Herencia Cristiana
Algunos
tergiversan la palabra donec
(“hasta”) e intentan convertirla en “porque” (quía).
Entonces leen: “No será quitado el cetro de Judá donec;
o sea, porque (quía) el Mesías
vendrá.” Aquel que ha perpetuado esto es un experto, merece ser coronado con
cardos. Invierte el orden correcto de las cosas de esta manera: El Mesías vendrá,
por lo tanto el cetro no será quitado de Judá. Jacob, no obstante, primero
convierte a Judá en príncipe y león a quien el cetro es encomendado, lo que
es previo a la llegada del Mesías; él luego, al debido tiempo, se lo entregará
al Mesías. De esta manera Judá no conserva el principado ni el papel de león
ni el cetro, que a él le será encomendado. Además, la necia arbitrariedad
convierte el término “hasta” en un término nuevo, “porque.”
Esto, por supuesto, no está permitido por el lenguaje.
Y finalmente existe un rabino que
tergiversa la palabra “llegar, venir” y afirma que significa “asentarse”
tal como el hebreo hace uso de la palabra “llegar” para referirse a la caída
de sol. Nuestro compañero se abandona a tales tonterías que no sé si está
tratando de caminar sobre su cabeza o sobre sus oídos. Pues no logro comprender
el sentido de sus palabras cuando dice que el cetro no será quitado de Judá
hasta que Silo (la ciudad) se asiente (caiga). Entonces David, el Mesías,
llegará ¿Dónde, para repetir lo dicho más arriba, se hallaba el cetro de Judá
antes de Siloh o Saúl? Pero los que se encolerizan contra su propia conciencia
y patentan fines verdaderamente corrompidos hablan de tales idioteces. En suma,
Lyra está en lo correcto cuando dice que aún inventando estos y muchos otros
esplendores similares, el texto caldeo los derriba a todos y los condena por
mentir, blasfemar, y pervertir deliberadamente la palabra de Dios. Sin embargo,
quería exponerlo ante nosotros Alemanes de manera que podamos ver cuán ladinos
los ciegos judíos son y cuán poderosamente la verdad de Dios se encuentra
entre nosotros y contra ellos.
Y ahora que algunos han notado que tales evasivas y tontos resplandores
carecen de valor, admiten que el Mesías llegó en el tiempo de la
destrucción de la ciudad de Jerusalén; pero, dicen ellos, está en secreto en
el mundo, residiendo en Roma entre los mendigos cumpliendo penas por los Judíos
hasta que llegue la hora de su aparición pública. Estas no son palabras de judíos
o de hombre alguno sino del diablo arrogante, mordaz, que cruel y venenosamente
se burla de nosotros Cristianos y de nuestro Cristo a través de los judíos,
como diciendo: “Los cristianos hallan mucha gloria en su Cristo, pero tienen
que someterse al yugo de los romanos; deben sufrir y mendigar en el mundo, no sólo
en los días de los emperadores, sino también en los días del papa. Después
de todo, son impotentes en mi reino, el mundo, y con seguridad seguiré siendo
su señor.” Sí, vil demonio, búrlate y ríete de nosotros por ahora; ya
temblarás lo suficiente por esto.
Así las palabras de Jacob se cumplieron tanto como las palabras de Cristo en
nuestros días: “Este es mi cuerpo que es para ustedes.” Los entusiastas
distorsionaron cada palabra por separado y a todas en su conjunto, poniendo las
últimas cosas primero, en vez de aceptar el verdadero sentido del texto, como
hemos observado. Se pone de manifiesto en esta instancia también que cristianos
como Lyra, Raymund, Burgensis, y otros ciertamente hicieron todo lo que estaba a
su alcance en el esfuerzo por convertir a los judíos. Los acosaron de una
palabra a la otra, así como se persigue a los zorros. Pero después de haber
sido perseguidos por mucho tiempo, persistieron en su obstinación y ahora se
permiten errar conscientemente, y no se apartarán de sus rabinos. Así es que
tendremos que dejarlos hacer su camino e ignorar su blasfemia y su mentira
maliciosa.
