Herencia Cristiana

 

Vaya que les resulta absurdo a estos santos circuncisos que nosotros, detestables Goy, hayamos interpretado y entendido este dicho del modo en que lo hicimos, especialmente sin haberlo consultado con sus rabinos, talmudistas, kohkbaites, a quienes profesan más respeto que a las Escrituras mismas, porque hacen de ellas un trabajo mucho mejor. Esto es lo que dicen: punto uno, “Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén”, es decir, Reflexiona y entiende que ha salido la palabra diciendo que Jerusalén ha de ser restaurada; punto dos, “Hasta el Mesías Príncipe”, es decir, hasta el momento del Rey Ciro, han de transcurrir siete semanas; punto tres, Durante “siete semanas, y sesenta y dos semanas se volverá a edifica la plaza y el muro, pero esto en tiempos angustiosos”; punto cuatro, “Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida del Mesías” (es decir, del Rey Agrippa), y no habrá rey, etc.

 Es en efecto tedioso analizar estas payasadas y estas confusas mentiras. Pero debo ofrecerle a nuestra gente la oportunidad de reflexionar sobre la infernal indecencia con la que los rabinos perpetran este magnífico dicho. Aquí puede verse de qué manera conectan el texto allí donde debiera leerse separado, y lo separan allí donde debiera leerse conectado. A continuación se transcribe cómo debería conectarse:           

 “Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas”. Deben unirse estas palabras a fin de lograr el texto completo. Más adelante: “Se volverá a edificar la plaza y el muro, pero esto en tiempos angustiosos”. A esta oración, aunque separada, la conectan con las palabras precedentes de las sesenta y dos semanas, a modo de sugerir que la edificación de la plaza y el muro llevará sesenta y dos semanas.

 Es realmente un truco despreciable. Me recuerda al sinvergüenza del que una vez oí siendo yo un joven monje. Destrozó el Padre Nuestro y lo acomodó de modo tal que se leyera así: Padre Nuestro, santificado sea en el cielo, venga a nos el tu nombre, hágase tu reino, tu voluntad así en el cielo como en la tierra. O como leyó ese sacerdote ignorante la lección en las vigilias de I Corintios 15: Ubi est mors stimulus, tuus stimulus autem mortis, peccatum est virtus vero, etc.

 Este es el modo en que los judíos siempre que pueden destruyen el texto, con el único fin de forzar las palabras de las Escrituras en contra de nosotros cristianos, a pesar de que no obtengan por ello ningún beneficio. Pues no obtienen de ello ninguna enseñanza, no los reconforta, no les brinda nada, sólo palabras sin sentido. Sería lo mismo si el ángel no hubiera dicho nada. En cambio prefieren renunciar a las reconfortantes palabras de dicha y sufrir la pérdida antes de beneficiarnos. Del mismo modo, Bodenstein destrozó maliciosamente las palabras del sacramento, no fuera que probaran sernos útiles. Sin embargo, esto no ayudará a los rabinos, esas lechuzas y garzas nocturnas. Con la ayuda de Dios haremos que sus mentiras vengan a la luz. Pongamos las diversas partes en orden.

 En primer lugar, quisiera preguntarle a los hebraístas si la palabra intellige [“saber”] en algún lugar dentro de las Escrituras se construye con la palabra de [“desde”]. Yo no hallé ninguno, y a mi parecer es completamente arbitrario. Si ha de significar de cómo en la frase de subjecta materia, los hebreos usan la preposición al en los casos en los que los latinos usan la palabra super (“Multa super priamo”, etc. [149]). No obstante, sé perfectamente que los judíos no pueden comprobar que aparezca en las Escrituras una construcción como esta. Los ejemplos bíblicos coinciden en que esta partícula es absoluta, independiente. Pero atribuirle a Dios maliciosamente algo de lo que uno no está completamente seguro y que uno no puede comprobar es tentarlo y ofrecerle la mentira.

