Herencia Cristiana
Ahora
bien, sólo observen a este pueblo miserable, ciego e insensible. En primer
lugar (como lo dije anteriormente con relación al nacimiento físico), si
hubiera de admitir que la circuncisión es suficiente para hacer de ellos un
pueblo de Dios, o para santificarlos y hacer que se destaquen ante Dios por
encima de todas las demás naciones, entonces la conclusión debiera de ser la
siguiente: Quienquiera que fuera circunciso no podría ser malvado ni podría
estar maldito. Ni permitiría Dios que esto pase, si considerara que la
circuncisión estuviera imbuida en tal santidad y poder. Precisamente como
nosotros los cristianos decimos: Quienquiera tenga fe no puede ser malvado ni
estar maldito en tanto la fe persista. Pues Dios considera que la fe es tan
preciosa, valorable, y poderosa que con seguridad ésta santificará a quien
tenga fe e impida que se pierda o se convierta en maldad. Pero dejaré esto por
un momento.
En
segundo lugar, notamos aquí nuevamente cómo los judíos provocan más y más
la ira de Dios con tales plegarias. Pues allí se alzan y difaman a Dios con una
blasfema, avergonzante, e insolente mentira. Son tan ciegos y estúpidos que no
ven siquiera las palabras que se hallan en Génesis 17 ni la totalidad de las
Escrituras, que fervientemente y explícitamente condena esta mentira. Pues en Génesis
17:12 Moisés declara que a Abraham le fue ordenado circuncidar no sólo a su
hijo Isaac quien aún no había nacido
sino también a todos los varones nacidos en su casa, ya sean hijos o
sirvientes, incluyendo a los esclavos. Todos ellos fueron circuncidados juntos
el mismo día con Abraham;
también Ismael, de trece años de edad en ese momento, según el texto
nos lo informa. Así es que el convento o decreto de circuncisión constituye la
auténtica semilla de todos los descendientes de Abraham, particularmente
Ismael, quién fue la primer semilla de Abraham que fue circuncidada. En
consecuencia, Ismael no es tan sólo el semejante de su hermano Isaac, sino que,
de ser esto considerado por Dios, podría jactarse de su circuncisión con más
derecho que Isaac, por haber sido circuncidado un año antes. Teniendo en cuenta
esto, los ismaelitas gozan de mejor reputación que los israelitas, pues su
padre Ismael fue circuncidado antes de que Isaac, el padre de los israelitas,
hubiera nacido.
¿Por qué entonces los judíos mienten tan vergonzosamente ante Dios en sus
plegarias y
prédicas, como si la circuncisión fuera de ellos solamente, como si a
través de la misma se destacaran ante Dios de todas las demás naciones y así
solos constituyeran el pueblo elegido del Señor? Realmente deberían (si fueran
capaces) estar avergonzados ante los ismaelitas, los edomitas, y otras naciones
si consideraran que fueron en todos los tiempos una nación pequeña, apenas un
puñado de gente en comparación con otros que fueron también semilla de
Abraham y fueron también circuncidados, y quienes indudablemente transmitieron
a sus descendientes el mandato de su padre Abraham; y que la circuncisión
transmitida al hijo Isaac es bastante insignificante cuando se la compara con la
circuncisión transmitida a los otros hijos de Abraham. Pues la Escrituras
graban que Ismael, el hijo de Abraham, se convirtió en una gran nación, que
engendró doce príncipes, también que el sexto hijo de Cetura (Génesis 25:1)
poseyó mayores extensiones de tierra que Israel. Y éstas indudablemente
observaron el rito de la circuncisión transmitido por sus padres.
