Herencia Cristiana

 

  Lo dicho será suficiente acerca de la falsa fanfarronería y orgullo de los judíos, quienes harían que Dios los considere como su pueblo con absolutas mentiras. Ahora hemos llegado al asunto principal, el pedido por el Mesías que éstos le hacen a Dios. Aquí finalmente se muestran a sí mismos como verdaderos santos y devotos hijos. Ciertamente no desean ser considerados como mentirosos y blasfemos en este punto sino profetas confiables, asegurando que el Mesías no ha llegado aún pero que no obstante llegará. ¿Quién hará que entren en razón en cuanto a este error o malentendido? Aun si todos los ángeles y el propio Dios declararan públicamente en Monte Sinaí o en el templo de Jerusalén que el Mesías ha llegado ya hace mucho tiempo y que no ha de ser esperado, Dios y  todos los ángeles no podrían ser considerados más que demonios. Tan convencidos están estos sagrados y confiables profetas de que el Mesías no ha llegado aún pero que no obstante llegará. Tampoco nos escucharán. Se convirtieron en un oído sordo para con nosotros en el pasado y no han dejado de serlo, a pesar de que varios excelentes eruditos, incluyendo algunos de su propia raza, los han refutado tan a fondo que hasta la piedra y la madera, si dotadas de una partícula de razón, tendrían que rendirse. Aún así despotrican a sabiendas contra la verdad aceptada. Sus rabinos malditos, que de hecho saben mejor, envenenan desenfrenados las mentes de sus pobres jóvenes y la del hombre común y los desvían de la verdad. Pues creo que si éstos escritos fueran leídos por el hombre común y por los jóvenes, lapidarían a todos sus rabinos y los odiarían más violentamente de lo que nos odian a nosotros cristianos. Pero estos villanos impiden que se fijen en nuestras sinceras opiniones.

  Si yo no hubiera adquirido experiencia con mis papistas, me resultaría increíble que la tierra abrigara gente tan vil que a sabiendas desafiara la manifiesta y pura verdad, o sea, a Dios mismo. Pues nunca imaginé encontrar en ningún pecho humano mentes tan endurecidas, sino sólo en el del diablo. Sin embargo ya dejó de asombrarme la ceguera, terquedad, y malicia de los turcos o los judíos, ya que he tenido que ser testigo de lo mismo en los más sagrados padres de la iglesia, en papas, cardenales, y obispos. ¡Oh tú terrible ira e incomprensible juicio de la sublime Majestad Divina! ¿Cómo puedes ser menospreciado de tal forma por los hijos de hombres ante los cuales no temblamos de miedo ante Ti? Que espectáculo insoportable dais, también ante los corazones de los hombres más sagrados, como lo observamos en lo escrito por Moisés y los profetas. Aun así estos corazones de piedra y almas de hierro se burlan de ti tan desafiantemente.

Sin embargo, aunque tal vez hayamos insistido en vano sobre el tema de los judíos ya que dije anteriormente que no deseo polemizar con ellos queremos no obstante discutir entre nosotros su absurdo desatino, a fin de fortalecer nuestra fe y advertir a los cristianos débiles acerca de los judíos, y, principalmente, en honor a Dios, para probar que nuestra fe es verdadera y que ellos están completamente equivocados con respecto al Mesías. Nosotros cristianos tenemos nuestro Nuevo Testamento que nos proporciona un testimonio fidedigno y adecuado acerca del Mesías. Que los judíos no lo crean no es de nuestro interés; creemos aún menos en sus malditos brillos. Los dejamos seguir su camino y esperar al Mesías. Su descreimiento no nos lastima; pero en lo concerniente a la ayuda que le proporciona y hasta hoy les ha proporcionado, deberían preguntarse acerca de su interminable exilio. Eso, en práctica, nos dará la respuesta. Dejadlo a aquél que no nos siga, rezagarse. Se comportan como si fueran de gran importancia para nosotros. Sólo para irritarnos, corrompen los dichos de la Escritura. No deseamos o requerimos en lo absoluto su conversión ya que ninguna ventaja, provecho, o ayuda se nos otorga de la misma. Todo lo que hacemos en lo concerniente a esto deriva en cambio del interés por su bienestar. Si no les interesa pueden ignorarlo; estamos disculpados y fácilmente podemos prescindir de ellos, junto con todo lo que son, todo lo que tienen, y todo lo que pueden hacer por la salvación. Tenemos un mejor conocimiento de la Escritura, gracias a Dios; de esto estamos seguros, y de esto ningún demonio nos privará nunca, mucho menos los miserables judíos.