 Ahora bien, veamos cómo distorsionan el texto. “Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden, que Jerusalén será edificada nuevamente”. Ellos alegan que esto no se refiere al comienzo de las sesenta y dos semanas sino a la salida de la orden. Entonces sigue así: “Hasta el Mesías Príncipe habrá siete semanas”. Ahora bien, de acuerdo con el uso habitual de todas las lenguas, la palabra donec [“hasta” o “a”] presupone un comienzo. No obstante, los judíos no interpretan ningún inicio; se rehusan a leer “desde la salida de la orden hasta la llegada del Mesías”. Trazaré una analogía

 Si alguien en el mercado de St. Gall, aquí en Wittenberg os dijera: “Habéis oído aquel sermón basado en la palabra de Dios que declara que la iglesia es sagrada. Reflexionadlo y grabadlo bien”. Bien, lo miráis a la espera de lo que dirá, puesto que en efecto tiene más para decir. Entonces de repente dice: “Aún quedan siete semanas para la llegada de Michaelmas”. O: “Hay una distancia de tres millas a Halle”. Y vosotros le miraráis y le diráis, ¿Qué dices? ¿Acaso estás loco? ¿Han de empezar aquí en el mercado las siete semanas? ¿O las tres millas han de empezar en Wittemberg? “No”, contestaría él, “debéis interpretar desde el día de St. Lawrence a Michaelmas, y desde Bitterfeld a Halle”. Llegado este punto ya estarías tentado a replicarle: ¡Ve en busca de paz besándole las ancas a una cerda! ¿Dónde aprendiste a farfullar tan tontamente? ¿Y qué tienen que ver las siete semanas con lo que has dicho al comienzo?

 Los rabinos hacen con las palabras del ángel Gabriel lo mismo de modo que estas terminan por leerse así: “Hay siete semanas hasta el Mesías”. Imaginemos ahora que Daniel le pregunta al ángel: “Mi querido Gabriel, ¿a qué te refieres? ¿Estas siete semanas han de empezar en este mismo momento en que me estás hablando?”. “No”, contesta, “debéis interpretar que comienzan con la destrucción de Jerusalén”. Gracias, en efecto, a ustedes nobles y circuncisos rabinos, por enseñarle al ángel a hablar, como si no pudiera decir cuál es el comienzo de las siete semanas, lo cual es de suma importancia, lo mismo que la mitad y el fin de las mismas. No, Daniel ha de inferirlo. Os debería dar vergüenza, viles rabinos, atribuirle al ángel de Dios estas habladurías sin sentido que ustedes mismos inventaron. Con esto os deshonráis a vosotros mismos y os condenáis a ser perversos mentirosos y blasfemos de la palabra de Dios. Pero éste es sólo el aspecto gramatical del asunto. Pasemos ahora al aspecto teológico.

         Estos santos y circuncisos cuervos dicen que las setenta semanas empiezan con la primera destrucción de Jerusalén y terminan con la segunda. No pudieron haber echado mano de un método mejor para llegar a esta conclusión que no fuera cerrar los ojos y los oídos, ignorar las Escrituras y los libros de historia, hacer volar libremente su imaginación, y decir: “Insistimos, así es como nos parece correcto a nosotros. Por tanto, Dios y su ángel deben coincidir con nosotros. Nosotros no nos equivocamos. Nosotros somos los cuervos que le enseñamos a Dios y a los ángeles”.  

¡Ay, esta gente es tan vil, irritante y blasfema que es capaz de condenar al Mesías a una penitencia tal! Pero escuchemos su sabiduría. Las setenta semanas comienzan cuando el Rey de Babilonia destruye Jerusalén; desde ese momento hasta la llegada del Mesías, el príncipe (es decir, el Rey Ciro), hay setenta semanas. Ahora bien, ¿dónde se ha escrito eso? En ningún lado. ¿Quién lo ha dicho? Markolf, el sinsonte, ¿quién más sino podría escribir o decir cosas como esta?

 Al comienzo de este capítulo encontramos la simple y clara declaración de Daniel, en la que se hace constar que las setenta semanas habían llegado a él en el primer año del reino de Darius the Mede, quien había conquistado el reino de Babilonia, lo cual sucede setenta años después de su destrucción (ya que Daniel manifiesta claramente que se han cumplido setenta años desde la devastación, lo que puede leerse en Jeremías 29: 10 y en II Crónicas 36:22). Y aún así los rabinos hacen pasar por mentiras estos dos claros pasajes de las Escrituras, Daniel 9 y II Crónicas 36. Insisten en que tienen razón y que las setenta semanas empezaron setenta semanas antes de haberle sido reveladas a Daniel. Grandioso, ¿no es cierto? Confiad ahora en los rabinos, esos burros ignorantes e incultos, que no son capaces de reparar en las Escrituras ni en los libros de historia, y vomitan de su estómago infame todo lo que contra Dios y los ángeles se les ocurre.

