Herencia Cristiana

 

Dios realmente los enalteció mediante la circuncisión, dirigiéndose a ellos por sobre todas las demás naciones de la tierra y confiándoles su palabra. Y a fin de preservar su palabra entre ellos, les dio una nación especial; realizó grandes maravillas a través de ellos, ordenó reyes y sacerdotes, y disipó profetas que no sólo les reseñaban las mejores cosas concernientes al presente sino que también prometían al futuro Mesías, el Salvador del mundo. Fue por su bien que Dios concedió todo esto, ordenándoles que buscaran su llegada, que la esperaran con seguridad y sin tardanza. Pues Dios hizo todo esto sólo por su bien: por su bien Abraham fue llamado, la circuncisión instituida, y el pueblo así destacado de manera tal que el mundo supiera de qué pueblo, de qué país, en qué momento, sí, de qué tribu, familia, ciudad, y persona, él vendría, sino hubiera sido censurado por demonios y hombres en razón de haber venido de un rincón oscuro o de ancestros desconocidos. No, sus ancestros debían ser grandes patriarcas, excelentes reyes, y profetas sobresalientes, que fueran testigos de él.

  Ya hemos señalado de qué manera los judíos, con algunas excepciones, consideraban tales promesas y a tales profetas. Nunca toleraron a ningún profeta, y siempre persiguieron la palabra de Dios y se negaron a escuchar a Dios. Este es el reclamo y lamento de todos los profetas. Y así como sus padres lo hicieron, también lo hacen hoy, no corregirán nunca sus costumbres. Si Isaías, Jeremías, u otro profeta caminara entre ellos hoy y proclamara lo que proclamó en sus días, o declarara que la circuncisión que llevan a cabo hoy los judíos y la espera del Mesías son fútiles, éste sería nuevamente muerto por sus manos de la misma manera que entonces. No le permitan, a él que está dotado de razón, decir nada del entendimiento cristiano, noten cuán arbitrariamente pervierten y tergiversan los libros de los profetas con sus malditos brillos, violando sus propias consciencias (sobre las cuales podamos quizás decir algo más tarde). Pues ahora que no pueden seguir apedreando o matando a los profetas físicamente o personalmente, los atormentan espiritualmente, mutilan, estrangulan, y maltratan sus hermosos versos de manera tal que el corazón humano resulta irritado y dolorido. Esto nos obliga a ver cómo, a causa de la ira de Dios, están completamente entregados a las manos del diablo. En suma, son un pueblo que asesina a los profetas; como no pueden seguir asesinando a los que viven, deben matar y atormentar a los que están muertos.

  Posteriormente, después de haber azotado, crucificado, escupido, blasfemado, insultado a Dios en su palabra, como Isaías 8 profetiza, pretenciosamente repiten su circuncisión y otros vanos, blasfemos, e insignificantes trabajos. Se atreven a considerarse el pueblo elegido de Dios, a condenar al mundo entero, y suponen que su arrogancia y fanfarronería le agradará a Dios, que les dará a cambio un Mesías a elección y prescripción propia. Por lo tanto, querido Cristiano, manténte alerta frente a tan maldito, incorregible pueblo, del cual no puedes aprender a hacer otra cosa que a mentir sobre Dios y su palabra, a blasfemar, a tergiversar, a asesinar a los profetas, y despreciar arrogante y orgullosamente a toda la gente de la tierra. Aún si el Dios tuviera la intención de no tener en cuenta todos los demás pecados lo cual, por supuesto, es imposible no podría aceptar tal inefable orgullo. Pues él se hace llamar el Dios de los humildes, como declara Isaías 66:2: “Pero miraré a aquél que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra.” He dicho suficiente con relación a la segunda falsa fanfarronería de los judíos, o sea, su falsa y fútil circuncisión, que no les fue de ayuda cuando Moisés y Jeremías los hicieron pensar acerca de sus corazones incircuncisos. Ya que por donde quiera que la palabra de Dios deje de estar presente, la circuncisión deja de tener validez.