  Primero deseamos presentar el verso que se halla en Génesis 49:10: “No será quitado el cetro de Judá... Hasta que venga Siloh; Y a él se congregarán los pueblos.” Este dicho del sagrado patriarca Jacob, recitado apenas antes de morir, fue hasta el día de hoy objeto de una variedad de torturas y crucifixiones por parte de judíos modernos, extraños, en violación a su propia consciencia. Ya que ellos se dan cuenta completamente de que su tergiversación y distorsión no es otra cosa que un daño desenfrenado. Sus brillos me recuerdan perfectamente de las arpías diabólicas, obstinadas que vociferantemente contradicen a su esposo e insisten en quedarse con la última palabra sabiendo que están equivocadas. De la misma manera también esta gente enceguecida supone que basta con ladrar y parlotear en contra del texto y su significado verdadero. Son enteramente indiferentes ante hecho de que están mintiendo descaradamente. Creo que los haría más felices que este verso no hubiera sido escrito jamás en vez de tener que cambiar de idea. Este verso les causa un dolor intenso, y no pueden ignorarlo.

  Los antiguos judíos, los verdaderos, entendieron este verso correctamente, tal como nosotros cristianos lo hacemos, es decir, entendieron que el gobierno o cetro debería permanecer con la tribu de Judá hasta el advenimiento del Mesías; entonces “a él se congregarán los pueblos,” a él adherirán. Es decir, el cetro no habría limitarse a la tribu de Judá, sino que, como lo explicaron más tarde los profetas, habría de integrar todos los pueblos que habitaran la tierra en el tiempo del Mesías. No obstante, hasta su aparición, el cetro habría de permanecer en un pequeño rincón, Judá. Esta, he dicho, es la lectura de los profetas y de los antiguos judíos; no pueden negarlo. Ya que su Biblia Caldea, que tienen el atrevimiento de considerarla tan insignificante como la propia Biblia Hebrea, también lo muestra claramente.

  La traducción es la siguiente: “El shultan no será expulsado de la casa de Judá, tampoco el saphra será alejado de los hijos de sus hijos por la eternidad hasta la llegada del Mesías, a quien pertenece el reino, y a quién los pueblos obedecerán.” Esta es una traducción transparente y fiel del texto caldeo, lo cual no puede ser negado por judío o demonio alguno.  

Para el término shebet [“cetro”] utilizado por Moisés, usamos Zepter en alemán, mientras que el traductor caldeo elige la palabra shultan. Expliquemos estos términos. La palabra hebrea shebet se utiliza para designar una virga; no es exactamente una vara en el sentido más común, ya que este término sugiere a los alemanes la idea de una varilla de madera con la que se castiga a los niños. No es tampoco el elemento usado por los inválidos y los ancianos para caminar. Designa el martillo sostenido verticalmente, tal como el que sostienen los jueces cuando se desenvuelve en su capacidad oficial. A medida que el lujo fue acrecentándose en el mundo, este martillo se hizo de plata o de oro. Ahora es llamado cetro, es decir, vara real. Skeptron es un término griego, pero ahora ha sido tomado por la lengua alemana. En su primer libro, Homero describe al Rey Aquiles señalando que tiene una vara de madera adornada con pequeños clavos de plata. Este relato nos da la pauta de cómo eran los cetros originalmente y de que con el correr de los años, terminaron por ser hechos enteramente de plata y oro. En suma, es la vara, ya sea de plata, madera, u oro, usada por el rey o su representante. No simboliza otra cosa que barbarismo o reinado. Nadie cuestiona esto.

