Herencia Cristiana
Dios
realmente los enalteció mediante la circuncisión, dirigiéndose a ellos por
sobre todas las demás naciones de la tierra y confiándoles su palabra. Y a fin
de preservar su palabra entre ellos, les dio una nación especial; realizó
grandes maravillas a través de ellos, ordenó reyes y sacerdotes, y disipó
profetas que no sólo les reseñaban las mejores cosas concernientes al presente
sino que también prometían al futuro Mesías, el Salvador del mundo. Fue por
su bien que Dios concedió todo esto, ordenándoles que buscaran su llegada, que
la esperaran con seguridad y sin tardanza. Pues Dios hizo todo esto sólo por su
bien: por su bien Abraham fue llamado, la circuncisión instituida, y el pueblo
así destacado de manera tal que el mundo supiera de qué pueblo, de qué país,
en qué momento, sí, de qué tribu, familia, ciudad, y persona, él vendría,
sino hubiera sido censurado por demonios y hombres en razón de haber venido de
un rincón oscuro o de ancestros desconocidos. No, sus ancestros debían ser
grandes patriarcas, excelentes reyes, y profetas sobresalientes, que fueran
testigos de él.
Ya hemos señalado de qué manera los judíos, con algunas excepciones,
consideraban tales promesas y a tales profetas. Nunca toleraron a ningún
profeta, y siempre persiguieron la palabra de Dios y se negaron a escuchar a
Dios. Este es el reclamo y lamento de todos los profetas. Y así como sus padres
lo hicieron, también lo hacen hoy, no corregirán nunca sus costumbres. Si Isaías,
Jeremías, u otro profeta caminara entre ellos hoy y proclamara lo que proclamó
en sus días, o declarara que la circuncisión que llevan a cabo hoy los judíos
y la espera del Mesías son fútiles, éste sería nuevamente muerto por sus
manos de la misma manera que entonces. No le permitan, a él que está dotado de
razón, decir nada del entendimiento cristiano, noten cuán arbitrariamente
pervierten y tergiversan los libros de los profetas con sus malditos brillos,
violando sus propias consciencias (sobre las cuales podamos quizás decir algo más
tarde). Pues ahora que no pueden seguir apedreando o matando a los profetas físicamente
o personalmente, los atormentan espiritualmente, mutilan, estrangulan, y
maltratan sus hermosos versos de manera tal que el corazón humano resulta
irritado y dolorido. Esto nos obliga a ver cómo, a causa de la ira de Dios, están
completamente entregados a las manos del diablo. En suma, son un pueblo que
asesina a los profetas; como no pueden seguir asesinando a los que viven, deben
matar y atormentar a los que están muertos.
Posteriormente, después de haber azotado, crucificado, escupido, blasfemado,
insultado a Dios en su palabra, como Isaías 8 profetiza, pretenciosamente
repiten su circuncisión y otros vanos, blasfemos, e insignificantes trabajos.
Se atreven a considerarse el pueblo elegido de Dios, a condenar al mundo entero,
y suponen que su arrogancia y fanfarronería le agradará a Dios, que les dará
a cambio un Mesías a elección y prescripción propia. Por lo tanto, querido
Cristiano, manténte alerta frente a tan maldito, incorregible pueblo, del cual
no puedes aprender a hacer otra cosa que a mentir sobre Dios y su palabra, a
blasfemar, a tergiversar, a asesinar a los profetas, y despreciar arrogante y
orgullosamente a toda la gente de la tierra. Aún si el Dios tuviera la intención
de no tener en cuenta todos los demás pecados lo
cual, por supuesto, es imposible no podría aceptar tal inefable orgullo.
Pues él se hace llamar el Dios de los humildes, como declara Isaías 66:2:
“Pero miraré a aquél que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi
palabra.” He dicho suficiente con relación a la segunda falsa fanfarronería
de los judíos, o sea, su falsa y fútil circuncisión, que no les fue de ayuda
cuando Moisés y Jeremías los hicieron pensar acerca de sus corazones
incircuncisos. Ya que por donde quiera que la palabra de Dios deje de estar
presente, la circuncisión deja de tener validez.