 Esto los condena abiertamente a sus mentiras y arbitrariedad pecaminosa. Dado que las setenta semanas que fueron reveladas en el primer año del reino de Darius the Mede no pudieron haber empezado setenta años antes con la destrucción de Jerusalén, todas las mentiras que se basan en esto se refutan simultáneamente, y este versiculo de Daniel sobre las setenta semanas debe conservarse en su estado de intachable pureza (a pesar de ellos). La vergüenza eterna será con ellos por esta impertinente y burda mentira. Y con ésta, otra mentira se derrumba: aquella por la cual se afirma que las palabras sobre el Mesías, el príncipe, se refieren al Rey Ciro, quien supuestamente llegó siete semanas después de la destrucción , cuando en realidad fueron diez semanas después (es decir, setenta años). Esto está escrito en II crónicas 36, Daniel 9 y Esdras 1.

 Aún si asumiéramos lo cual es imposible que las setenta semanas comenzaron con la destrucción de Jerusalén, tampoco habríamos logrado justificar esta estúpida mentira. Y con esto se derrumba la tercer mentira. Porque ellos dicen que Ciro llegó cincuenta y dos años después de la destrucción: lo que equivale a siete semanas y tres tres años, o siete semanas y media. De modo que le arrancan tres años, o media semana, a las setenta y dos semanas, y se la agregan a las primeras siete semanas. Como si el ángel fuera un tonto o un niño que no puede contar hasta siete, y que dice siete cuando debiera decir siete y medio. ¿Para qué hacen esto? Para que nos demos cuenta de hasta dónde son capaces de llegar con la mentira con tal de llevar a cabo su propósito de destrozar y tergiversar las la palabra de Dios y ponerla en contra nuestro. Por tanto insisten en que Ciro vino siete semanas y media (a las que ellos llaman siete semanas) después de la destrucción, mientras que (como fue dicho) en realidad él vino diez semanas después, o sea setenta años.

 El ángel no tolera que estas semanas sean destrozadas y mutiladas, restando tres años de una y dejándole sólo cuatro años, y agregando tres más a la que tenía siete años, resultando en diez años o una semana y media. Porque él dice que las setenta semanas han de ser tomadas exactamente; están contadas y calculadas con precisión.

 Pero tolera todavía mucho menos la cuarta mentira que a Ciro aquí se lo llama el Mesías aún si las otras mentiras fueran a sostenerse, de lo que se sigue que Ciro había llegado después de siete semanas, es decir después de cincuenta y dos años. Pues he aquí las simple e inequívocas palabras del ángel: “Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad” [Dan. 9:24]. Es esto lo que él quiere decir: En otros capítulos hablé de hombres, mujeres y niños extranjeros y de reyes extranjeros, pero en este versiculo que trata sobre las setenta semanas estoy hablando de vuestro pueblo, de vuestra ciudad y vuestro Mesías. Y aquél que con esto refiera a otra gente y a otros reyes es un desvergonzado y un incorregible mentiroso.

 A la cuarta mentira le sigue la quinta, en la cual divorcian las siete semanas de las sesenta y dos. Éstas van juntas y no hay razón para separarlas, especialmente habiéndose puesto de manifiesto la mentira sobre el Rey Ciro. Esta fue la razón por la cual separaron las siete semanas de la sesenta y dos de modo que pudieran darle siete, es decir, siete y media. En el hebreo bíblico se acostumbra a contar los años así: primero dar el último número y luego los otros, pero ambos juntos. Podemos encontrar muchas ilustraciones de esto en Génesis 5 y11, en donde se hace referencia a los difuntos padres. Por ejemplo: “Vivió Set cinco años y cien años, y engendró a Enós. Y vivió Set, después que engendró a Enós, siete años y ochocientos años” [Gén. 5:6 f.]. también en Génesis 11:17: “Y vivió Heber, después que engendró a Peleg, treinta años y cuatrocientos año”. Y Génesis 25:7: “Y estos fueron los días de vida que vivió Abraham: cien años y setenta años y cinco años”. Dadas estas ilustraciones, fácilmente se puede observar cuán arbitrario es separar en este verso los siete años de lo setenta y dos.

