uno a quien la propia gente de Él había
crucificado, condenado, maldecido y perseguido sin cesar. Lo aceptaron y
sufrieron tanto por Él, y renunciaron a toda idolatría, sólo por poder vivir
eternamente con Él. Esto sucede desde hace mil quinientos años. Nunca el culto
a un dios falso duró tanto, ni el mundo entero sufrió tanto a causa de ello o
de aferrarse tanto a él. Y supongo que una de las pruebas más contundentes se
halla en el hecho de que ningún otro dios soportó nunca una oposición tan
fuerte como el Mesías, contra quien han despotricado todos lo dioses y los
pueblos y contra quien todos ellos han actuado conjuntamente, sin importar cuán
disímiles eran o cuánto discrepaban en todo lo demás.
Quien
no se conmueva ante este espectáculo milagroso merece permanecer ciego o
convertirse en un maldito judío. Nosotros cristianos percibimos que estos
sucesos concuerdan con lo dicho por Jacob en Génesis 49: “A él (Siloh o el
Mesías) se congregarán los pueblos (una vez que el cetro sea quitado de las
manos de Judá)”. La realización de esto se halla ante nuestros ojos: Los
pueblos, es decir, no sólo los judíos sino también los gentiles están
perfectamente de acuerdo en obedecer a este Siloh; se han vuelto un único
pueblo, es decir, cristianos. Es imposible mencionar o pensar en alguien a quien
este versículo de Jacob pueda aplicarse y hacer referencia tan adecuadamente
que no sea nuestro querido Señor Jesucristo. Hubiera tenido que ser alguien que
llegara inmediatamente después de la pérdida del cetro, o de otro modo el Espíritu
Santo mintió a través de la boca del patriarca Jacob, y Dios olvidó su
promesa. ¡Que eso lo diga el demonio, o todo aquél que desee ser un maldito
judío!
Asimismo,
el versículo sobre la casa y trono eternos de David no concuerda más que con
Él, nuestro Mesías, Jesús de Nazaret [II Samuel 23:5]. Pues luego del
gobierno de los reyes de la tribu de Judá y desde el tiempo de Herodes, es
imposible pensar en ningún otro hijo de David que pueda haberse sentado en su
trono o lo ocupe aún hoy: “él ha hecho conmigo un pacto perpetuo, y será
guardado”. Y es lo que había de acontecer y aún debe acontecer, dado que
Dios lo prometió con un juramento. Pero cuando este Hijo de David despertó de
la muerte, muchos, muchos miles de hijos de Israel acudieron a Él, tanto en
Jerusalén como alrededor del mundo, aceptándolo como el Rey y Mesías, como la
verdadera Semilla de Abraham y de su linaje. Fueron éstas, y aún lo son, la
casa, el reino, el trono de David. Pues ellos son los descendientes de los hijos
de Israel y la semilla de Abraham, de quienes David fue rey.
Que
ahora han muerto y yacen sepultados no tiene importancia; son no obstante su
reino y su pueblo ante Él. Están muertos para nosotros y para el mundo, pero
no para Él. Naturalmente, los judíos en su ceguera no pueden percibirlo; pues
aquél que es ciego no ve absolutamente nada. Nosotros cristianos no obstante
sabemos que Él dice en Juan 8:56 y en Mateo 22:32: “Abraham vive”. También
en Juan 11:25: “El que cree en mí aunque haya muerto, vivirá”. Así la
casa y el trono de David están firmemente establecidos. Un Hijo suyo los ocupa
eternamente, quien nunca morirá, ni deja morir a quienes pertenecen a su reino
o a quienes lo aceptan como su Rey con fe verdadera. Esto marca la verdadera
realización del versículo que declara que el trono de David será eterno. Que
todos los demonios, los judíos, turcos y quien quiera involucrarse en esto
nombre ahora uno o más hijos de David desde el tiempo de Herodes a quien este
versículo sobre la casa de David pueda adjudicársele con tanta precisión y
belleza; si lo logran, tendrán nuestros elogios.
