Herencia Cristiana
Sin
embargo, algunos entre nosotros deben de preguntarse cómo es posible que en el
tiempo de Jeremías la semilla de Abraham, Isaac, y Jacob existiera y
permaneciera en la tribu de Judá o el trono de David, a pesar de que sólo
permaneció Judá mientras que Israel fue exiliado. Estas personas deben ser
informadas de que el reino de Israel fue llevado al cautiverio y destruido, que
nunca regresó a casa y nunca regresará, pero que Israel, o la semilla de
Israel, de alguna manera siempre permaneció en Judá, y que fue exiliada con
Judá y regresó con ella. Podéis leer acerca de esto en I Samuel, I Reyes 10
[11] y 12, y II Crónicas 30 y 31. Aquí vosotros aprenderéis que la tribu
completa de Benjamín por lo tanto una
gran parte de Israel permaneció con Judá, así como toda la tribu de Leví
junto varios miembros de las tribus de Efraím, Manasés, Aser, Isacar, y Zabulón
que permanecieron en el país después de la destrucción del reino de Israel y
apoyaron a Ezequías en Jerusalén y ayudaron a depurar la tierra de Israel de
ídolos. Asimismo, varios israelitas habitaron las ciudades de Judá.
Como hallamos muchos israelitas viviendo bajo el dominio del hijo de David,
Teremías no miente cuando dice que los Levitas y la semilla de Abraham, Isaac,
y Jacob habría de ser hallada bajo el reinado de la casa de David. Todos estos,
o al menos varios de estos, fueron llevados a Babilonia y regresaron de allí
con Judá, según enumera y relata Esdras. Sin dudas muchos más regresaron de
los que fueron expulsados bajo Senaquerib, ya que el reino Asirio o Media cayó
bajo el dominio persa a través de Ciro, de manera que Judá e Israel muy
probablemente se encontraban en condiciones de unirse y volver juntos de
Babilonia a Jerusalén y a la tierra de Canaán. Pues sé a ciencia cierta que
hallamos estas palabras en Esdras 2:70: “Y todo Israel (o todos los de Israel
que allí estaban) en sus ciudades.” ¿Y cómo podían estar viviendo allí si
no habían regresado? En el tiempo de Herodes y del Mesías la tierra estaba
nuevamente llena de israelitas; pues en las setenta semanas de Daniel, o sea, en
cuatrocientos noventa años, se habían reunido nuevamente. No obstante, no
establecieron nuevamente un reino.
Por lo tanto los judíos de hoy día son maestros muy ignorantes e indolentes
discípulos de las Escrituras cuando alegan que Israel no ha regresado aún,
como si todo Israel tuviera que regresar. De hecho no todo Judá regresó
tampoco, sino sólo un pequeño número, según se deduce de la enumeración de
Esdras. La mayoría permaneció en Babilonia, como los propios Daniel, Nehemías,
y Mardoqueo. Del mismo modo, la mayoría de los israelitas permanecieron en
Media, aunque probablemente viajaban a Jerusalén para las fiestas importantes y
luego regresaban a sus casas, como escribe Lucas en las Actas de los Apóstoles
[2:5 ff.]. Dios nunca prometió que el reino o el cetro de Israel sería
devuelto como el de Judá. Sí se lo prometió a Judá. Este último lo
recuperaría en virtud de la promesa de Dios, por la cual se compromete a erigir
la casa y el trono de David para siempre y a no permitir que se extinga. Pues
como lo declara Jeremías aquí, Dios no tolerará que nadie lo calumnie
diciendo que ha rechazado a Judá e Israel completamente, de manera que nunca más
habrán de ser su pueblo y que el trono de David habrá de desaparecer, como si
Él hubiera olvidado su promesa, cuando le ha prometido y garantizado a David
una casa eterna. A pesar de que ahora tendrán que morar por un tiempo en
Babilonia, aún, dice, seguirá siendo una casa y reino eternos.
