Herencia Cristiana
Desde
su juventud este odio venenoso de sus padres y sus rabinos, y aún lo beben
continuamente. Como lo declara Salmos 109:18, ha penetrado en su sangre, médula
y huesos, y ya forma parte de su naturaleza y de su vida. Y así como no pueden
cambiar sangre y carne, médula y huesos, tampoco cambiará su orgullo y
envidia. Así permanecerán y perecerán, a menos que Dios haga milagros
extraordinariamente grandes. Si yo deseara irritar y enfurecer sobremanera a un
judío, le diría: “Escucha, Jehudi, ¿te dais cuenta de que yo soy un hermano
legítimo de todos los santos hijos de Israel y un coheredero en el reino del
verdadero Mesías?” Sin dudas me encontraría con un repugnante rechazo. Si
fuera capaz de mirarme fijo con los ojos de un basilisco, seguramente lo haría.
Y ni siquiera todos los demonios podrían ejecutar el diablo que desearía para
mí, aun si Dios les diera vía libre —de esto estoy seguro. No obstante, me
abstendré de hacerlo, y pido también que nadie lo haga, por el amor de Dios.
Pues el corazón y la boca de los judíos desbordaría con un aguacero de
insultos y blasfemias en nombre de Jesucristo y de Dios padre. Debemos
conducirnos bien y no darles la oportunidad de hacerlo si podemos evitarlo, tal
como no debo provocar a un demente si sé que insultará y blasfemará a Dios.
Por otro lado, los judíos ya oyen y ven lo suficiente en nosotros como para
blasfemar el nombre de Jesús en sus corazones; pues están realmente poseídos.
Como ya lo hemos dicho, no pueden tolerar, escuchar o ver que nosotros inicuos
goyim debamos obtener gloria en el Mesías como nuestro chemdath,
y que nosotros somos tan buenos como lo son ellos o como piensan que lo son. Por
lo tanto, cristiano querido, ten cuidado y que no te quepa ninguna duda de que,
después del diablo, no tienes enemigo más amargo, venenoso, y vehemente que un
auténtico judío que obstinadamente busca ser un judío. Puede haber también
algunos entre ellos que crea lo que cree una vaca o un ganso, pero su linaje y
circuncisión los infecta a todos. Por lo tanto los libros de historia a menudo
los acusan de contaminar aljibes, de secuestrar y torturar niños, como por
ejemplo en Trent, Weissensee, etc. Ellos, por supuesto, lo desmienten. Sea
verdad o no, sé que no carecen de la voluntad completa, entera, lista para
hacer cosas como estas ya sea secreta o abiertamente donde sea posible. Sin
dudas puedes esperar esto de ellos, y debes controlarte a ti mismo
adecuadamente.
Si
llevaran a cabo algún acto de bien, puedes estar seguro de que no los ha
impulsado el amor, ni que ha sido hecho considerando tu bien. Como están
obligado a vivir entre nosotros, lo hacen por razones de conveniencia; pero su
corazón permanece y es como lo he descrito. Si no quieres creerme, lee a Lyra,
Burgensis, y otros hombres sinceros y honestos. Y aun si no han dejado una
constancia escrita, encontrarás que las Escrituras hablan de las dos semillas,
la de la serpiente y la de la mujer. Dice que éstas son enemigas, y que Dios
está enfrentado con la primera y el diablo con la segunda. También sus propias
escrituras y sus libros de plegarias lo declaran.
