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HERNAN BENITEZ

EL CONFESOR DE EVITA

 

Hernán Benítez, primero jesuita, luego reducido al estado seglar por disidencias con su orden, fue un activo militante peronista y gozó de la confianza de Evita, cuyo viaje a Europa preparó, y de la cual fue confidente y confesor. A pesar de la discreción con que procedió respecto de esa relación, de sus documentos se desprende una visión interesante de la esposa del fundador del movimiento peronista.

 

EN LA CASA DE PIEDRA DE LA CALLE BLAS PARERA

 Hernán Benítez dejaba correr la especie de que se había muerto para poder escribir tranquilo. Pedía que lo salvaran de las "tesistas norteamericanas quienes, después de agotarlo a preguntas sobre Evita, terminaban haciendo todas una misma pregunta, según él, la única que les interesaba: “Y ellos... ¿se amaban?". Los últimos años de su vida empezó a ceder a los interrogatorios sobre la vida de Eva Perón, quizás obligado por un nuevo género literario: la ficción histórica. "Es una trampa porque se usa a la historia, con sus nombres propios, arbitrariamente, y cuando un testigo quiere cotejar la veracidad de los hechos tienen una coartada: que es una novela. El equívoco aparece hasta en el mismo título", decía furioso. Corrigió entonces, pacientemente, guiones y textos sobre Evita, a quien había conocido poco tiempo después de salir del seminario, cuando "todas las mujeres (le)parecían chinas, al cabo de ese encierro varonil". La recordaba siempre emocionado, como la que se abrazaba al pobre y al leproso sin ascos ni distancias, extremando y exasperando esa entrega en lugar de debilitarla, después de alcanzar todo el poder. Sin embargo, admiraba a otras mujeres, y creo que siempre fue un igualitario fuera de época hacia "la mujer", a la que respetaba y consideraba mejor hecha que el hombre para el sacerdocio por su capacidad de amor incondicional a los hijos, lo que la hacía temible para la Iglesia. Quienes lo interrogaban sobre Evita tal vez nunca supieran cuánto lo conmovía Simone Weil, la filósofa francesa que se empleó como obrera en la Renault y en los viñedos del sur. 0 cuánto admiraba a Golda Meir, a Mónica Seles, a Margaret Thatcher, que había tenido en un puño al mundo y nos había evitado más años de dictadura. Después de leer los originales de la biografía de Alicia Moreau de Justo, dijo: "¡Cómo puede ser que no nos hayamos conocido! Ella fue sincera, valiente, y sufrió mucho a causa del peronismo". Confiaba en la sensibilidad y el instinto de la mujer, y es posible que no atendiera el teléfono desde 1987 --salvo a quien llamara con el código de dos rings dos veces antes del llamado definitivo--, porque ese año murió su guardiana Lidia Yoda, una mujer que, como Evita, pero sin Estado, abastecía el norte de Córdoba incautando ropa y medicamentos.

 Una vez que uno entraba a la casita de piedra de la calle Blas Parera, su hospitalidad era enorme. Tenía un lenguaje arcaico, como su prosa, que deslumbraba por su precisión, y un pensamiento audaz, con el que revisaba impiadosamente sus viejas ideas. San Pablo, Kierkegaard, Unamuno, aun cuando se reiteraran, eran siempre novedosos. Ante su actitud sucumbían todos los que ponían un pie en su casa. Sucumbió el ingeniero Muratorio, un fumigador a quien recibió después de alguna insistencia en los años en que vivía solo, cuando hablábamos espantando polillas, y después de un día de trabajo no quiso cobrar. Sucumbieron unos ladrones que entraron a su casa: él les dijo que si lo necesitaban podían llevárselo todo, hasta el cáliz. Cuando salieron, montó una pequeña escena frente al patrullero que se demoraba, abrasándose a ellos para disipar las sospechas.

Sentado en su silla de ruedas, el cuerpo frágil pero erguido, y su increíble voz, que era un rugido a los noventa años, enfundado en una sotana limpia que había perdido el negro, y su cordoncito en el cuello de la camisa, no desterraba a los agnósticos y a los ateos de su lado, como lo habían desterrado a él. "El que cree que es absurdo creer en Díos, y eso le nace sinceramente, está haciendo el elogio más grande porque cree en la verdad, y ése es el gran atributo de Dios", decía.

 Vivía con gran austeridad de su jubilación de profesor y su Premio Nacional de Filosofía. Jamás recibió sueldos eclesiales ni cobró por bautizar, casar o dar la extremaunción. Se levantaba de madrugada, bajaba, y daba de comer a sus gatos Piru y Sansón, los que succionaban el hígado como dos aspiradoras. Leía el diario La Nación, Preparaba el desayuno con tostadas, y escribía a la vuelta de planillas de balances o en el reverso del papel de chocolate Águila, que formaba parte de su dieta diaria, como el bife, el ajo para la presión, zanahoria, remolacha rallada y una banana. Trabajaba hasta las dos, hora en que almorzaba y descansaba. Alguna tarde recibía visitas. Y a las nueve subía a su capilla para el momento más feliz, el de la misa.

 La polineuritis muscular que lo volteó en el destierro de la Compañía le dejó un brazo --que él mostraba a veces desabrochándose el puño de la sotana--, hueso recubierto de piel y una pierna muerta, acorazada en una prótesis de metal. También lo atacaba en invierno el trigémino, paralizándole la cara y suspendiendo los sentidos por el terrible dolor, que él aplacaba con unas escafandras de lana. "El día que entre un médico a esta casa será mi muerte. Yo me conozco, por algo he vivido hasta los noventa."

 Sufrió a causa de sus ideas y de un protagonismo beligerante por el que lo odiaron.  Había sido una de las cabezas de uno de los dos bandos de la contienda, que se alimentaban uno al otro con odio y obsecuencia, en una Argentina partida por un abismo. Desde los sesenta, cuando escribía completo, en un rincón de la casa de Blas Parera el periódico Rebeldía en los años de resistencia, se había recluido en el silencio. la forma más eficaz de respuesta a un mundo que le parecía vulgar. En esos años lo habían visitado muchos políticos, entre ellos Frondizi. Desencantado, albergaba en los años setenta a un grupo de jóvenes que desaparecieron por la denuncia de uno de ellos, y que denunció en respuesta a un desengaño amoroso. Ese episodio lo trastornó, y salía en su silla de ruedas por el barrio buscando la suerte del obispo Angelelli, recriminándose siempre no haber hecho lo suficiente, detrás de la cobardía de tantas instituciones como la Iglesia. No tenía rencores históricos, cuentas pendientes ni resentimiento, como muchos mayores. Decía que había sufrido, sencillamente, "porque es muy difícil ser un hombre libre".