Yo
mismo experimenté esto una vez. Tres judíos estudiosos se me acercaron,
esperando descubrir en mí un nuevo judío porque estábamos empezando a leer
hebreo aquí en Wittenberg, y resaltando que las cosas pronto mejorarían ahora
que nosotros cristianos estabamos comenzando a leer sus libros. Cuando debatí
con ellos, me dieron sus brillos, como lo hacen generalmente. Pero cuando los
obligué a volver al texto, pronto huyeron de éste, arguyendo que debían creer
a sus rabinos como nosotros le creemos al papa y los doctores. Sentí lástima
por ellos y les ofrecí una carta de recomendación a las autoridades, pidiéndoles
que por el amor de Dios los dejaran hacer su camino libremente. Pero más tarde
descubrí que llamaban a Cristo tola,
es decir, delincuente ahorcado. Por lo tanto no deseo tener nada más que ver
con ningún judío. Como dice San Pablo, están encomendados a la ira; más uno
intenta ayudarlos, más viles y obstinados se convierten. Dejad que se las
arreglen solos.
Nosotros Cristianos, no obstante, podemos reforzar enormemente nuestra fe con
esta afirmación de Jacob, asegurándonos que Cristo está con nosotros y que ha
estado con nosotros por mil quinientos años—pero no, como se mofa el diablo,
como un pordiosero en Roma; sino como un Mesías reinante. Si así no lo fuera,
entonces la palabra de Dios y su promesa serían una mentira. Si los judíos
dejaran que las Sagradas Escrituras sean la palabra de Dios, tendrían que
admitir también que ha habido un Mesías desde el tiempo de Herodes (sin
importar dónde), en vez de esperar a otro. Pero antes de hacerlo, preferirán
destrozar y pervertir la Escritura hasta que deje de serlo. Y esta es de hecho
su situación: No tienen ni Mesías ni Escritura, tal como profetizó de ellos
Isaías 28.
Pero esto será suficiente acerca del dicho de Jacob. Tomemos otros dicho que
los judíos no tergiversaron ni distorsionaron ni pueden hacerlo de esta manera.
En las últimas palabras de David, lo encontramos diciendo (II Samuel 23:2):
“El Espíritu de Jehová por mí, Y su palabra ha estado en mi lengua. El Dios
de Israel ha dicho, Me habló la Roca de Israel... ” Y más adelante (II
Samuel 23:5): “Aunque no es así mi casa para con Dios.” O, de la traducción
literal del texto hebreo: “Mi casa no es por supuesto así,” etc. Es decir:
“Mi casa, después de todo, no vale nada; es demasiado glorioso, es demasiado
lo que Dios hace por un pobre hombre como yo.” “Pues ha hecho con migo un
pacto para siempre, ordenado en todos los respectos y seguro.” Notad cómo
David se regocija con tantas y aparentemente superfluas que el Espíritu de Dios
ha hablado a través suyo y que la palabra de Dios está en su lengua. Entonces
dice: “El Dios de Israel ha dicho, Me habló la Roca de Israel,” etc. Es
como si dijera: “Mi querida gente, prestad atención. Quienquiera pueda
escuchar, dejadlo escuchar. Aquí está Dios, que está hablando y diciendo
‘Escuchad,’ etc.” ¿Qué es entonces lo que nos exhortas a escuchar? ¿Qué
está diciendo Dios a través tuyo? ¿Qué hemos de escuchar?