Quien no está al tanto de los hábitos del diablo podrá preguntarse por qué
son particularmente hostiles hacia los cristianos. No tienen motivos para actuar
de esta manera ya que nosotros les ofrecemos todo tipo de bondades. Viven entre
nosotros, disfrutan de nuestro resguardo y protección, usan nuestro territorio
y nuestras rutas, nuestras ferias y calles. Entre tanto nuestro príncipe y
nuestros soberanos se acomodan en sus tronos y roncan con la boca de par en par
y permiten que los judíos tomen, hurten, y roben de sus carteras abiertas y de
sus arcas todo cuanto quieran. Es decir, permiten que los judíos, a través de
la usura, los despellejen y estafen a ellos y a sus súbditos y los conviertan
en mendigos de su propio de dinero. Pues los judíos, que son exiliados, deberían
no tener nada, y todo lo que tienen con seguridad es nuestra propiedad. No
trabajan, y no ganan nada de nosotros, ni nosotros le damos nada, y aún poseen
nuestro dinero y nuestros bienes y son nuestros señores en nuestro propio país
y en su exilio. Un ladrón es condenado a la horca por robar diez florines, si
roba en el camino, pierde la cabeza. Pero cuando un judío hurta y roba diez
toneladas de oro a través de la usura, es estimado aún más que Dios mismo.
Como prueba de esto citamos la insolente fanfarronería con la cual fortalecen
su fe y dan rienda suelta a su venenoso odio hacia nosotros, así se dicen entre
ellos: “Sed pacientes y observad cómo es Dios con nosotros, y no abandona a
su gente aún en el exilio. No trabajamos, y sin embargo gozamos de la
prosperidad y el ocio. Los malditos goyim tienen que trabajar para nosotros,
pero nosotros nos llevamos su dinero. Esto nos hace sus señores y a ellos
nuestros sirvientes. Sed pacientes queridos hijos de Israel, vendrán tiempos
mejores para nosotros, nuestro Mesías aún ha de llegar si continuamos de esta
manera y adquirimos el chemdath de
todos lo gentiles a través de la usura y otros métodos.” Ay, esto es lo que
soportamos por ellos. están bajo nuestro resguardo y protección, y sin
embargo, como lo he dicho, nos insultan. Pero volveremos a esto más tarde.
Estamos hablando acera del hecho de que no toleran que seamos sus coherederos
en el reino del Mesías, y que Él es nuestro chemdath,
como lo atestiguan los profetas reiteradamente. ¿Qué dice Dios acerca de esto?
Dice que les dará el chemdath a los
gentiles, y que su obediencia será grata para Él, como lo afirma Jacob en Génesis
49, junto con todos los profetas. Dice que se opondrá tenazmente a la terquedad
de los judíos, rechazándolos y eligiendo y aceptando a los gentiles, a pesar
de que estos últimos no sean de la sangre noble de los padres o de los santos
circuncisos. Pues así dice Oseas 2:23: “Y diré a Lo-ammí (No
mi pueblo): Tú eres pueblo mío, y él dirá: Dios mío.” Pero para los
judíos Él dice [en Oseas 1:9]: “Ponle por nombre Lo-ammí, porque vosotros
no sois mi pueblo, ni yo seré vuestro Dios.” Moisés también había
expresado esto antes en su canción [Deuteronomio 32:21]: “Ellos me movieron a
celos con lo que no es Dios; Me provocaron a ira con sus ídolos; yo también
los moveré a celos con un pueblo que no es pueblo, los provocaré a ira con una
nación insensata.” Este verso a cobrado vigencia recién ahora después de más
de mil quinientos años de haber sido escrito. Nosotros gentiles insensatos, que
no éramos el pueblo de Dios, somos ahora el pueblo de Dios. Esto conduce a los
judíos a la distracción y a la estupidez, y con esto se convierten en Lo-ammí,
que alguna vez fueron su pueblo y en realidad aún deberían serlo.