En
tercer lugar, son sumamente engreídos porque Dios les habló e impartió la ley
de Moisés en Monte Sinaí. He aquí el punto exacto, aquí Dios realmente tiene
que dejarse torturar, aquí tiene que escuchar hasta el hartazgo sus canciones y
loas por haberlos santificado con su santa ley, los eligió de entre otras
naciones, y los guió para que dejaran Egipto. ¡Aquí a nosotros gentiles se
nos desprecia, y somos nada comparados con el santo, elegido, noble, y sumamente
elevado pueblo que posee la palabra de Dios! Declaran, como yo mismo oí: “¿De
hecho, qué tienes para decir sobre esto—que Dios nos haya hablado
personalmente en Monte Sinaí y que no lo haya hecho con ningún otro pueblo?”
No tenemos objeción alguna frente a este razonamiento, pues no podemos negarles
esta gloria. Los libros de Moisés dan prueba de esto, y David, también, lo
testifica, diciendo en Salmos 147:19: “Ha manifestado sus palabras a Jacob,
sus estatutos y sus juicios a Israel.” Y en Salmos 103:7: “Sus caminos
notificó a Moisés, y a los hijos de Israel sus obras.”
Relatan que los jefes del pueblo usaban coronas en Monte Sinaí en aquel
momento como símbolo de que habían contraído matrimonio con Dios a través de
la ley, de que se habían convertido en sus novias, y de que se habían casado
el uno con los otros. Más tarde leemos de todos los profetas cómo aparece Dios
y habla con los niños de Israel como un esposo a su esposa. De esto también
resulta la peculiar adoración a Baal; pues “Baal” significa hombre de la
casa o señor de la casa, “Beulah” significa ama de casa. Este último ha
sido recuperado por el vocablo alemán “Buhle”,
como cuando se dice “My dear Buhle”
[sweetheart—cariño], y “I must have a Buhle” [necesito un ama de casa].
Antiguamente era un término inofensivo, que designaba a una joven cortejada. Se
decía que el pretendiente [buhlte]
festejaba a la joven con intenciones de casarse. En la actualidad la palabra ha
asumido connotaciones diferentes.
Ahora los desafiamos a ustedes, Isaías, Jeremías, y a todos los profetas, y a
quienquiera que se aparezca y sea lo suficientemente osado como para decir que
una nación tan noble con la cual el Señor mismo conversa y con la cual él
mismo se casa a través de la ley, y con la cual él mismo se une como si fuera
a una esposa, no es el pueblo de Dios. Cualquiera que lo intentara, lo sé, haría
el ridículo y fracasaría. A falta de cualquier otra arma, los morderían hasta
despedazarlos por tratar de despojarlos de tal gloria, alabanza, y honor. No
puede ni expresarse ni entenderse la arrogancia obstinada, desenfrenada,
incorregible de este pueblo, surgida de esta ventaja—que Dios mismo les habló.
Ningún profeta ha sido nunca capaz de alzar su voz en protesta levantarse en su
contra, ni siquiera Moisés. Pues en Números 16, Coré se alzó y aseveró que
ellos eran todos un pueblo de Dios, y preguntó por que sólo Moisés podía
ordenar y enseñar. Desde ese momento, la mayoría de ellos han sido genuinos
coreítas; ha habido muy pocos verdaderos israelitas. Pues desde que Coré
persiguió a Moisés, no han dejado vivo o sin perseguir a ningún profeta.