  Para dejarlo bien en claro: el traductor caldeo no usa la palabra shebet, martillo, o cetro; sino que la sustituye refiriendo a la persona que posee esta vara, diciendo shultan, indicando que un príncipe, señor, o rey no ha de partir de la casa de Judá; habrá de existir un sultán en la casa de Judá hasta la llegada del Mesías. “Sultán” es también un término hebreo, y una palabra que nosotros cristianos conocemos muy bien, ya que le hemos hecho la guerra por más de seiscientos años al sultán de Egipto, y hemos obtenido muy pocas recompensas. Pues los sarracenos llaman a su rey o príncipe “sultán,” ya sea señor o monarca o soberano. De este término deriva la palabra hebrea schilt, que se ha convertido en una palabra íntegramente alemana (Schild [“escudo”]). Es como si se quisiera decir que un príncipe o señor debe ser el escudo, protección, y defensa de sus súbditos si ha de ser un verdadero juez, sultán, o señor, etc. Algunos intentan hallar también el origen del término Schultheiss [“alcalde”] en la palabra “sultán”; no profundizaré en esto.

  Saphra es lo mismo que en hebreo sopher (pues el caldeo y el hebreo están estrechamente relacionados, en efecto son casi idénticos, tal como los sajones y los suabos ambos hablan alemán, pero sin embargo existe una gran diferencia). La palabra sopher es comúnmente traducida al alemán como Kanzler [“canciller,” magistrado supremo]. Todos, inclusive los burgaleses, traducen la palabra saphra como scriba o escriba. Estos son llamados escribas en el Evangelio. No son escribas ordinarios que escriben por dinero o sin autoridad oficial. Son sabios, grandes monarcas, doctores y profesores, que enseñan, establecen, y preservan la ley en el estado. Supongo que abarca a cancilleres, parlamentarios, concejales, y todos los que por sabiduría y justicia ayudan a gobernar. Esto es lo que Moisés desea expresar con la palabra mehoqeq, que designa a quien enseña, codifica, y ejecuta los mandamientos y decretos. Entre los sarracenos, por ejemplo, los escribas o secretarios del sultán, sus doctores, maestros, y estudiosos, son quienes instruyen, interpretan, y preservan el Corán como la ley de esas tierras. En el papado, los escribas del papa o saphra son los canonistas o los indoctos que enseñan y preservan sus decretos y leyes. En el imperio los doctores legum, los juristas seculares, son los saphra del emperador o escribas que enseñan, administran, y preservan las leyes del imperio.

  De la misma manera, Judá también tenía escribas que instruían y preservaban la ley de Moisés, que era la ley de esas tierras. Por consiguiente, hemos traducido la palabra mehoqeq como “legislador,” es decir, doctor, maestro, etc. Por lo tanto este pasaje, “El mehoqeq, o sea, legislador de entre sus pies,” significa que maestros y oyentes que se sientan a sus pies permanecerán como un gobierno ordenado. Pues todos los estados, si han de perdurar, deben tener estas dos cosas: poder y ley. Los estados, como reza el dicho, deben tener un señor, una cabeza, un monarca. Pero deben también tener ley con la cual guiar al monarca. Son el martillo y el mehoqeq, o sultán y saphra. Salomón también lo indica, pues al haber recibido la vara, es decir, el reino, pidió sabiduría a fin de poder gobernar a la gente con justicia (I Reyes 3). Pues siempre que prevalezca un poder total sin ley, donde el sultán es guiado por su propia voluntad y no por su deber, no hay gobierno sino tiranía, semejante a aquella de Nerón, Calígula, Dionisio, Henry de Brunswick, y otros. Estado tal no ha de durar mucho. Por otro lado, donde hay ley y no hay poder para hacerla obedecer, se hará a la voluntad de la barbarie, a lo que ningún gobierno sobrevive tampoco. Por tanto, ambos deben estar presentes: ley y poder, sultán y saphra, para complementarse sí.  