Pero terminemos con nuestra discusión acerca del dicho de Hageo. Tenemos
pruebas convincentes de que el Mesías, el chemdath
de los gentiles, apareció cuando el templo estaba en pie. Así lo entendieron
los antiguos, y las presumidas y poco convincentes mentiras de los judíos de
hoy día también lo testifican, ya que no tienen otra forma de
desmentirlo que hablando de su propia vergüenza. Pues aquél que da una
respuesta vacía, sin sentido, e irrelevante demuestra que está vencido y se
condena a sí mismo. Habría sido mejor y menos deshonroso si se hubiera
mantenido callado, en vez de dar una respuesta inútil que lo desacredita. Así
Hageo 2:6 dice: “De aquí a poco yo haré temblar los cielos y la tierra, el
mar y la tierra seca; y haré temblar a todas las naciones, y vendrá el Deseado
de todas las naciones.” Así es como yo, en la simpleza de mi mente, entiendo
estas palabras: Desde la creación del mundo ha habido enemistad entre la
semilla de la serpiente y la de la mujer, y ha habido conflictos siempre entre
ellas, a veces más, a veces menos.
Pues donde sea que la semilla de la mujer está o aparece, causa conflictos y
discordia. Esto dice Él en el Evangelio: “No he venido para traer paz a la
tierra, sino espada” [cf. Mateo 10:34]. Él toma la armadura del hombre fuerte
completamente armado que tenía paz en su palacio [Lucas 11:22]. Este no puede
tolerarlo, y surge el conflicto; los ángeles se enfrentan contra los demonios
en el cielo, y hombre contra hombre en la tierra—todo por la Semilla de la
mujer. Ciertamente, hay suficientes conflictos, guerra, y convulsión en el
mundo también de la otra manera; pero como no es responsabilidad de esta
semilla, es insignificante para los ojos de Dios, pues en este conflicto todos
los ángeles están involucrados.
Como el advenimiento de esta Semilla, o del Mesías estaba cerca, Hageo dice
“de aquí a poco.” Esto significa que hasta ahora el conflicto ha estado
limitado a mi pueblo Israel solamente, es decir, confinado a un área reducida.
El diablo estuvo siempre decidido a devorarlos y condujo a todos los reyes de
los alrededores a instigarlos. Pues estaba bien al tanto de que la Semilla
prometida estaba en el pueblo de Israel, la Semilla que lo degradaría. Por lo
tanto estuvo siempre ávido de hostigarlos e instigó un disturbio tras otro, así
como insatisfacciones, guerra y conflictos. Perfecto, ahora será pero “de aquí
a poco”, y le daré conflictos por doquier. Iniciaré una lucha, y una buena
lucha, no sólo en mi rincón entre la gente de Israel, si no en toda la extensión
desde el cielo a la tierra, desde el océano a la tierra seca, o sea, donde es húmedo
y donde es seco, ya sea en el continente o en las islas, en el océano o en las
aguas, donde sea que more un ser humano. O como él lo dice, “Haré temblar a
todas las naciones,” de manera que todos los ángeles se enfrentarán a todos
los demonios en el cielo o en el aire, y todos los hombres en la tierra se
disputarán la Semilla.
Pues enviaré el chemdath a todos
los gentiles. Lo amarán y adherirán a Él, como dice Génesis 49, “A El se
congregarán los pueblos,” y, por otro lado, se harán hostiles al diablo, la
vieja serpiente, y se alejarán de él. Luego todo se encaminará cuando el dios
y príncipe del mundo enfurece, rabia y despotrica porque es obligado a entregar
su reino, su casa, su equipamiento, su templo, su poder, al chemdath
y Siloh, la Semilla de la mujer. Cualquiera puede leer las crónicas que se
remontan al tiempo de Cristo y allí aprender cómo primero los judíos y los
gentiles, luego los heréticos, finalmente Maoma, y en el presente el papa,
enfurecieron y aún están enfureciendo “contra Jehová y contra su ungido”
(Salmos 2[:2]), y entenderá las palabras de Hageo que hablan de hacer temblar a
todas las naciones, etc. No hay un rincón en el mundo ni un lugar en el océano
en el cual el Evangelio no haya resonado y llevado al chemdath,
como Salmos 19:3-4 declara: “No es lenguaje de palabras, Ni es oída su voz,
Pero por toda la tierra salió su pregón, y hasta el extremo del mundo su
lenguaje.” El diablo también apareció prontamente en la escena en el
asesinato en manos de los tiranos, con la mentira en boca de los heréticos, con
todas sus artimañas y poderes diabólicos, que aún emplea para impedir y
obstruir el curso dictado por el Evangelio. Este es el conflicto en cuestión.