Entonces se supo que ellos eran una novia corrompida, sí, una prostituta
incorregible y una libertina repugnante con la cual discutir, enfrentarse, y
pelear. Si los castigaba y los golpeaba con su palabra a través de los
profetas, ellos lo contradecían, mataban a sus profetas, o, como un perro
rabioso, mordían la vara con la cual eran golpeados. Así está declarado en
Salmos 95:10: “Cuarenta años estuve disgustado con la nación, Y dije: ‘Es
un pueblo de corazón extraviado, Y no han conocido mis caminos. ’ ” Y Moisés
mismo dice en Deuteronomio 31:27: “Porque yo conozco tu rebelión, y tu dura
cerviz; he aquí que aun viviendo yo con vosotros hoy, sois rebeldes a Jehová;
¿cuánto más después que yo haya muerto?” Y Isaías 48:4: “Por cuanto
conozco que eres obstinado, y barra de hierro tu cerviz, y tu frente de
bronce...” Y así sucesivamente; quien esté interesado puede leer más sobre
esto. Los judíos están bien al tanto de que los profetas increparon a los
hijos de Israel desde el principio hasta el final como a un pueblo desobediente,
malvado y como a la más despreciable prostituta, sin embargo se jactaron
enormemente de la ley de Moisés, o de la circuncisión, y de su ascendencia.
Pero puede objetarse: Con seguridad esto es dicho acerca de los judíos diabólicos,
no acerca de los judíos píos de hoy día. Perfecto, por ahora me contentaré
con que confesaran, como tienen que confesar, que los judíos diabólicos no
pueden ser el pueblo de Dios, y que su linaje, circuncisión, y ley de Moisés
no puede ayudarlos. ¿Por qué, entonces, todos, los más perversos así como
los más píos, se jactan de la circuncisión, linaje, y ley? Cuánto peor sea
el judío, más arrogante es, sólo por ser judío—es decir, una persona que
desciende de la semilla de Abraham, circunciso, y bajo la ley de Moisés. David
y otros judíos píos no eran tan arrogantes como los judíos incorregibles de
hoy en día. No importa cuán inicuos sean, presumen ser los señores más
nobles frente a nosotros gentiles, sólo en virtud de su linaje y ley. No
obstante la ley los increpa como a las prostitutas y a los idólatras más viles
bajo el sol.
Además, si son judíos píos y no los judíos diabólicos, como los llaman lo
profetas, ¿cómo puede estar tan oculta su piedad que ni el propio Dios da
cuenta de ella, ni tampoco ellos lo hacen? Pues han, como dijimos, rezado,
llorado, y sufrido por casi mil quinientos años, y aún así Dios se niega a
escucharlos. Sabemos por la Escritura que Dios escuchará las plegarias o
suspiros de los justos, dice el salmista [Sal.145:19]: “Cumplirá el deseo de
los que le temen; Oirá asimismo el clamor de ellos.” Y Salmos 34:17:
“Claman los justos, y Jehová oye.” Como lo prometió en Salmos 50:15:
“Invócame en el día de la angustia; Te libraré.” Esto mismo puede
encontrarse en muchos otros versos de la Escritura. Si no fuera por éstos, ¿quién
rezaría o podría rezar?
En
suma, él dice en el primer mandamiento que será su Dios. ¿Entonces, cómo se
explica que no escuchará a estos judíos? Con seguridad tienen que ser los
ruines, los idólatras, es decir, ningún pueblo de Dios, y su fanfarronería de
linaje, circuncisión, y ley debe ser tomada como grosería. Si hubiera un sólo
judío pío entre aquellos que lo observaron, él tendría que escuchar, porque
Dios no puede permitir que sus santos oren en vano, como lo demuestra la
Escritura con varios ejemplos. Esta evidencia es concluyente para asegurar que
ellos no pueden ser judíos píos, sino que tienen que ser la multitud del
pueblo de idólatras y asesinos.
Dicha piedad está, como ya ha sido señalado, tan escondida entre ellos que ni
ellos mismos pueden saber nada de la misma. ¿Cómo lo sabrá Dios entonces?