Estoy diciendo esto para honrar y reforzar nuestra fe y para avergonzar al
endurecido descreimiento de los ciegos y obcecados judíos, para quienes Dios es
en todo momento y por la eternidad un mentiroso, como si hubiera permitido que
la casa de David se extinguiera y hubiera olvidado el pacto y el juramento hecho
a David. Pues si admitieran que Dios es sincero, hubieran confesado que el Mesías
llegó mil quinientos años atrás, de manera que la casa y trono de David no
deberían estar desolados por tanto tiempo, como lo suponen, sólo porque
Jerusalén ha yacido en cenizas y ha sido desprovisto de la casa y el trono de
David durante tanto tiempo. Pues si Dios mantuvo su promesa desde el tiempo de
David al cautiverio babilónico y desde ese momento a los días de Herodes
cuando fue quitado el cetro, debe de haberla mantenido posteriormente y para
siempre, o de lo contrario la casa de David no es eterna sino perecedera, que ha
sucumbido junto con el cetro en el tiempo de Herodes.
Pero
como ya lo hemos dicho, dios no tolerará esto. No, la casa de David ha de ser
perenne, como “día y noche y la artillería del cielo y la tierra,” según
las palabras de Jeremías [Jer. 33:25]. No obstante, como el cetro de Judá fue
perdido en el tiempo de Herodes, no puede ser eterno a menos que el hijo de
David, el Mesías, haya llegado, él mismo se haya sentado él mismo en el trono
de David, y se haya convertido en el Señor del mundo. Si los judíos no se
equivocan, entonces la casa de David debió haber estado extinta desde 1568,
contrariando la promesa y juramento de Dios. Esto es imposible de creer. Ahora
esta es una exposición minuciosa y a fondo de la cuestión, y ningún judío
puede aducir nada para refutarla. Por fuera pretenderá que no la cree, pero su
corazón y su consciencia no pueden contradecirla.
¿Y hubiera podido Dios mantener el honor de su verdad divina, habiéndole
prometido a David una casa y un trono eternos, si luego permitió que quedaran
desolados más tiempo de lo que permanecieron intactos? Intentemos comprender
esto. Según la opinión de los judíos, el tiempo que transcurrió desde David
a Herodes no es exactamente de mil años. La casa o trono de David tuvo vigencia
durante ese periodo de tiempo, incluyendo los setenta años en Babilonia.
(Nosotros agregaríamos más de cien años a ese total.) Desde el tiempo de
Herodes, o mejor dicho pues no está
lejos de ser cierto desde la destrucción de Jerusalén, al año 1542
transcurren 1568 años, como fue señalado más arriba. De acuerdo con este cálculo,
la casa y trono de David han estado desocupados por cuatrocientos o quinientos años
más de lo que estuvieron ocupados. ¡Ahora preguntad de tronco y piedra si tal
puede ser llamada una casa eterna, especialmente construida por Dios y
preservada por su fidelidad y verdad sublimes—una casa que se yergue por más
de cien años y yace en cenizas por cuatrocientos o quinientos años!
A pesar de que los judíos sean tan duros o más duros que un diamante, el relámpago
y el trueno de tan clara y explícita verdad debería derruirlos, o por los
menos sosegarlos. Pero como ya lo he dicho antes, nuestra fe se anima, se
refuerza con esto, pone de manifiesto y asegura que tenemos al verdadero Mesías,
que con seguridad apareció cuando Herodes tomó el cetro de Judá y el saphra,
así la casa de David sería eterna y por siempre habría un hijo suyo en su
trono, como le fuera expresado y prometido a él por Dios y como fuera pactado
con él.
Algún judío ladino podría tirarme por la cabeza mi libro contra los
Sabbatarians, en el que demuestro que la frase “para siempre,” le-olam,
a menudo no significa realmente una eternidad, sino simplemente “mucho
tiempo.” Así Moisés expresa en Éxodo 21:6 que el amo ha de llevarse al
esclavo que quiera quedarse con él y le horadará la oreja con lezna junto a la
puerta, “y será su siervo para siempre.” Aquí la frase significa una
eternidad humana, es decir, una vida. Pero también dije en el mismo tratado que
cuando Dios usa la frase “para siempre,” es una verdadera eternidad divina.