Comenzaré la historia de este conflicto con aquél gran villano, Antiochus el
Noble. Aproximadamente trescientos años pasaron entre el tiempo de Hageo y el
de Antiochus. Durante este corto periodo prevaleció la paz. Pues los reyes en
Persia fueron muy generosos con ellos, tampoco Alejandro los dañó, y se
desenvolvieron bien también bajo sus sucesores hasta el tiempo del sucio de
Antiochus que trajo desasosiego y desgracia. A través suyo, el diablo procuró
exterminar la Semilla de la mujer. Saqueó la ciudad de Jerusalén, el templo,
el país y sus habitantes, profanó el templo y rabió como su dios, el diablo,
lo impelió. Prácticamente toda la buena suerte de los judíos terminó allí.
Hasta el presente no han recuperado su posición de antaño, y nunca lo harán.
Esto servirá para proporcionar un entendimiento apropiado de las mentiras de
los judíos que dicen que el “chemdath
de todos los gentiles,” es decir, el oro y la plata, fluyó hacia este templo.
Si los reyes anteriores habían depositado algo en él, entonces este otro se lo
llevó todo nuevamente. Esto hace que sus mentiras se pongan al desnudo:
Antiochus distribuye el chemdath de
todos los judíos entre los gentiles. Por lo tanto este verso de Hageo no puede
ser entendido como una referencia a la camisa o el saco de los gentiles. Durante
esos trescientos años que siguieron, o este “de aquí a poco,” y de allí
en adelante, no obtuvieron mucho de los gentiles, sino que, por el contrario,
fueron obligados a entregarles mucho a los gentiles. Poco después, los romanos
vinieron e hicieron una limpieza general, y nombraron a Herodes rey. Lo que
Herodes les dio lo supieron enseguida. Por lo tanto, desde Antiochus en
adelante, disfrutaron de muy poco tiempo en paz. El testimonio de Daniel también
termina con Antiochus, como si dijera: Ahora el fin está cerca y todo está
terminado, ahora el Mesías está detrás de la puerta, quién provocará aún más
discordia.
El detestable Antiochus no sólo saqueó y profanó el templo sino que también
suprimió al shebet o sultán, al príncipe
en la casa de David, es decir, al último príncipe, John Hyrcanus. Ninguno de
sus descendientes ocupó nuevamente el trono de David o se convirtió en
soberano. Sólo el saphra o mehoqeq
permaneció hasta Herodes. Desde ese momento en adelante, la luz de la casa de
David pareció extinguirse, como si no hubiese shultan
o cetro en Judá. De hecho, había llegado a su fin, a pesar de pasarían más o
menos ciento cincuenta años hasta que llegase el Mesías. Esto no es inusual;
todo lo que está por romperse primero se abrirá o se rajará un poco. Todo lo
que va a hundirse primero se sumergirá o se bamboleará un poco. El cetro de
Judá atravesó el mismo proceso en su última etapa. Se debilitó, gruñó y
protestó durante ciento cincuenta años hasta que devastado cayó en manos de
los romanos y de Herodes. Durante estos ciento cincuenta años el príncipe de
Judá no gobernó sino que vivió como un ciudadano común, tal vez bastante
empobrecido. Pues María, madre de Cristo en Nazaret, declara que es una esclava
pobre [Lucas 1:48].
Es también verdad, no obstante, que los Macabeos lucharon
victoriosamente contra Antiochus. Daniel 11:34 hace referencia a esto con la
frase “una pequeña ayuda.” Aquellos que de esta manera ocuparon el trono de
David y asumieron la soberanía eran sacerdotes de la tribu de Leví y Aarón.