Esto
es lo que tú has de escuchar: que Dios hizo un pacto perpetuo, firme, y seguro
con migo y mi casa, un pacto del cual mi casa no es digna. De hecho, mi casa no
es nada comparada a Dios; y aún así Él hizo esto. ¿Qué es este pacto
perpetuo? ¡Oh, prestad atención y oíd! Mi casa y Dios se han unido en
juramento para siempre. Es un pacto, una promesa que debe existir y perdurar por
siempre, es decir, eternamente. Pues es el pacto de Dios y su señal, la cual
nadie puede ni habrá de romper o entorpecer. Mi casa seguirá en pie
eternamente; es “ordenado en todas las cosas, y será guardado.” La palabra aruk
(ordenado) implica que no decepcionará o fallará en lo más mínimo. ¿Habéis
oído esto? ¿Y creéis que Dios es sincero? Sí, sin dudas. Mi querida gente,
¿también creéis que Él puede y habrá de cumplir su promesa?
Perfecto, si Dios es sincero y todopoderoso y dijo estas palabras a través de
David lo cual ningún judío se atreve a
negar de modo que la casa y el gobierno de David (que son la misma cosa)
tienen que haber perdurado desde que dijo estas palabras, y deben aún perdurar
y perdurarán por siempre, es decir, eternamente. De lo contrario, Dios sería
un mentiroso. En suma, o debemos aceptar la casa de David o su heredero, que
reina desde el tiempo de David al presente y por la eternidad, o David murió
siendo un mentiroso descarado hasta el último día, enunciando estas palabras
que (según parece) no son más que cháchara inútil: “Dios habla, Dios dice,
Dios promete.” Es fútil aliarse con los judíos para acusarlo a Dios de
mentiroso. Tenemos, yo digo, un heredero de David desde su tiempo en adelante,
como prueba de que su casa nunca estuvo vacía sin importar dónde esté este
heredero. Ya que esta casa debe haber tenido continuidad y tenerla por siempre.
Aquí encontramos la promesa de Dios de que éste es un pacto perpetuo, firme, y
seguro, sin ninguna falla, sino que todo es aruk,
magníficamente ordenado, como Dios ordena todos sus trabajos. Salmos 111:3:
“Esplendor y majestad es su obra.”
Ahora dajad a los judíos crear tal heredero de David. Pues deben hacerlo,
desde de que leemos aquí que la casa de David es perpetua, una casa que nadie
ha de destruir u obstaculizar, en cambio según leemos aquí [II Sam. 23:4], será
como el resplandor del sol en una mañana sin nubes. Si no son capaces de
presentar al heredero o la casa de David, entonces este verso los condena
completamente, y muestran que con seguridad no lo tienen a Dios, ni a David, ni
a un Mesías, que están perdidos y eternamente condenados. Por supuesto, no
pueden negar que el reino o la casa de David perduró ininterrumpida hasta el
cautiverio de Babilonia, incluso a lo largo del cautiverio de Babilonia, y al
finalizar éste hasta los días de Herodes. Perduró, yo digo, no por su propio
poder y mérito sino en virtud de su pacto perpetuo hecho con la casa de David.
Pues la mayoría de sus reyes y soberanos fueron inicuos, practicando idolatrías,
asesinando profetas, y viviendo vergonzosamente. Por ejemplo, Roboam, Joram, Joás,
Ahaz, Manasés, etc., superaron a todos los gentiles o los reyes de Israel en
ignominia. Por ellos, la casa y tribu de David plenamente mereció su
exterminio. Fue lo que finalmente le ocurrió al reino de Israel. Sin embargo,
el pacto hecho con David siguió vigente. Los libros de los reyes y profetas
jovialmente declaran que Dios conservó una lámpara o una luz para la casa de
David que no habría de permitir que se extinguiese. Así es que leemos en II
Reyes 6:19 y en II Crónicas 21:7: “Más Jehová no quiso destruir la casa de
David, a causa de pacto que había hecho con David, y porque le había dicho que
le daría lámpara a él y a sus hijos perpetuamente.” La misma idea se
expresa en II Samuel 7:12.