 

VIDA Y DESTIERRO DE LA COMPAÑIA DE JESUS

 Cuando al padre Benítez se le preguntaba el porqué del título de su libro póstumo (El precio de mi traición), él solía decir que ese testamento literario relataba cómo había pagado su amor por la causa del pobre, su traición a la oligarquía, a la orden de los jesuitas: "cuánto me costó mi amada”. Provenía de una familia de estancieros de estancias que declinaban, contaba con un dejo de ironía, porque hasta entonces las habían enriquecido los cimarrones, las vacas, las mulas que vendían en manadas inmensas y les daban ingresos sin trabajo alguno. Pero terminaron regalándole las estancias a los puesteros, porque a los valles del norte cordobés no entraba la maquinaria. Los jóvenes huían del campo, y así lo hizo su padre, que dejó la casa de Tulumba, donde quedaron sus abuelos.

"Mi padre era el dueño de la Artística en Córdoba, allí se vendían desde cuadros hasta maquinarias. Murió en 1915 de una pulmonía doble, y mi madre me internó en el Corazón de María dos años, el 16 y el 17, como a mis hermanas, que fueron a las mercedarias. En verano no íbamos a Tulumba, porque mi madre era enemiga de la gente de allí. No podía pasar a los tulumbanos, te chocaban muchísimo. Mi abuela y tía María no decían una palabra pero debía dolerles terriblemente que a los chicos, quienes nos idolatraban, nos llevasen a Pilar de Río Segundo, quedando la casa solariega vacía en vacaciones."

"Era gallega", decía siempre cuando quería explicar lo fuerte, independiente, opositora a los criollos que era su madre. El era un chico "bravo", con una obsesión: entrar a los jesuitas. Y para conseguirlo debió escaparse.

 "Mi madre viajaba mucho, porque había sido inspectora general de corte y confección a poco que llegó aquí. Era vivísima. Creó un método nuevo y ganaba mucha plata.  Cuando mi hermano Enrique estaba en Filosofía, le redactó el método de enseñanza ¿Habrá puesto citas de Ortega y Gasset?

 "Vivíamos en la calle Dean Funes en la ciudad de Córdoba, sobre el Buen Chopp, un bar de alemanes pegado a la plaza San Martín. Y me escapé apenas cumplidos los doce años, porque era la edad mínima de admisión en la Compañía. Me gustó muchísimo esa primera noche, cuando me quedé solo allí, en mi camarilla. Un mes después llegó mí hermano Enrique, que me seguía en todo, y mi madre y mis hermanas se vinieron para Buenos Aires."

 Todavía no había cumplido la mayoría de edad cuando fue a Tribunales contra su madre, que lo quería sacar de la Compañía, engañada por alguien que le había asegurado que era sencillo, y, una vez fuera y “en libertad”, él podría decidir si quería volver. Fue su abogado, el doctor José Ignacio Olmedo, un hombre de la revolución del 43, pero todo lo que hizo cuando el joven Hernán Benítez. terminó su defensa, fue preguntarle al juez: "¿Ve? Aquí no hay engaño hay una voluntad y una decisión". Al terminar el juicio, Hernán Benítez fue a darle un beso a su madre y le dijo: “Te gané, vieja”. A pesar de su empecinamiento en pertenecer a la Compañía, al poco tiempo había sufrido una fuerte decepción.

 "Cuando entré a la Compañía me asombró la dureza en el trato a los hermanos coadjutores. En primer lugar, nunca hablaban con nosotros: clase aparte, recreos aparte. Si cambiábamos una palabra era muy de arriba abajo. Pero lo cruel era que, a las cinco de la mañana, esos hermanos, muchos de ellos muy viejos, estaban sentaditos en los bancos de la capilla. Tenían que hacer la hora de oración juntos, si no ¿cómo se iban a levantar, gente que trabajaba tanto?. Los domingos tenían una hora de recreo por la tarde. El sábado era para ellos como el lunes o el martes. Por la Compañía no había pasado el lema Libertad, Igualdad y Fraternidad, y Mirabeau tampoco, ¡no había pasado la Revolución francesa! (SIC!!!) Se vivía en mi tiempo como en el siglo XVI. Y si uno lo decía iba contra las reglas de San Ignacio, que era más que el Evangelio. ¡Le cobré un odio!"

 Podía ser que hubiera, entre los hermanos coadjutores, "algún retrasado", decía cuando uno recordaba alguna imagen conventual del cine. Entre las reglas estaba prescripto que no podía haber ni retrasados ni judíos, pese a que el segundo general de la Compañía, Laínez, era de raza judía. "Yo lo era también --decía Benítez- porque en la coctelera española ¿quién no es judío, y quién no es moro y quién no es celta después de ocho siglos que han estado ahí?”.

 Cuando recibió en su casa a Raanan Rein, un profesor de la Universidad de Jerusalén, le habló en un hebreo de aprendiz porque, a pesar del estudio, no había pasado de los balbuceos, y ¡cómo hubiera querido hablar en hebreo tan bien como en latín, que era su lengua! Los últimos días de su vida bromeaba a las enfermeras en latín, y ellas preguntaban "¿qué dice?": "Los médicos ordenan, y yo no obedezco". Era el lenguaje en el que se comunicaban en el seminario, en el que se había desmoralizado tanto.

“Otra de las cosas que me ponía en estridencia, y de la que jamás se hablaba era el de la profesión. Había un profeso por cada diez sacerdotes. Mi profesor de griego era el padre Hurley. No sabía gran cosa pero era inglés y me enseñó los valores de Shakespeare. El padre Parol, el maestro de novicios, el padre Tarrás, un citarista enfermo que tocaba la cítara admirablemente, el padre Furlong, el historiador, todos ellos no eran profesos. ¿Quiénes éramos los profesos?  La profesión requería un don especial que no se puede decir que sea una gran inteligencia el don de ver las virtualidades o las formalidades, un padre dialéctico puro. Los que no tenían esa capacidad estaban perdidos.”