Pues están llenos de malicia, avaricia, envidia, odio entre ellos mismos,
orgullo, usura, pedantería, e insultos contra nosotros gentiles. Por lo tanto,
el judío tendría que tener una visión muy aguda para reconocer a un judío
piadoso, por no decir nada del hecho de que todos debieran de ser el pueblo de
Dios como claman. Pues seguramente esconden su piedad bajo sus manifiestos
vicios; y aún así todos ellos, sin excepción, claman ser la sangre de
Abraham, el pueblo de la circuncisión y de Moisés, es decir, la nación de
Dios, comparados a ellos, los gentiles somos con seguridad puro hedor. Aún
sabiendo que Dios no puede tolerar esto, ni siquiera lo toleró entre los ángeles,
igual él escucharía y debe escuchar sus mentiras y blasfemias por el hecho de
que son su pueblo en virtud de la ley que les ofreció y porque conversó con
sus antepasados en Monte Sinaí.
¿Por qué tendrían que decirse tantas cosas con respecto a esto? Si hacer
alarde de que Dios habló con ellos y de que poseen su palabra o mandamiento
fuera suficiente para que Dios los considerara su Pueblo, entonces los demonios
en el infierno tendrían más derecho a ser el pueblo de Dios que los judíos, sí,
que cualquier pueblo. Pues los demonios tienen la palabra de Dios y saben mejor
que los judíos que hay un Dios que los creó, a quien están obligado a amar
con todo su corazón, honorar, temer, y servir, cuyo nombre no se atreven a
malversar, cuya palabra habrán de escuchar el día sagrado del sábado como así
también el resto de la semana; saben que tienen prohibido matar o infligir mal
a cualquier criatura. ¿Pero en que los beneficia saber y poseer el mandamiento
de Dios? Dejadlos hacer alarde de que esto los hace los ángeles propios,
especiales, queridos de Dios, ¡en comparación a ellos otros ángeles son nada!
Cuánto más dinero tendrían si no poseyeran el mandamiento de Dios o si lo
ignoraran. Pues si no lo tuvieran, no estarían condenados. La razón de su
condena es puntualmente que poseen su mandamiento y aún así no lo cumplen,
sino que lo violan constantemente.
De la misma manera, asesinos y prostitutas, ladrones y ruines y todos los
hombres malvados podrían hacer alarde de ser el pueblo sagrado, peculiar, ya
que ellos, también, tienen su palabra y saben que deben temerle y obedecerle,
amarlo y servirle, honorar su nombre, abstenerse de matar, cometer adulterio, y
cualquier otro acto diabólico. Si no tuvieran la palabra sagrada y verdadera de
Dios, no podrían pecar. Pero como pecan y están condenados, es certero que
tienen la palabra sagrada, verdadera de Dios, contra la cual pecan. ¡Dejadlos
hacer alarde, como los judíos, de que Dios los ha santificado a través de su
ley y elegido por encima de todos las demás hombres por ser un pueblo singular!
Es el mismo tipo de fanfarronería cuando los judíos hacen alarde en sus
sinagogas, alabando y agradeciéndole a Dios por santificarlos a través de su
ley y por enaltecerlos como a un pueblo especial, a pesar de que saben
perfectamente bien que no están contemplando esta ley, que están llenos de
vanidad, envidia, usura, avaricia, y todo tipo de malicia. Los peores ofensores
son aquellos que pretenden ser devotos y sagrados en sus plegarias. Son tan
ciegos que no sólo usurean sin mencionar
los otros vicios sino que también enseñan que éste es un derecho que Dios
les confirió a través de Moisés. Por eso, como en todo las otras cuestiones,
difaman a Dios de lo más vilmente. Sin embargo, carecemos de tiempo para
profundizar en esto ahora.
Pero cuando declaran que aún sin ser santificados por los Diez Mandamientos
(ya que todos los gentiles y demonios tienen el deber de cumplirlos, o sino están
contaminados y condenados a causa de esto) todavía les quedan las otras leyes
de Moisés, aparte de los Diez Mandamientos, que les fueron dados exclusivamente
a ellos y no también a los gentiles, y mediante los cuales son santificados y
destacados de todas las demás naciones—¡O Señor, que excusa y pretexto tan
débil, flojo, y vano es este! Si los Diez Mandamientos no han de ser
obedecidos, a qué otra cosa apunta cumplir con las demás leyes más que a
meros malabarismos y mascaradas, en efecto, a una verdadera parodia que toma
a Dios por tonto. Exactamente como si un cofrade inócuo, endemoniado
entre nosotros se exhibiera en el traje del papa, cardenal, obispo, o cura y
observara todos los preceptos y las costumbres de estas personas, pero por
debajo de este atuendo espiritual hubiera un demonio genuino, un lobo, un
enemigo de la iglesia, un blasfemo que pisoteara a ambos el evangelio y los Diez
Mandamientos con el pie y los insultara y maldijera. ¡Qué excelente santo sería
ante los ojos de Dios!