 Ni le latín ni el alemán admiten tal modificación, dado que no repiten con tanta frecuencia la palabrita “años” sino que leen los número conectados, diciendo: “Y estos fueron los días de vida que vivió Abraham: ciento setenta y cinco años”. Del mismo modo han de interpretarse también estas palabras: “Desde la salida de la palabra hasta la llegada del Mesías habrá siete semanas y sesenta y dos semanas”. Estas dos cifras van juntan y forman un único número, hasta la llegada del Mesías. El ángel tiene una razón para designar la suma total de años como siete semanas y sesenta y dos semanas. Podría haber hablado de nueve semanas y sesenta semanas, podría haber encontrado muchas otras maneras de nombrar dicha suma, tales como cinco semanas y sesenta y dos semanas, o seis semanas y sesenta y tres semanas, etc. Necesita las siete semana para la construcción del a plaza y el muro de Jerusalén; y también necesita las sesenta y dos semanas, hasta la última, lo cual es de suma importancia, dado que en esta el Mesías morirá, concertará su pacto, etc.

 Llegamos entonces a la  sexta mentira que dice que la plaza y el muro de Jerusalén fueron reconstruidos en sesenta y dos semanas (menos tres años). Esto sería hasta la última semana, luego de la cual según mienten por séptima vez Jerusalén fue nuevamente derruida, puesto que las setenta semanas culminan con la última semana. Según esto, Jerusalén no se mantuvo en pie por más de una semana, o sea siete años. ¡Seguid, judíos, mintiendo con descaro y desvergüenza! Nehemías se para frente a vosotros  con su libro y testifica que construyó el  muro, levantó las puertas y testifica que construyó el muro, levantó las puertas y reedificó la ciudad, y que él mismo la consagró con gloria. Por tanto, el templo ya había sido construido en el año sexto del reino do de Darío (Esdra 7 [6:16]). Cuando Alejandro el Grande vio por primera vez la ciudad de Jerusalén, ésta ya había sido construida mucho tiempo atrás. Luego de él aquél villano Antiochus halló la ciudad en mejores condiciones aún y el templo lleno de riquezas, y los saqueó horriblemente.

 Pasemos a la octava mentira. Ellos entienden que las palabras del ángel, “Y después de las Sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías”, refieren al Rey Agrippa, a quien le fue quitada la vida y no tuvo sucesor después de muerto. Esto es tan cierto como decir que el Mesías fue el Emperador Nerón. Le fue quitada la vida en esos años y no dejó herederos. Creo que antes de aceptar al verdadero Mesías serían capaces de nombrar Mesías a Marklof o a Thersites. ¿Cómo podría Dios, que ama la verdad y que es la verdad misma, tolerar estas tan vergonzantes y manifiestas mentirassi son intolerables hasta para alguien que se entrega a las mentiras o no es sincero o al menos no es un amante tan fiel de la verdad? Y esta, la octava mentira, es una mentira múltiple. En primer lugar, porque le dan a la palabra “Mesías” distintos significados, aún en un pasaje tan breve como este. Allí tiene que ser Ciro después de la siete semanas; aquí Agrippa después de las sesenta y dos semanas. ¡Cómo si el ángel fuera tan tonto como para referirse a un Mesías diferente con cada nueva palabra!

 Como ya fue dicho, el ángel no se refiere a un pueblo extranjero o a una ciudad extranjera, sino que dice: “Estoy hablando de vuestro pueblo y de vuestra ciudad”. Por tanto, no debe pensarse que en este versículo el Mesías puede ser concebido como dos seres diferentes. Por el contrario, el Mesías debe ser concebido como un único ser; es decir el Mesías de este pueblo y esta ciudad, el Shiloh de Judá que llegó luego de que el cetro fuera quitado de Judá, el hijo de David, el chemdath de Hageo. Este versículo se refiere en efecto a Él, y a nadie más que a Él. Porque Agrippa no fue rey en Jerusalén antes de la última semana (es decir, después de las siete y sesenta y dos semanas), y mucho menos fue el Mesías. Los romanos le habían otorgado gentilmente un pequeño país más allá de Jordán. Quienes gobernaban la tierra de Judea eran los procuradores romanos (Félix, Festus, Albinus, etc.). Y tampoco le fue quitada la vida después de la sesenta y dos semanas. En suma, todo lo que dicen es mentira.