Ahora
bien, si la circuncisión, según el mandato de Dios en Génesis 17, es
practicada por tantas naciones, comenzando por Abraham (cuya semilla son todos
ellos, lo mismo Isaac como Jacob), y como no hay diferencia alguna en este
aspecto entre ellos y los hijos de Israel, ¿qué es lo que están haciendo los
judíos cuando rezan y agradecen a Dios por elegirlos especialmente a ellos por
sobre todas las demás naciones, por santificarlos, y hacerlos suyo? Esto es lo
que están haciendo: están blasfemando a Dios y mintiendo acerca de su
mandamiento y sus palabras que dicen (Génesis 17:12) que la circuncisión no
será para Isaac y sus descendientes exclusivamente, sino para toda la
descendencia de Abraham. Los judíos no tienen un lugar de privilegio que los
exalte por sobre Ismael en razón de la circuncisión, o por sobre Edom, Madián,
Efa, Efer, etc., todos los cuales son pensados en el Génesis como descendientes
de Abraham. Pues fueron todo circuncidados e hicieron de la circuncisión
herencia, de la misma manera que lo hizo Israel.
Ahora,
¿en qué se beneficia Ismael por ser circunciso? ¿En qué se beneficia Edom
por ser circunciso—Edom quien, además, es hijo de Isaac, que fue un elegido,
y no de Ismael? ¿En que se beneficia Midian y sus hermanos, nacidos de Cetura,
por ser circuncisos? Ellos no son, por todo esto, el pueblo elegido del Señor;
haber descendido de Abraham o haber sido circuncidados, según el mandato de
Dios, no los ayuda. Si la circuncisión no los ayuda a convertirse en el pueblo
elegido del Señor, ¿cómo puede ayudarlos a los judíos? Pues es sólo una y
la misma circuncisión, encomendada por sólo uno y un mismo Dios, y hay uno y sólo
un padre, la carne y la sangre o la descendencia que es común a todos. Absoluta
igualdad; no hay diferencia, no hay distinción entre ellos en lo que se refiere
a circuncisión y nacimiento.
Por
lo tanto no es ni inteligente ni ingeniosa, sino una torpe, tonta y estúpida
farsa que los judíos se jacten de su circuncisión ante Dios, suponiendo que
Dios los considere con piedad por esa razón, en cambio deberían saber por las
Escrituras que no son la única raza circuncisa en conformidad con el
mandamiento de Dios, y que no pueden con ése fundamento ser el pueblo elegido
del Señor. Algo más, diferente, superior es necesario para serlo, puesto que
lo ismaelitas, los edomitas, los midianitas, y otros descendientes de Abraham
podrían igualmente reconfortarse en esta gloria, incluso ante Dios mismo. Pues
en relación con el nacimiento y la circuncisión éstos son, como ya fue dicho,
sus iguales.
Tal
vez los judíos declararán que los ismaelitas y los edomitas, etc., no
practican el rito de la circuncisión tan estrictamente como ellos. Además de
cortar el prepucio del niño, los judíos empujan la piel del pequeño pene
hacia atrás y lo seccionan con filosas uñas, según se lee en sus libros. De
esta manera causan al niño un excesivo dolor, sin ningún fundamento y en
oposición al mandamiento de Dios, de manera que el padre, que tendría que
estar realmente satisfecho con la circuncisión, se mantiene allí erguido y
solloza mientras el llanto de su hijo le perfora el corazón. Respondemos enérgicamente
que tal añadidura es de su propia invención, sí, fue inspirada por el diablo,
y contradice el mandamiento de Dios, pues Moisés dice en Deuteronomio 4:2 y
12:32: “no añadirás a la palabra que yo te mando ni la disminuirás.” Con
tal diabólico agregado arruinan su circuncisión, de manera de que ante los
ojos de Dios ninguna otra nación practica más deshonrosamente la circuncisión
que ellos, pues con tal infundada desobediencia incluyen y practican este
horroroso agregado.
Ahora
veamos que dice el propio Moisés acerca de la circuncisión. En Deuteronimio
10:16, dice: “Circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón, y no
endurezcáis más vuestra cerviz,” etc. Querido Moisés, ¿qué significan tus
palabras? ¿No les es suficiente ser circuncisos físicamente? Esta sagrada
circuncisión los destaca de todas las demás naciones y los hace un pueblo
sagrado del Señor. ¿Y tú los reprendes por obstinación contra Dios? ¿Menosprecias
su sagrada circuncisión? ¡Debieras aventurarte a hablar así hoy en sus
sinagogas! Si no hubiera piedras convenientemente cerca, recurrirían al barro y
la suciedad para que te fueras de entre ellos, aún teniendo el peso de diez
Moiseses.