A modo de contraste, observad el reino de Israel, donde la ley no permaneció
en la misma tribu o familia por más de dos generaciones, con la excepción de
Jehú [65] quien en razón de una promesa especial la trasladó hasta la cuarta
generación de su casa. De lo contrario siempre pasaba de una tribu a
otra, y a veces apenas sobrevivía una generación; además no pasó
mucho tiempo para que el reino se extinguiera por completo. Pero gracias a los
maravillosos actos de Dios, el reino de Judá permaneció dentro de la tribu de
Judá y la casa de David. Resistió la fuerte oposición de los gentiles en las
cercanías, de Israel mismo, las rebeliones dentro de Israel, y las graves
idolatrías y pecados, de manera que no hubiera sido sorprendente que hubiera caído
en la tercera generación bajo el mandato de Roboam, o por lo menos bajo Joram,
Ahaz, y Manasés. Pero tenía un Protector fuerte que no lo dejó morir ni dejó
que su luz se extinguiera. La promesa fue que permanecería firme, eternamente
firme y seguro. Y así ha permanecido y debe permanecer al presente y por
siempre; pues Dios no miente ni puede mentir.
Los judíos dicen la burrada de que el reino pereció con el cautiverio de
Babilonia. Como ya lo dijimos antes, son habladurías huecas; ya que el
cautiverio no constituyó otra cosa que un breve castigo, definitivamente
limitado a un período de setenta años. Dios lo había prometido. Además, los
preservó durante estos años por medio de espléndidos profetas. Asimismo, el
Rey Joacim fue exaltado por sobre todos los reyes de Babilonia, y Daniel y sus
compañeros gobernaron no sólo a Judá e Israel sino también a todo el Imperio
Babilonio. [66] Aún si su sede de gobierno no estuvo en Jerusalén por un breve
período, no obstante gobernaron en otra parte con mucha más gloria que en
Jerusalén. Por lo tanto podríamos decir que la casa de David no se extinguió
en Babilonia sino que brilló más resplandecientemente que en Jerusalén. Sólo
tuvieron que desocupar su tierra natal por un tiempo como una forma de castigo.
Pues cuando un rey ocupa la tierra de un país extranjero no puede considerado
como un ex rey porque no está en su tierra natal, especialmente si
es asistido por una gran victoria y buena fortuna contra varias naciones.
Sino que debiera decirse que es más ilustre en el extranjero que en casa.
Si Dios mantuvo su promesa desde el tiempo de David hasta Herodes, preservando
su casa de la extinción, debió de haberla mantenido desde aquel tiempo hasta
el presente, y la mantendrá eternamente, de manera que la casa de David no ha
muerto y no morirá nunca jamás. Pues no nos atrevemos a reprender a Dios por
ser medio sincero y medio mentiroso, diciendo que cumplió su pacto y preservó
la casa de David fielmente desde el tiempo de David hasta Herodes; pero que
después del tiempo de Herodes, empezó a mentir y se convirtió en un
mentiroso, ignorando y alterando su pacto. No, ya que, como la casa de David
permaneció y brilló hasta el tiempo de Herodes, así debía permanecer en el
tiempo de Herodes y después de Herodes, brillando hasta la eternidad.
Ahora
notamos qué bien este dicho de David armoniza con lo que dijo el patriarca
Jacob: “No será quitado el cetro de Judá, Ni el mehoqeq
de entre sus pies, Hasta que venga Siloh; Y a él se congregarán los pueblos”
[Gén. 49:10]. ¿Cómo puede expresarse con mayor claridad o de otra manera que
la casa de David brillará hasta que llegue el Mesías? Entonces, a través
suyo, la casa de David brillará no sólo sobre Judá e Israel sino también
sobre los gentiles, o sobre países distintos y más numerosos. Esto en efecto
no significa que vaya a extinguirse, por el contrario, significa que brillará más
lejos y más ilustremente de lo que brilló antes de Su advenimiento. Y
entonces, como dice David, éste es un reino y un pacto eternos. Por lo tanto
convincentemente se deduce que el Mesías llegó cuando el cetro había sido
quitado de Judá—a menos que queramos injuriar a Dios diciendo que no cumplió
su pacto y juramento. Aún si los judíos tercos, obstinados se niegan a aceptar
esto, por lo menos nuestra fe ha sido confirmada y reforzada. No nos importan en
lo absoluto sus fulgores delirantes, que han tejido en sus cabezas. Nosotros
tenemos el texto en claro.