 Dado que ahora confiesan, y se ven obligados a hacerlo, que a un Mesías le fue quitada la vida después de las sesenta y dos semanas, es decir, en el primer año de la última semana, y dado que éste no pudo haber sido Agrippa (como hubieran querido que fuera para así sostener su mentira), ni ningún otro, me intriga saber a dónde encontrarán uno. Tiene que ser alguien que haya vivido antes de terminadas las setenta semanas y a quien le hayan quitado la vida después de las sesenta y dos semanas. Además, como dice Gabriel, tiene que haber venido de entre su gente, indudablemente de la tribu real de Judá. Ahora bien, por un lado es cierto que Herodes fue el último miembro de su pueblo o raza que los reinó. Pero, por otro lado, es igual de cierto que a Gabriel debe creérsele, que no puede pensarse que esté mintiendo al hacer esta afirmación de un Mesías de su nación. ¿Cómo se resuelve esta dificultad?

 Y hay más. Ellos confiesan que entre la primera y la última destrucción de Jerusalén no tuvieron Mesías, es decir, rey ungido (“Mesías” significa “el ungido”), dado que el aceite de la santa unción del que escribe Moisés en Éxodo 30:22, con el cual fueron ungidos reyes y sacerdotes, dejó de existir una vez destruida por primera vez la ciudad. En consecuencia, Zedekiah fue el último rey ungido; sus descendientes fueron príncipes, no reyes, hasta el tiempo de Herodes, cuando el cetro fue quitado y Shiloh, el verdadero Mesías, habría de aparecer.

 Queremos purgar sus mentiras completamente. Con referencia al dicho de Daniel [Dan. 9:27], “Y hará que se concierte un pacto con muchos por una semana” (o sea, la última semana), perpetran la novena mentira al decir que los romanos acordaron con los judíos la paz o una tregua por una semana (o siete años); pero al crecer la insurrección, los romanos regresaron al cabo de tres años y destruyeron Jerusalén. Ahora, ¿cómo puede con esto confirmarse lo que dice Gabriel acerca de que la paz o tregua (como interpretan ellos la palabra “pacto”) ha de durar siete años? Si no durara más de tres años entonces Gabriel, que habla de siete años o de la última semana, estaría mintiendo. Así los mendaces corazones de estos mentirosos incorregibles con engaños impugnan la veracidad del ángel Gabriel. ¿De qué tregua me habláis? ¿De qué paz? Os invito a leer a Josefus y los libros de historia, y allí veréis que los romanos asesinaron a muchos miles de judíos mucho antes, y que no hubo paz hasta el momento en que se vieron obligados a destruir Jerusalén y el país.

 La décima y última mentira se refiere a que afirman que la destrucción de Jerusalén durará hasta el fin de las luchas. Para ellos esto significa el fin de las luchas de su Mesías que matará a Gog y a Magog y conquistará el mundo entero. Esta es una mentira despiadada y miserable que está perdida antes de nacer. Hagámosle saber a quienes sostienen que el Mesías apareció antes de terminadas la setenta semanas que se desnudó esa mentira mil quinientos años atrás. De modo que los judíos no han dejado intacta ni una de las palabras de la declaración de Gabriel; pervierten todas sus palabras y las convierten en mentiras, a excepción de la profecía del ángel en relación a la destrucción de Jerusalén. Pero no hay porqué agradecerles el hecho de que ahora lo crean y admitan la verdad. Mientras ellos aún habitaban Jerusalén creían todavía menos en esta profecía de lo que hoy creen en nuestro Mesías, aún habiendo sido predicho con suficiente claridad, tanto en Daniel 9 como Zacarías 14. Si hoy aún moraran en Jerusalén, inventarían cientos de miles de mentiras antes de creerlo, tal como lo hicieron sus antepasados antes de la primera destrucción. A estos últimos, ningún profeta pudo persuadirlos de que la santa ciudad de Dios sería llevada a las ruinas. Los hostigaron, despotricaron como perros rabiosos, y hasta encontraron cara a cara con la realización de la profecía. Siempre fueron obstinados, incrédulos, orgullosos, viles, incorregibles, y no dejarán de serlo nunca.