También
los reprende en Levítico 16:41, diciendo: “Y entonces se humillará su corazón
incircunciso,” etc. ¡Tened cuidado, Moisés! ¿Tienes idea de a quién le estás
hablando? Le estás hablando a un noble, elegido, sagrado, circunciso pueblo del
Señor. ¿Y te atreves a decir que tiene corazones incircuncisos? Eso es mucho
peor que tener una carne siete veces incircuncisa; ya que un corazón
incircunciso no puede tener Dios. Y para aquél la circuncisión de la carne no
tiene valor. Sólo un corazón circunciso puede convertirnos en pueblo del Señor,
y puede hacerlo aún cuando no hay circuncisión física o ésta es imposible,
como lo fue para los niños de Israel durante cuarenta años en el desierto.
También
Jeremías los hace pensar, diciendo en el capítulo 4:4: “Circuncidaos a Jehová,
y quitad el prepucio de vuestro corazón, varones de Judá y moradores de
Jerusalén; no sea que mi ira salga como fuego y se encienda y no haya quien la
apague...” Jeremías, maldito herético, seductor y falso profeta, ¿cómo te
atreves a decirle al sagrado, circunciso pueblo del Señor que se circuncide a
Jehová? ¿Pretendes decir que están circuncidados físicamente al demonio,
como si Dios no apreciara su santa, física circuncisión? ¿Y estás además
amenazándolos con despertar la ira del Señor, como un eterno fuego, si no
circuncidan sus corazones? Pero no mencionan la circuncisión del corazón en
sus plegarias, ni alaban o agradecen a Dios por eso con una simple carta
siquiera. ¿Y te atreves a invalidar su santa circuncisión de la carne, haciéndola
propensa a ser la causa de la ira del Señor y el eterno fuego? Te aconsejo que
no entres en sus sinagogas; allí todos los demonios te descuartizarían y
devorarían.
En
Jeremías 6:10 leemos, más adelante, “He aquí que sus oídos son
incircuncisos, y no pueden escuchar.” Bueno, bueno, mi querido Jeremías, estás
sin dudas tratando severamente e inconsideradamente con el noble, elegido,
santo, circunciso pueblo del Señor ¿Pretendes decir que tal sagrada nación
tiene oídos incircuncisos? Y, lo que es aún peor, ¿que no pueden escuchar? ¿No
es eso equivalente a decir que no son el pueblo del Señor? Pues aquellos que no
pueden escuchar ni soportan escuchar las palabras del Señor no son el pueblo
del Señor. Y si no son del pueblo del Señor, entonces son el pueblo del
diablo; y por lo tanto ni circuncidarse ni pelarse ni rasguñarse les servirá.
¡Por Dios, Jeremías, dejad de hablar así! ¿Cómo puedes menospreciar y
condenar la santa circuncisión tan horriblemente que excluyes al elegido,
circunciso, santo pueblo del Señor y lo relegas al demonio por desterrado y
maldito? ¿No alaban al Señor por destacarlos y separarlos del diablo y al
mismo tiempo elegirlos por sobre las demás naciones y por hacer de ellos un
pueblo sagrado y especial a través de la circuncisión? Sí, “¡Ha
blasfemado! ¡Crucificadlo, crucificadlo!”
En
el capítulo 9:25 Jeremías dice más adelante: “he aquí que vienen días,
dice Jehová, en que castigaré a todo circuncidado en su incircuncisión—a
Egipto y a Judá, a Edom y a los hijos de Amón y de Moab, y a todos los que se
afeiten las sienes, los que moran en el desierto; porque todas las naciones son
incircuncisas, y toda la casa de Israel es incircuncisa de corazón...”