 Era un alumno destacado. Al empezar segundo año lo citó el padre Maón, y le dijo que ni bien terminara el año viajaría a Europa para rendir teología, y luego a Innsbruck, donde iba a estudiar historia de las religiones. El lo sabía: sepultado en el Colegio Máximo para toda la vida. No les respondió. Pidió tiempo, cuando todos sus compañeros se "despepitaban" por irse a Europa.

 "Yo nunca le tuve mucho amor a la Compañía, ni a San Ignacio, nunca. Tenía desde niño una repugnancia tremenda a los grados. Pero no podía renunciar porque era renunciar a mi sacerdocio, a mi preparación sacerdotal. Un hecho me entraba por los ojos, que en mi casa no había visto. La Compañía se desenvolvía como cuatro siglos atrás, cuando la sociedad estaba constituida por la corte, los militares y el clero, y el pueblo analfabeto estaba más cerca de la bestia. Hay una regla en la Compañía, normal en el siglo XVI: el hermano coadjutor no debe hacer más estudios porque, de todos modos, ellos serán sirvientes, van a actuar como enfermeros. porteros, sacristanes, roperos. San Ignacio era un hombre de clase y cortesano, así como sus compañeros.  Borgia el tercer general de la Compañía, era bisnieto de Alejandro VI, el papa Borgia, tenían antecedentes bastante sucios, ¡pero muy nobles¡. Los hijos de Borgia cuando fue Papa, no pudieron ser peores. Porque fueron criminales."

 A la semana les respondió al padre Maón y al padre Travi que historia de las religiones le parecía una materia encantadora, pero que eso lo iba a encerrar en la Compañía, donde él no se sentía cómodo, sino a contranervio. Todas las mañanas veía entrar a los hermanos coadjutores a la capilla a las cinco y media, a hacer su oración cabeceando los pobrecitos, gordos y viejos, y pensaba: ¡qué crimen! "Ellos han cedido libremente", le replicaban sus superiores.  "No puede ser, nadie cede a su cultura, porque es ceder a ser hombre”. Y yo no puedo resignarme a no ser hombre”. No tenía ningún motivo grave para salir. No veía error, les dijo, pero sentía una gran enemistad. La falta de contento significaba que aguantaría, pero no en el sitio donde ellos le ordenaban, porque ahí le parecía imposible aguantar. Enseñar en el Seminario a sacerdotes seculares, o predicar en la Catedral era muy distinto: "uno no los ve ni los oye, ni sabe nada". solía decir el padre. 

Al poco tiempo le presentaron sus propias palabras como acusación. El les respondió que las había dicho conforme a moral al prefecto de estudios, en virtud del oficio y de lo que le habían propuesto. Sin embargo, no hubo reconsideración: le cortaron la teología a fin de año. Y en la carta en la que el provincial lo enviaba a Santa Fe, reducido a magisterio otra vez, le decía "que públicamente se crea que es por su salud". El provincial se anticipaba porque, ni bien enterado del castigo que le iban a aplicar, el padre Benítez le escribió una carta al padre general informándole que habían violado un secreto de conciencia rationae e officiae. Y como no se la contestaron, desde Santa Fe le escribió al auxiliar para ver si había llegado su carta o no.  No era un caso sencillo: él ya predicaba, y era rebelde.

 Sobrellevó el castigo trabajando y escribiendo. El primer año fue la conmemoración de la Virgen; y el segundo, las bodas de diamante del Colegio. Para esas fiestas compuso una pieza musical, plagiando La Beatitude de César Franck, que en la Argentina era una obra desconocida. Provocó una conmoción que lo asustó a él mismo, porque venían de todas partes a conocer al genio musical y él no se dejó ver. En lugar de regresar al Máximo en febrero, volvió en abril, porque escribió las memorias de las bodas con el rector, el padre Castillejo. Años más tarde se cruzarían en los corredores del Colegio del Salvador de Buenos Aires, cuando él, Benítez, era profeso, y su rector, coadjutor espiritual.

 Francisco Franco había declarado la guerra en España en el 36, durante su primer año de castigo. Después de su triunfo en 1939, la Compañía, que había sido expulsada de España por los republicanos, fue convocada urgentemente, y allí volvieron los grandes profesores que se habían radicado en Argentina. Al padre Benítez lo nombraron profesor de teología cuando aún no había dado el examen, en cuarto año. Tenía que enseñar en el seminario de Villa Devoto el mismo tratado que estudiaba en el Colegio Máximo, porque en la Compañía se habían quedado sin sacerdotes.

 "Yo renuncié a quedarme en el Máximo, a vivir en el cogollo de la Compañía en la que me sentía tan mal, porque nunca esperé el cambio que iba a suceder. No sucedió de repente. En el 63 o 64 muere Janssens, el general de la orden que me había desterrado en el 47, y en la Congregación General del 65 eligen a un revolucionario, Arrupe, que ha sido provincial del Japón. En el 74 reúne la nueva Congregación General y revoluciona a la Compañía. Empiezan a cerrarse colegios de niños bien, aquí cerraron el Sacré Coeur de Callao (Buenos Aires), y bajan al pueblo, ¡toda mi tesis! No creí jamás que llegaría a ver eso. Esto iba unido a las críticas del Vaticano. Empezaron a decir que la Compañía estaba en rebeldía En las congregaciones habían querido borrar las diferencias: elevar a los hermanos coadjutores y eliminar a los profesos. Arrupe quería igualdad, y el Papa creyó equivocadamente  que era una forma de evitar el voto de obediencia al Papa, y el Vaticano no lo podía tolerar.”