O supongamos que en alguna parte una bella damisela se apareciera, adornada con
una corona de flores, y observara todas las costumbres, deberes, comportamiento
y disciplina de una virgen casta, pero que por debajo fuera una vil,
avergonzante prostituta, violando los Diez Mandamientos. ¿Qué bien le haría
su excelente obediencia para observar todos los deberes y costumbres de la
condición social de una virgen por fuera? La ayudaría
mucho—sería siete veces más hostil a ella que a una prostituta
insolente, pública. Así pues Dios reprendió constantemente a los niños de
Israel a través de los profetas, llamándolos vil prostituta porque, bajo la
apariencia y decoración de externas leyes y santidad, practicaron todo tipo de
idolatría y maldad, como lo lamenta especialmente Oseas en el capítulo 2.
Es ciertamente elogiable cuando una beata, ya sea virgen o mujer, está vestida
y adornada decentemente y con pulcritud y en apariencia se conduce con modestia.
Pero si es una prostituta, sus prendas, adornos, corona, y alhajas serían menos
dignas de ella que de una cerda que se revuelca en el fango. Como lo dice Salomón
[Prov. 11:22]: “Como zarcillo de oro en el hocico de un cerdo es la mujer
hermosa, pero falta de razón.” Es decir, es una prostituta. Por lo tanto,
esta fanfarronería acerca de las leyes externas de Moisés, aparte de la
obediencia a los Diez Mandamientos, debiera ser silenciada; en efecto, dicha
fanfarronería hace a los judíos siete veces más indignos de ser el pueblo de
Dios que los gentiles. Pues las leyes externas no fueron dadas para hacer de una
nación el pueblo de Dios, sino para adornar y realzar al pueblo de Dios
externamente. Así como los Diez Mandamientos no fueron dados de manera que se
hiciera alarde de ellos y se menospreciara arrogantemente a todo el mundo por
ellos, como si a través de ellos se fuera sagrado y el pueblo de Dios; en
cambio fueron dados para ser observados, y esa obediencia a Dios debiera ser
mostrada, como Moisés y todos los profetas muy seriamente enseñaron. No
obtendrá gloria aquél que los posee, como lo vimos en el caso de los demonios
y hombres diabólicos, sino aquél que los cumpla. Aquél que los posee y no los
cumple debe sentirse avergonzado y aterrorizado porque con seguridad será
condenado por ellos.
Pero
este tema es incomprensible para los ciegos y endurecidos judíos. Hablar con
ellos de esto es lo mismo que predicarle el evangelio a una cerda. No saben cuál
es verdaderamente el mandamiento de Dios, menos pueden saber cómo conservarlo.
Después de todo no pudieron escuchar a Moisés, ni mirarlo a la cara; él tuvo
que cubrirlo con un velo. Este velo está allí hoy en día, pues todavía no
pueden contemplar a Moisés a la cara, es decir, su doctrina. Todavía está
oculto para ellos [cf. II Cor. 3:13 ff.; Exod. 34:33 ff.]. De este modo no
pudieron oír la palabra de Dios en Monte Sinaí cuando les habló, pero ellos
se replegaron, diciéndole a Moisés: “Habla tú con nosotros, y nosotros
oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos” [Exod. 20:19].
Conocer el mandamiento de Dios y saber como conservarlo requiere de alto
entendimiento profético.
