Herencia Cristiana
Debo
interrumpir aquí el verso de Hageo y dejarle a otro la última parte, en la
cual profetiza que el Señor, según sus palabras, “dará
paz en este lugar” [cf. Hageo 2:9]. ¿Puede ser posible que esto refiera al
periodo de tiempo que transcurre entre Antioquíaus y el día de hoy, periodo en
el cual los judíos han experimentado todo tipo de infortunios y se hallan aún
en el exilio? Ya que, dice el Señor, habrá paz en este lugar. El lugar está
todavía allí; el templo y la paz se han desvanecido. Sin dudas los judíos
interpretarán esto. Los libros de historia me informan que durante los
trescientos años aproximadamente que
transcurrieron hasta Antioquíaus no hubo más que irrisoria paz, y con
posterioridad a él hasta el día de hoy nada en lo absoluto, a excepción de la
paz que reinó en los años de los Maccabees. Como ya lo he dicho, dejaré esto
a otros.
Finalmente
debemos escuchar al gran profeta Daniel. Con él habla un ángel singular con el
nombre adecuado Gabriel. Nada
semejante a esto puede hallarse en el Antiguo Testamento. El hecho de que el ángel
sea mencionado por su nombre es algo extraordinario. Esto es lo que le dice a
Daniel: “Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa
ciudad, para acabar con las prevaricaciones y poner fin al pecado, y expiar la
iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía,
y ungir al Santo de los santos” [Daniel 9:24].
No
podemos discutir ahora este rico texto, que es de hecho el principal de todos
los de Las Escrituras. Y, como no podía ser de otra manera, todos se han
reflejado en él; ya que no sólo fija el momento del advenimiento de Cristo
sino que también predice lo que Él hará, es decir, pagar por los pecados,
hacer justicia, y llevarlo a cabo con su muerte. Establece que Cristo es el
Santo que paga por el pecado del mundo entero. Si este Mesías o Santo ha
llegado ya o aún está por llegar, digo, podemos hacerlo a un lado, y tratar sólo
con la cuestión del tiempo, como nos decidimos a hacer. [Esto hacemos] para
reforzar nuestra fe, contra todos los demonios y hombres.
En primer lugar, se acuerda unánimemente en lo siguiente: que las diecisiete
semanas no son semanas de días sino de años; que una semana consta de siete años,
lo que resulta en un total de cuatrocientos noventa días. Este es el primer
punto. Segundo, también está acordado que estas diecisiete semanas terminaron
cuando Jerusalén fue destruida por los romanos. No hay discrepancias en estos
dos puntos, aunque varios otros se mantienen ocultos cuando se intenta
establecer el momento preciso en que estas setenta semanas comenzaron y
finalizaron. No es necesario para nosotros plantear esta cuestión aquí, ya que
es generalmente aceptado que se cumplieron más o menos en el tiempo de la
destrucción de Jerusalén. Esto nos será suficiente por el momento.
Si esto es verdad, como ha de serlo, ya que desde la destrucción de Jerusalén
no quedó ninguna de las setenta semanas, entonces el Mesías debe de haber
llegado antes de la destrucción de Jerusalén, mientras aún quedaba algo de
aquellas setenta semanas: es decir, la última semana, como el texto atestigua
clara y convincentemente más adelante. Después de las siete y las sesenta y
dos semanas (o sea, después de sesenta y nueve semanas), es decir, en la última
semana o en la semana septuagésima, Cristo será asesinado de un modo en el
que, no obstante, resucitará. Puesto que el ángel dice que “hará que se
concierte un pacto con muchos por una semana” [Daniel 9:27]. Esto no puede
hacerlo si está muerto; debe de estar vivo. “Concertar un pacto” no puede
significar otra cosa que llevar a cabo lo prometido por Dios a los padres, es
decir, difundir la santa promesa en la semilla de Abram a todos los gentiles.