En tercer lugar, son sumamente engreídos porque Dios les habló e impartió la ley de Moisés en Monte Sinaí. He aquí el punto exacto, aquí Dios realmente tiene que dejarse torturar, aquí tiene que escuchar hasta el hartazgo sus canciones y loas por haberlos santificado con su santa ley, los eligió de entre otras naciones, y los guió para que dejaran Egipto. ¡Aquí a nosotros gentiles se nos desprecia, y somos nada comparados con el santo, elegido, noble, y sumamente elevado pueblo que posee la palabra de Dios! Declaran, como yo mismo oí: “¿De hecho, qué tienes para decir sobre esto—que Dios nos haya hablado personalmente en Monte Sinaí y que no lo haya hecho con ningún otro pueblo?” No tenemos objeción alguna frente a este razonamiento, pues no podemos negarles esta gloria. Los libros de Moisés dan prueba de esto, y David, también, lo testifica, diciendo en Salmos 147:19: “Ha manifestado sus palabras a Jacob, sus estatutos y sus juicios a Israel.” Y en Salmos 103:7: “Sus caminos notificó a Moisés, y a los hijos de Israel sus obras.”

  Relatan que los jefes del pueblo usaban coronas en Monte Sinaí en aquel momento como símbolo de que habían contraído matrimonio con Dios a través de la ley, de que se habían convertido en sus novias, y de que se habían casado el uno con los otros. Más tarde leemos de todos los profetas cómo aparece Dios y habla con los niños de Israel como un esposo a su esposa. De esto también resulta la peculiar adoración a Baal; pues “Baal” significa hombre de la casa o señor de la casa, “Beulah” significa ama de casa. Este último ha sido recuperado por el vocablo alemán “Buhle”, como cuando se dice “My dear Buhle” [sweetheart—cariño], y “I must have a Buhle” [necesito un ama de casa]. Antiguamente era un término inofensivo, que designaba a una joven cortejada. Se decía que el pretendiente [buhlte] festejaba a la joven con intenciones de casarse. En la actualidad la palabra ha asumido connotaciones diferentes.

  Ahora los desafiamos a ustedes, Isaías, Jeremías, y a todos los profetas, y a quienquiera que se aparezca y sea lo suficientemente osado como para decir que una nación tan noble con la cual el Señor mismo conversa y con la cual él mismo se casa a través de la ley, y con la cual él mismo se une como si fuera a una esposa, no es el pueblo de Dios. Cualquiera que lo intentara, lo sé, haría el ridículo y fracasaría. A falta de cualquier otra arma, los morderían hasta despedazarlos por tratar de despojarlos de tal gloria, alabanza, y honor. No puede ni expresarse ni entenderse la arrogancia obstinada, desenfrenada, incorregible de este pueblo, surgida de esta ventaja—que Dios mismo les habló. Ningún profeta ha sido nunca capaz de alzar su voz en protesta levantarse en su contra, ni siquiera Moisés. Pues en Números 16, Coré se alzó y aseveró que ellos eran todos un pueblo de Dios, y preguntó por que sólo Moisés podía ordenar y enseñar. Desde ese momento, la mayoría de ellos han sido genuinos coreítas; ha habido muy pocos verdaderos israelitas. Pues desde que Coré persiguió a Moisés, no han dejado vivo o sin perseguir a ningún profeta.