Ahora podría decirse con buenas razones que las tribus reales y sacerdotales
fueron mezcladas. Pues en II Crónicas 22:11 leemos que Josabat, hija del Rey
Joram y hermana del Rey Ocosíaz, era la mujer de Joyadá, el alto sacerdote. Así
viniendo de la familia real de Salomón, fue insertada en la tribu sacerdotal y
se convirtió en tronco y árbol. Por lo tanto, era ancestro de todos los
descendientes de Joyadá el sacerdote, una legítima Sara de la familia
sacerdotal. Por lo tanto, los Macabeos deben de hecho ser llamados la sangre e
hijos de David, si se lo mira desde el linaje maternal. Pues la descendencia por
parte de la madre es tan válida como la descendencia por parte del padre. Esto
es también reconocido en otros países. Por ejemplo, nuestro Emperador Carlos
es rey en España en virtud de su descendencia materna y no paterna; y su padre
Philip fue Duque de Burgundy no por su padre, Maximiliano, sino por su madre,
María.
Así David llama a todos los hijos de Joyadá y de Josabat sus hijos naturales,
sus hijos e hijas, porque Josabat es descendiente de su hijo Salomón. Así que
mediante los Macabeos, la familia de Salomón recuperó la ley y el cetro por el
lado materno, después de haber sido perdido por Atalyá por el lado paterno.
Permaneció en la familia de David hasta Herodes, que acabó con ella y abolió
tanto al shultan como al saphra
o el Sanedrín. Finalmente ahora, yace allí el cetro de Judá y el mehoqeq,
la casa de David está oscurecida del lado paterno y materno. Por consiguiente,
el Mesías debe ahora estar cerca, la verdadera Luz de David, el verdadero Hijo,
que había sostenido su casa hasta ese momento y la sostendría y la iluminaría
desde ese momento hasta la eternidad. Esto se ajusta a la promesa de Dios de que
el cetro de Judá permanecería hasta que el Mesías aparezca y que la casa de
David será preservada para siempre y nunca se extinguirá. Pero, como dijimos,
a pesar de todo esto Dios tiene que ser el mentiroso de los judíos, que no ha
enviado aún al Mesías como lo prometió y juró.
Además, Dios dice a través de Hageo: “Llenaré de gloria esta casa. Mía es
la plata, y mío es el oro. La gloria postrera de esta casa será mayor que la
primera,” etc. [Hageo 2:7 f.]. Es verdad que este templo exhibió gran
esplendor durante los trescientos años antes de Antiochus, ya que los persas y
los sucesores de Alejandro, los reyes de Siria y el Rey Philadelphus en Egipto,
contribuyeron sobremanera para que esto fuera posible. Pero, a pesar de todo
esto, no es comparable en magnificencia con el primer templo de Salomón. El
texto debe de referirse a un esplendor diferente aquí, si no el templo de Salomón
lo superaría por mucho. Pues en el primer templo había también abundancia de
oro y plata, y además el Arca de la Alianza, el trono de la piedad, el querubín,
las tablas de Moisés, la vara de Aarón, el pan del cielo en el recipiente de
oro, las vestiduras de Aarón, también Urim y Thummin y el aceite sagrado con
el que los reyes y sacerdotes han ungido (Burgensis en Daniel 9). Cuando Salomón
dedicó este templo, cayó fuego del cielo y consumió el sacrificio, y el
templo se llenó con lo que él llamó una nube de Majestad divina [II Crónicas
5:13, 7:1]. El mismo Dios estaba presente en esta nube, como el mismo Salomón
dice: “Entonces dijo Salomón: Jehová quiere habitar en densa nube” [II Crónicas
6:1]. Él había hecho lo mismo en el desierto cuando se cernió sobre el tabernáculo
de Moisés.