Estas últimas palabras de David convertirlos
una vez más están basadas en la palabra del propio Dios, donde él dice,
como él aquí fanfarronea acerca de su final: “¿Tú me has de edificar casa
en que yo more?” (II Sam. 7:5). Podéis leer lo que allí sigue—cómo Dios
continúa por relatar que hasta ahora él no ha vivido en casa alguna, pero que
lo había elegido a él [o sea, a David] para ser el príncipe de su pueblo, a
quien ha de asignar un lugar fijo y le dará descanso, concluyendo, “Yo te
edificaré una casa” [cf. II Sam. 7:11]. Es decir, ni tú ni nadie más me
edificará una casa en la cual morar; soy demasiado, demasiado grande para eso,
como leemos también en Isaías 66. No, yo te edificaré una casa. Pues así lo
dice el Señor, como afirma Natán: “Jehová te hace saber que él te edificará
una casa” [II Sam 7:11]. Cualquiera está familiarizado con una casa
construida por un hombre—una estructura muy perecedera hecha de piedras y
madera. Pero una casa construida por Dios implica la consolidación de un padre
de familia que ha de tener herederos y descendientes de su sangre y linaje por
siempre. Así Moisés dice en Éxodo 1:21 que Dios construyó casas para las
parteras porque no obedecieron la orden del rey, sino que dejaron vivir a los
infantes y no los mataron. Por otro lado, derriba y extingue las casas de los
reyes de Israel en la segunda generación.
Así
David tiene aquí una casa segura, construida por Dios, que ha de tener
herederos por siempre. No es una casa ordinaria; no, Él dice, “Yo te tomé
(…) para que fueses príncipe sobre mi pueblo, sobre Israel” [II Sam. 7:8].
Por lo tanto habrá de ser llamado principado, una casa real—o sea, la casa
del Príncipe David o del Rey David, en la cual tus hijos reinaran por siempre y
serán príncipes así como tú lo eres. Los libros e historias de los reyes
prueban la veracidad de esto, trazándola hasta el tiempo de Herodes. Hasta ese
momento el cetro y saphra están en
la tribu de Judá.
Ahora sigue el segundo tema, concerniente a Silo. ¿Por cuánto tiempo mi casa
permanecerá en pie de esta manera y por cuánto tiempo mis descendientes
gobernaran? Responde así [II Sam. 7:12-16]: “Y cuando tus días sean
cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu
linaje, el cual procederá de tus entrañas (utero—es
decir, de tu carne y sangre), y afirmaré tu reino. Él edificará casa a mi
nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino. Yo le seré a él por
padre, y él me será a mí por hijo. Y si él hiciere mal, yo le castigaré con
vara de hombres (como la que se usa para castigar a los niños), y con azotes de
hijos de hombres; pero mi misericordia no se apartará de él como la aparté de
Saúl, al cual quité de delante de ti. Y será afirmada tu casa y tu reino para
siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente.” Esta
manifestación se encuentra casi textualmente en I Crónicas 18 [17:11-14], a
donde podéis leerlo.