Así el concilio que se reunía en Jerusalén y que habría de venir de la tribu de Judá era el saphra; los judíos los llamaban el Sanedrín Herodes, un extranjero, un edomita, se deshizo de esto, y se convirtió él mismo en sultán y saphra simultáneamente, juez y mehoqeq en la casa de Judá, señor y escriba. Luego lo dicho por el patriarca acerca de que Judá no conservaría el gobierno o el saphra comenzó a cumplirse. Era el momento de que llegara el Mesías y ocupara su reino y se sentara en el trono de David para siempre, tal como lo profetiza Isaías 9:6. Por lo tanto pasemos a estudiar este dicho del patriarca.

  “Judá,” declara, “te alabarán tus hermanos,” etc. [Gen. 49:8]. Esto, según me parece, no requiere ningún comentario; deja lo suficientemente en claro  que la tribu de Judá será honorada por encima de todos sus hermanos. El texto continúa: “Tu mano en la cerviz de tus enemigos,” etc. Este pasaje también deja bien en claro que la famosa y destacada tribu de Judá podrá encontrar enemigos y oposición, pero que todo terminará con su éxito y victoria. Continuamos: “Los hijos de tu padre se inclinarán a ti,” etc. Nuevamente queda claro que no se refiere al cautiverio sino al mandato sobre sus hermanos, todo lo cual fue llevado a cabo por David. Pero la tribu de Judá a través de David no sólo se convirtió en señor de sus hermanos; sino que también difundió su ley, como un león, forzando a la sumisión a otras naciones; por ejemplo a los filisteos, a los sirios, a los moabitas, a los amonitas, a los edomitas.

  Esto es lo que él alaba con sus bellas palabras [Gen. 49:9]: “Cachorro de león, Judá; De la presa subsiste, hijo mío. Se encorvó, se echó como león, Así como león viejo: ¿quién lo despertará?.” Es decir, Judá estaba entronizado y estableció un reino al que nadie podía vencer, a pesar de los intentos frecuentes y tenaces de las naciones aledañas.

  De acuerdo, hasta este punto el patriarca ha, en la tribu de Judá, establecido, ordenado, y confirmado el reino, el sultán, la vara, el saphra. Allí Judá, el sultán, está entronizado por su ley. ¿Qué ha de pasar ahora? Él dice esto: Habrá de permanecer así hasta que llegue el Mesías; es decir, varios se opondrán a él, tentados a derrocar y destruir el reino y simplemente hacerlo desaparecer de la tierra. Las historias de los reyes y los profetas dan testimonio suficiente de que todas las naciones gentiles procuraron lograrlo siempre seriamente. Y el propio patriarca declara, como ya le hemos oído decir, que Judá ha de tener sus enemigos. Pues tal es el curso de los eventos en el mundo, que dondequiera que un reino o principado escale a una posición de poder, la envidia no descansará hasta que destruirlo. La historia íntegra ilustra esto con numerosos ejemplos.

  No obstante, en este caso el Espíritu Santo manifiesta: Este reino en la tribu de Judá es mío, y nadie me lo quitará, sin importar lo furioso o poderoso que sea, ni siquiera si lo intentaran las puertas del infierno. Las palabras aún probarán la verdad: Non auferetur, “No me lo quitarán.” Ustedes demonios y gentiles dirán: Auferetur, le pondremos un fin, lo devoraremos, lo acallaremos, como Salmos 74 lamenta. Pero permanecerá sin ser devorado, ni devastado. “El shebet o sultán no dejará la casa de Judá, ni el saphra a los hijos de sus hijos,” hasta que shiloh o el Mesías llegue—sin importar cuánto todos vosotros gritéis y rabiéis.