Como el ángel declarara más tempranamente [v. 24], las visiones o profecías
serán rubricadas o cumplidas. Esto requiere de un Mesías en vida, que, no
obstante, haya sido asesinado previamente. Pero los judíos no tendrán nada de
esto. Por lo tanto dejaremos que quede así y se ajuste a nuestra opinión de
que el Mesías debe de haber aparecido durante estas setenta semanas; esto los
judíos no lo pueden refutar.
Pues en sus libros así como en ciertos relatos históricos nos enteramos de
que no sólo unos pocos judíos sino todos los judíos de aquél tiempo suponían
que el Mesías debía de haber llegado o estaba allí presente en ese mismo
momento. ¡Es esto lo que queremos escuchar! Cuando Herodes fue forzado por los
romanos a asumir el reinado de Judá e Israel, los judíos sin dudas supieron
que el cetro les sería quitado. Vigorosamente resistieron este cambio, y en los
treinta años de resistencia varios miles de judíos fueron asesinados y mucha
sangre fue derramada, hasta que finalmente se rindieron en agotamiento. Entre
tanto los judíos buscaban al Mesías. Entonces se corrió un agitado rumor de
que el Mesías había nacido —lo que de hecho estaba sucediendo. Pues nuestro
Señor Jesucristo fue dado a luz en el trigésimo año del reinado de Herodes.
Pero Herodes fue forzado a acallar este rumor, asesinando a todos los niños en
la región de Belén, de manera que nuestro Señor debió ser llevado a Egipto,
dónde se lo refugió. Herodes mató hasta a su propio hijo por haber nacido de
madre judía, preocupado como estaba de que este hijo causara que el cetro fuera
devuelto a los judíos y que debiera por ello conseguir la lealtad de los judíos,
ya que, como lo indica Philo, el rumor del nacimiento de Cristo había sido
difundido en el exterior.
Como nuestros catequistas relatan, más de treinta años más tarde Juan el
Bautista llega del desierto y proclama que el Señor no sólo ya había nacido
sino que también estaba entre ellos y en poco tiempo reinaría ante él. Al
poco tiempo el mismísimo Cristo aparece, predica, y hace grandes milagros, de
modo que los judíos esperaran ahora, habiendo sido quitado el cetro, que el Mesías
hubiera llegado. Pero los altos sacerdotes, los soberanos, y sus seguidores se
ofendieron con quien encarnaba al Mesías, por no aparecer como un rey poderoso,
sino vagabundeando como un pobre mendigo. Se habían convencido de que el Mesías
reuniría a los judíos y no sólo le arrebataría el cetro al rey foráneo sino
que sometería a los romanos y al mundo entero con la espada, erigiéndolos a
ellos príncipes poderosos sobre todos los gentiles. Cuando fueron defraudados
en sus expectativas, la sangre noble y los santos circuncisos enfurecieron, como
aquél que tiene la promesa del reino y no puede concretarla a través de este
mendigo. Entonces lo menospreciaron y no lo aceptaron.
Pero cuando desdeñaron a Juan y a su mensaje y milagros [el mensaje y los
milagros de Cristo], injuriándolos como si fueran actos de Belcebú, estropeó
y arruinó las cosas enteramente. Los reprendió y regañó severamente
lo cual por supuesto no debería haber hecho acusándolos de hijos
codiciosos, malvados, y desobedientes, falsos maestros, seductores de los
pueblos, etc.; en suma, una nidada de serpientes e hijos del diablo. Por otro
lado, fue amable con los pecadores y los recaudadores de impuestos, con los
gentiles y los romanos, dando a pensar que era el enemigo de la gente de Israel
y amigo de los gentiles y villanos. Ahora el gordo estaba realmente en llamas;
fueron sumando ira, amargura, y odio, y despotricaron contra Él; finalmente
tramaron la conspiración para asesinarlo. Y es lo que hicieron; crucificarlo lo
más ignominiosamente posible. Le dieron rienda suelta a su ira, de manera que
hasta el gentil Pilato se diera cuenta de esto y testificara que estaban
condenando y asesinando a un hombre inocente, por odio y envidia, y sin motivos.