 A partir todo esto deducimos que con sus setenta semanas Daniel toma nuestra postura en contra de las mentiras y las locuras de los judíos, una postura tan confiable y firme como una pared de hierro y una roca inmóvil, con la cual afirmamos que el verdadero Mesías tiene que haber llegado antes de finalizaran las setenta semanas; que concertó el pacto con Dios (dado que Daniel no tiene porqué aquí estar hablando del pacto de los gentiles que, además, ni siquiera existió en aquél momento) en la última semana; que de ese modo se despidió de la ciudad y de la gente al final de las setenta semanas; que la ciudad fue arrasada por los romanos poco después; que se destruyó a la gente, su gobierno y todo lo que tenía. Todo esto de acuerdo con las palabras del ángel: “Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad” [Dan. 9:24]. ¡Suficiente!  

 Indudablemente, los judíos necesitan mentir a fin de preservar su error frente a un texto tan claro y convincente. Sus mentiras anteriores caen por su propio peso. Pero aún si fueran a mentir por cien años y llamaran a todos los demonios para que los ayuden, igual estarían perdidos. Dado que es imposible nombrar un Mesías en el tiempo de las setenta semanas como lo requeriría la revelación de Gabriel, que no sea nuestro Señor Jesucristo. De esto estamos seguros, y golpeamos las puertas del infierno y los desafiamos, así como también todas las puertas del mundo y todo lo que se exalte o pueda ser exaltado, ingeniosa y astutamente, en contra de nosotros. Yo, un simple e insignificante devoto de Cristo, solo me atrevo a oponerme a todos ellos y a defender esta posición con facilidad, soltura y agrado. No obstante, es imposible convertir al diablo y a los suyos, y de cualquier modo no se nos ha ordenado intentarlo. [154] Basta con desnudar sus mentiras y revelar la verdad. Quien no está dispuesto a creer en la verdad por el bien de su propia alma, con seguridad tampoco estará dispuesto a hacerlo por el bien de la mía.

 Por ahora nos limitaremos a estos cuatro libros: el de Jacob, el de David, el de Hageo y el de Daniel. En ellos se puede ver el excelente trabajo que han llevado a cabo los judíos con las Escrituras en estos mil quinientos años, y el que aún hoy siguen haciendo. Porque el tratamiento que ellos hacen de estos textos es paralelo al tratamiento que que hacen de todos los demás, especialmente de aquellos que están a favor de nosotros y nuestro Mesías. Éstos, por supuesto, deben tomarse por mentiras, en tanto que ellos mismos no pueden incurrir en falta. No obstante, no han logrado una maestría perfecta del arte de mentir; sus mentiras son tan torpes e ineptas que cualquiera con apenas un poco de observación puede detectarlo fácilmente.

 Pero para nosotros los cristianos ellos son un ejemplo aterrador de la ira de Dios. Como San Pablo declara en Romanos 11, debemos temerle a Dios y honrar su palabra mientras sea el tiempo de gracia a fin de no encontrarnos con un destino similar o acaso uno peor. Lo hemos visto en el caso del papado y de Mahoma. El ejemplo de los judíos claramente demuestra con qué facilidad el diablo engaña a la gente una vez que ésta se apartó del correcto entendimiento de las Escrituras, adentrándola en una ceguera y una obscuridad tal que en todo encuentran obscuridad, lo que hasta las bestias irracionales hacen. Y sin embargo quienes diariamente enseñan y oyen la palabra de Dios reconocen luz verdadera allí donde otros habían encontrado obscuridad. ¡Oh, Dios, ten piedad de nosotros!