No había nada de este esplendor, aparte del oro y la plata, en el templo de
Hageo. De cualquier modo, Dios dice que mostrará mayor esplendor que el primero
más adelante. Dejad que los judíos
digan qué constituyó este gran esplendor. No pueden pasar esto por alto en
silencio, pues el texto y la confesión de los antiguos judíos, sus
antepasados, señalan tanto que el chemdath
de los gentiles, el Mesías, llegó cuando el mismo templo estaba en pie, como
que lo llenó de gloria con su presencia. Nosotros cristianos sabemos que
nuestro Señor Jesucristo, el verdadero chemdath,
fue presentado en el templo por su madre, y que El mismo a menudo enseñó e
hizo milagros allí. Esta es la verdadera nube—su delicada humanidad, en la
cual Dios manifestó su presencia y se dejó ver y oír. Lo s judíos, ciegos,
podrán burlarse de esto, pero nuestra fe se fortalece con esto, hasta que
aduzcan otro esplendor del templo que pretendan superior a este chemdath
de todas las naciones. Esto lo harán cuando erijan el tercer templo, es decir,
cuando tilden a Dios de mentiroso,
cuando el diablo sea el verdadero, y cuando tomen ellos mismos posesión de
Jerusalén nuevamente—no antes.
Josephus escribe que Herodes arrasó el templo de Hageo porque no era lo
suficientemente espléndido, y lo reconstruyó de manera que fuera igual o
superior en esplendor que el templo de Salomón. Me alegraría creer en los
libros de historia; sin embargo, aún habiendo sido este templo construido con
diamantes y rubíes, todavía carecía de los elementos mencionados de aquél
sublime, sagrado lugar antiguo—o sea, el trono de la piedad, el querubín,
etc. Además, como Herodes no había sido encomendado por Dios a construirlo,
sino que lo hizo como un enemigo ignominioso de Dios y de su pueblo, motivado
por la vanidad y el orgullo, en su propio honor, la estructura y el trabajo en
su integridad no fueron mejores que la piedra más enclenque que Zerubbabel
colocó en el templo según orden de Dios. Ciertamente no es meritorio de gracia
despedazar y profanar el templo que había sido ordenado, construido y
consagrado por la palabra de Dios, y luego pretender erigir otro mucho más
glorioso sin la palabra y el mandato de Dios, que es lo que hizo Herodes. Dios
permitió esto sin reparar en el lugar que había escogido para el templo, de
manera que la destrucción del templo pudo tener la significación desfavorable
de que, de ahí en adelante, la gente de Israel se quedaría sin templo, palabra
de Dios, y todo, pero en cambio le otorgaría el esplendor completamente, con el
pretexto de estar sirviendo el mandato de Dios.
Este templo no sólo fue menos esplendoroso que el de Salomón, sino que también
fue violado de varias maneras más terriblemente que el templo de Salomón, y
fue a menudo completamente profanado. Esto pasó primero contra la voluntad de
los judíos, cuando Antiochus robó todo lo que allí había, colocó un ídolo
en el altar, instituyendo una terrible matanza en Jerusalén como si él mismo
fuera el diablo, como leímos en I Macabeos 1 y como Daniel 11 había predicho.
No menos atrocidades fueron cometidas por los romanos, y especialmente por el
sucio Emperador Calígula, que también dejó su marca de abominación en el
templo. Daniel 9 y 12 habla de esto. Tal ignominia y ultraje en manos de los
gentiles y los forasteros no fue experimentado por el templo de Salomón. Esto
hace difícil ver cómo las palabras de Hageo fueron llevadas a cabo, “Llenaré
de gloria esta casa, La gloria postrera de esta casa será mayor que la
primera.” Debiera decir que fue llenado con mayor deshonor, sobrepasando el
deshonor del primer templo, esto es si no se piensa en el honor externo. En
consecuencia, si las palabras de Hageo han de considerarse veraces, debe tenerse
en cuenta que refieren a una clase de esplendor diferente.