Habiendo ejecutado a este falso Mesías (esta es la concepción de Él que
quisieron difundir), aún no abandonaron la delirante idea de que el Mesías tenía
que encontrarse cerca. Continuamente hablaron por lo bajo de los romanos a causa
del cetro. Al poco tiempo, también, se corrió el rumor de que Jesús, a
quien habían asesinado, se había levantado nuevamente y estaba siendo
realmente proclamado ahora abierta y libremente como el Mesías. La gente en la
ciudad de Jerusalén adhería a Él, así como los gentiles en Antioquía y
todos en el campo. Ahora tenían realmente las manos llenas. Tuvieron que
enfrentar a este Mesías muerto y a sus seguidores, a fin de que no fuera
aceptado como el resurrector y Mesías. También tuvieron que enfrentar a los
romanos, a fin de que su Mesías esperado no fuera para siempre privado del
cetro. Por una lado, fue iniciada una masacre de cristianos; por otro, un
levantamiento contra los romanos. A esta táctica se dedicaron durante
aproximadamente cuarenta años, hasta que los romanos fueron finalmente
obligados a destruir la ciudad y sus alrededores. La espera de su falso Cristo y
la persecución del verdadero Cristo les costó once veces cien mil hombres,
como informa Josephus, junto con la más horrible devastación de campo y
ciudad, así como la pérdida del cetro, el templo, el clero, y todas sus
posesiones.
Esta
profunda y cruel humillación, de la que es horrible leer y escuchar, sin dudas
tendría que haberlos dejado dúctiles y humildes. Alas, se hicieron siete veces
más obstinados, malvados, y orgullosos que antes. Esto fue en parte a causa de
que en su dispersión tuvieron que ser testigos de cómo los cristianos día a día
crecían y se expandían con su Mesías. El dicho de Moisés hallado en
Deuteronomio 32:21 no se llevó a cabo enteramente en ellos: “Ellos me
movieron a celos con lo que no es Dios; Yo también los moveré a celos con un
pueblo que no es pueblo.” Del mismo modo, Oseas dice: “Y diré a Lo-ammí: Tú
eres pueblo mío, porque vosotros no sois mi pueblo, ni yo seré vuestro Dios”
(Oseas 2:23, 1:9). Obstinadamente insistieron con tener su propio Mesías sobre
el cual lo gentiles no debían reclamar ningún derecho, y siguieron intentando
exterminar a este Mesías en el cual ambos judíos y gentiles obtenían gloria.
Husmearon por todos lados a lo largo y ancho del Imperio Romano y donde fuera
que hallaran a un cristiano lo llevaban ante los jueces y lo acusaban (ya que
ellos no podían sentenciarlo por sí mismos, puesto que no tenían autoridad
legal ni poder) hasta que lo asesinaran. Así derramaron mucha sangre cristiana
e hicieron surgir a innumerables mártires, también fuera del Imperio Romano,
en Persia y en todos los lugares que les fue posible.
Igualmente
se aferraron a su delirante idea de que el Mesías todavía no había llegado, y
sin embargo las setenta semanas de Daniel habían expirado y el templo de Hageo
había sido destruido. No obstante, les disgustó la persona de Jesús de
Nazaret, y por lo tanto persistieron y elaboraron a uno de su propio número
para ser el Mesías. Esto sucedió de la siguiente manera: tenían un rabino o
talmudista, llamado Akiba, un hombre muy sabio, al que estimaban más que a
cualquier otro rabino, un hombre respetable, honrado, de pelo cano. Enseñó
fervientemente los versos de Hageo y de Daniel, también de Jacob en Génesis
49, diciendo que tenía que haber un Mesías entre la gente de Dios ya que
estaba cerca la hora establecida por Las Escrituras. Entonces escogió a uno, de
apellido Kokhba, que significa “una estrella.” Según Burgensis, su
verdadero nombre era Heutoliba. Es muy conocido en los libros de historia, en
los cuales se lo llama Ben Koziba o Bar Koziban. Este hombre tenía que ser su
Mesías; y él con mucho gusto accedió. Toda la gente y los rabinos se
reunieron en torno a él y se armaron hasta los dientes con la intención de
deshacerse tanto de cristianos como de los romanos. Ahora tenían al Mesías
hecho a su gusto e idea, que fue proclamado por los ya citados pasajes de Las
Escrituras.