Moisés estaba bien al tanto de eso cuando dijo en Exodo 34 que Dios perdona
pecado y que nadie está libre de culpas ante él, lo que quiere decir que nadie
cumple su mandamiento pero que Dios perdona a aquél que peca. Como David también
testimonia en Salmos 32:1, “Bienaventurado aquel a quien es perdonada su
transgresión... a quien Jehová no imputa iniquidad.” Y en el mismo salmo
[cf. V. 6]: “Por esto orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser
hallado,” lo cual significa que ningún santo cumple los mandamientos de Dios.
Y si los santos no los cumplen, ¿cómo los cumplirán los pueblos endemoniados,
descreídos, malvados? Nuevamente leemos en Salmos 143:2: “Y no entres en
juicio con tu siervo; Porque no se justificará delante de ti ningún ser
humano.” Esto atestigua claramente que aún los siervos sagrados de Dios no
están justificados ante él a menos que él deje de lado su juicio y trate con
ellos en su piedad; es decir, no cumplen sus mandamientos y necesitan que sus
pecados sean perdonados.
Esto
es merecedor de un Hombre que nos asistirá, que carga con nuestros pecados por
nosotros, como Isaías 53:6 dice: “Jehová cargó sobre él la iniquidad de
todos nosotros.” En efecto, eso es entender verdaderamente la ley de Dios y su
observancia—cuando sabemos, reconocemos, sí, y sentimos que la poseemos, pero
no la cumplimos y no podemos cumplirla; que, en vistas de esto, somos pobres
pecadores y culpables ante Dios; y que no es sólo de pura gracia y piedad que
recibimos el perdón a dicha culpa y desobediencia a través del Hombre sobre el
cual Dios depositó este pecado. De esto hablamos nosotros cristianos y esto
enseñamos, y de esto los profetas y apóstoles nos hablan y enseñan. Ellos son
los únicos que fueron y aún son la novia y virgen casta de nuestro Señor; y aún
así no hacen alarde de ninguna ley o santidad como lo hacen los judíos en sus
sinagogas. Ellos en cambio se lamentan de la ley y lloran por piedad y perdón
por los pecados. Por otro lado, los judíos son tan sagrados como los frailes
descalzos que poseen tal exceso de santidad que no pueden usarla para ayudar a
otros a acercarse al cielo, y aún retienen una rica y abundante reserva para
vender. No tiene sentido hablarle a ninguno de ellos acerca de estos asuntos,
pues su arrogancia ciega es tan sólida como una montaña de hierro. Ellos
tienen razón; Dios está equivocado. Dejémoslos ir su camino, y permanezcamos
con quienes rezan el Miserere, Salmos
51, es decir, con quienes saben y entienden qué es la ley, y qué significa
cumplirla y no cumplirla.
Aprende
de esto querido cristiano, qué estás haciendo si permites que los ciegos judíos
te lleven por el mal camino. Entonces se aplicará el dicho con verdad, “¿Acaso
puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en un hoyo?” [cf. Lucas
6:39]. No puedes aprender nada de ellos excepto cómo malinterpretar los divinos
mandamientos, y, a pesar de ello, fanfarronean arrogantemente contra los
gentiles—quienes realmente son mucho mejores ante Dios que ellos, pues no
tienen tal orgullo de santidad y aún así dan mayor cumplimiento a la ley que
estos santos arrogantes y blasfemos y condenados mentirosos.
Por
lo tanto cuídate de los judíos, sabiendo que donde sea que tengan sus
sinagogas, no se encuentra otra cosa que una guarida de demonios en la que se
practican maliciosamente y sin escrúpulos el envanecimiento total de uno mismo,
la pedantería, las mentiras, la blasfemia, y la difamación de Dios y los
hombres. La ira de Dios los ha consignado a la presunción de que su fanfarronería,
su arrogancia, su difamación contra el Señor, su insulto a todos los pueblos
son una verdad y un gran servicio rendido al Señor—todo lo cual es muy
pertinente y apropiado a sangre tan noble de los padres y santos circuncisos. En
esto creen a pesar de saber que están inmersos intencionalmente en vicios
manifiestos, de la misma manera que los demonios. Y donde veas o escuches a un
judío enseñando, recuerda que no estás escuchando otra cosa que a un
basilisco venenoso que envenena y mata gente, gustoso de atraparla—Y no
obstante, claman estar haciendo lo correcto. ¡Cuídate de ellos!