  Entonces se supo que ellos eran una novia corrompida, sí, una prostituta incorregible y una libertina repugnante con la cual discutir, enfrentarse, y pelear. Si los castigaba y los golpeaba con su palabra a través de los profetas, ellos lo contradecían, mataban a sus profetas, o, como un perro rabioso, mordían la vara con la cual eran golpeados. Así está declarado en Salmos 95:10: “Cuarenta años estuve disgustado con la nación, Y dije: ‘Es un pueblo de corazón extraviado, Y no han conocido mis caminos. ’ ” Y Moisés mismo dice en Deuteronomio 31:27: “Porque yo conozco tu rebelión, y tu dura cerviz; he aquí que aun viviendo yo con vosotros hoy, sois rebeldes a Jehová; ¿cuánto más después que yo haya muerto?” Y Isaías 48:4: “Por cuanto conozco que eres obstinado, y barra de hierro tu cerviz, y tu frente de bronce...” Y así sucesivamente; quien esté interesado puede leer más sobre esto. Los judíos están bien al tanto de que los profetas increparon a los hijos de Israel desde el principio hasta el final como a un pueblo desobediente, malvado y como a la más despreciable prostituta, sin embargo se jactaron enormemente de la ley de Moisés, o de la circuncisión, y de su ascendencia.

  Pero puede objetarse: Con seguridad esto es dicho acerca de los judíos diabólicos, no acerca de los judíos píos de hoy día. Perfecto, por ahora me contentaré con que confesaran, como tienen que confesar, que los judíos diabólicos no pueden ser el pueblo de Dios, y que su linaje, circuncisión, y ley de Moisés no puede ayudarlos. ¿Por qué, entonces, todos, los más perversos así como los más píos, se jactan de la circuncisión, linaje, y ley? Cuánto peor sea el judío, más arrogante es, sólo por ser judío—es decir, una persona que desciende de la semilla de Abraham, circunciso, y bajo la ley de Moisés. David y otros judíos píos no eran tan arrogantes como los judíos incorregibles de hoy en día. No importa cuán inicuos sean, presumen ser los señores más nobles frente a nosotros gentiles, sólo en virtud de su linaje y ley. No obstante la ley los increpa como a las prostitutas y a los idólatras más viles bajo el sol.

  Además, si son judíos píos y no los judíos diabólicos, como los llaman lo profetas, ¿cómo puede estar tan oculta su piedad que ni el propio Dios da cuenta de ella, ni tampoco ellos lo hacen? Pues han, como dijimos, rezado, llorado, y sufrido por casi mil quinientos años, y aún así Dios se niega a escucharlos. Sabemos por la Escritura que Dios escuchará las plegarias o suspiros de los justos, dice el salmista [Sal.145:19]: “Cumplirá el deseo de los que le temen; Oirá asimismo el clamor de ellos.” Y Salmos 34:17: “Claman los justos, y Jehová oye.” Como lo prometió en Salmos 50:15: “Invócame en el día de la angustia; Te libraré.” Esto mismo puede encontrarse en muchos otros versos de la Escritura. Si no fuera por éstos, ¿quién rezaría o podría rezar?

En suma, él dice en el primer mandamiento que será su Dios. ¿Entonces, cómo se explica que no escuchará a estos judíos? Con seguridad tienen que ser los ruines, los idólatras, es decir, ningún pueblo de Dios, y su fanfarronería de linaje, circuncisión, y ley debe ser tomada como grosería. Si hubiera un sólo judío pío entre aquellos que lo observaron, él tendría que escuchar, porque Dios no puede permitir que sus santos oren en vano, como lo demuestra la Escritura con varios ejemplos. Esta evidencia es concluyente para asegurar que ellos no pueden ser judíos píos, sino que tienen que ser la multitud del pueblo de idólatras y asesinos.

  Dicha piedad está, como ya ha sido señalado, tan escondida entre ellos que ni ellos mismos pueden saber nada de la misma. ¿Cómo lo sabrá Dios entonces? Pues están llenos de malicia, avaricia, envidia, odio entre ellos mismos, orgullo, usura, pedantería, e insultos contra nosotros gentiles. Por lo tanto, el judío tendría que tener una visión muy aguda para reconocer a un judío piadoso, por no decir nada del hecho de que todos debieran de ser el pueblo de Dios como claman. Pues seguramente esconden su piedad bajo sus manifiestos vicios; y aún así todos ellos, sin excepción, claman ser la sangre de Abraham, el pueblo de la circuncisión y de Moisés, es decir, la nación de Dios, comparados a ellos, los gentiles somos con seguridad puro hedor. Aún sabiendo que Dios no puede tolerar esto, ni siquiera lo toleró entre los ángeles, igual él escucharía y debe escuchar sus mentiras y blasfemias por el hecho de que son su pueblo en virtud de la ley que les ofreció y porque conversó con sus antepasados en Monte Sinaí.