Esta conmoción se inició aproximadamente treinta años después de la
destrucción de Jerusalén, bajo el reinado del Emperador Trajan. El rabino
Akiba era el profeta y espíritu de Kokhba que lo enardeció e incitó y
vehementemente lo alentó, citando todos los versos de Las Escrituras que hacen
referencia al Mesías y ante toda la gente se los adjudicó a él proclamando:
“¡Eres el Mesías!”. Le adjudicó especialmente el verso de Balaam
registrado en Números 24:17-19 en virtud de su apellido Kokhba
(“estrella”). Pues en este pasaje Balaam dice en una visión: “Saldrá
ESTRELLA de Jacob, Y se levantará el cetro de Israel, Y herirá las sienes de
Moab, Y destruirá a todos los hijos de Set. Será tomada Edom, Será también
tomada Seír por sus enemigos, E Israel se portará varonilmente. De
Jacob saldrá el dominador, Y destruirá lo que quede de la ciudad.”
Fue
el sermón ideal para engañar completamente a esta turba insensata, iracunda, e
inquieta—pues es exactamente lo que sucedió. Para asegurar el éxito de la
empresa y evitar que saliera mal, el enaltecido y apreciado Rabino Akiba, el
viejo insensato y tonto, se convirtió en el guardián e hidalgo de Kokhba, su armiger,
según los libros de historia; si no estoy traduciendo el término
correctamente, que alguien ensaye otro mejor. Se refiere a la persona que se sitúa
al lado del rey o príncipe y cuya tarea principal es defenderlo en el campo de
batalla o en combate, ya sea a caballo o a pie. Claro que aquí implica algo más,
ya que él es también un profeta, un Monzer (para usar el término contemporáneo).
Este era entonces el lugar donde el cetro de Judá y el Mesías ahora residían;
según ellos. Siguieron así durante unos treinta años. Kokhba se hizo llamar
siempre Rey Mesías, y masacró a un vasto número de cristianos que se
rehusaban a negar a nuestro Mesías Jesucristo. Sus líderes militares acosaron
también a los romanos en cada sitio que les era posible. Especialmente en
Egipto, donde una vez vencieron al líder militar romano durante el reinado de
Trajan. Entonces su corazón, mente, y cinto comenzó a hincharse de
engreimiento. Dios, ellos inferían, tenía que ser para ellos y estar con
ellos. Ocupaban un pueblo cerca de Jerusalén, llamado Bittir; en la Biblia se
lo denomina Bet-horón [Josué 10:10].
Para
ese entonces estaban convencidos de que su Mesías, el Rey Kokhba, era el señor
del mundo y que había vencido a los cristianos y a los romanos y había traído
el día. Pero el Emperador Hadrian ordenó a su ejército que los atacara,
sitiara Bittir, la conquistara, y asesinara a Mesías y profeta, estrella y
oscuridad, señor e hidalgo. Sus propios libros lamentaron que fueran ochenta
mil hombres en Bittir los que hicieron sonar las trompetas, líderes militares
de una multitud de hombres, y cuarenta veces cien mil los hombres asesinados,
sin contar a los caídos en Alejandría. Se dice que estos últimos alcanzaron a
sumar doce veces cien mil. No obstante, me parece que están exagerando de una
manera atroz. Para mí, ochenta mil trompetistas se refiere a los hombres
valientes y robustos equipados para la batalla, cada uno de los cuales podría
haber liderado numerosos cuerpos de soldados en el frente de batalla. De lo
contrario suena diabólicamente falso.