De
cara a esto, ¿en qué se traduce la arrogante fanfarronería por ser
circuncisos en razón de la cual los judíos claman ser una nación sagrada,
elegida por encima de otros pueblos? Aquí las palabras del Señor los aúnan
con los bárbaros y los incircuncisos, y los amenaza con un mismo castigo. Además,
la mejor parte de Israel, la tribu noble, real de Judá, se menciona aquí, y
después de esta, la casa entera de Israel. Aún peor, declara que los bárbaros
son, con seguridad, incircuncisos en cuanto a la carne, pero que Judá, Edom, e
Israel, que son circuncisos en cuanto a la carne, son mucho más viles que los bárbaros,
pues tienen, pues tienen el corazón incircunciso; lo cual, como fue
anteriormente dicho, es mucho peor que la carne incircuncisa.
Estos
y otros pasajes similares prueban irrefutablemente que la arrogancia judía y su
fanfarronería por ser circuncisos por encima de los incircuncisos gentiles es
nula y vacía, a menos que estuviera acompañada de algo más, no merece otra
cosa que la ira del Señor. El Señor dice que tienen un corazón incircunciso.
Sin embargo los judíos no se interesan por dicha circuncisión del corazón; en
cambio piensan que el Señor debe contemplar su orgullosa circuncisión de la
carne y escuchar sus arrogantes alardes de superioridad frente a todos los
gentiles, quienes son incapaces de hacer alarde de tal circuncisión. Este
pueblo ciego, miserable no ve que en éstos versos el Señor condena tan
claramente y explícitamente su corazón incircunciso, y por lo tanto condena su
circuncisión física, junto con su arrogancia y sus plegarias. Andan su camino
como tontos, endureciendo cada vez más la piel que recubre el corazón con sus
arrogantes fanfarronerías ante Dios y con el desprecio por todos los demás
pueblos. En virtud de tal fútil, arrogante circuncisión de la carne suponen
ser el único pueblo del Señor, mientras que la piel de su corazón se endurece
aún más que una montaña de hierro y ya no pueden escuchar, ver, o sentir sus
claras Escrituras, que leen diariamente con ojos ciegos cubiertos por un cuero más
grueso que la corteza del roble.
Si
Dios fuera a escuchar sus rezos y plegarias, y aceptarlos, con seguridad tendrían
primero que purgar sus sinagogas, bocas y corazones de tal blasfema,
avergonzante, apócrifa, y engañosa fanfarronería y arrogancia. De lo
contrario sólo irán de mal en peor y despertarán aún más la ira del Señor
contra ellos. Pues que no se atreva, aquél que rece ante Dios, a enfrentarlo a
la arrogancia y la mentira, que no se atreva a alabarse, a condenar a todos los
demás, a clamar ser el único pueblo del Señor, y a maldecir a todos los demás,
como lo hacen. Como dice David 5:4: “Porque tú no eres un Dios que se
complace en la maldad; el malo no habitará junto a ti. Los insensatos no estarán
delante de tus ojos; aborreces a todos los que hacen iniquidad. Destruirás a
los que hablan mentira; al hombre sanguinario y engañador le abominará Jehová.”
Pero en cambio, como nos lo dice el verso 7: “Más yo por la abundancia de tu
misericordia entraré en tu casa; en tu santo templo me postraré, lleno de tu
temor.”
Este
salmo concierne a todos los hombres, ya sean circuncisos o no, pero
particularmente y especialmente a los judíos, para quienes fue especialmente
dado y concebido—como lo fue también todo el resto de la Escritura. Y en ésta
están retratados más magistralmente que todos los demás paganos. Pues son
quienes siempre han practicado las costumbres e idolatría ateas, doctrina apócrifa,
y quienes han tenido corazones incircuncisos, como lo gritaron y lamentaron el
propio Moisés y todos los profetas. Sin embargo siempre dijeron estar
complaciendo a Dios y asesinaron a todos los profetas fundamentándose en eso.
Son el pueblo malintencionado, terco que no se convierte del mal a los trabajos
decentes con las prédicas, reprimendas, y enseñanzas de los profetas. Las
Escrituras por todos lados dan fe de esto. Y aún claman ser servidores del Señor
y levantarse frente a él. Son los fanfarrones, arrogantes ladinos que al día
de hoy no hacen más que alardear de su raza y linaje, alabarse sólo a ellos
mismos, y desdeñar y maldecir al mundo entero en sus sinagogas, plegarias, y
doctrinas. A pesar de esto, imaginan que ante los ojos de Dios figuran entre sus
hijos más preciados.