 

BENITEZ Y PERON

 El Viernes Santo de 1942, en el púlpito de la Iglesia del Salvador, el padre Benítez, un sacerdote desconocido, delgado, de voz potente, pronunció un Sermón de Agonía de tres horas que se transmitió por Radio Municipal y quedó así consagrado como un gran orador. Mucho tiempo después se enteró de qué, desde el coro de la iglesia, quien seguía sus discursos sociales era el coronel Perón. Iba a oírlo predicar, y fue entonces cuando lo conoció, después de la muerte de su primera esposa Aurelia Tizón, en 1938, y el viaje a Italia en 1939, donde residió dos años.  Se hicieron amigos: "Era inteligentísimo, compañero, servicial, muy bueno, una maravilla de hombre. Después, el poder lo cambió", decía el sacerdote, recordándolo. Siguió siendo profesor de teología hasta el 43, el año en que participó en la revolución junto a otro sacerdote, el padre Wilkinson.

 "La sociología que se pregonaba en el mundo exclusivamente la de las encíclicas. ¿Qué carácter tenía esa sociología?  Primero, era elitista. Segundo, enseñaba una caridad que debían ejercer los ricos con los pobres; por consiguiente, era sociología limosnera. Se estudiaba el accionariado obrero, si convenía darles participación en las fábricas. Algún sacerdote especializado, como el padre Iñaki de Aspiazu daba conferencias sobre ello, de eso no se salía. La otra voz, también exagerada y en pugna la tenían el socialismo y el comunismo, entendiendo un Marx estricto, sin tamiz ninguno. Pensar en un diálogo y en una conversación era un absurdo."

 El profesor de sociología en el seminario era monseñor Franceschi. Dictaba cinco o seis clases en todo el año porque la sociología católica era una materia de lujo. En Francia muchos sacerdotes proponían una sociología cristiana de avanzada, y en ellos se inspiró Hernán Benítez para sus primeros sermones en la Catedral, donde cayeron como una bomba. Cuando años después publicó El drama religioso de Unamuno, Franceschi examinó el capítulo cuarto con lupa, y les dijo a quienes trabajaban con él: Estuvo al borde de la herejía". Quedaban muy atrás los días en los que le había pedido al padre Benítez que le prologara sus obras completas. "Cuando apareció el peronista no sabía donde esconder los libros". reía el padre, quien en muchas oportunidades intentaba describir aquellos años tan extremos, cuando el diálogo era imposible.

 "Al término de la guerra, en el 46 y 47, después de la inmensa catástrofe, se pensó en la Unión de las Iglesias. quienes éramos un poco avanzados en materia social creímos con ilusión que viajaríamos allí representantes de la Iglesia Católica. Cuando fallaban seis días para la primera reunión de París, el papa Pío VI nos prohibió intervenir a los sacerdotes católicos. La última en entrar en la Unión de las Iglesias fue la Iglesia Católica, y lo hizo cuando ya se había inclinado al comunismo, precisamente por eso.  Y se había inclinado al comunismo por la actitud del Vaticano. Sociología laica no confesional, no cristiana, no había.   Por eso se explica dentro de esa mentalidad, que en el último discurso de Perón, al cerrar su campaña, dijera: “Mi política social está inspirada en las Encíclicas”.

 Quien descubrió que el padre Benítez había redactado los documentos del GOU (Grupo Obra de Unificación) fue el politólogo norteamericano Robert Potash. Al sacerdote le pareció notable que lo identificara en la sintaxis de esos documentos, por "su tonada cordobesa". El mismo reconocía que no valían, eran "vulgarotes, elementales", lo avergonzaban.  Pero lo que sin dudas no repetiría y le quedaba atravesada era su defensa apasionada de la enseñanza católica en las escuelas oficiales, que en el año18 había sido derogada. Los discursos y estudios suyos en la revista católica Criterio, dirigida por Franceschi, y otras publicaciones, convencieron a los diputados justicialistas de que él debía ser el escritor fantasma detrás de sus arengas en la Cámara, cuando decidieron convertirla en ley. "Nunca repetiría lo que les escribí a estos señores. ¡Jamás! No me había lavado la cabeza", decía. Recordaba que todo era sin libertad, a la manera argentina, de acuerdo a las directivas del partido. Si se estaba del lado del peronismo, a defenderlo a rajatabla, y si se era un radical, a rajatabla en contra. Consideraba a Martínez Zuviría, el ministro de Educación de la revolución, honestísimo, pero "muy jesuita, alumno pupilo de la Inmaculada". Y criticaba al doctor José Ignacio Olmedo, al frente de la enseñanza secundaria: "no llegaba ser un troglodita, pero era muy severo".  "¡Todo en manos de ellos!", criticaba veladamente. Martínez Zuviría llegó a proponerles a los jesuitas que impusieran en las escuelas públicas el bachillerato humanista que se dictaba en Santa Fe.

 “Pero no lo hicieron porque iban al negocio. A esto se limitaba el influjo social. La oligarquía no tenía sociología. Fuera de la definición, no sabía nada. Se enseñaban las encíclicas de Pío VI, a partir del Rerum Novarum de León XIII, que murió en 1903, en las que apenas aparece la justicia. Cuando se presentó Perón, uno pensaba: “Estos se convertirán en bloque al peronismo”. No señor. No era una sociología de justicia sino de caridad la misma que practicaba el marqués de Comillas, que era el dueño de la Transatlántica española. Evidentemente, como le sobraba plata hacía muchas caridades, y casi lo canonizan por las autoridades, pero la injusticia no se veía. Era un pecado en sí que hacía caridades”.

 “En cuanto al 43, es verdad: le redacté a Perón la misma proclama y él le puso sus notas, la enardeció. Yo era más prudente muy joven, él le agregó las palabras técnicas militares. Perón había llegado dos meses antes de la revolución, mientras nosotros nos veníamos reuniendo constantemente desde octubre del 42, ocho o diez meses antes."

 En 1947, Perón lo nombró legado ante el Papa y ante Franco, con relación al viaje de Eva Perón, y viajó a Europa con todos los permisos de su orden. Entre sus papeles se conservan tres o cuatro cartas que no usó, como la carta al embajador de Inglaterra. Desde que anunció en España, por Radio Nacional, el viaje de Eva Perón, en la Argentina corrieron rumores y calumnias, muchas escritas por sacerdotes enemigos suyos. Entre los más furiosos había dos jesuitas, el padre Alonso y el padre Maón. La amenaza de sacar a los alumnos del Salvador si no se castigaba al padre Benítez también provino de ellos. Al llegar a Roma, ya eran conscientes en la curia romana del general de la Compañía Janssens, del escándalo que habla estallado en Buenos Aires su anuncio por Radio de España. La víspera de su visita al Papa se entrevistó con él, quien le ordenó:

-Le queda absolutamente prohibido bajo orden de obediencia presentarse en público con la señora de Perón. Y el discurso que usted pronunció en Madrid lo debió haber dicho el embajador.