Después de esta formidable derrota ellos mismos llamaron a Kokhba, su Mesías
perdido, “Kozba,” término que rima con el primero y comparte con él cierta
resonancia. Así lo escriben sus talmudistas: no se debe leer “Kokhba,” sino
“Kozba.” Y es por esto que todos los libros de historia hoy se refieren a él
como Koziban. “Kozba” significa “falso.” Su intento había fracasado, y
había probado ser un Mesías falso y no uno verdadero. Así como nosotros
alemanes podemos decir en verso: no eres un Deutscher
sino un Tauscher ( “no eres un alemán
sino un mentiroso”); no eres un Welscher
sino un Felscher (“no eres un
extranjero de origen románico sino un falsificador”). De un usurero podría
decir: no eres un Borger, sino un Worger
(“no eres un ciudadano sino un asesino”). La rima es habitual en todas las
lenguas. Nuestro Eusebius incluye este relato en su Historia
Eclesiástica, Libro 4, capítulo 6.
Aquí usa el nombre de Barcochabas, para referirse a esta batalla extremadamente
cruel en la cual los judíos “fueron llevados tan lejos de su país, que sus
impíos ojos jamás volvieron a ver su tierra natal aún ascendiendo
las montañas más altas.”
Estas historias tan horribles son prueba suficiente de que todo el pueblo judío
entendió que éste debía ser el
momento de la llegada del Mesías, ya que las setenta semanas habían
transcurrido, el templo de Hageo había sido destruido, y el cetro había sido
arrebatado de Judá, como claramente lo indicaron y anunciaron los testimonios
de Jacob en Génesis 49, en Hageo 2, y en Daniel 9. Alabado sea Dios porque
nosotros cristianos estamos seguros de nuestra fe en que el verdadero Mesías,
Jesucristo, llegó en ese momento. Como prueba de esto, contamos no sólo con
sus obras milagrosas, que los judíos
no pueden negar, sino también con la caída y desgracia de los enemigos que
querían exterminarlo a él y a sus seguidores, debido al nombre del Mesías. ¿De
qué otra forma podrían haber traído tanta miseria sobre sus cabezas si no
habiéndose rehusado a aceptar que la hora de la llegada del Mesías estaba
cerca? Y creo que esto seguramente sí significa fracasar y darse la cabeza
(ahora por segunda vez) contra “la
piedra para tropezar y la
peña de escándalo”, para citar a Isaías 8:14. Cientos de miles intentaron
devorar a Jesús de Nazaret, pero en el intento “tropezaron, y cayeron, y
fueron quebrantados; y fueron atrapados, y apresados,” como dice Isaías
[8:15].
Como estos dos intentos tan terribles e imponentes habían fracasado
miserablemente, el primero en Jesusalén bajo Vespasian, el otro en Bittir bajo
Hadrian, deberían de haber recobrado el juicio, haberse vuelto flexibles y
humildes, y concluir: ¡que Dios nos ayude! ¿Cómo? La hora del advenimiento
del Mesías, de acuerdo con las palabras y promesas de los profetas, ha llegado
y se ha ido, ¡y por eso somos tan terrible y cruelmente torturados! ¿Y si
nuestras ideas con respecto al Mesías de
que debería
ser un Kokhba secular nos hubieran
engañado, y se apareciera de un modo diferente? ¿ Es posible que el Mesías
sea Jesús de Nazaret, a quien tantos judíos y gentiles adhieren, quien
diariamente ofrece tan maravillosas señales? ¡Ay!, se volvieron cien veces más
obstinados y viles que antes. Su concepción de un Mesías mundano debe ser la
correcta y no puede fallar; debe de haber un error en el tiempo designado. Antes
que ellos los que mienten y engañan son los profetas. No tendrán nada de este
Jesús, aún tergiversando todas Las Escrituras, ni tendrán Dios, y nunca
recibirán al Mesías. Así es como lo quieren.