Son
verdaderos mentirosos y ventajeros que han continuamente pervertido y
falsificado la totalidad de la Escritura, desde el principio hasta el día de
hoy, con sus falsos brillos. El más fervoroso lamento,
anhelo, y esperanza de su corazón será atacado el día en que puedan
tratar con nosotros gentiles como lo hicieron con los gentiles en Persia en el
tiempo de Ester. Oh, qué fanáticos que son del libro de Esther, que está tan
perfectamente a tono con su sed de sangre, venganza, muerte. El sol jamás había
brillado sobre un pueblo más sanguinario y vengativo que éste, que imagina ser
el pueblo de Dios encargado de y enviado a asesinar y matar a los gentiles. De
hecho, lo que principalmente esperan de su Mesías es que mate y asesine con su
espada al mundo entero. En un principio, a nosotros los Cristianos nos trataron
de esta manera alrededor de todo el mundo. Si pudieran, aún les gustaría
hacerlo, y con frecuencia lo han intentado, y a causa de eso les cerraron bien
la boca.
Tal
vez podríamos profundizar este tema más tarde, pero volvamos ahora a su apócrifa,
engañosa mentira con relación a la circuncisión. Estos avergonzantes
mentirosos están bien al tanto de que no son el pueblo elegido del Señor, aún
poseyendo la circuncisión exclusivamente por sobre las demás naciones. Saben
también que ser incircuncisos no es obstáculo para ser un pueblo del Señor. Y
todavía se pavonean descaradamente frente a Dios, mienten y hacen alarde de ser
el pueblo elegido del Señor en razón de su circuncisión física, sin
considerar la circuncisión del corazón. En oposición a esto hay ejemplos
escriturales de peso. Nos remitimos, en primer lugar, a Job, quien, como dicen,
es hijo de Nacor. Dios no impuso que lo circuncidaran a él ni a sus herederos.
Y sin embargo su libro demuestra claramente que fueron muy pocos los grandes
santos de Israel que lo igualaran y que igualaran a su pueblo. Tampoco el
profeta Elisa lo obligó a Naamán de Siria a circuncidarse; y aún así fue
santificado y se convirtió en un hijo de Dios; y sin dudas con él lo hicieron
muchos otros.
Además,
allí se levanta íntegro el profeta Jonás, que lo convirtió a Dios a Nínive
y lo mantuvo unido con reyes, príncipes, señores, tierra, y gente, sin haber
todavía circuncidado a su pueblo. De la misma manera, Daniel convirtió a los
grandes reyes y pueblos de Babilonia y Persia, tales como Nabucodonosor, Ciro,
Darío, etc., y aún así permanecieron siendo gentiles incircuncisos, y no se
convirtieron al judaísmo. Con anterioridad, José había instruido al Faraón,
a su príncipe, y su pueblo, como fue escrito en Salmos 105:22, y aún así no
los circuncidó. Les digo, estos endurecidos y empedernidos mentirosos saben
todo esto, y aún así resaltan exageradamente que son circuncisos, como si ningún
incircunciso pudiera ser un hijo de Dios y siempre que seducen a un cristiano
intentan alarmarlo de manera tal que se circuncide. Luego se acercan a Dios y se
honran en su plegaria por habernos acercado a través de la circuncisión al
pueblo del Señor—como si ésta fuera un acto sagrado. Desdeñan, menos
precian, y maldicen el prepucio en nosotros como si fuera una abominación
repugnante que nos impide ser un pueblo del Señor, mientras que su circuncisión,
afirman, se los asegura.
¿Qué
hará Dios con las plegarias y loas que ellos conciben con su burda, blasfema
mentira, contraria a toda Escritura (como ya fue señalado)? ¡En efecto, los
escuchará y los llevará de vuelta a su país! Me refiero a que si habitaran el
cielo, bastarían tales plegarias, loas y mentiras acerca de la circuncisión
para arrojarlos instantáneamente al abismo del infierno. Ya he escrito esto
contra los Sabbatarians. Por lo tanto, querido Cristiano, manténte en guardia
frente a un pueblo tan maldito al cual Dios ha permitido hundirse en tales
profundas abominaciones y mentiras, ya que todo lo que hacen y dicen es pura
farsa, blasfemia, y malicia, a pesar todo lo perfecto que pueda parecer.