  Y cuando llegue, el reino se tornará muy diferente y todavía mucho más glorioso. Pues  como no toleraríais a la tribu de Judá en una esquina pequeña, restringida, la transformaré en un león verdaderamente fuerte que se convertirá en el sultán y saphra de todo el mundo. Lo haré de manera tal que no le será necesario desenvainar la espada ni derramar gota de sangre alguna, sino que las naciones se someterán a él ellas mismas voluntaria y felizmente y le obedecerán. Este será su reino. Pues, después de todo, el reino y todas las cosas son suyas.  

Acercaos al texto, caldeos y hebreos, a través de este razonamiento y este pensar, y les apuesto que vuestro corazón y las cartas con seguridad les dirán: ¡Por Dios! ésta es la verdad, esto es lo que el patriarca quiso decir. Y luego consultad las historias y de este modo podréis estar seguros acerca de si esto no ha pasado y no ha de pasar de esta manera y no continuará siendo así. Nuevamente os veréis obligados a decir: verdaderamente es así. Pues es innegable que el sultán y el saphra permanecieron con la tribu de Judá hasta el tiempo de Herodos, a pesar de que por momentos se debilitaran y no fueran conservados sin la oposición de enemigos fuertes. No obstante lo cual, fue preservado. Bajo Herodos y con posterioridad a Herodos, sin embargo, se hizo ruinas y llegó a su fin. Fue destruido completamente, incluso Jerusalén, una vez aniquilado el trono de la tribu de Judá, y la tierra de Canaan. Así, lo que fue dicho en el verso acerca de que el sultán se iría y llegaría el Mesías, se hizo realidad.

  Carezco del tiempo ahora para demostrar qué rico es este verso y cómo los profetas le quitaron tanta información acerca de la caída los judíos y la elección de los gentiles, acerca de lo cual los judíos contemporáneos y bastardos no conocen nada en absoluto. Pero hemos visto clara y convincentemente en este verso que el Mesías debía venir en el tiempo de Herodos. La alternativa sería decir que Dios no cumplió con su promesa y, consecuentemente, mintió. Nadie se atrevería a hacerlo excepto el maldito diablo y sus servidores, los falsos bastardos los nuevos judíos. Lo hacen incesantemente. A sus ojos Dios debe de ser un mentiroso. Claman estar en lo correcto al afirmar que el Mesías aún no ha llegado, a pesar del hecho de que Dios manifestó en palabras muy claras que el Mesías vendría antes de que el cetro fuera quitado definitivamente de Judá. Y este cetro ha perdido a Judá hace ahora casi mil quinientos años. Las claras palabras del Señor responden a esto, así como el visible efecto y cumplimiento de las mismas.

  ¿Qué esperáis conseguir al entablar una extensa disputa sobre esto con un judío obstinado? Es como si quisierais conversar con un insano mental y probarle que Dios creó el cielo y la tierra, según fuera escrito en Génesis 1, señalándole el cielo y la tierra con vuestras manos, y él no obstante balbucearía que no son el cielo y la tierra mencionados en Génesis 1, o que no son el cielo y la tierra en lo absoluto, sino que se llaman de otra manera, etc. Pues este verso, “No será quitado el cetro de Judá,” etc., es tan claro como el verso, “Creó Dios los cielos y la tierra.” Y el hecho de que este cetro ha sido quitado de Judá desde hace ya casi mil quinientos años es tan evidente y manifiesto como que el cielo y la tierra existen, de manera que se puede percibir fácilmente que los judíos no están simplemente equivocados o engañados, sino que están maliciosa e intencionalmente negando y blasfemando la verdad reconocida en violación a su conciencia. Nadie sería capaz de considerar que valga la pena desperdiciar una sola palabra en una persona como éstas, aun si fuera acerca de Markolf el sinsonte, mucho menos si se trata de elevadas palabras y obras divinas como a las que nos referimos.  