-Padre, a ningún superior de España le pareció mal y lo dije con su permiso.

-Tampoco puede escribirle una línea.

-¿Y los discursos que ya le he escrito? –

-Usted lo verá.

 No podía negarle el derecho de la confesión a la esposa del presidente porque era de derecho canónico pero, así como una vez le habían dicho "que se piense que usted se ausenta por su salud", cuando fue castigado a Santa Fe, en esta oportunidad la orden fue: "Confiésela, pero en secreto". Desde entonces redobló su cautela, pero tardó poco Evita en necesitarlo imperiosamente a su lado en Italia para encomendarle las negociaciones políticas en Francia, que el embajador Victorica Roca no había emprendido, y le mandó un avión, que regresó vacío. Así ocurrió dos veces hasta que ella consiguió un pedido del Papa, ante lo que el general de los jesuitas sólo pudo hacer una súplica: que no estuviera en Roma más que un día, y que el viaje se realizara en el mayor secreto posible.

 “¡Pero esto le debe haber caído al padre Janssens!. Mis superiores de Razón y Fe me dijeron: “Ud. tiene un voto de obediencia al Papa”'. Ni dudar, usted se va ordenado por el Papa. Camino a Rapallo fui un poco deshonesto porque me detuve en la tumba de Puccini y vi la torre inclinada de Pisa. La comitiva estaba en un hotelito chiquito dispuesto para ellos. Corría el tiempo, y Victorica Roca no había hecho nada. Lo vi de inmediato: “Fracasamos en toda la línea si no vamos a Francia”. Yo era muy lector de las cosas de Francia, era devoto de César Franck, Debussy, de les Etudes. Conocía todo eso como si hubiera nacido allí. Caminando por el Barrio Latino, por única vez sentí que en estado prehumano yo ya lo había visto. A la mañana siguiente de mi llegada después de decir misa en el altar de Santa Teresita que medio un consuelo inmenso, con una guía me fui por los subterráneos hasta la tumba de César Franck. Fui a ver su órgano. Era 14 de julio, Francia estaba paralizada y se hacía el primer desfile después de la ocupación. Organicé el programa de los actos de Francia, y Dios me ayudó. Cuando unos meses después fue la reina de Inglaterra a París, tenía sólo medio templo.  Nosotros teníamos el templo y plaza llenos. Fue un prodigio. Conservo íntegras las comunicaciones que trasmitíamos todas las noches con los chicos de la embajada. Mi hermana me decía: “Se te reconoce la voz”. Era la venganza que me tomaba de los oligarcas. El éxito de Francia fue colosal”.

 Ese viaje fue muy importante, pero le provocó el mayor dolor: el destierro de la Compañía, al que sobrevino la polineuritis muscular que lo doblegó para toda la vida.  Le costaba volver atrás, ubicarse en aquella Iglesia oligárquica, en la Compañía de Jesús donde había entrado a los doce años, esa sociedad poderosa por donde él marchaba a destiempo, como un veneno metido allí, según su lejano recuerdo. Benítez, un profesor de teología, orador de la Catedral de Buenos Aires, el niño mimado de los teatros... El recién nombrado general de los jesuitas, algo neurótico porque había sido capellán de guerra, no sabía qué actitud tomar. Y cometió una sucesión de errores, contra los que el padre Benítez procedía como un sonámbulo, con la obsesión de una lectura personal del Evangelio.

 Evita había llegado a París el 22 de julio, y su confesor estaba de regreso en Madrid el 25, "hasta por falta de ropa". Confundiéndolo con el padre Serafini, un sacerdote argentino de Luján, se había publicado que la había ido a recibir al aeropuerto de Orly, y en Francia se hablaba de Evita y son pétit jésuit con insidia. El no había ido ni siquiera a Nótre Dame, por lo que le rogó al padre Serafini que no asistiera a ningún otro acto porque le "estamos haciendo muy mal servicio.” 

Pese a sus recaudos, cuando volvió a París el 17 de agosto para participar en un Congreso Internacional de Escritores, el provincial Marcelo Bith le comunicó que no podría participar en la Semana, y le entregó una carta del padre general en la que le ordenaba presentarse ante el padre Virgilio Revuelta, donde quedaría aplicado a la provincia de León, en tanto determinara su regreso a la Argentina. Entre las acusaciones, en su carta del 7 de agosto de 1947 Janssens le decía que él era "por lo menos “fugitivo material”, pues sin saberlo sus superiores, según parece, se ha ido adonde nadie de la Compañía podía comunicarse con usted.

Esta desobediencia le hace mucho daño a la Compañía, a cuya fama no pequeño mal hizo el modo de proceder de V. R., primero en España y aquí en Roma. V .R. conoce sin duda lo que han escrito al respecto los diarios de Francia. Las mismas cosas se publicaron después en otras naciones, con gran vergüenza de muchas provincias".

 Esa fue la peor noche de su vida. No viajó de inmediato a León porque creyó que enviando una aclaración sobre su paradero en Francia, Janssens reconsideraría el castigo. Pero éste le envió otra carta donde se excusaba por los posibles errores cometidos, pero le pedía que aguardara en León.

 "Por ahora vaya usted a León y trabaje allí. Más tarde, cuando se sepulte en el olvido cuanto han escrito de V. R. los diarios de varios países, veremos si le podemos conceder el permiso que antes se le dio de recorrer varias naciones. Cierto, es doloroso le dieran en la Argentina permiso para la misión ésa. Pues no era difícil prever lo que iba a acontecer. Resta pues que el error, aunque involuntario, lo expiemos todos. Dios bendiga la obediencia de V .R. que cierto será dura, pero meritoria. Me encomiendo en ss. SS V .R. Siervo en C. J. B. JANSSENS.”