Desde el momento en que fueron abatidos hasta la impotencia indefensa por los
romanos, se han vuelto en contra de Las Escrituras, y han valientemente
intentado quitárnoslas y pervertirlas con interpretaciones raras y diversas. Se
han desviado del entendimiento de todos sus antepasados y profetas, y más allá
de su propia razón. Debido a esto han perdido cientos de miles de hombres,
tierra, y ciudad, y han sido víctimas de todo tipo de miserias. Durante estos
cuatrocientos años no han hecho otra cosa que tomar cualquier verso que
nosotros cristianos le adjudicamos a nuestro Mesías y violarlo, romperlo en
pedazos, crucificarlo y retorcerlo para darle una nariz y máscara diferentes.
Tratan con Las Escrituras así como sus padres trataron con Cristo Nuestro Señor
el Viernes Santo, haciendo pasar a
Dios por mentiroso y a ellos por honestos, como antes se ha escuchado. Al decir
de Jacob en Génesis 49 le han asignado diez interpretaciones diferentes. También
saben cómo torcer la nariz de la declaración Hageo. Aquí tenéis dos buenos
ejemplos que muestran cuan magistralmente los judíos tergiversan Las
Escrituras, de manera tal que no llegan a ningún significado definitivo.
Del
mismo modo han deformado el pasaje de Daniel. No se pueden enumerar sus
avergonzantes mentiras pero se presentará sólo una —la que Lyra y Burgensis
consideran es la más famosa y generalizada entre los judíos, de la que no se
animan a alejarse so pena de perder sus almas. Así se lee. Gabriel dice a
Daniel: “Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa
ciudad, para terminar con las prevaricaciones y para poner fin al pecado, y
expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la
profecía, y ungir al Santo de los santos,...” etc. Este es el texto. Ahora
sigue el hermoso comentario que ellos hicieron:
“Aún faltan setenta semanas antes que Jerusalén sea destruida y los judíos
sean llevados al exilio por los romanos. Esto sucederá para que por este exilio
sean inducidos a alejarse de sus pecados, para que sean castigados por ellos,
para que paguen por ellos, para que presten satisfacción, para que expíen por
ellos, y así se vuelvan eternamente piadosos y merezcan el cumplimiento de las
promesas mesiánicas, la reconstrucción del templo sagrado,” etc.
Aquí se percibe, en primer lugar, que la inconmensurable santidad de los judíos
presume que Dios cumplirá con su promesa respecto del Mesías no por pura
gracia y misericordia sino por el mérito y arrepentimiento de los judíos y su
piedad. ¿Y cómo podría o debería obrar Dios, este pobre tipo, de otra
manera? Ya que cuando prometió el Mesías a Jacob, David y Hageo por pura
gracia, no pensó ni sabía que estos insignes santos cuyos
méritos le serían exigidos al Mesías aparecerían después de setenta
semanas y después de la destrucción de Jerusalén, que Dios debería ofrecer
al Mesías no por gracia sino que estaría obligado a enviarlo en virtud de su
gran pureza y santidad, en el momento, en el lugar y, de la manera que ellos lo
deseasen. Tal es la imponente historia de los judíos, que se arrepintieron
después de las setenta semanas y se volvieron tan piadosos.