Nosotros
gentiles pertenecemos a este reino y trono de David, junto con quienes han
aceptado con la misma fe a este Mesías e Hijo de David como el Rey, que continúan
aceptándolo hasta el fin de los días y en la eternidad. En Génesis 49:10
Jacob declara: “A él se congregarán los pueblos”. Esto se refiere no sólo
a una nación, por ejemplo los hijos de Israel, sino a todas aquellas que se las
llame nación. Y luego leemos en Génesis 22:18: “En tu simiente serán
benditas todas las naciones de la tierra”. En este versículo se encuentra el
término “goy”, que en la Biblia comúnmente significa los gentiles, salvo
en los casos en que los profetas también llaman así a los judíos en un
marcado tono de desprecio. A modo de resumen, la bendición de Dios a través de
la semilla de Abraham no ha de ser restringida a su descendencia física, sino
que ha de ser diseminada entre todos los gentiles. Es por esto que el propio
Dios llama a Abraham “padre de muchedumbre de gentes” [Gén. 17:5]. Hay
muchos más de estos dichos en las Escrituras.
La
razón por la cual las Escrituras llaman a este reino “El Trono de David” y
al Rey Mesías “La Semilla de David” reside en el hecho de que este Reino de
David y del Rey Mesías no nace de nosotros gentiles para los hijos de Abraham e
Israel, sino que nace de los hijos de Abraham e Israel, según manifiesta el
propio Señor en Juan 4:22: “La salvación viene de los judíos”. Aún
siendo todos descendientes de Adán, aún compartiendo el mismo origen y la
misma sangre, no obstante todas las otras naciones fueron rechazadas y sólo la
semilla de Abraham fue escogida como la nación de cuyo seno surgiría el Mesías.
Luego de Abraham sólo Isaac fue escogido; luego de Isaac, sólo Jacob; luego de
Jacob, sólo Judá; luego de Judá, sólo David. Y los demás hermanos de cada
uno respectivamente fueron descartados y no elegidos como el linaje del cual el
Mesías habría de erigirse. Por tanto, la semilla
completa de Abraham, especialmente aquellos que creyeron en este Mesías,
fueron sumamente honrados por Dios, como lo dice San Pablo en Hechos 13:17:
“Dios enalteció al pueblo”. Pues sin dudas es un gran honor y una gran
distinción poder gloriarse de ser el pariente del Mesías. Cuánto más cercano
es el parentesco, tanto mayor es el honor.
Sin
embargo, este alarde no debe provenir de la idea de que el linaje de Abraham y
sus descendientes se merece ese honor; pues eso ha de anular todo. En cambio,
debe basarse en el hecho de que Dios eligió la carne y la sangre de Abraham
para este propósito por pura gracia y misericordia, aunque seguramente merecía
un destino totalmente diferente. Nosotros gentiles también hemos sido sumamente
honrados, al poder ser partícipes del Mesías y del reino, y al poder disfrutar
de la bendita promesa hecha a la semilla de Abraham. Pero si hemos de gloriarnos
de esto como si lo mereciéramos, y no reconociéramos que se lo debemos
enteramente a una bendición, dándole a Dios sólo la gloria, habremos de
arruinarlo y perderlo todo también. Es como fue dicho en I Corintios 4:7: “¿Qué
tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si
no lo hubieras recibido?”.
Por
tanto el querido Hijo de David, Jesucristo, es también nuestro Rey y Mesías, y
nosotros nos gloriamos de ser su reino y su gente, tanto como el propio David y
todos los hijos de Israel y Abraham. Pues sabemos que ha sido nombrado Señor,
Rey y Juez de los vivos y de los muertos. “Si vivimos, para el Señor vivimos;
y si morimos, para el Señor morimos”; es decir, viviremos también después
de la muerte, como acabamos de oír, y como predica San Pablo en Romanos 14:8.
No buscamos ningún Kokhba sediento de sangre en Él, sino al legítimo Mesías
que ofrece vida y salvación. Esa es la idea de un hijo de David sentado en el
trono de su padre eternamente. Los ciegos judíos y turcos no saben nada en lo
absoluto acerca de todo esto. Que Dios tenga piedad de ellos como tiene y tendrá
piedad de nosotros. Amén.