Y Él comúnmente agrega otra frase para expresar que no habrá de ser de otra
manera, como en Salmos 110:4, “Juró Jehová, y no se arrepentirá.” Del
mismo modo en Salmos 132:11: “Juró Jehová a David Una verdad de la que no se
retractará,” etc. Siempre que se agrega este “no,” significa
verdaderamente para siempre y no de otra forma. Así leemos en Isaías 9:7,
“La paz no tendrá límite.” Y en Daniel 7:14, “Su dominio es dominio
eterno (...) y su reino no será destruido jamás.” “No será destruido jamás”
significa eternamente, hasta que el Mesías llegue; lo cual con seguridad
significa eternamente. Puesto que todos los profetas le adjudican al Mesías un
reino eterno, un reino que no tendrá límite.
Pero si asumimos que esto se refiere a una eternidad humana o temporal, o bien
a un periodo de tiempo indefinido (que es imposible), entonces el significado
sería necesariamente el que siguiente: Tu casa será eterna ante mí, o sea, tu
casa se erguirá tanto como se yerga, o durante tu vida. Esto es lo que David
habría de garantizar y prometer, el equivalente a completamente nada; ya que aún
en la ausencia tal juramento la casa de David se erguiría “para siempre,”
es decir, durante su vida. Pero desechemos estas tonterías de nuestras cabezas,
que no podrían ocurrírsele más que a un rabino terco. Cuando las Escrituras
se vanagloria en el hecho de que Dios no quería destruir a Judá
por sus pecados cometidos bajo Roboam, sino que una lámpara debía
permanecer para David, tal como Dios le prometió acerca de su casa (II Reyes
8:19), demuestra que todos entendieron la frase “para siempre” en su sentido
real.
Podrían citar también ejemplo de los Maccabees. Después de que el noble
Antiochus había despiadadamente devastado a la gente y al país, de manera que
el príncipe de la casa de David feneció, gobernaron los Maccabees, que no
pertenecían a la casa de David sino a la tribu de los sacerdotes, lo que
significa que el cetro había sido quitado de Judá pero que el trono de David
no sería eternamente ocupado por un hijo suyo. Por lo tanto la casa eterna de
David no fue realmente eterna. Nosotros replicamos: los Judíos no pueden
perturbarnos con esta argumentación, y no necesitamos responderles; pues nada
de esto se encuentra en las Escrituras, porque Malaquías es el último profeta
y Nehemías el último historiador, que, según puede ser deducido de su libro,
vivió hasta el tiempo de Alejandro. Por consiguiente ambas partes debemos
confiar en, en lo que respecta a esta cuestión, en lo que Jeremías manifestó
—que un hijo de David habría de ocupar su trono o gobernar por siempre. Pues
aparte de las Escrituras, quien quiera tratar este tema deberá tener considerar
que queda sin resolver la cuestión de si los Maccabees gobernaron o bien
sirvieron a los gobernadores. Con respecto a la fiabilidad de los historiadores,
haremos algunos comentarios más adelante.
No obstante me parece que el siguiente incidente grabado en las Escrituras no
debería ser tratado a la ligera. En el tiempo de la Reina Atalía, durante seis
años enteros ningún hijo de David ocupó su trono; ella, Athliah la tirana,
reinó sola. Había mandado a matar a todos los descendientes masculinos de
David, con la única excepción de Joás, un infante de tres o seis meses, que
había sido tomado secretamente, escondido en el templo, y criado por la
excelente Josebá, la esposa del alto sacerdote Joyadá, hija del Rey Joram y
hermana del Rey Ocosías, a quien Jehú asesinó. Aquí efectivamente el pacto
eterno que Dios hizo con David se encontraba en peligro, dependiendo de un
muchacho oculto, que estaba lejos de ocupar el trono de David. En este momento
su casa se asimilaba a farol oscuro en el cual la luz se extingue, ya que una
reina extranjera, una gentil de Sidón, ocupaba el trono de David y reinaba. ¡Sin
embargo, se quemó completamente el trasero en ese trono!