  ¿Por qué tendrían que decirse tantas cosas con respecto a esto? Si hacer alarde de que Dios habló con ellos y de que poseen su palabra o mandamiento fuera suficiente para que Dios los considerara su Pueblo, entonces los demonios en el infierno tendrían más derecho a ser el pueblo de Dios que los judíos, sí, que cualquier pueblo. Pues los demonios tienen la palabra de Dios y saben mejor que los judíos que hay un Dios que los creó, a quien están obligado a amar con todo su corazón, honorar, temer, y servir, cuyo nombre no se atreven a malversar, cuya palabra habrán de escuchar el día sagrado del sábado como así también el resto de la semana; saben que tienen prohibido matar o infligir mal a cualquier criatura. ¿Pero en que los beneficia saber y poseer el mandamiento de Dios? Dejadlos hacer alarde de que esto los hace los ángeles propios, especiales, queridos de Dios, ¡en comparación a ellos otros ángeles son nada! Cuánto más dinero tendrían si no poseyeran el mandamiento de Dios o si lo ignoraran. Pues si no lo tuvieran, no estarían condenados. La razón de su condena es puntualmente que poseen su mandamiento y aún así no lo cumplen, sino que lo violan constantemente.

  De la misma manera, asesinos y prostitutas, ladrones y ruines y todos los hombres malvados podrían hacer alarde de ser el pueblo sagrado, peculiar, ya que ellos, también, tienen su palabra y saben que deben temerle y obedecerle, amarlo y servirle, honorar su nombre, abstenerse de matar, cometer adulterio, y cualquier otro acto diabólico. Si no tuvieran la palabra sagrada y verdadera de Dios, no podrían pecar. Pero como pecan y están condenados, es certero que tienen la palabra sagrada, verdadera de Dios, contra la cual pecan. ¡Dejadlos hacer alarde, como los judíos, de que Dios los ha santificado a través de su ley y elegido por encima de todos las demás hombres por ser un pueblo singular!

  Es el mismo tipo de fanfarronería cuando los judíos hacen alarde en sus sinagogas, alabando y agradeciéndole a Dios por santificarlos a través de su ley y por enaltecerlos como a un pueblo especial, a pesar de que saben perfectamente bien que no están contemplando esta ley, que están llenos de vanidad, envidia, usura, avaricia, y todo tipo de malicia. Los peores ofensores son aquellos que pretenden ser devotos y sagrados en sus plegarias. Son tan ciegos que no sólo usurean sin mencionar los otros vicios sino que también enseñan que éste es un derecho que Dios les confirió a través de Moisés. Por eso, como en todo las otras cuestiones, difaman a Dios de lo más vilmente. Sin embargo, carecemos de tiempo para profundizar en esto ahora.

  Pero cuando declaran que aún sin ser santificados por los Diez Mandamientos (ya que todos los gentiles y demonios tienen el deber de cumplirlos, o sino están contaminados y condenados a causa de esto) todavía les quedan las otras leyes de Moisés, aparte de los Diez Mandamientos, que les fueron dados exclusivamente a ellos y no también a los gentiles, y mediante los cuales son santificados y destacados de todas las demás naciones—¡O Señor, que excusa y pretexto tan débil, flojo, y vano es este! Si los Diez Mandamientos no han de ser obedecidos, a qué otra cosa apunta cumplir con las demás leyes más que a meros malabarismos y mascaradas, en efecto, a una verdadera parodia que toma  a Dios por tonto. Exactamente como si un cofrade inócuo, endemoniado entre nosotros se exhibiera en el traje del papa, cardenal, obispo, o cura y observara todos los preceptos y las costumbres de estas personas, pero por debajo de este atuendo espiritual hubiera un demonio genuino, un lobo, un enemigo de la iglesia, un blasfemo que pisoteara a ambos el evangelio y los Diez Mandamientos con el pie y los insultara y maldijera. ¡Qué excelente santo sería ante los ojos de Dios!