 Si tuviera que refutar todos los otros artículos de la fe judía, me la pasaría escribiendo en contra de ellos más de dos mil años, que es lo que les llevó a ellos inventar sus mentiras. Ya manifesté con anterioridad que corrompen su circuncisión con ordenanzas humanas y arruinan su herencia con la arrogancia. También profanan del mismo modo el Sabbath y todas sus festividades. En suma, toda su vida y todos sus actos: comer, beber, dormir, despertar, pararse, caminar, vestirse, desvestirse, ayunar, lavarse, rezar, o alabar a Dios, están manchados de ordenanzas rabínicas y abyectas y de falta de fe que ya Moisés no puede reconocerse entre ellos. Sucede lo mismo con el papado de nuestros días, en el cual se hace difícil reconocer a Cristo y su palabra debido a las alimañas de las ordenanzas humanas. Pero por ahora dejemos que esto sea suficiente en relación a las mentiras en contra de la doctrina o la fe.

 Para concluir examinaremos sus mentiras en contra de las personas (lo que, después de todo, no hace que la doctrina sea ni peor ni mejor, en tanto que esto no varía de acuerdo a si las personas son pías o viles). Especialmente nos abocaremos a las mentiras sobre Nuestro Señor, su santa madre, sobre nosotros y todos los cristianos. A estas mentiras recurre el diablo cuando no puede ir contra la doctrina, que es lo que los papistas de Belzebú hicieron conmigo [156]. Cuando no pudo refutar mi evangelio, escribió que yo estaba poseído por el diablo., que yo era un impostor y que mi querida madre era una prostituta. [157] Y, por supuesto, no bien esto hubo sido dicho, mi evangelio vio su destrucción. Lo mismo le sucedió a Juan el Bautista y al propio Cristo, a quienes se los acusó de tener un demonio [Mat. 11:18; Juan 8:20] y se los llamó samaritanos, y al poco tiempo se daba por falsa la doctrina de Juan y de Cristo y por verdadera la de los fariseos. Lo mismo les sucedió a todos los profetas. Y, más recientemente, también al elector de Saxony y a Hesse, instantáneamente condenados cuando el pirómano furtivo y asesino de Wolfenbuttell que al lado del arzobispo de Maguncia es la perla de la iglesia romana los calumnió y difamó vergonzosamente, quedando ante todos como el santo, el rey de los  reyes, coronado con una diadema de oro tan pesada que no pudo sostenerla y debió huir.

 Por tanto, siempre que queráis ganar una causa funesta, haced como hacen los charlatanes en los tribunales cuando los acecha la fiebre del oro y la fiebre de la plata. Gruñid y mentid descaradamente en contra de la persona a la que acusas y ganarás el caso. Es como la madre que instruye a su hijo diciendo: “Hijo mío, si no puedes ganar, ponte a pelear”. El mentiroso no miente con respecto a la cuestión central (como sucede también en los conflictos religiosos), pero no obstante es totalmente consciente de que está mintiendo y lo hace para ir en contra de esa persona. No sueña con demostrar que tiene razón, ya con apariencias ya con la verdad, y es incapaz de hacerlo.

 Así es como actúan también los judíos. Abiertamente arremeten y mienten contra la persona y la maldicen, en contra de su propia consciencia. De este modo han venido ganando los casos desde tiempos inmemoriales, y Dios se vio obligado a escucharlos. Como podemos ver, ya han estado al frente de Jerusalén, la ciudad dorada, por mil quinientos años. Son los señores del mundo, y todos los gentiles acuden a ellos con su chemdath, sus tapados, pantalones, zapatos, y les dan tierras y gente y todo lo que tienen, y permiten que estos nobles príncipes y señores de Israel los asesinen, y maldigan, escupan y difamen a los goy.

 Y como se ve, si no hubieran mentido tan escandalosamente, ni hubieran calumniado, blasfemado e injuriado a estas personas, Dios nunca los hubiera oído, y su causa hubiera fracasado mucho tiempo atrás; hoy no serían los señores de Jerusalén sino que vivirían dispersos por todo el mundo entre los malditos goy, sin poder ver Jerusalén, ganándose el pan con la mentira, el engaño, el robo, la usura y todos sus demás vicios. La forma más eficaz de ganar una acusa funesta y por consiguiente condenada al fracaso es maldecir a la persona en cuestión. De modo que si tenéis que defender una causa endeble, no olvidéis este ejemplo de los judíos, son los nobles príncipes de Israel, capaces de todo, cuando su causa está perdida, aún pueden maldecir a los goy.  

 

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Ultima Actualizacion Diciembre 27, 2002
por greenman_92553 - Elias Bernard

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