No obstante, todo esto no significa que el cetro hubiera sido quitado o que el
pacto eterno de Dios hubiera sido roto. Pues a pesar de que la luz de David no
estuviera brillando intensamente en este momento, había en ese niño Joás un
halo, que brillaría nuevamente con intensidad en el futuro y gobernaría. Ya
había nacido como hijo de David, y esos seis años no eran nada más que una tentatio,
una tentación. A menudo parece que Dios es inconsciente de su palabra y que nos
está fallando. Es lo que hizo con Abraham cuando lo envió a convertir en
cenizas a su querido hijo Isaac, en quien, finalmente, recayó la promesa de la
semilla eterna. Del mismo modo, guió a los niños de Israel desde Egipto. De
hecho, parecía estar guiándolos hacia la muerte, con el mar ante ellos, altos
acantilados a cada uno de los lados, y el enemigo a sus espaldas bloqueándoles
la vía de escape. Pero los acontecimientos se sucedieron de acuerdo a la
palabra de Dios y sus promesas; el mar hubo de abrirse, moverse, y hacerles
paso. Si no lo hubiera hecho el mar, se habrían partido en trozos los
acantilados y les hubieran hecho paso, y ellos hubiesen aplastado y apisonado al
Faraón entre ellos, tal como el mar ahogó al enemigo. Pues todas las criaturas
preferiríamos mil veces morir antes de que la palabra de Dios nos decepcione o
engañe, a pesar de que acontezcan sucesos extraños. Así Joás es rey a con y
en la palabra de Dios, y ocupa el trono de David ante Dios a pesar de que aún
yace en la cuna, sí, aún si yaciera muerto y enterrado bajo tierra; pues a
pese a todo él habría de levantarse, como Isaac, de las cenizas.
De esta misma manera podríamos explicar la historia de los Maccabees; pero es
innecesario, pues tiene un significado enteramente diferente. El cautiverio
babilonio podría ser visto de manera similar, no obstante, gracias a los espléndidos
profetas y milagros, la situación en ese momento era mucho más clara. Pero a
Joás lo afectó tentación terrible para la casa de David, contra del pacto y
el juramento de Dios, a pesar de que la casa y la ley de David igualmente
prosperaron; fue sólo el monarca, o la cabeza, que estaba sufriendo y que dudó
del pacto con Dios. Pero esta es la manera de su gracia divina, que a veces
juega y se burla de sí mismo. Se esconde a sí mismo y se disfraza a fin de
probarnos para ver si permaneceremos firme en fe y amor por Él, tal como el
padre a veces hace con sus hijos. Tales bromas de nuestro Padre divino nos
lastiman inmensurablemente, porque no lo entendemos. No obstante, esto está
fuera de lugar aquí.
Hemos hablado de una de las declaraciones de Jeremías. Ahora volcaremos
nuestra atención a uno de los últimos profetas. En Hageo 2:6-9 leemos:
“Porque así dice Jehová de los ejércitos: De aquí a poco yo haré temblar
los cielos y la tierra, el mar y la tierra seca; y haré temblar a todas las
naciones y vendrá el Deseado de todas las naciones (chemdath);
y llenaré de gloria esta casa, ha dicho Jehová de los ejércitos. Mía es la
plata, y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos. La gloria postrera de
esta casa será mayor que la primera, ha dicho Jehová de los ejércitos; y daré
paz en este lugar dice Jehová de los ejércitos.”
Este es otro de los pasajes que lastiman intensamente a los judíos. Lo ponen a
prueba, lo dan vuelta, interpretan y distorsionan casi todas las palabras, tal
como hacen con la declaración de Jacob en Génesis 49. Pero hacerlo no los
ayuda. Su conciencia palidece frente a este pasaje; cae en la cuenta de que sus
brillos no tienen validez. Lyra hace bien en acosarlos fuertemente con la frase adhuc
modicum, “de aquí a un poco.” No pueden eludirlo, como habremos de
verlo, “de aquí a poco,” dice, no puede en lo absoluto significar un
periodo extenso de tiempo. Lyra está sin dudas en lo cierto aquí; nadie puede
negarlo, ni siquiera un judío, por más que lo intente. De aquí a poco, dice,
el Deseado de todas las naciones vendrá, luego de que este templo sea
construido—o sea, vendrá cuando este templo todavía esté firme. Y el
esplendor de este último templo será mayor que el del primero. Todo esto pasará
de un momento a otro, es decir, “de aquí a poco.”