Pero si alguno está tentado a disgustarse conmigo, serviré sus propósitos y le entregaré un glosario de los judíos en este texto. En primer lugar les presentaré a aquellos que no rechazan este texto sino que, por el contrario, adhieren al mismo, particularmente me refiero a la versión caldea,  a la cual ningún judío sensato puede oponerse. Estos la tergiversan y distorsionan del siguiente modo: A ciencia cierta, dicen, la promesa de Dios es segura; pero nuestros pecados previenen que la promesa sea cumplida. Por lo tanto seguimos a la espera de que lo sea cuando nuestros pecados sean reparados, etc. ¿No es este una excusa vacía, hasta blasfematoria? ¡Como si la promesa de Dios dependiera de nuestra rectitud, o dejara de ser válida por nuestros pecados! Equivale a decir que Dios tendría que convertirse en un mentiroso por nuestro pecado, y a la inversa, que tendría que volverse sincero nuevamente en razón de nuestra rectitud. ¿Cómo puede alguien hablar tan vergonzosamente acerca de Dios como para implicar que se balancea fácilmente hacia delante y hacia atrás según si nos caemos o si nos mantenemos erguidos, cual lengüeta en su vibración?

  Si Dios no fuera a prometer o a cumplir una promesa hasta que no liberáramos de nuestros pecados, hubiera sido incapaz de prometer o hacer nada desde el principio. Como dice David en Salmos 130:3: “Jah, si miras a los pecados, ¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse en pie?” Y en Salmos 102 [143:2]: “No entres en juicio con tu ciervo; porque no se justificará delante de ti ningún ser humano.” Y existen varios versos más como estos. El ejemplo de los hijos de Israel puede ser citado aquí. Dios los guió hacia la tierra de Canaan no por su rectitud, de hecho, eran grandes pecadores y desvergonzados, sino exclusivamente en cumplimiento de su promesa. En Deuteronomio 9:5 Moisés dice: “No por tu justicia, ni por la rectitud de tu corazón entras a poseer la tierra de ellos (a mi parecer debe ser de hecho denominado pecado), sino por la impiedad de estas naciones Jehová tu Dios las arroja de delante de ti, y para confirmar la palabra que Jehová juró a tus padres,” etc. A fin de dar el ejemplo a menudo quiso exterminarlos, pero Moisés intervino a favor de ellos. Muy poco se basó la promesa de Dios en su santidad.

  Es cierto que siempre que Dios promete algo con condiciones, o con reservas, diciendo: “Si haces aquello, haré esto,” entonces el cumplimiento depende de nuestra acción; por ejemplo cuando le manifestó a  Salomón [I Reyes 9], “Si tú andas delante de mí guardando mis estatutos y mis decretos, yo afirmaré el trono de tu reino sobre Israel para siempre, mas si os apartáis, yo cortaré a Israel de sobre la faz de la tierra que les he entregado.” Sin embargo, la promesa de que el Mesías llegaría no tiene condiciones. Ya que Él no dice: “Si has de hacer esto o aquello, el Mesías vendrá; si no lo haces, él no vendrá.” En cambio, promete su llegada incondicionalmente, diciendo: “El Mesías llegará cuando el cetro haya partido de Judá.” Una promesa como tal está basada únicamente en la verdad y la gracia divina, que ignora y se despreocupa de nuestras acciones. Esto hace del engaño de los judíos algo tonto y, además, muy  blasfematorio.