Sin
embargo estarás preguntándote: ¿De que sirve entonces la circuncisión? O ¿por
qué Dios impartió esta orden tan estrictamente? Contestamos: ¡Dejad que los
judíos se preocupen por eso! ¿Qué nos importa eso a
nosotros gentiles? No nos fue impuesta a nosotros, como lo habrán oído
decir, ni la necesitamos, en cambio podemos ser el pueblo del Señor sin ella,
exactamente como lo hicieron el pueblo de Nineveh, de Babilonia, de Persia, y de
Egipto. Y nadie puede probar que Dios haya alguna vez enviado a un profeta o a
un judío a circuncidar a los gentiles. Por lo tanto, no tendrían atormentarnos
con sus mentiras e idolatría. Si claman ser tan astutos y sabios como para
instruirnos y circuncidarnos a nosotros gentiles, dejémosles primero decirnos
de qué sirve la circuncisión, y por qué Dios impartió la orden de la
circuncisión tan estrictamente. Esto nos lo deben; pero no lo harán hasta que
regresen a su hogar en Jerusalén—o sea, cuando el demonio ascienda al cielo.
Puesto que cuando aseveran que Dios ordenó la circuncisión para santificarlos,
salvarlo, hacer de ellos el pueblo del Señor, están mintiendo atrozmente, como
ya lo habrán oído. Pues Moisés y todos los profetas testifican que la
circuncisión no ayudó ni siquiera a aquellos a los que les fue ordenada, por
ser incircuncisos del corazón. ¿Cómo, entonces, podría ayudarnos a nosotros
a quienes no nos fue ordenada?
Pero
entre nosotros cristianos—sabemos muy bien porqué fue ordenada o qué fines
sirvió. Sin embargo ningún judío lo sabe, y aún cuando le decimos es como si
le estuviésemos hablando a una estaca o a una piedra. No abandonarán su
arrogancia y su orgullo, es decir, sus mentiras. Insisten con que tienen la razón;
Dios debe ser el mentiroso y debe estar equivocado. Entonces, dejadlos ir por su
camino y mentir como lo hicieron sus padres desde el principio. Pero San Pablo
nos enseña en Romanos 3 que cuando la circuncisión se realiza como una suerte
de acto—no puede santificar o salvar, ni fue mentado para hacerlo. Ni tampoco
maldice a los incircuncisos gentiles, como dicen falsa y blasfematoriamente los
judíos. En cambio, él dice, “¿Qué ventaja tiene, pues, el judío?, ¿o de
qué aprovecha la circuncisión? Mucho, en todas maneras. Primero, ciertamente,
que les ha sido confiada la palabra de Dios” [cf. Rom. 3:1 ff.]. ¡Este es el
punto, allí está dicho, allí está! La circuncisión fue dada e instituida
para abrazar y preservar la palabra de Dios y su promesa. Esto significa que la
circuncisión no es útil o suficiente en sí misma; sino que aquellos que son
circuncisos deberían estar ligados por esta señal, este pacto, o sacramento a
obedecerle y creerle a Dios en sus palabras y transmitir todo esto a sus
descendientes.
Pero
dicha finalidad o razón para la circuncisión dejó de ser logrado, la
circuncisión como un mero acto dejó de gozar de validez o valor, aún más si
los judíos deben remendar o agregar otra finalidad o explicación al mismo.