 Agotado por el viaje, creyó que sería "un dulce destierro” de aprendizaje de idiomas y escritura. Pero pronto descubrió que no importaba el lugar: en Londres o París los monumentos, por más majestuosos que fueran, al desterrado se le caían encima. Cuando llegó a Salamanca, el lugar de su destierro, le escribió a su hermano:

"Salamanca, la celebérrima Salamanca es como la mitad de Santa Fe. 75.000 habitantes, unos cuantos monumentos antiguos, innumerables clérigos enfundados en sus manteos y calando el típico felpudo sombrero que no abandonan ni para dormir, aldeanos de burdo vestir y modales brutotes, y suciedad, suciedad por todas partes. ¡Cuánta razón tenía Mamá cuando, al decirle yo que iría a visitar San Vicente de la Sonsierra, donde ella nació y están enterrados sus padres, me respondió. “No vayas hijo, no vayas que hay mucha roña” España es terriblemente roñosa, la trasciende un penetrante olor a boñigas y a aceite no desodoratado, olor que noté desde Portugal."

 Antes de enfermarse, escribió que se encontraba muy solo pero que estaba acostumbrado a sufrir. Después de todo, ya había sido desterrado a Santa Fe. Pronto descubrió que el destierro en España lo volvería loco o lo mataría. A Adelina Erro le confesaba que sólo podría resistir unos meses, y que creía que el desapego por su orden, el que siempre había tenido, estaba adquiriendo contornos patológicos. En cuanto a la actitud de la compañía: "Lo que más me indigna es que bajo el velo de la prudencia se tapen o presuman tapar cobardías indignas". Le rogaba a Adelina que no le informara al embajador que él le había telegrafiado a la señora de Perón, para que ella recibiera otro aviso de su situación. Ya en diciembre había avanzado la enfermedad, y su estado era angustioso. Así le escribió a Eva: "La soledad, el confinamiento, el hallarme enterrado en un pueblo sucio, falto de ambiente, sin poder trabajar, me ha acarreado una neurosis tan angustiosa que por momentos me parece enloquecer. Mi hermano ha llegado providencialmente enviado por Usted cuando mi estado era desesperante. He bajado nueve kilos, padezco insomnios, y una tenaza de hierro parece que me estrangula el cerebro".

Para la Navidad de 1947, en la carta a la señora de Costaguta, le describía en qué forma Dios ponía a prueba a las personas, aún en las órdenes religiosas como la suya, que se jactaba de ser "compañía de amor", societas  amoris. España lo asqueaba.

 "El domingo pasado, con el propósito de distraerme, una amiga argentina de la embajada me llevó a conocer Toledo. Sufrí lo indecible contemplando esas callejas lóbregas, transidas de hambre, de desesperación. Mi infierno sería vivir en una ciudad como ésta”.

 Unos meses antes, el 7 de septiembre, el padre Benitez había visitado Lisieux, una visita para la cual le habían preparado esas pruebas y sufrimientos. Conoció en el Carmelo a la hermana de Teresita, Inés de Jesús, una "ancianita" de 86 años, quien le había relatado su felicidad al verla morir, porque "una virgen está mejor muerta que viva". Tuvo en sus manos la cabellera rubia de Teresita, que su padre Luis Martín había conservado cuando su hija ingresó a la orden, y ya era una reliquia. Pensó que una virgen y más aún una carmelita, era una desterrada...Y en ese estado de espíritu empezó a escribir en Salamanca La amada del mundo. Teresita de Lisieux había sufrido en silencio las arbitrariedades de la madre Gonzaga, su superiora, quien le había ordenado que tratara a sus hermanas carnales con más reserva y frialdad que a las otras religiosas, aun cuando su padre enloquecía y agonizaba. Cuando Inés de Jesús asumió como priora, le pidió a Teresita una memoria que ella llamó Historia de un alma en la que contaba: "Permitió el Señor que en los primeros años de mi vida religiosa fuera tratada con severidad excesiva por nuestra Madre.  Las pocas veces que me instruía empleaba casi toda la hora en reprenderme. Durante cinco años mi vida fue un calvario. Me cercó el sufrimiento desde que entré. Muchas páginas, innumerables páginas precisaría para escribir mis sufrimientos, pero esas páginas no se leerán jamás en este mundo". La sabiduría de esa joven que murió a los veinticuatro años tuberculosa lo acompañó en el destierro, durante los ataques de desesperación y tristeza.

 En febrero de 1948. el padre Benitez solicitó a Janssens su secularización "Mientras permanezca en la Compañía me amenaza a juicio médico un tercer ataque de fatales consecuencias, y es imposible la medicación necesaria", le escribió. Y se la concedieron. Un año después, el 4 de marzo de 1949 le escribía una larga carta a Janssens, carta que no quiso dar a conocer en vida. "No es lectura para personas impreparadas". decía. Refleja que el duro e injusto castigo que padeció era obra de la incomprensión y el desamor.

 "El 16 de febrero, cuando en Roma la SC de R me otorgaba el decreto de secularización, me hallaba yo en Madrid fuera de las Casas de la Compañía, en cama, inconsciente, bajo el efecto de inyecciones, a once mil kilómetros de mi país, absolutamente solo, bajo persistentes crisis de terror y lágrimas, forzado a abandonar la Compañía a la que había permanecido por espacio de treinta años, sin una carta de VP ni de nadie que, cuando menos, me diera las gracias por los servicios prestados, sin una visita ni un llamado telefónico de mis ex hermanos. Había caído herido por cumplir una obediencia que VP había previsto sería “muy dura y meritoria” .. Pero yo aseguro a VP -¡Dios me oye!- que una sola palabra de amor de VP, o una ocupación conveniente o una dilucidación de las cosas habría evitado mi enfermedad... y hubiera podido trabajar alegremente en cualquier rincón de la tierra adonde no se me condenase a inacción, misterio, incertidumbre, aislamiento de mis superiores: al tiempo que algunos de mis hermanos esparcían entre propios y extraños, con toda libertad e impunidad, un vendaval de rumores."

 Así como le había pedido a Eva Perón que no se tomaran represalias contra los jesuitas, le aseguraba al general de la Compañía que él tenía "empresas más aireadas y gloriosas a Dios" y a la Iglesia en que ocuparse que la venganza que temían los jesuitas. 