  O supongamos que en alguna parte una bella damisela se apareciera, adornada con una corona de flores, y observara todas las costumbres, deberes, comportamiento y disciplina de una virgen casta, pero que por debajo fuera una vil, avergonzante prostituta, violando los Diez Mandamientos. ¿Qué bien le haría su excelente obediencia para observar todos los deberes y costumbres de la condición social de una virgen por fuera? La ayudaría  mucho—sería siete veces más hostil a ella que a una prostituta insolente, pública. Así pues Dios reprendió constantemente a los niños de Israel a través de los profetas, llamándolos vil prostituta porque, bajo la apariencia y decoración de externas leyes y santidad, practicaron todo tipo de idolatría y maldad, como lo lamenta especialmente Oseas en el capítulo 2.

  Es ciertamente elogiable cuando una beata, ya sea virgen o mujer, está vestida y adornada decentemente y con pulcritud y en apariencia se conduce con modestia. Pero si es una prostituta, sus prendas, adornos, corona, y alhajas serían menos dignas de ella que de una cerda que se revuelca en el fango. Como lo dice Salomón [Prov. 11:22]: “Como zarcillo de oro en el hocico de un cerdo es la mujer hermosa, pero falta de razón.” Es decir, es una prostituta. Por lo tanto, esta fanfarronería acerca de las leyes externas de Moisés, aparte de la obediencia a los Diez Mandamientos, debiera ser silenciada; en efecto, dicha fanfarronería hace a los judíos siete veces más indignos de ser el pueblo de Dios que los gentiles. Pues las leyes externas no fueron dadas para hacer de una nación el pueblo de Dios, sino para adornar y realzar al pueblo de Dios externamente. Así como los Diez Mandamientos no fueron dados de manera que se hiciera alarde de ellos y se menospreciara arrogantemente a todo el mundo por ellos, como si a través de ellos se fuera sagrado y el pueblo de Dios; en cambio fueron dados para ser observados, y esa obediencia a Dios debiera ser mostrada, como Moisés y todos los profetas muy seriamente enseñaron. No obtendrá gloria aquél que los posee, como lo vimos en el caso de los demonios y hombres diabólicos, sino aquél que los cumpla. Aquél que los posee y no los cumple debe sentirse avergonzado y aterrorizado porque con seguridad será condenado por ellos.  

Pero este tema es incomprensible para los ciegos y endurecidos judíos. Hablar con ellos de esto es lo mismo que predicarle el evangelio a una cerda. No saben cuál es verdaderamente el mandamiento de Dios, menos pueden saber cómo conservarlo. Después de todo no pudieron escuchar a Moisés, ni mirarlo a la cara; él tuvo que cubrirlo con un velo. Este velo está allí hoy en día, pues todavía no pueden contemplar a Moisés a la cara, es decir, su doctrina. Todavía está oculto para ellos [cf. II Cor. 3:13 ff.; Exod. 34:33 ff.]. De este modo no pudieron oír la palabra de Dios en Monte Sinaí cuando les habló, pero ellos se replegaron, diciéndole a Moisés: “Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos” [Exod. 20:19]. Conocer el mandamiento de Dios y saber como conservarlo requiere de alto entendimiento profético.