Quienquiera que se adjudique a estos versos a Salomón será de hecho un intérprete
arbitrario. Ya que aunque Salomón no había nacido aún, en efecto el adulterio
con su madre Bathsheba no había sido consumado aún, no obstante no es la
semilla de David nacido después de la muerte de David, de quien el texto dice,
“Cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré
después de ti a uno de tu linaje.” Pues Salomón nació en vida de David. Sería
tonto, sí, ridículo, decir que el término “levantado” aquí significa que
Salomón debe ser levantado después de muerto David para convertirse en rey o
para construir la casa; pues otros tres capítulos (I Reyes 1, I Crónicas 24
[28], I Crónicas 29) atestiguan que Salomón fue nombrado rey en vida de su
padre, pero que también recibió la orden de su padre David, como también el
plano completo del templo, de todas las habitaciones, su equipamiento detallado,
y la organización del reino entero. Es obvio que Salomón no construyó el
templo u ordenó el reino o principado de acuerdo a sus propios planes sino de
acuerdo a los de David, que prescribió todo, de hecho, lo organizó todo en
vida.
Existe también una gran discrepancia por una diferencia en las palabras de II
Samuel 7 y I Crónicas 24 [28] y 29. El primero establece que Dios construirá
para David una casa eterna; el último, que Salomón habrá de construir una
casa en nombre de Dios. El primer pasaje establece sin condición o requisito
alguno que habrá de quedar en pie por siempre y que ningún pecado habrá de
impedirlo. El otro pasaje establece como condición para su validez la fidelidad
de Salomón y sus descendientes. Como no permaneció fiel, no sólo perdió las
diez tribus de Israel sino que también fue exterminado por la séptima generación.
El primero es un promitio gratiae
[“una promesa de gracia”], el último es un promitio
legis [“una promesa de ley”]. En el primer pasaje David le agradece a
Dios porque su casa permanecerá en pie por siempre, en el último no le
agradece a Dios que el templo de Salomón permanezca en pie por siempre. En
otras palabras, los dos pasajes se refieren a momentos diferentes y a cosas y
templos diferentes. Y aunque Dios llame a Salomón su hijo en el último también
y diga que será su padre, esta promesa depende
de que Salomón permanezca pío.
Dicha condición no aparece en el primer pasaje. No es de extrañarse que Dios
llame a sus santos, así como a los ángeles, hijos suyos. Pero el hijo
mencionado en II Samuel 7:14 es un hijo diferente y especial que retendrá el
reino incondicionalmente y ningún pecado lo
evitará.
También los profetas y los salmos citan el
libro II de Samuel versículo 7, que habla de la semilla de David luego de su
muerte, mientras que no toman en cuenta I Crónicas 24 [28] y 29, que habla de
Salomón. En Salmos [89:1-4] leemos: “Las misericordias de Jehová cantaré
perpetuamente; De generación en generación haré notoria con mi boca tu
fidelidad, Diciendo: Para siempre será edificada misericordia; En los cielos
mismos establecerás tu verdad. Hice un pacto con mi escogido; Juré a David mi
ciervo, diciendo: Para siempre confirmaré tu descendencia, Y edificaré tu
trono por todas las generaciones.” Estas también son palabras claras. Dios
promete a David concederle gracia por siempre, y construir y preservar su casa,
semilla y trono eternamente.
Más
adelante, en el verso 19, encontramos una referencia explícita al verdadero
David. Este verso contiene las más hermosas profecías acerca del Mesías, que
no pueden aplicarse a Salomón. Pues no era el soberano de todos los reyes en la
tierra, ni su ley se propagó por tierra y por mar. Estos hechos no pueden ser
ignorados. Además, el reino no permaneció en la casa de Salomón. No tenía
una promesa definitiva, era sólo una promesa condicional a su fidelidad. La
casa de David era la que tenía la promesa, y tuvo más hijos que Salomón. Y
como lo informan los libros de historia, el cetro de Judá pasó a veces de
hermano a hermano, a veces de primo a primo, pero siempre permaneció en la casa
de David. Por ejemplo, Ocozías no tuvo hijos, y Ahaz tampoco, por lo tanto de
acuerdo a la costumbre de la Sagrada Escritura los sobrinos tuvieron que ser
herederos e hijos.