"Prescindiendo de lo particular y menudo que todo esto encierra.. lo acaecido conmigo deja al descubierto un hecho, el de las sustitución, no sólo en las órdenes religiosas sino,  lo que es peor, en casi toda la sociedad contemporánea de los resortes del amor por los del burocratismo." 

De regreso en la Argentina, el sacerdote asumió la dirección del Instituto de Publicaciones de la Universidad, y fue consejero espiritual de la Fundación Eva Perón.  En siete meses y de pie, tal como escribía y estudiaba de joven, caminando siempre por las terrazas de Devoto, escribió su libro principal: El drama religioso de Unamuno, en el que abre un "Paréntesis sobre el destierro". 

"¡Terrible de asistir a una agonía del propio yo!... Todo cuanto puede ofrecer al turista curioso y de interesante una antigua e histórica ciudad desaparece automáticamente para el desterrado, forzado a convertir en propio lo extraño. La calle histórica y la Catedral medieval retruécanse en materializaciones del atropello que padece. Por eso acaso entre los romanos el destierro era tenido por más cruel que la muerte.. Exsulumbra, decían los latinos. Pero no consiste tanto el martirio en ser el desterrado sombra cuanto en sentirse sombra.

"... Lo peor es que el desterrado pierde poco a poco la conciencia de su rectitud moral, al paso que van minando su salud terrores, neurastenias, manías persecutorias y angustias, angustia sobre todo...En fuerza de sufrir, llega a creer que acaso sus verdugos están en lo cierto y es justo el castigo."

Concluía el paréntesis suponiendo que al lector podía parecerle extraña esa delectación en el destierro, y no comprenderla. Ex abundantía cordis os loquitur, aclaró a sus lectores: él conocía el destierro y resollaba por la herida.

 

EL VIAJE A EUROPA: LA INICIACIÓN 

El viaje a Europa del año 47 fue sin dudas el viaje iniciático de Eva. Esa fue la causa de la crisis que sufrió el último día del extenuante itinerario español, cuando en el Palacio de Pedralbes le dijo llorando al padre Benítez: "¡Que a mí, una india de Los Toldos, una bastarda, me hagan estos homenajes!". El confesor debió callar entonces algo que ella nunca supo, que Perón también era hijo ilegítimo. Evita siempre creyó que era él quien la legitimaba.

Una parte suya gozaba con el triunfo de la heroína de teleteatro: quien, como era caprichosa, llegaba dos y tres horas tarde a los actos. En la intimidad se descubría su inseguridad, le pedía a su amiga Lilian Lagomarsino de Guardo que se recostara junto a ella para tenerla cerca, no soportaba la soledad y el silencio. La tarea de Hernán Benítez fue darle una teoría política: un discurso de un catolicismo beligerante que ya preanunciaba los derechos sociales.

 

LA INVITACIÓN

 El aprendizaje fue muy intensivo. Había comenzado en la residencia presidencial de la calle Austria, cuando Perón, Evita y el padre Benítez discutieron la invitación de Franco que acercó la señora de Drysdále. Argentina y España habían declarado demasiado tarde la guerra a Alemania, cuando para Hitler estaba perdida. Ahora España, codiciando la situación económica argentina porque su pueblo sufría el hambre de Europa y la devastación de su propia guerra civil, quería reforzar el eje Madrid-Buenos Aires. Para la Argentina era muy delicado alinearse. Pese a que Inglaterra debía $800.000, Churchill proponía retirar las embajadas aliadas en castigo por la demora en el pronunciamiento. En la política interna, la oposición -que era proaliada- gozaba de una perspectiva universal del triunfo.

Esa noche se decidió que Perón no iría, alegando que era su primer año de gobierno. En su lugar viajaría Evita, pero Benítez realizaría negociaciones secretas para conseguir la invitación oficial de Portugal, la Santa Sede -que significaba por el Tratado de Letrán, una invitación automática del gobierno de Italia-- y de Francia.

 

MISION RESERVADA

 En el viaje de reconocimiento por España, el sacerdote descubrió muy pronto una diferencia insalvable entre los dos gobiernos, que describió años más tarde así: "La nuestra era, si se quiere, una dictadura pro-pueblo, con apoyo obrero. La de Franco era pro-oligárquica, con apoyo del ejército.” En Barcelona, antes de su partida a Roma le informaron que el propio Franco había prohibido unas declaraciones formuladas en Zaragoza, sobre la obra social que pondría en marcha el justicialismo.

En ese viaje diagramó un itinerario piadoso, y escribió el guión que iba a interpretar Evita ante los periodistas, pese a que su guionista Francisco Muñoz Azpiri la acompañó en secreto. Vio las estatuas recostadas de Isabel y Fernando en la Catedral de Granada, y la almohada bajo la cabeza de la reina, aplastada.

"¡Ah! Ese cerebro pesa", interpretaron los escultores. En el caso de que preguntaran "No ocurrió lo mismo en la Argentina”?. Evita respondería: "Si a los almohadones lo ponen bajo el corazón...”...

El padre Hernán Benítez trasmitía en clave a la Argentina los resultados de su gestiones.  Así como relató la alegría y el alivio de Franco en Sevilla -donde lo entrevistó mientras se celebraban las Pascuas- cuando le dijeron que viajaría Evita, detalló su larga entrevista con el Papa Pío XXII.. La había gestionado el cardenal secretario de Estado monseñor Montini, el futuro Pablo VI,  con quién había almorzado spaghetti en el transtévere y había hecho una amistad. Por eso cuando salió del escritorio del Papa después de cincuenta minutos, oyó murmurar. será obispo".

En realidad, había intentado cambiar la imagen del gobierno argentino. llevaba un carta de Perón, en la que expresaba que el gobierno y las dos Cámaras habían restituido la enseñanza de la religión católica en la escuelas estatales. En el Promemoria, estrictamente confidencial, se consignaba: "Preguntará si la Santa Sede tendría la benevolencia de invitarla (a Eva Perón) de suerte que la visita sea oficial o cuasioficial  si lo permite el protocolo del Vaticano y Santa Sede lo tiene a bien.

Manifestará que la ilustre Visitante desea se den al Padre Benítez directivas tendientes a subsidiar económicamente más necesitados que el Santo Padre socorrer".