  Moisés estaba bien al tanto de eso cuando dijo en Exodo 34 que Dios perdona pecado y que nadie está libre de culpas ante él, lo que quiere decir que nadie cumple su mandamiento pero que Dios perdona a aquél que peca. Como David también testimonia en Salmos 32:1, “Bienaventurado aquel a quien es perdonada su transgresión... a quien Jehová no imputa iniquidad.” Y en el mismo salmo [cf. V. 6]: “Por esto orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado,” lo cual significa que ningún santo cumple los mandamientos de Dios. Y si los santos no los cumplen, ¿cómo los cumplirán los pueblos endemoniados, descreídos, malvados? Nuevamente leemos en Salmos 143:2: “Y no entres en juicio con tu siervo; Porque no se justificará delante de ti ningún ser humano.” Esto atestigua claramente que aún los siervos sagrados de Dios no están justificados ante él a menos que él deje de lado su juicio y trate con ellos en su piedad; es decir, no cumplen sus mandamientos y necesitan que sus pecados sean perdonados.

Esto es merecedor de un Hombre que nos asistirá, que carga con nuestros pecados por nosotros, como Isaías 53:6 dice: “Jehová cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros.” En efecto, eso es entender verdaderamente la ley de Dios y su observancia—cuando sabemos, reconocemos, sí, y sentimos que la poseemos, pero no la cumplimos y no podemos cumplirla; que, en vistas de esto, somos pobres pecadores y culpables ante Dios; y que no es sólo de pura gracia y piedad que recibimos el perdón a dicha culpa y desobediencia a través del Hombre sobre el cual Dios depositó este pecado. De esto hablamos nosotros cristianos y esto enseñamos, y de esto los profetas y apóstoles nos hablan y enseñan. Ellos son los únicos que fueron y aún son la novia y virgen casta de nuestro Señor; y aún así no hacen alarde de ninguna ley o santidad como lo hacen los judíos en sus sinagogas. Ellos en cambio se lamentan de la ley y lloran por piedad y perdón por los pecados. Por otro lado, los judíos son tan sagrados como los frailes descalzos que poseen tal exceso de santidad que no pueden usarla para ayudar a otros a acercarse al cielo, y aún retienen una rica y abundante reserva para vender. No tiene sentido hablarle a ninguno de ellos acerca de estos asuntos, pues su arrogancia ciega es tan sólida como una montaña de hierro. Ellos tienen razón; Dios está equivocado. Dejémoslos ir su camino, y permanezcamos con quienes rezan el Miserere, Salmos 51, es decir, con quienes saben y entienden qué es la ley, y qué significa cumplirla y no cumplirla.

Aprende de esto querido cristiano, qué estás haciendo si permites que los ciegos judíos te lleven por el mal camino. Entonces se aplicará el dicho con verdad, “¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en un hoyo?” [cf. Lucas 6:39]. No puedes aprender nada de ellos excepto cómo malinterpretar los divinos mandamientos, y, a pesar de ello, fanfarronean arrogantemente contra los gentiles—quienes realmente son mucho mejores ante Dios que ellos, pues no tienen tal orgullo de santidad y aún así dan mayor cumplimiento a la ley que estos santos arrogantes y blasfemos y condenados mentirosos.

Por lo tanto cuídate de los judíos, sabiendo que donde sea que tengan sus sinagogas, no se encuentra otra cosa que una guarida de demonios en la que se practican maliciosamente y sin escrúpulos el envanecimiento total de uno mismo, la pedantería, las mentiras, la blasfemia, y la difamación de Dios y los hombres. La ira de Dios los ha consignado a la presunción de que su fanfarronería, su arrogancia, su difamación contra el Señor, su insulto a todos los pueblos son una verdad y un gran servicio rendido al Señor—todo lo cual es muy pertinente y apropiado a sangre tan noble de los padres y santos circuncisos. En esto creen a pesar de saber que están inmersos intencionalmente en vicios manifiestos, de la misma manera que los demonios. Y donde veas o escuches a un judío enseñando, recuerda que no estás escuchando otra cosa que a un basilisco venenoso que envenena y mata gente, gustoso de atraparla—Y no obstante, claman estar haciendo lo correcto. ¡Cuídate de ellos!