Esto está corroborado también por las palabras en Génesis 17: “Y te daré a
ti,
a tu descendencia después de ti, la tierra en que moras, toda la tierra
de Canaán en heredad perpetua; y seré el Dios de ellos. Dijo de nuevo Dios a
Abraham: en cuanto a ti, guardarás mi pacto, tú y tu descendencia después de
ti por sus generaciones. Este es mi pacto, que guardaréis entre mí y vosotros
y tu descendencia después de ti: Será circuncidado todo varón de entre
vosotros. Circuncidaréis, pues, la carne de vuestro prepucio, y será por señal
del pacto entre mí y vosotros”
[cf. Gen. 17:8, 11]. Aquí se expresa el mismo pensamiento hallado en lo
dicho por San Pablo: que la circuncisión fue dada de manera tal que fuera
escuchada u obedecida la palabra del Señor. Pues cuando la palabra de Dios deja
de ser escuchada u obedecida, entonces él deja con seguridad de ser nuestro Señor,
ya que en esta vida debemos comprender y tener a Dios únicamente a través de
su palabra. Esta maldita vida no puede soportarlo y resistirlo en su iluminada
majestad, como dice en Exodo 36 [33:20]: “No me verá hombre, y vivirá.”
Existe
innumerable cantidad de ejemplos a lo largo de toda la Escritura que muestran qué
causa o propósito le asignaron los judíos a la circuncisión. Pues con la
frecuencia con la que Dios quiso hablar con ellos a través de los profetas ya
sea acerca de los Diez Mandamientos, en los que los reprendió, o acerca de la
promesa de ayuda futura siempre fueron obstinados, o como los versos citados de
Moisés y Jeremías testifican, ellos eran de corazones y oídos incircuncisos.
Siempre clamaron estar haciendo lo correcto y apropiado, mientras los profetas
(o sea, Dios mismo cuya palabra predican) lo incorrecto y lo malo. Por
consiguiente los judíos los mataron a todos, y no han permitido nunca aún que
alguno muriera sin ser perseguido y condenados, con excepción de unos pocos en
los tiempos de David, Hezakiah, y Josías. El curso entero de la historia de
Israel y Judá está impregnado de la blasfemia a la palabra de Dios, la
persecución, desdén, y homicidio a los profetas. Si se los juzga desde la
historia, este
debería ser llamado asesino desenfrenado de los profetas y enemigo de la
palabra de Dios. Quienquiera que lea la Biblia no puede llegar a ninguna otra
conclusión.
Como
hemos dicho, Dios no instituyó la circuncisión ni aceptó a los judíos como
su pueblo para que persiguieran, burlaran, y asesinaran su palabra y a sus
profetas, y prestaran de esta manera un servicio a la justicia y a Dios. En
cambio, como lo dice Moisés en las palabras referidas a la circuncisión en Génesis
17, fue hecho de manera tal que escucharan a Dios y su palabra; es decir, que lo
dejaran ser su Dios. Aparte de esto, la circuncisión en sí misma no los ayudaría,
ya que dejaría de ser entonces la circuncisión de Dios, pues no tendría Dios,
enfrentándose a su palabra; se habría convertido meramente en un obrar humano.
Pues él mismo se había ligado a la circuncisión, así como también había
ligado su palabra. Allí dónde estas dos se separan, la circuncisión queda
hecha una cáscara hueca o un caparazón vacío desprovisto de fruta o semilla.
Lo
que sigue es una situación análoga para nosotros cristianos: Dios nos dio el
bautismo, el sacramento de su cuerpo y sangre, y las llaves para el propósito
último y la causa final que escucháramos allí su palabra. Es decir, él
procura ser nuestro Señor a través del bautismo, y de esa manera hemos de ser
su pueblo. ¿Sin embargo, qué hicimos? Separamos la palabra y fe del sacramento
(o sea, de Dios y su propósito último) y lo convertimos en un mero opus
legis, un obrar legal, o como los papistas lo llaman, un opus
operatum—meramente un obrar humano que los sacerdotes ofrecían a Dios y
los laicos realizaban como un voto de obediencia con la frecuencia con la que lo
recibían. ¿Qué queda del sacramento? Sólo la cáscara vacía, una mera
ceremonia, opus vanum, despojada de
todo lo divino. Sí, es una abominación atroz en la que pervertimos la verdad
de Dios transformándola en mentiras y rendimos culto al verdadero ternero de
Aarón. Por lo tanto, Dios nos condujo a todo tipo de ceguera terrible e
innumerables doctrinas apócrifas, y, además, permitió que Mohammed y el papa
junto con todos los demonios se abalanzaran sobre nosotros.