Se puede inferir fácilmente que no se arrepintieron, ni fueron piadosos antes
o durante las setenta semanas. Como resultado todos los sacerdotes en Jerusalén
murieron de hambre porque no hubo penitencia, ni ofrendas a cambio de pecados o
culpas (necesarias para el sustento
de los sacerdotes). Todo esto fue postergado y reservado para la penitencia y
santidad que debían comenzar luego de las setenta semanas. Donde no existe
arrepentimiento, o nada de qué arrepentirse, no existe pecado alguno. Pero
entonces nos preguntamos, ¿de dónde surge el pecado por el cual deben
arrepentirse después de las setenta semanas por todos los pecados previos,
desde que habían expiado gracias a
tantos sacrificios de los sacerdotes, ordenados por Moisés? ¿Por qué deben
ahora comenzar a cumplir penitencia después de las setenta semanas cuando el
templo, el oficio, el sacrificio por los pecados ya no existen?
Pero
lo siguiente incluso supera esto. De acuerdo con sus mentiras, Gabriel dice que
se arrepentirán y se volverán piadosos luego de las setenta semanas, a modo de
que el Mesías en respuesta a sus méritos. ¡Bueno, muy bien, acá los
agarramos! Si Gabriel está diciendo la verdad y no miente, entonces los judíos
ahora se han arrepentido, se han apiadado, merecen al Mesías a partir de la
finalización de las setenta semanas. ¿Qué sigue ahora? Confiesan, de hecho se
lamentan, que el Mesías no ha venido desde que terminaron esas setenta semanas,
no ha venido hasta la fecha, aproximadamente 1468 años después; ni tampoco
saben cuándo vendrá. Por eso también deberán confesar que no han cumplido
penitencia por ningún pecado ni tampoco se han vuelto piadosos durante estos
1468 años que transcurrieron después de las setenta semanas, fueron
merecedores del Mesías. Resulta que el ángel Gabriel miente cuando promete en
nombre de Dios que los judíos se arrepentirán, se apiadarán, y serán
merecedores del Mesías luego de las setenta semanas.
En Levítico 26:40 y en Deuteronomio 4:29 y 30:1, Moisés también demuestra
claramente que nunca desde que se cumplieron las setenta semanas se
arrepintieron sinceramente de ningún pecado. Con hermosas palabras promete que
Dios los devolverá a su patria, aún estando dispersos hacia el final de los
cielos, etc., si se acercan a Dios con todo su corazón y confiesan su pecado.
Moisés pronuncia estas palabras como vocero de Dios, a quién no debe acusarse
de mentiroso. Siendo que los judíos no han sido devueltos a su país hasta la
fecha, está comprobado que nunca se han arrepentido con todo su corazón por
los pecados desde finalizadas las setenta semanas. Por eso debe ser una mentira
cuando incorrectamente interpretan que Gabriel habla de su arrepentimiento.
También
sabemos que Dios es tan compasivo por naturaleza que le perdona al hombre su
pecado siempre que el hombre sinceramente se arrepienta y lo lamente, como lo
dice David en Salmos 32:5: “Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú
perdonaste la maldad de mi pecado.” También leemos eso cuando el profeta Natán
reprendió a David por su pecado y acto seguido este declaró, “Pequé contra
Jehová,” inmediatamente fue absuelto por Natán, quién respondió, “También
Jehová perdona tu pecado; no morirás” [II Samuel 12:13]. Aunque en muchas
ocasiones Dios no remueve el castigo tan rápidamente como lo hizo con David, no
obstante asegura al hombre la remisión de su pecado. Y si ningún profeta o
sacerdote estuvieran disponibles, en lugar deberá aparecer un ángel y
anunciar, “Tus pecados han perdonado,” para que un pecador en su lamento y
castigo no pierda el corazón y desespere. También observamos cómo durante el
cautiverio babilonio Dios benévola y paternalmente consuela a las personas que
confiesan sus pecados, ayudándoles a soportar el castigo. Ni tampoco el castigo
puede perdurar por siempre; debe tener un tiempo, medida y final definido
siempre que se muestre genuina contrición y arrepentimiento.