  En cuarto lugar, se enorgullecen de ellos mismos tremendamente por haber recibido la tierra de Canaan, la ciudad de Jerusalén, y el templo de Dios. El Señor a menudo ha acallado tal fanfarronería y arrogancia, especialmente a través del rey de Babilonia, que los condujo al cautiverio y destruyó todo (tal como lo hizo el rey de Asiria, que expulsó a todos los de Israel y arrasó con todo). Finalmente fueron exterminados y devastados por los romanos más de mil cuatrocientos años atrás—de manera que deben percibir muy bien que el Señor no contempló, ni contemplará, su país, ciudad, templo, sacerdocio, o principado, no los observa, ni observará, a causa de éstos como su propio pueblo especial. Aún así su cerviz de hierro, como la llama Isaías [Isa. 48:4] no se dobla, ni su dura frente de bronce se enrojece de vergüenza. Permanecen completamente ciegos, inflexibles, estáticos, siempre esperando que Dios les devuelva su tierra natal y les restituya todo.

  Moisés les había informado en varias ocasiones, primero, que no estaban ocupando la tierra porque su rectitud excediera la de otros herejes pues eran un pueblo obstinado, malvado, desobediente y, segundo, que pronto serían expulsados de la tierra y perecerían si no cumplían los mandamientos de Dios. Y cuando el Señor eligió la ciudad de Jerusalén agregó muy claramente en las escrituras de todos los profetas que destruiría completamente dicha ciudad de Jerusalén, su asiento y trono, si no cumplían con sus mandamientos. Además, cuando Salomón había construido el templo, se había sacrificado y había orado al Señor, el Señor le dijo (I Reyes 9:3), “Yo he oído tu oración y tu ruego... Yo he santificado esta casa,” etc.; pero luego agregó apenas más adelante: “Más si obstinadamente os apartáis de mí... y no guardáis mis mandamientos... yo cortaré a Israel de sobre la faz de la tierra que les he entregado; y esta casa que he santificado a mi nombre, yo la echaré de delante de mí, e Israel será por proverbio y refrán a todos los pueblos.” Con una total indiferencia hacia esto, se mantuvieron, y todavía se mantienen, firmes como una roca o como una imagen de piedra inerte, insistiendo en que el Señor les dio un país, ciudad, y templo, y que por lo tanto tienen que ser el pueblo o la iglesia de Dios.

  No oyen ni ven que el Señor les dio todo esto de manera tal que cumplan con sus mandamientos, es decir, que lo consideren como su Dios, y así ser su pueblo e iglesia. Hacen alarde de su raza y descendencia de los padres, pero no ven ni prestan atención al hecho de que él eligió su raza para que cumpla los mandamientos. Hacen alarde de su circuncisión; pero por qué son circuncisos es decir, porque deben cumplir los mandamientos de Dios no cuenta para nada. Son rápidos para fanfarronear de su ley, templo, culto, ciudad, tierra y gobierno; pero por qué poseen todo esto, no lo consideran.

  El diablo con todos sus ángeles ha tomado posesión de este pueblo, y por eso siempre exaltan cosas externas sus ofrendas, sus actos, sus obras ante el Señor que equivale a ofrecerle al Señor la cáscara hueca desprovista de fruta. Esperan que el Señor aprecie estas cosas y en razón de ellas los acepte como su pueblo, y los exalte y bendiga por sobre todos los gentiles. Pero el hecho de que Él quiere que sus leyes sean contempladas y quiere ser honorado por ello como su Dios, esto ellos no lo quieren considerar. Así las palabras de Moisés se ven realizadas cuando dice [Deut. 32:21] que el Señor no los considerará como su pueblo, puesto que ellos no lo consideran como su Dios. Oseas 2 [cf. 1:9] expresa el mismo pensamiento.