Pues fácilmente se entiende que el Deseado de todas las naciones, a quien los
antiguos interpretan como el Mesías, no vino cuando el templo estaba todavía
en pie, sino que aún está por llegar (los judíos han estado esperando 1568 años
ya desde la destrucción del templo, y todo este tiempo no puede traducirse en
“de aquí a poco,” especialmente porque no pueden establecer la culminación
de este largo tiempo), por lo tanto nunca vendrá, pues se rehusó a venir en
este breve, corto tiempo, y ahora ha entrado al extenso, largo tiempo, que nunca
resultará en nada. Puesto que el profeta habla de un tiempo breve, no extenso.
Pero ellos se libran de esta dificultad de la siguiente manera. Puesto que no
pueden ignorar la frase “de aquí a poco,” toman y crucifican la expresión
“Deseado de todas las naciones,” del hebreo chemdath,
tal como lo hicieron anteriormente con las palabras shebet
y shiloh en el dicho de Jacob.
Insisten en que este termino no se refiere al Mesías, sino que designa el oro y
la plata de todos los gentiles. Gramaticalmente, la palabra chemdath
en realidad significa deseo o placer; por lo tanto significaría que los
gentiles desean algo o sienten placer y deleite por algo. Por lo tanto debe
leerse el texto así: En poco tiempo el deseo de todas las naciones vendrá ¿Y
qué significa esto? ¿Qué desean
todas las naciones? ¡Oro, plata, gemas! Os preguntaréis por qué los judíos
hacen uso de esta especie de encubrimiento aquí. Os diré. Su aliento apesta a
codicia por el oro y la plata de los gentiles; pues no hay nación bajo el sol más
codiciosa de lo que fueron, aún son y siempre serán, según se pone en
evidencia por su maldita usura. Entonces se reconfortan a ellos mismos porque
cuando venga el Mesías, Él tomará el oro y la plata del mundo entero y lo
repartirá entre ellos. Por lo tanto, siempre que pueden citar las Escrituras
para satisfacer su insaciable codicia, lo hacen escandalosamente. Lo llevan a
creer a uno que Dios y sus profetas nada más para profetizar que de formas con
las que satisfacer la insondable codicia de los malditos judíos hacia el oro y
la plata de los gentiles.
Sin embargo, el profeta no ha elegido sus palabras correctamente para acordar
con este entender codicioso. Debería haber dicho: De aquí a poco el deseo de
los judíos vendrá. Pues los judíos son los que desean el oro y la plata con más
avidez que todas las demás naciones sobre la tierra. A la luz de esto, el texto
debería más correctamente hablar de la codicia de los judíos en vez de la de
los gentiles. Pues no obstante los gentiles desean oro y plata, son sin embargo
los judíos aquí quienes desean y codician este deseo de los gentiles. ¿Por qué?
Porque son la sangre azul, los santos circuncisos que poseen los mandamientos de
Dios y no los cumplen, pero son obstinados, desobedientes, asesinos de profetas,
arrogantes, usureros, y llenos de todos los vicios, como pueden comprobarlo las
Escrituras completas y su actual conducta. Tales santos, por supuesto, poseen
adecuadamente el derecho al oro y la plata de los gentiles. Franca y
honradamente lo merecen por su comportamiento—tal como el diablo merece el
paraíso y el cielo.
Más aún, ¿cómo puede ser que maestros tan inteligentes y profetas tan
sabios y sagrados tampoco aplican la palabra “deseo” (chemdath)
a todos los otros deseos de los gentiles? Pues los gentiles no sólo desean oro
y plata, sino también a las jóvenes hermosas, y las mujeres desean a los
muchachos atractivos. Donde sea que hallemos gentiles que no sean judíos
(estuve a punto de decir “avaros”), quienes no otorgarán ningún placer a
su carne, desean también hermosas casas, jardines, castillos, tanto como desean
los buenos momentos, ropa, comida, bebida, el baile, el juego, y todo tipo de
entretenimiento ¿Por qué, entonces, los judíos no interpretan en este verso
del profeta que tales deseos de todos los gentiles en la brevedad también
llegarán a Jerusalén, de manera que los judíos solos llenarán sus barrigas y
se regalarán con el júbilo del mundo? Pues tal modo de vida le prometió Maoma
a sus saracenos. En este respecto, es un judío genuino, y de acuerdo a esta
interpretación, los judíos son genuinos saracenos.