  Los otros que se alejan de este texto someten a casi todas las palabras de éste a severas y violentas tergiversaciones. Realmente no merecen que su necedad y su grosería sean escuchadas; aun así, a fines de exponer su ignominia debemos ejercer un poco de paciencia y escuchar también sus tonterías. Pues como parten de un  sentido claro del texto, ya están condenados por su propia conciencia, la cual les impediría respetar el texto; pero para disgustarnos, conjuran las palabras hebreas ante nuestros ojos, como si no estuviésemos familiarizados con el texto caldeo.

  Algunos se envuelven aquí en fantasías y dicen que Siloh se refiere a la ciudad que lleva este mismo nombre, donde permanecía guardado el arca del pacto (Jueces 21 [cf. I Sam. 4:3]), lo que significaría que el cetro no sería quitado de Judá hasta que Siloh llegara, es decir, hasta que Saúl fuera ungido rey de Siloh. Son con seguridad estúpidas habladurías. Con anterioridad al Rey Saúl no sólo Judá no tenía cetro, sino todo Israel. ¿Cómo, entonces, pudo haber partido cuando Saúl se convirtió en rey? El texto declara que Judá primero había sido señor por encima de sus hermanos y que luego se convirtió en un león, y por lo tanto recibió el cetro. De la misma manera, antes de Saúl ningún juez había sido señor o príncipe del pueblo de Israel, según se infiere de lo le fuera dicho por Gedeón al pueblo en respuesta a su deseo de que Gedeón y sus descendientes los gobernaran: “No seré señor sobre vosotros, ni mi hijo os señoreará: Jehová señoreará sobre vosotros” (Jueces 7 [8:23]). Ni tampoco había un juez en la tribu de Judá, excepto quizá por Otoniel [Jueces 3:9], el sucesor inmediato de José. Todos los otros hasta Saúl pertenecían a otras tribus. Y a pesar de que Otoniel es llamado el  hermano menor de Caleb, esto no prueba que él fuera de la tribu de Judá, ya que pudo haber sido hijo de otro padre. Y no tiene sentido que Siloh aquí haga referencia a una ciudad o a la coronación de Saúl en Siloh, ya que Saúl fue ungido  rey por Samuel en Ramath (I Samuel 10) y confirmado en Gilgal.

  De cualquier modo, ¿cuál es el significado del texto caldeo que dice que el reino pertenece a Siloh y que las naciones deben someterse a él?, ¿cuándo le fue otorgado a la ciudad de Siloh o a Saúl un honor tal? Israel es una nación, no varias, con un cuerpo de leyes, un culto divino, un nombre. Existen varias naciones, no obstante, que poseen diferentes y varias leyes, nombres, y dioses. Ahora Jacob declara que no la nación de  Israel que ya era suya o estaba bajo el cetro de Judá sino otras naciones caerían en manos de Siloh. Por lo tanto estas tontas habladurías no reflejan otra cosa que la obstinación desmedida de los judíos, que no se someterán a este dicho de Jacob, a pesar de ser condenados por su propia conciencia.

  Otros se permiten fantasear con que Siloh se refiere al Rey Jeroboam, coronado en Siloh, y a quien  se habían unido diez tribus de Israel luego de desertar de Rehoboam, el rey de Judá (I Reyes 12). Por lo tanto, dicen, Jacob se refería a esto: No será quitado el cetro no de Judá hasta que Siloh, o sea Jeroboam, llegue. Esta interpretación es tan necia como la otra; pues Jeroboam no fue coronado en Siloh sino en Shechem (I Reyes 12). Por lo tanto el cetro no partió de Judá, sino que el reino de Judá permaneció, junto con la tribu de Benjamín y varios de los niños de Israel quienes moraron en las ciudades de estas dos tribus, como lo oímos de I Reyes 12. Asimismo, el sacerdocio entero, culto, templo, y todo lo demás permaneció en Judá. Además Jeroboam nunca conquistó el reino de Judá, ni tampoco ninguna otra nación, pues habrían de caer en manos de Siloh.