  De hecho, si el Señor no hubiera permitido que la ciudad de Jerusalén fuera destruida y a ellos no los hubiera hecho echar de su país, y en cambio les hubiera permitido quedarse allí, nadie los hubiera podido convencer de que no son el pueblo de Dios, pues aún estarían en posesión de templo, ciudad y país indiferentes de cuán bajos, desobedientes, y obstinados fueron. [No lo hubieran creído]aún si hubieran llovido profetas a diario y aún si mil Moiseses se hubieran levantado y gritado: “No sois el pueblo de Dios, porque sois desobedientes y os reveláis contra el Señor.” Por qué, aún hoy no pueden abstenerse de su absurda, insensata fanfarronería de que son el pueblo de Dios, aún habiendo sido expulsados, dispersados, y completamente rechazados por casi mil quinientos años. Todavía tienen la esperanza de volver en virtud de sus propios méritos. Pero no tienen ninguna promesa con la cual consolarse a ellos mismos excepto aquella que agrega en la Escritura su falsa imaginación.

  Nuestro apóstol San Pablo tenía razón cuando dijo de ellos que “tienen celo de Dios, pero no según el perfecto conocimiento,” etc. [Rom. 10:2]. Claman ser el pueblo de Dios en razón de sus actos, obras, demostraciones exteriores, y no por absoluta gracia y piedad, como todos los profetas y todos los hijos verdaderos de Dios tienen que serlo, como fue dicho. Por lo tanto están más allá de cualquier consejo o ayuda. Del mismo modo que nuestros papistas, obispos, monjes, y sacerdotes, junto con los que los suceden, quienes insisten con ser el pueblo de Dios y su iglesia; creen que el Señor debe estimarlos porque fueron bautizados, porque tienen el nombre, y porque manejan la batuta. Allí se irguen como una roca. Si cien mil apóstoles se aparecieran y dijeran: “No sois la iglesia por vuestro comportamiento o vuestras varias obras y servicios divinos, aunque hechos con vuestro mejor esfuerzo; no, debéis desistir de todo esto y adherir simplemente y únicamente a la gracia y piedad de Cristo, etc. Si no lo hacéis, seréis la prostituta del diablo o una escuela de ladinos y no la iglesia,” desearían asesinar, quemar en la hoguera, o desterrar a dichos apóstoles. En cuanto a creerles y abandonar sus propios mecanismos, de esto no hay esperanzas; no sucederá.

  Los turcos siguieron el mismo patrón con su culto, como lo hacen todos los fanáticos. Judíos, turcos, papistas, los radicales abundan por todos lados. Todos ellos claman ser la iglesia y el pueblo de Dios de acuerdo con su arrogancia y pedantería, indiferentes de la singular verdadera fe y la obediencia a los mandamientos de Dios que son los únicos a través de los cuales los pueblos se convierten y permanecen hijos de Dios. Incluso aunque no todos sigan el mismo curso, sino que uno elija este camino, otro aquél camino, resultando en una variedad de formas, no obstante todos tienen la misma intención y propósito último, es decir, mediante sus propios actos quieren lograr convertirse en el pueblo de Dios. Y así hacen alarde y se jactan de que son los únicos a los que el Señor estimará. Son los zorros de Sansón atados cola a cola pero cuyas cabezas se vuelven en direcciones diferentes [cf. Judg. 15:4].  

Pero como lo señalamos anteriormente, eso va más allá del entendimiento de los judíos, así como el de los turcos y papistas. Como dice San Pablo en [I Corintios], “Pero el hombre natural no capta las cosas que son del Espíritu de Dios, porque se han de discernir espiritualmente” [I Cor. 2:14]. Así las palabras de Isaías 6:9 se convierten en realidad: “Oíd bien, pero no entendáis; ved por cierto, más no comprendáis.” Pues ellos no saben lo que escuchan, ven, dicen, o hacen. Y aún así no aceptan que son ciegos y sordos.

 

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Ultima Actualizacion Diciembre 27, 2002
por greenman_92553 - Elias Bernard

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