En segundo lugar, los judíos mismos también profanaron este templo más
viciosamente de lo que el otro jamás fue profanado, es decir, con idolatrías
espirituales. Lyra, y otros también, escribe en varios pasajes que los judíos,
después de su regreso del babilonio, no cometieron idolatría o pecado al matar
profetas tan gravemente como antes. Con esto quiere probar que su actual exilio
responde a un pecado más grave aún que la idolatría, el asesinato de los
profetas, etc.—es decir, la crucifixión del Mesías. Este argumento es bueno,
válido, y contundente. Que nunca más volvieron a matar a los profetas no ha de
ser atribuido a la falta de malas intenciones, sino al hecho de que no hubo más
profetas que repudiaran su idolatría, su codicia, y otros vicios. Es por esto
que no pudieron matar más profetas. Con seguridad, el último profeta, Malaquías,
que comenzó a revocar a los sacerdotes, escapó justo a tiempo (si escapó).
Pero ellos practicaban más escandalosamente la idolatría en este templo que
en el otro—no la burda, palpable, estúpida idolatría, sino la sutil, la
espiritual. Zacarías retrata esto con la imagen de un rollo volando y un efá
saliendo (Zacarías 5:2, 6). Y Zacarías 11:12 y 12:10 predice la infamia de
vender a Dios por treinta piezas de plata y su crucifixión. ¿Más que en
ninguna otra parte; no es suficientemente vergonzoso que los sacerdotes en el
mismo momento pervirtieran los Diez Mandamientos tan flagrantemente? Dime, ¿qué
idolatría se compara con la abominación de hacer de la palabra de Dios una
mentira? Hacerlo es de hecho levantar ídolos, es decir, falsos dioses,
encubiertos en la palabra de Dios; y esto está prohibido por el segundo
mandamiento, que dice “no usarás el nombre de Dios en vano.”
Porque su Talmud y sus rabinos constatan que no es pecado para un judío matar
a un gentil, que para él sólo es pecado matar a un hermano israelita. Tampoco
es pecado para un judío no cumplir su palabra con un gentil. Del mismo modo,
dicen que es hacerle un servicio a Dios robarle a un Goy, como de hecho hacen a
través de la usura. Pues como creen que son la sangre noble y los santos
circuncisos y nosotros los malditos goyim, no pueden tratarnos demasiado
severamente o cometer pecados contra nosotros, pues son los señores del mundo y
nosotros sus criados, sí, su ganado.
En suma, nuestros evangelistas también nos dicen qué es lo que enseñan sus
rabinos. En Mateo 15:4 leemos que abrogaron el cuarto mandamiento, que proclama
el honor al padre y a la madre; y en Mateo 23 que se entregaron a una doctrina
inicua, sin mencionar lo que dice Cristo en Mateo 5 acerca de cómo predican e
interpretan tan astutamente los Diez Mandamientos, cómo erigieron a los
cambistas, a los comerciantes, y todo tipo de usureros en el templo, obligando a
nuestro señor a decir que ellos habían hecho de la casa de Dios una guarida de
ladrones [Mateo 21:13; Lucas 19:46]. Ahora figúrate qué gran honor es ese y en
qué medida el templo el templo se llena de la gloria de Dios que El debe llamar
a su propia casa una guarida de lobos porque tantas almas han sido asesinadas
mediante su codicia, doctrina apócrifa, es decir, mediante la doble idolatría.
Los judíos aún insisten con esta doctrina. Imitan a sus padres y pervierten la
palabra de Dios. están llenos de codicia, de usura, roban y asesinan siempre
que encuentran la ocasión y educan a sus hijos para que hagan lo mismo.