  El tercer grupo dice así: “Siloh significa ‘enviado’, y este término se refiere a Nabucodonosor de Babilonia.” Por lo tanto quiere decir que no será quitado el cetro de Judá hasta que Siloh, o sea, el rey de Babilonia, llegue. Habría de guiar a Judá al exilio y destruirlo. Esto tampoco parece atinado, y un niño aprendiendo sus cartas puede rebatirlo. Pues Siloh y shiloch son dos palabras diferentes. Esta última podrá significar “enviado.” Pero no es la palabra que hallamos aquí; Siloh es la palabra, y ésta, como el caldeo dice, significa Mesías. Pero el rey de Babilonia no es el Mesías que ha de venir de Judá, como los judíos y el mundo entero lo sabe muy bien. Ni el cetro fue quitado de Judá a pesar de que los judíos permanecieron en cautiverio en Babilonia. Fue sólo un castigo de setenta años. También durante estos años grandes profetas Jeremías, Daniel Ezequiel aparecieron y fueron quienes protegieron el cetro y dijeron cuánto duraría el exilio. Además Jehoiachin, rey de Judá, era tomado por rey en Babilonia. Y varios de los que habían sido expulsados al cautiverio regresaron a casa mientras él vivía (Hageo 2). Esto no debe ser visto como la pérdida del cetro, sino como un azote de luz. Aun siendo privados de su país por un tiempo como una medida de castigo, Dios no obstante les ofreció su  preciosa palabra para que estuvieran seguros de que podrían permanecer en su tierra. Pero durante los últimos mil quinientos años ni siquiera un perro, mucho menos un profeta, tuvo asegurada la tierra. Por lo tanto ahora el cetro ha sido definitivamente quitado de Judá. He escrito más acerca de esto en contra de los Sabatarianos.

  El cuarto grupo tergiversa la palabra shebet, interpretando que la vara no será quitada de Judá hasta que Siloh, o sea su hijo, llegue, y él será quien debilitará a los gentiles. Estos consideran que la vara es el castigo en el que hoy viven. Pero el Mesías llegará y asesinará a todos los gentiles. Esto es mentira. Hace caso omiso del texto caldeo completamente algo que desearían hacer pero no se atreven y es una interpretación completamente arbitraria de la palabra shebet. Pasan por alto las palabras precedentes en las que Jacob convierte a Judá en un príncipe y león o rey, agregando inmediatamente después que el cetro, o shebet, no será quitado de Judá. ¿Cómo un significado tan poco feliz acerca del castigo pudo acechar tan de cerca tan gloriosas palabras sobre el principado o reino? Primero tendrían que haber sido revelados los pecados que originaron tal castigo. Pero todo lo que hallamos mencionado aquí son loas, honor, y gloria a la tribu de Judá.

  Y aun si la palabra shebet designara un látigo usado para castigar, ¿cómo los ayudaría esto? Pues el martillo del juez o el látigo del rey es también una vara para castigar a los criminales. De hecho, el látigo del castigo no puede ser otra cosa que la vara del juez o sultán, ya que el derecho a impartir castigos pertenece sólo a la autoridad (Deuteronomio 32): Mihi vindicatam, “La venganza es mía.” De cualquier modo, este significado queda intacto que el cetro o vara no será quitado de Judá aún si éste es el látigo del castigo. Pero esta interpretación arbitraria de los rabinos apunta a una vara extranjera que no descansa en las manos de Judá sino sobre su espalda y es empuñada por una mano extranjera. Aun si este significado fuera posible que no lo es ¿qué haríamos con el otro pasaje que habla del saphra o mehoqeq a sus pies? Tendría que ser entonces también el mehoqeq de un rey extranjero y los pies de una nación extranjera. Pero como Jacob declara que ha de ser Judá y el mehoqeq de entre sus pies, el otro término, la vara, debe también representar el corpus de reglas de su tribu.  

 

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Ultima Actualizacion Diciembre 27, 2002
por greenman_92553 - Elias Bernard

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