Ni
se puede hallar Mesías a quien pueda hacer referencia lo dicho en Daniel 9 que
no sea Jesús de Nazaret, aún cuando esto llame a la ira del demonio con todos
sus ángeles y los judíos. Pues hemos oído ya cuán burdas son las mentiras de
los judíos sobre el Rey Ciro y el Rey Agrippa. No obstante, finalmente las
cosas sucedieron de acuerdo a lo dicho por el ángel Gabriel, y ahora vemos la
realización de sus palabras con nuestros ojos. “Setenta semanas”, dice,
“están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad”. No hace
referencia a la ciudad por su nombre, Jerusalén, sino que simplemente dice
“tu santa ciudad; tampoco dice “el pueblo de Dios”, sino simplemente “tu
pueblo”.
Pues
la santidad de este pueblo y de esta ciudad han de terminar al cabo de las
setenta semanas. En su lugar, surgirá un nuevo pueblo, una nueva Jerusalén y
una santidad diferente que no habrá de propiciar el pecado anualmente por medio
del sacrificio, el culto y la santidad en el templo, que aún así nunca se
vuelve virtuosa y perfectamente santa porque la expiación había de repetirse y
buscarse nuevamente por medio del sacrificio cada año.
A
diferencia de esto, el Mesías traería virtud eterna, perpetuaría delitos sin
efecto, frenaría las transgresiones, expiaría pecados, llevaría
a cabo las profecías y visiones, etc. Allí donde el pecado haya sido
eliminado y en su lugar se halle la virtuosidad eterna, allí el sacrificio por
el pecado o por la virtuosidad ya no habrá de ser necesario. ¿Qué sentido
tendrá el sacrificio por el pecado si éste último ya habrá dejado de existir?
¿Qué sentido tendrá la búsqueda de la virtuosidad por medio del servicio a
Dios si esta virtuosidad está al alcance de la mano? Pero si el sacrificio y el
culto ya no son necesarios, ¿de qué sirven los sacerdotes y el templo? Si los
sacerdotes y el templo ya no son necesarios, ¿por qué presiden las ceremonias
de este pueblo y esta ciudad? Debe surgir un nuevo pueblo y una nueva ciudad que
ya no necesite de sacerdotes, templo, sacrificio y culto, o debe ser destruido
junto con el templo y el culto, los sacerdotes y el sacrificio. Dado que la
setenta semanas anuncian el juicio final y le ponen fin junto con la ciudad, el
templo, los sacerdotes, el sacrificio y el culto.
La
iglesia Cristiana, compuesta de judíos y gentiles, es este nuevo pueblo y esta
nueva Jerusalén. Este pueblo sabe que el pecado ha sido eliminado gracias a
Jesucristo, que toda profecía ha sido llevada a cabo y la virtuosidad eterna ha
sido establecida. Pues aquél que crea en Él es eternamente virtuoso y todos
sus pecados son dejados sin efecto por siempre, han sido expiados y perdonados,
como subraya el Nuevo Testamento, especialmente San Pedro y San Pablo. Ya no se
oye decir: Aquél que procure entregar ofrendas por culpas o pecados en Jerusalén
será virtuoso o expiará sus pecados; en cambio, ahora se oye decir esto: “El
que crea y sea y sea bautizado, será salvo; pero el que no crea, será
condenado” [Marcos 16:16], sin importar en qué lugar del mundo se encuentre.
No necesita viajar a Jerusalén; no, Jerusalén ha de ir a él.
David
también proclamó esto en Salmos 40:6: “Sacrificios y ofrendas no te
agradaron; Has horadado mis orejas” (es decir, las orejas del mundo, que podrán
oír y creer y así serán salvas si sacrificio, templo ni sacerdotes). “No
deseabas holocausto ni expiación. Entonces dije: Aquí estoy; En el rollo del
libro está escrito de mí; El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado”.