En cuarto lugar, se enorgullecen de ellos mismos tremendamente por haber
recibido la tierra de Canaan, la ciudad de Jerusalén, y el templo de Dios. El
Señor a menudo ha acallado tal fanfarronería y arrogancia, especialmente a
través del rey de Babilonia, que los condujo al cautiverio y destruyó todo
(tal como lo hizo el rey de Asiria, que expulsó a todos los de Israel y arrasó
con todo). Finalmente fueron exterminados y devastados por los romanos más de
mil cuatrocientos años atrás—de manera que deben percibir muy bien que el Señor
no contempló, ni contemplará, su país, ciudad, templo, sacerdocio, o
principado, no los observa, ni observará, a causa de éstos como su propio
pueblo especial. Aún así su cerviz de hierro, como la llama Isaías [Isa.
48:4] no se dobla, ni su dura frente de bronce se enrojece de vergüenza.
Permanecen completamente ciegos, inflexibles, estáticos, siempre esperando que
Dios les devuelva su tierra natal y les restituya todo.
Moisés les había informado en varias ocasiones, primero, que no estaban
ocupando la tierra porque su rectitud excediera la de otros herejes pues
eran un pueblo obstinado, malvado, desobediente y, segundo, que pronto serían
expulsados de la tierra y perecerían si no cumplían los mandamientos de Dios.
Y cuando el Señor eligió la ciudad de Jerusalén agregó muy claramente en las
escrituras de todos los profetas que destruiría completamente dicha ciudad de
Jerusalén, su asiento y trono, si no cumplían con sus mandamientos. Además,
cuando Salomón había construido el templo, se había sacrificado y había
orado al Señor, el Señor le dijo (I Reyes 9:3), “Yo he oído tu oración y
tu ruego... Yo he santificado esta casa,” etc.; pero luego agregó apenas más
adelante: “Más si obstinadamente os apartáis de mí... y no guardáis mis
mandamientos... yo cortaré a Israel de sobre la faz de la tierra que les he
entregado; y esta casa que he santificado a mi nombre, yo la echaré de delante
de mí, e Israel será por proverbio y refrán a todos los pueblos.” Con una
total indiferencia hacia esto, se mantuvieron, y todavía se mantienen, firmes
como una roca o como una imagen de piedra inerte, insistiendo en que el Señor
les dio un país, ciudad, y templo, y que por lo tanto tienen que ser el pueblo
o la iglesia de Dios.
No oyen ni ven que el Señor les dio todo esto de manera tal que cumplan con
sus mandamientos, es decir, que lo consideren como su Dios, y así ser su pueblo
e iglesia. Hacen alarde de su raza y descendencia de los padres, pero no ven ni
prestan atención al hecho de que él eligió su raza para que cumpla los
mandamientos. Hacen alarde de su circuncisión; pero por qué son circuncisos es
decir, porque deben cumplir los mandamientos de Dios no cuenta para nada.
Son rápidos para fanfarronear de su ley, templo, culto, ciudad, tierra y
gobierno; pero por qué poseen todo esto, no lo consideran.
El diablo con todos sus ángeles ha tomado posesión de este pueblo, y por eso
siempre exaltan cosas externas sus
ofrendas, sus actos, sus obras ante el Señor que equivale a ofrecerle al Señor
la cáscara hueca desprovista de fruta. Esperan que el Señor aprecie estas
cosas y en razón de ellas los acepte como su pueblo, y los exalte y bendiga por
sobre todos los gentiles. Pero el hecho de que Él quiere que sus leyes sean
contempladas y quiere ser honorado por ello como su Dios, esto ellos no lo
quieren considerar. Así las palabras de Moisés se ven realizadas cuando dice
[Deut. 32:21] que el Señor no los considerará como su pueblo, puesto que ellos
no lo consideran como su Dios. Oseas 2 [cf. 1:9] expresa el mismo pensamiento.