Los gentiles tienen otro deseo ¿Cómo pudieron estos sabios, lúcidos intérpretes
pasarlo por alto? Eso me sorprende. Los gentiles mueren, y están aquejados de
muchas enfermedades, de la pobreza, y de todo
tipo de aflicción y miedo. No hay uno de ellos que no desee fervorosamente no
tener que morir, o poder evitar la necesidad, la miseria y, la enfermedad, o ser
rápidamente librado de ellas y protegido contra ellas. Este deseo es tan
pronunciado que felizmente sacrificarían todos los otros a cambio de su
realización, como lo demuestra la experiencia diariamente ¿Por qué, entonces,
los judíos no explican que dicho deseo de todos los gentiles vendrá al templo
de Jerusalén a la brevedad? Me avergüenzo de ti, aquí, allí, o dondequiera
que estés, maldito judío, que te atreves a aplicar tan vilmente esta seria,
gloriosa, reconfortante palabra de Dios a tu barriga mortal, y glotona, que está
condenada a la decadencia, y que no estás avergonzado de desplegar tu gula tan
descaradamente. No eres digno de observar el exterior de la Biblia, y mucho
menos de leerla. Deberías leer solamente la biblia que se halla bajo la cola de
la cerda, y comer y leer las cartas que caen de allí. Tal sería la biblia de
estos profetas, que hurgan como cerdas y despedazan como cerdos las palabras de
la divina Majestad, la cual debiera de ser oída con todo el honor, respeto, y júbilo.
Además, cuando el profeta dice que “la gloria postrera de esta casa será
mayor que la primera,” permitámonos escuchar a los nobles y sucios (quiero
decir, circunciso) santos y sabios profetas que quieren hacer de nosotros
cristianos judíos. La gloria postrera de esta casa comparada a la primera
consiste [según dicen ellos] en esto: que esta (o sea, la casa de Hageo) se
mantuvo en pie diez años más que la casa de Salomón, etc. Ay de nosotros, si
hubieran tenido sólo un buen astrónomo que hubiera podido calcular el tiempo
con un poco más de precisión. Tal vez hubiera encontrado que entre las dos había
una diferencia de tres meses, dos semanas, cinco días, siete horas, doce
minutos, y diez segundos además de los diez años. Si hubiera un negocio en algún
lado donde se ofrecieran sonrojos para la venta, le daría a los judíos algunos
florines para que fueran y compren una libra y se lo unten en la frente, ojos, y
mejillas, si se rehusaran a cubrir su insolente corazón y lengua. ¿O esto estúpidos,
ignorantes burros que le están hablando a maderas y bloques como ellos?
Hubo varios hombres y mujeres viejos, grises, muy probablemente mendigos y
villanos también, en Jerusalén cuando Salomón, un muchacho de veinte años,
se convirtió en un glorioso rey. ¿Deben ser éstos, por esa razón, ser más
gloriosos que Salomón? Pero así se golpearán las cabezas, tropezará, y caerán
quienes incesantemente se desmienten y claman estar en lo cierto. No merecen
mejor destino que el de encubrir la Biblia, el de componer tales tonterías e
ignominia. Lo que de hecho hacen muy diligentemente. Por lo tanto, cristiano
querido, manténte alerta frente a los judíos, quienes, como lo descubres aquí,
están encomendados por la ira de Dios al demonio, quien no sólo los ha
despojado del correcto entendimiento de las Escrituras, sino también del
razonamiento, la vergüenza, y la sensatez propias del ser humano, y sólo hace
el mal con las Sagradas Escrituras a través de ellos. Por lo tanto tampoco se
puede confiar ni creer en ellos en cualquier otro tema, a pesar de que de vez en
cuando dejen caer de sus labios alguna palabra sincera. Pues quien se atreva a
tergiversar la imponente palabra de Dios tan frívola y descaradamente como lo
ves hecho aquí, y como ya lo notaste antes con relación a las palabras de
Jacob, no puede tener un espíritu benévolo morando en sí. Por lo tanto,
cuando veas a un judío genuino, podrás a conciencia persignarte y sin vueltas
decir: “Allí va la encarnación del diablo.”