De hecho, es el Mesías quien trae virtuosidad a través su voluntad y
obediencia. Este es el mensaje de los libros de Moisés y de todos los profetas.
Así también Gabriel dice que el sacrificio no ha de ser adecuado; declara que:
“Se quitará la vida al Mesías, y no por él mismo” [Daniel 9:26]. ¿Qué
significa que no será por él mismo? Averiguad a qué se refiere. Le está
hablando a Daniel sobre su pueblo y su santa ciudad. No tendrá nada de esto, de
modo que su santidad ya no estará con Él ni en Él. Así Salmos 16:4 dice:
“No ofreceré yo sus libaciones de sangre, Ni en mis labios tomaré sus
nombres”.
Asimismo
leemos en Isaías 4:3: “El que fuere dejado en Jerusalén, será llamado
‘Nesu awon,levatus peccato’: santo”. Y Jeremías 32 también promete otro,
un nuevo pacto en el que no reinará Moisés con su pacto, sino: “Perdonaré
la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado” [Jer. 31:34]. Es, en
efecto, un pato de gracia, de perdón, de remisión eterna de todos los pecados,
lo cual, por supuesto, no puede llevarse a cabo por medio de la espada, como
aspiran a hacer los kokhbaítas. No, esto fue traído al abyecto mundo por pura
gracia a través del Mesías crucificado, para virtud y salvación eternas, como
declara Gabriel aquí.
Como
ya fue dicho, la palabras de Gabriel son muy ricas, la totalidad del Nuevo
Testamento se resume en ellas. En consecuencia, se necesitaría más tiempo y
espacio para exponerlo completamente. Por el momento bastará convencernos de
que es imposible darle sentido a esta declaración si no se la entiende como
refiriendo a nuestro Señor Jesucristo de Nazaret y a ningún otro Mesías o Rey.
Esto es cierto asimismo porque en ese momento, en la última semana, a ningún
otro Mesías le fue quitada la vida; dado que como claramente lo indican las
palabra de Daniel debe haber un Mesías a quien le fue quitada la vida en ese
momento.
Y,
por último, también las palabras de Hageo señalan a éste y no a otro. Dado
que desde el tiempo de Hageo en adelante no hubo otro a quien ni con la más mínima
verosimilitud pudiera llamárselo “el chemdath
de todos los gentiles”, su alegría y consuelo que no sea Jesucristo. Durante
mil quinientos años los gentiles han hallado en Él consuelo, dicha y alegría,
como puede notarse fácilmente y como los propios judíos confirman con sus
maldiciones. Pues, ¿acaso por qué nos maldicen? Sólo porque a este Jesús, el
verdadero Mesías, lo confesamos, alabamos y loamos como nuestra consolación,
dicha y alegría, de quien no habrá de separarnos verdugo o enemigo, en quien y
para quien viviremos y moriremos con confianza y por propia voluntad. Y cuánto
más lo vituperen y difamen los judíos, los turcos, y todos los otros enemigos,
tanto más firme nos aferraremos a Él y tanto más lo amaremos, como Él dice
en Mateo 5:11 f.: “Bienaventurados seréis cuando por mi causa os vituperen y
os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y
alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos”. Alabado seas,
gloria a Ti, al Padre, y al Espíritu Santo, el único Dios verdadero. Amén.
He aquí el ensayo, caballeros y queridos amigos, que habéis suscitado en mí con vuestro folleto de un judío demostrando su habilidad en un debate con un cristiano ausente. Gracias a Dios, este judío infame no sería capaz de hacerlo en presencia mía. Mi ensayo, espero, pondrá a disposición de los cristianos (que de cualquier modo no desean convertirse en judíos) material suficiente para que no sólo se defiendan de los ciegos y venenosos judíos, sino también para que se vuelvan el enemigo de la maldad, las mentiras y las maldiciones de los judíos, así como también para que entiendan que las creencias de estos ladinos son falsas y que sin dudas están poseídos por todos los demonios. Que Cristo, nuestro querido Señor, los convierta misericordiosamente y nos ampare incondicionalmente en nuestro conocimiento de Él, que es la vida eterna. Amén.
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