De hecho, si el Señor no hubiera permitido que la ciudad de Jerusalén fuera
destruida y a ellos no los hubiera hecho echar de su país, y en cambio les
hubiera permitido quedarse allí, nadie los hubiera podido convencer de que no
son el pueblo de Dios, pues aún estarían en posesión de templo, ciudad y país
indiferentes de cuán bajos, desobedientes, y obstinados fueron. [No lo hubieran
creído]aún si hubieran llovido profetas a diario y aún si mil Moiseses se
hubieran levantado y gritado: “No sois el pueblo de Dios, porque sois
desobedientes y os reveláis contra el Señor.” Por qué, aún hoy no pueden
abstenerse de su absurda, insensata fanfarronería de que son el pueblo de Dios,
aún habiendo sido expulsados, dispersados, y completamente rechazados por casi
mil quinientos años. Todavía tienen la esperanza de volver en virtud de sus
propios méritos. Pero no tienen ninguna promesa con la cual consolarse a ellos
mismos excepto aquella que agrega en la Escritura su falsa imaginación.
Nuestro apóstol San Pablo tenía razón cuando dijo de ellos que “tienen
celo de Dios, pero no según el perfecto conocimiento,” etc. [Rom. 10:2].
Claman ser el pueblo de Dios en razón de sus actos, obras, demostraciones
exteriores, y no por absoluta gracia y piedad, como todos los profetas y todos
los hijos verdaderos de Dios tienen que serlo, como fue dicho. Por lo tanto están
más allá de cualquier consejo o ayuda. Del mismo modo que nuestros papistas,
obispos, monjes, y sacerdotes, junto con los que los suceden, quienes insisten
con ser el pueblo de Dios y su iglesia; creen que el Señor debe estimarlos
porque fueron bautizados, porque tienen el nombre, y porque manejan la batuta.
Allí se irguen como una roca. Si cien mil apóstoles se aparecieran y dijeran:
“No sois la iglesia por vuestro comportamiento o vuestras varias obras y
servicios divinos, aunque hechos con vuestro mejor esfuerzo; no, debéis
desistir de todo esto y adherir simplemente y únicamente a la gracia y piedad
de Cristo, etc. Si no lo hacéis, seréis la prostituta del diablo o una escuela
de ladinos y no la iglesia,” desearían asesinar, quemar en la hoguera, o
desterrar a dichos apóstoles. En cuanto a creerles y abandonar sus propios
mecanismos, de esto no hay esperanzas; no sucederá.
Los turcos siguieron el mismo patrón con su culto, como lo hacen todos los fanáticos.
Judíos, turcos, papistas, los radicales abundan por todos lados. Todos ellos
claman ser la iglesia y el pueblo de Dios de acuerdo con su arrogancia y
pedantería, indiferentes de la singular verdadera fe y la obediencia a los
mandamientos de Dios que son los únicos a través de los cuales los pueblos se
convierten y permanecen hijos de Dios. Incluso aunque no todos sigan el mismo
curso, sino que uno elija este camino, otro aquél camino, resultando en una
variedad de formas, no obstante todos tienen la misma intención y propósito último,
es decir, mediante sus propios actos quieren lograr convertirse en el pueblo de
Dios. Y así hacen alarde y se jactan de que son los únicos a los que el Señor
estimará. Son los zorros de Sansón atados cola a cola pero cuyas cabezas se
vuelven en direcciones diferentes [cf. Judg. 15:4].
Pero
como lo señalamos anteriormente, eso va más allá del entendimiento de los judíos,
así como el de los turcos y papistas. Como dice San Pablo en [I Corintios],
“Pero el hombre natural no capta las cosas que son del Espíritu de Dios,
porque se han de discernir espiritualmente” [I Cor. 2:14]. Así las palabras
de Isaías 6:9 se convierten en realidad: “Oíd bien, pero no entendáis; ved
por cierto, más no comprendáis.” Pues ellos no saben lo que escuchan, ven,
dicen, o hacen. Y aún así no aceptan que son ciegos y sordos.