Quien
se atreva a contradecir tan claras y convincentes afirmaciones de la Escritura
concernientes a la eterna casa de David, que están comprobadas por las
historias, mostrando que hubo siempre reyes o príncipes hasta la llegada del
Mesías, no puede ser otro que el diablo mismo o quienquiera sea su seguidor.
Pues fácilmente puedo creer que el diablo, o quienquiera que sea, no estaría
dispuesto a reconocer al Mesías, pero en cambio se vería en la obligación de
reconocer la casa y trono eternos de David. Pues no podría negar las claras
palabras del juramento de Dios prometiendo que su palabra no ha de cambiar y que
no ha de mentir a David, ni siquiera en razón de ningún pecado, como lo
establece conmovedora y claramente el salmo arriba mencionado [Ps. 89].
Ahora una casa de David de perennidad tal no se encuentra en lugar alguno a
menos que ubiquemos al cetro con anterioridad al Mesías y al Mesías con
posterioridad al cetro, y entonces conectarlos; a saber, afirmando que el Mesías
llegó cuando el cetro fue quitado y que la casa de David fue así preservada
por siempre. De esta manera Dios se revela sincero y fiel a su palabra, pacto, y
juramento. Puesto que es obvio que el cetro de Judá colapsó completamente en
el tiempo de Herodes, pero mucho más cuando los romanos destruyeron Jerusalén
y el cetro de Judá. Ahora si la casa de David es eterna y Dios sincero,
entonces el verdadero Rey de Judá, el Mesías, debe de haber llegado en este
momento. Ningún ladrido, ninguna interpretación, o encubrimiento cambiará
esto. El texto está demasiado autorizado y queda demasiado claro. Si los judíos
se rehusan a admitirlo, a nosotros no nos interesa.
Para nosotros es suficiente que, en primer lugar, nuestra fe cristiana
encuentre aquí prueba más substancial, y que tales versos me proporcionan gran
regocijo y seguridad de que poseemos tal fuerte testimonio en el Viejo
Testamento. En segundo lugar, estamos seguros de que aún el diablo y los judíos
mismos no pueden refutar esto en sus corazones y que en su propia conciencia están
convencidos. Se nota con seguridad y certeza por el hecho de que tergiversan el
dicho de Jacob acerca del cetro (como lo hacen con toda la Escritura) de tantas
maneras traicionando su convencimiento y aún con malicia deliberada lo
contradicen y blasfeman sobre él. Los judíos sienten saben perfectamente que
estos versos son como roca sólida y su interpretación no es otra cosa que paja
o telaraña. Pero con intencional y maliciosa resolución no han de admitirlo; aún
así insisten en ser y en ser llamados la gente de Dios, implemente por llevar
la sangre de los patriarcas. De otra manera no tienen con qué fanfarronear. En
cuanto al efecto linaje sólo puede tener, lo hemos hablado con anterioridad. Es
tal como si el diablo hubiera de fanfarronear que su estirpe es angelical, y en
razón de esto es el único ángel e hijo de Dios, a pesar de que en realidad es
enemigo de Dios.
Ahora que hemos considerado estos versos, escuchemos lo que dice Jeremías. Su
palabra suena muy extraña. Pues sabemos que fue un profeta mucho antes de que
el reino de Israel fuera destruido y exiliado, cuando sólo el reino de Judá
existía todavía, el cual habría de ser puesto en cautiverio pronto en
Babilonia, como lo presagió y incluso experimentó durante su vida. Aún a
pesar de esto, se atreve a decir en el capítulo 33:17: “Porque así dice
Jehová: No faltará a David varón que se siente sobre el trono de la casa de
Israel. Ni a los sacerdotes y levitas faltará varón que delante de mí ofrezca
holocausto y encienda ofrenda, y que haga sacrificio todos los días.”