Estos impíos sinvergüenzas saben muy bien que sus ancestros predecesores
utilizaron este verso de Hageo para referirse al Mesías, como Lyra, Burgensis,
y otros testifican. [97] Y aún así se apartan sin motivo y redactan su propia
Biblia según se la dictan sus propias mentes desenfrenadas, y de esta manera
congregan a sus malditos judíos en torno a su error, en violación a su propia
conciencia y para nuestra irritación. Piensan que así nos están perjudicando
gravemente y que (imaginan) Dios los recompensará donde quiera que esté porque
por Su bien nos han enfrentado, a pesar de la clara, evidente verdad. Pero
finalmente, como has visto, lo que resulta es que se deshonran ellos mismos y no
nos perjudican, y parar más, se alejan de Dios y de las Escrituras.
Así dice el verso: “De aquí a poco yo haré temblar los cielos y la tierra,
el mar y la tierra seca (es decir, las islas en el océano); y vendrá el chemdath
de todas las naciones” —es decir, el Mesías, el Deseado de todas las
naciones, que fue traducido al alemán con la palabra Trost
[“consuelo”]. La palabra “deseado” no expresa fielmente esta idea, ya
que en alemán refleja el placer interno y el deseo del corazón (activo). Pero
aquí la palabra designa lo externo (pasivo) que el corazón anhela. Ciertamente
no sería incorrecto traducirlo como “el regocijo y el placer de todas las
naciones.” En suma, es el Mesías, quien será el objeto de desagrado,
disgusto, y repugnancia de los incrédulos y endurecidos judíos, como Isaías
53 profetiza. Los gentiles, en cambio, le dieron la bienvenida por traer consigo
el regocijo, el placer, y todos los anhelos y deseos. Ya que Él los libera de
los pecados, la muerte, el diablo, el infierno, y todos los males, eternamente.
Este es en efecto, el deseo de los gentiles, el placer, el regocijo, la alegría,
y el consuelo de sus corazones.
Coincide con el dicho de Jacob en Génesis 47:10, “Y a Siloh (o el Mesías)
se congregarán los pueblos.” Es decir, lo recibirán con agrado, escucharán
su palabra y se convertirán en su pueblo, sin resistirse, sin la espada. Es
como si se quisiera decir: lo harán los gentiles innobles, incircuncisos, pero
mis astutos, mis circuncisos, hijos perdidos no, preferirán delirar y
despotricar contra ello. Isaías 2:2 y Miqueas 4:1 también coinciden en esto:
“Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será asentado el monte de la
casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados,
y confluirán a él todas las naciones (sin dudas voluntariamente, motivados por
el anhelo y el regocijo). Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos
al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos,
y caminaremos por sus sendas. Porque de Sión saldrá la ley, y de Jerusalén la
palabra de Jehová.” De esta manera se refieren siempre los profetas al reino
del Mesías establecido entre los gentiles.
Sí,
así es, tal es la manzana de la discordia, tal el curso de los conflictos, que
tanto irrita y desprestigia a los judíos y los incita a arribar a tan inicuo
sentido, forzándolos a pervertir tan indecentemente todas las declaraciones de
las Escrituras: es decir, no quieren, no pueden tolerar que nosotros gentiles
seamos sus iguales ante Dios y que el Mesías sea tanto nuestro consuelo y
regocijo como el suyo. Yo digo, antes de tenernos a nosotros gentiles de quienes
se burlan, a quienes maldicen, condenan, difaman e injurian incesantemente
compartiendo con ellos el Mesías, y ser llamados sus coherederos y hermanos,
preferirían crucificar a diez Mesías más y asesinar al mismísimo Dios si
fuera posible, junto a todos los ángeles y todas las criaturas, aún arriesgándose
a incurrir en la condena a cien infiernos en vez de uno.
Tal incomprensiblemente obstinado orgullo mora en la noble sangre de los padres
y circuncisos santos. Quieren tener un Mesías para ellos solo y ser los dueños
del mundo. Los inicuos goyim deben ser sirvientes, entregarles su anhelo (o sea,
el oro y la plata) a los judíos, y dejarse sacrificar como ganado maldito.
Prefieren permanecer perdidos a conciencia eternamente a cambiar de opinión.