El
pueblo de Israel sufrió de manera similar. Siempre divorciaron la circuncisión
como un opus operatum, su propio
trabajo, de la palabra de Dios, y persiguieron a todos los profetas a través de
los cuales Dios quería hablar con ellos, según los términos en que la
circuncisión estaba instituida. No obstante lo cual, sin descanso y con
orgulloso hicieron alarde de ser el pueblo del Señor en virtud de su circuncisión.
Por lo tanto están en conflicto con Dios. Dios quiere que lo escuchen y
observen lo que es una circuncisión apropiada y completa; pero ellos se rehusan
e insisten con que Dios respeta su trabajo, es decir, la mitad de una circuncisión
en efecto, la cáscara de la circuncisión. Dios, por su parte, se niega a
respetarla; y por lo tanto se alejan más y más, y es imposible reunirlos o
reconciliarlos.
Ahora,
¿quién desea acusar a Dios de una injusticia? Decidme, cualquiera que sea
sensato, si es adecuado que Dios considere los trabajos de quienes se rehusan a
escuchar su palabra, o si debiera él contemplarlos como su pueblo cuando ellos
no quieren considerarlo como su Dios. Con toda justicia y razón, Dios diría,
como lo declara el Salmo [Ps. 81:11 f.]: “Israel no me quiso obedecer. Los
entregué, por tanto, a la dureza de su corazón; Caminaron según sus propios
consejos.” Y en Deuteronomio 32:21, Moisés establece, “Ellos me movieron a
celos con lo que no es Dios... Yo también los moveré a celos con un pueblo que
no es pueblo.”
De
igual modo, entre nosotros cristianos los papistas no pueden confundirse más
con la iglesia. Ya que no permitirán que el Dios sea su Dios, pues se niegan a
escuchar su palabra, y en cambio la persiguen terriblemente, y luego se aparecen
con sus cáscaras vacías, barcias, y negaciones, mientras controlan a la
multitud y practican sus ceremonias. Y se supone que Dios debe reconocerlos y
contemplarlos como su verdadera iglesia, ignorando que ellos no lo consideran
como su verdadero Dios, es decir, no quieren que les hable a través de sus
predicadores. Su palabra debe considerarse herejía, el diablo, y cada demonio.
Esto es lo que en efecto él hará, lo que con seguridad experimentarán, mucho
peor que lo judíos.
Ahora
bien, lo que podemos sacar de todo esto es que la circuncisión era muy útil y
buena, como lo declara San Pablo—de hecho no por su propia cuenta, sino por
cuenta de la palabra del Señor. Pues estamos convencidos, y ésta es la verdad,
que los niños que fueron circuncidados en el octavo día se convirtieron en
hijos de Dios, como las palabras lo manifiestan, “Seré tu Dios, y el de tu
descendencia después de ti” [Gen. 17:7], ya que ellos recibieron la
circuncisión perfecta y completa, la palabra con la señal, y no las separaron.
Dios está presente, diciéndoles, “Seré tu Dios, y el de tu descendencia
después de ti”; y esto completó la circuncisión en ellos. De igual modo,
nuestros hijos reciben el completo, verdadero, e íntegro bautismo, la palabra
con la señal, y no separan una de la otra; reciben la semilla en su cáscara.
Dios está presente; él los bautiza y les habla, y de esta manera los salva.
Pero
ahora que hemos envejecido, el papa se aparece y
el diablo con él y nos enseña a convertirlo en un opus
legis u opus operatum. Separa
palabra y señal una de la otra, enseñándonos que estamos salvados por nuestra
propia contrición, trabajo, y satisfacción. Compartimos la experiencia
relatada por San Pedro en II Pedro 2:22: “El perro vuelve a su vómito, y la
puerca lavada a revolcarse en el cieno.” Así nuestro sacramento se ha
convertido en un trabajo, y nosotros nos comemos otra vez nuestro vómito. De la
misma manera, los judíos, en tanto envejecen, arruinan su válida circuncisión
realizada en el octavo día, separan la palabra de la señal, y hacen de ella un
trabajo humano y hasta desagradable. De esta manera perdieron a Dios y a su
palabra y ya dejaron de entender las Escrituras.