“Y vino la palabra de Jehová a Jeremías, diciendo: Así dice Jehová: si
podéis invalidar mi pacto con el día y mi
pacto con la noche, de tal manera que no hay adía ni noche a su tiempo,
entonces podrá invalidarse también mi pacto con mi siervo David, para que le
falte un hijo que reine sobre su trono, y mi pacto con los levitas y sacerdotes,
mis ministros...”
“Vino palabra de Jehová a Jeremías, diciendo: ¿No has echado de ver lo que
habla este pueblo, diciendo: Las dos familias que Jehová había escogido, las
ha desechado? Y han tenido en poco a mi pueblo, hasta no tenerlo más por nación.
Pues bien, dice así Jehová: Si no permanece mi pacto con el día y la noche,
si yo no he puesto las leyes del cielo y la tierra, también desecharé la
descendencia de Jacob, y de David mi siervo, para no tomar de su descendencia
quien sea señor sobre la posterioridad de Abraham, de Isaac y de Jacob; porque
yo haré volver sus cautivos, y tendré compasión de ellos.”
¿Qué podemos decir ante esto? Quienquiera pueda interpretarlo, dejadlo que lo
haga. Aquí leemos que no sólo David, sino también los levitas perdurarán por
siempre; y lo mismo para Israel, la semilla de Abraham, Isaac, Jacob. Está
recalcado que David tendrá un hijo que se sentará en su trono eternamente, con
tanta seguridad como que el día y la noche se sucederán por siempre. Por otra
parte, oímos que Israel será llevado al cautiverio, y también Judá detrás
suyo, pero que Israel no será conducido de vuelta, mientras que Judá sí.
Decidme, ¿cómo encaja todo esto? La palabra de Dios no puede mentir. Así como
Dios vigila el curso de los cielos, de manera que día y noche se continúan en
una sucesión eterna, así también David (es decir, Abraham, Isaac, y Jacob),
deben tener un hijo en su trono ininterrumpidamente. Dios mismo hace esta
comparación. Es imposible para los judíos entender esto; pues ven con sus
propios ojos que ni Israel, ni Judá han tenido un gobierno durante casi mil
quinientos años; de hecho, Israel no lo ha tenido por casi dos mil años. Aún
así Dios debe ser sincero, hagamos lo que hiciésemos. El reino de David debe
gobernar la semilla de Jacob, Isaac, y Abraham, como Jeremías lo declara aquí,
o Jeremías no es un profeta sino un mentiroso.
Dejemos a los judíos que concilien e interpreten esto como quieran o puedan.
Para nosotros este pasaje no deja dudas; asegura que la casa de David resistirá
por siempre, también los levitas, la semilla de Abraham, Isaac, y Jacob en el
hijo de David, en tanto día y noche o
como es
también expresado, en tanto el sol y
la luna perduren. Si esto es verdad, entonces el Mesías debió haber
llegado cuando la casa y ley de David dejaron de existir. Así el trono de David
asumió un esplendor mayor a través del Mesías, como leemos en Isaías 9:6:
“Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos es dado, y el principado sobre su
hombro; y se llamará: Pele, Joets,
El, Gibbor,
Abi-gad, Sar
shalom. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el
trono de David y sobre su reino, para restaurarlo y consolidarlo en juicio y en
justicia desde ahora y para siempre.” Volveremos a esto más adelante, pero
aquí nos abstendremos de discutir como los obcecados judíos tergiversan estos
seis nombres del Mesías. Aceptan este verso y admiten como
tienen que admitir que habla del Mesías. Lo citamos porque Jeremías afirma
que la casa de David gobernará por siempre: primero a través del cetro hasta
el tiempo del Mesías, y luego mucho más gloriosamente a través del Mesías.
Por lo tanto tiene que ser cierto que la casa de David no ha cesado hasta este
momento y que no cesará hasta la eternidad. Pero como el cetro fue quitado de
Judá mil quinientos años atrás, el Mesías debe de haber llegado por esa
fecha, o, como lo hemos señalado con anterioridad, 1468 años atrás. Todo esto
es convincentemente establecido por Jeremías.