Pero
no hay remisión de pecado para estos judíos, tampoco ningún profeta que los
consuele con la seguridad de tal perdón, ningún límite de tiempo definido
para su castigo, sólo ira y desaprobación interminables, desprovistos de
cualquier piedad. Por eso no sólo es una mentira terrible sino también una
imposibilidad de entender las promesas de Gabriel en términos de su
arrepentimiento, mucho menos de su mérito y rectitud.
¡Pero porqué debemos gastar tantas palabras y tiempo! La tierra de Canaán
era apenas grande como la limosna de un mendigo o la miga de pan en comparación
con el imperio del mundo entero. Aún así ni siquiera merecieron esta tierra
por su arrepentimiento, o rectitud. Así declara Moisés en Deuteronomio 9:4 que
la posesión no les fue concedida debido a su rectitud, sino que les fue
concedida, gente obstinada y desobediente, eso es, gente muy pecadora e indigna,
únicamente en virtud de la promesa benévola de Dios, a pesar de que Oseas
[Oseas 11:1 ff.] y Balaam (Números 24:5) los alabaron en ese momento por haber
sido más que piadosos. Todavía tenían a Moisés, a Aarón, a la divina
adoración, a los profetas, al mismo Dios con sus milagros, pan del cielo, agua
de la roca, nubes de día, pilares de fuego por la noche, calzados y prendas
indestructibles, etc. ¡Y esta escoria deprimente, esta basura apestosa, esta
espuma seca, esta levadura mohosa y ciénaga pantanosa de judíos merecen, sobre
la base de su arrepentimiento y rectitud, los imperios del mundo entero —eso
es, al Mesías y el cumplimiento de las profecías— a pesar de que sólo
poseen la podrida, apestosa y rechazada escoria del linaje de sus padres y
ninguno de los ítems anteriormente mencionados!
En
resumen, Moisés y todos los verdaderos israelitas entendieron todos los versos
con respecto al Mesías [en el sentido de que esto les sería dado] por pura
gracia y piedad y no por penitencia y mérito. Esto lo suponemos a partir de los
versos citados de Jacob, David y Hageo. Asimismo Daniel no pregunta, desea o
piensa que tan gloriosa promesa de las setenta semanas le deba ser revelada,
pero le es concedida por gracia, mucho
más allá de su pedido.
De esto se puede extraer el bello arrepentimiento que los judíos practicaron,
y siguen practicando, luego de esas setenta semanas. Lo comenzaron con mentiras
y blasfemias, con las que continúan e insisten. Quienquiera puede imitar el
ejemplo de arrepentimiento de los judíos y decir: “Dios y sus ángeles son
mentirosos, hablan de cosas que no son.” Luego mereceréis gracia así como
ellos merecieron al Mesías.
Si no fuesen tan ciegos, su despreciable vida externa los convencería de la
verdadera naturaleza de su penitencia. Ya que abunda en brujería, signos de
magia, figuras, y el tetragrama del nombre, eso es, con idolatría, envidia, y
vanidad. Además, no son más que ladrones y asaltantes que diariamente no
prueban bocado y visten ropa que nos han robado y hurtado por medio de su
maldita usura. De este modo viven día a día, junto con esposa e hijo, de robo
y hurto, como archiladrones y asaltantes, en total impenitente seguridad. Para
un usurero es un archi ladrón y asaltante que debería ser colgado en la horca
siete veces más alto que otros ladrones. En efecto, Dios debería profesar
desde el cielo sobre tal hermosa penitencia y mérito a través de su santo ángel
y volverse flagrante, mentiroso blasfemo por el bien de la sangre noble y los
santos circuncisos que se jactan de ser santificados por los mandamientos de
Dios, a pesar de que los pisotean a todos y no conservan ni a uno de ellos.
El pasaje continúa en Daniel: “Sabe, pues, y entiende, que desde la salida
de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe,
habrá siete semanas, y setenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y
el muro, pero este en tiempos angustiosos. Y después de las setenta y dos
semanas se quitará la vida al Mesías” [Daniel 9:25 f.].