Pero ni siquiera es ésta la mayor deshonra de este templo. La abominación
mayor de todas las abominaciones, la deshonra de todas las deshonras, es ésta:
que en el tiempo de este templo varios sacerdotes y una secta completa eran
Sadducean, es decir, Epicúreos, que no creía en la existencia de ningún ángel,
demonio, cielo, infierno, o vida después de la muerte. ¡Y se esperaba que
entraran al templo, con la autoridad y la investidura sacerdotal, y que
sacrificaran, rezaran, y ofrecieran a la gente ofrendas quemadas, predicaran, y
gobernaran! Dime, ¿cuánto peor pudo haber sido Antiochus, con su idolatría y
el sacrificio a los cerdos, comparado a estos cerdos y cerdas Sadduceanos? A la
luz de esto, ¿qué queda de la declaración de Hageo de que la gloria de este
templo sería mayor que la del templo de Salomón? Ante Dios y toda razón, un
chiquero comparado con este templo no puede ser llamado de otro modo que mansión
real, teniendo en cuenta a tan grandes, horribles, y monstruosas cerdas.
Cuánto más honorablemente los filósofos paganos, así como los poetas,
escriben y enseñan no sólo acerca del Reino de Dios y acerca de la vida que
está por llegar, sino también acerca de las peculiaridades terrenales. Enseñan
que el hombre por naturaleza está obligado a servir al prójimo, a ser también
leal con sus enemigos, y a ser fiel y solidario especialmente en tiempos de
necesidad. Es lo que hizo Cícero a través de sus nobles enseñanzas. En
efecto, creo que tres de las fábulas de Isopo, la mitad de las de Cato, y
varias comedias de Terence contienen más sabiduría y más enseñanzas acerca
de lo que es obrar bien de las que pueden encontrarse en los libros de los
talmudistas y rabinos y más de las que podrán ocurrírseles a todos los judíos
en sus corazones.
Podrán decir que estoy hablando demasiado. No estoy hablando demasiado, estoy
hablando demasiado poco—pues leo sus escritos. Nos maldicen a nosotros Goyim.
En sus sinagogas y en sus plegarias nos desean todas las desgracias posibles.
Nos despojan de nuestro dinero y bienes con su usura, y nos juegan todas las
malas pasadas que pueden. Y lo peor de todo esto es que aún claman haber hecho
las cosas correctamente, es decir, haberle hecho a Dios un servicio. Y enseñan
a hacer tales cosas. Ningún pagano obró de tal manera nunca; de hecho, nadie
obra así excepto el diablo, o quienquiera que él posea, como ha poseído a los
judíos.
Burgensis, que fue uno de sus rabinos mejor aprendido, y quien a través de la
gracia de Dios se convirtió en un cristiano un
suceso muy poco casual está enfurecido por el hecho de que nos maldigan a
nosotros cristianos tan vilmente en sus sinagogas (como también lo escribe
Lyra), y él deduce de esto que no pueden ser el pueblo de Dios. Pues si lo
fueran seguirían el ejemplo de los judíos en el cautiverio babilonio. A ellos
Jeremías les escribió: “Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice
deportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz”
[Jeremías 29:7]. Pero nuestros bastardo y pseudo judíos piensan que tienen que
maldecirnos, odiarnos e infligirnos todos los males posibles, aunque no tengan
motivo para hacerlo. Por lo tanto dejaron seguramente de ser el pueblo de Dios.
Pero más tarde diremos más acerca de esto.
Para volver al tema del templo de Hageo, es atinado decir que ninguna casa fue
más deshonrada de lo que esta casa de Dios fue deshonrada por cerdas tan
ignominiosas como las Saduceos y Fariceos. Aun así Cristo la llama la casa de
Dios, porque los cuatro pilares son suyos. Por lo tanto, para compensar esta
deshonra, debe de hallarse enraizado en él un esplendor mayor y diferente al
del oro y la plata. Si no, Hageo enfermaría en su profecía de un templo cuyo
esplendor superaría al del templo de Salomón. En medio de tan colosal deshonra
ningún otro esplendor puede ser hallado aquí excepto el del chemdath,
que llegará en poco tiempo y permitirá restituir el honor con su esplendor.
Los judíos no pueden producir ningún otro esplendor, su boca está inmóvil.