A pesar de acceder a la visita de la señora de Perón con protocolo de jefe de Estado, cuando se despedían, el Papa preguntó cuál era el estado civil de la pareja presidencial.

Los subsidios también fueron un argumento en la conversación con el superior de su orden, el padre general Jean Baptiste Janssens, quien había autorizado el viaje de Benítez en tanto éste tuviera carácter social-religioso y no político, Personalmente, en ese mayo de 1947, el general de la Compañía le dictó estrictas normas de conducta que debía observar y de las que no debería apartarse, como la de no presentarse con ella en público ni escribirle discursos.

De regreso en España, el padre Benítez le escribió a Perón dos cartas. En la primera, del 23 de mayo de 1947, le hizo saber que su entrevista con el Papa había sido "beneficiosa": había decidido tributarle a su señora los honores de jefe de Estado. "Ciertamente, el Santo Padre habría invitado oficialmente a su Señora de no haberse anticipado el Excmo, Señor Ministro Bramuglia solicitando audiencia extraoficial”. En una segunda carta, del 10 de junio, confiesa la honda decepción que se llevaba de Roma: "No quiero disimularle que hallé en el Vaticano una atmósfera opuesta al gobierno de V. E., como lo dije en mi anterior (del 23-5).  Las oligarquías han arrojado espesas nubes de calumnias y de intrigas. Pero todo ello ha sido superado. Y el éxito de los actos realizados en España colaborará poderosamente a conseguir los honores pontificios..

 "Posiblemente el Santo Padre otorgue la Gran Cruz a V .F un tiempo después de efectuada la  visita. Para lo cual sería oportuno, a mi parecer, dejar abierta en el Vaticano la esperanza de una mayor ayuda de la Argentina a los necesitados de Europa, por intermedio del Romano Pontífice, siempre que el Santo Padre respondiera al gobierno argentino con pareja generosidad."

 

ESPAÑA

 Evita revolucionó España. Franco había decretado feriado nacional ese tórrido 9 de junio de 1947 para que el pueblo fuese a la imposición de la Gran Cruz de Isabel la Católica, la máxima condecoración española, en la plaza del Palacio Real de Madrid.  También había sugerido que no hubiera palabras de agradecimiento. Poco quedaba de ellas cuando el sacerdote le leyó con anterioridad el discurso de Evita y él negaba con la cabeza: "eso no, aquello tampoco". "Es que no es necesario", le dijo Franco. Los trataba como a unos "indiecitos con plata", a pesar de lo cual Evita vivía en el mismo Palacio del Prado, donde custodiaba la guardia mora en caballos con cascos dorados. Allí le había repetido el discurso a su confesor varias veces la noche del 8, como si ensayara un guión para el cielo radial. Llegó dos horas tarde al acto. Así recordaría la escena el padre Benítez, en sus apuntes: "Evita, la que yo conocí", para el alemán Hoffmann: "Franco pronunció un discurso muy bien escrito y emotivo. Le embargó tanta emoción que las frases se le entrecortaban...

Ella no. Dura como un huso. No le asomaba por ningún lado ni una lágrima Evidentemente la ayudaban a pasar el trago a ojos enjutos sus escasísimos, por no decir nulos, conocimientos históricos. Por poco que hubiera sabido de la historia de España y del monumento en que se hallaba temblaba de pies a cabeza. No sabía mucho más acerca de la Orden de Isabel la Católica cuya Gran Cruz se le confería con tanto aparato.  Para ella era un regalo de tantos. Una vez condecorada, leyó un discurso mediocre, preparado sin duda por Muñoz Aspiri, su libretista radial de otros tiempos. Leyó muy bien, salvando la buena lectura la pobreza del escrito. Fue su primer acierto.

Terminada la ceremonia dentro del Palacio se asomó a los balcones, acompañada por el jefe de Estado, para saludar al gentío. Lo hizo con muy sencillas y breves frases.

Aunque hubiera querido demorarse no hubiera podido. El sol le pegaba de frente en la cara y era inaguantable. Aguantó aguantó unos instantes, todos los que pudo, y se protegió adentro. Volvió a asomarse varias veces, dando entregas un discursito improvisado mucho mejor que el leído. Adornaba su sombrero una gran pluma, como la de un noble medieval. No le quedaba mal Aquella airosa pluma que entraba y salía al balcón parecía abanicar el bochorno del mediodía de fuego. La escena tenía un poco de comicidad. Pero los españoles ya todo lo hallaban bueno en ella.. "

En Argentina, los opositores sólo hablaron de lo inadecuada que lucía con su pluma, en un día asfixiante de 40 grados. Nadie supo que pronunciando ese discurso había desafiado al propio Franco, un desafío menor. El padre Benítez reconocía que no pudieron mucho más. Gómez de la Serna, el dueño del Diario de la Tarde, le decía al cura: "Ha vuelto Isabel". En los apuntes para el alemán Hoffmann, aún no se deducía que todo estaba planificado milimétricamente y que este discurso figuraba en los ítems de una conversación telefónica que sostuvo el confesor con Evita el 31 de mayo, y que permanecería inédita entre los papeles del sacerdote:

"Conversación con la Señora, el día 31 de mayo”.

“Insistir en la filmación y trasmisión de la salida allí .

Que en el avión en que viene instalen equipo de filmación y trasmisión.

"Desde el martes 3 de junio, en cadena con las radios argentinas, a la hora que le comunicará cablegráficamente, el Comité de Propaganda en Madrid comenzará a difundir las informaciones oficiales.

"Deben grabar en cinta magnetofónica las palabras del General Perón a trasmitirse aquí en la Plaza de Oriente, en el acto de la imposición de la Cruz. Deben traer la grabación cuando venga la Señora. Se le enviarán al General Perón los puntos esenciales que el mismo debe tocar. Unos diez minutos de duración.

Decirle que ella ha de hablar aquí exactamente cuatro veces pero que esté tranquila, que el texto de todas sus intervenciones se le preparará adecuada y oportunamente para que tenga tiempo de leerlo y ensayarlo."

El padre Benítez dirigía el curso de los actos y ceremonias a los que no asistía, desde su inocultable segundo plano, el que le garantizaba libertad de acción. En carta a la amiga de Evita, Lilian Lagomarsino de Guardo, del 15 de junio de 1947, antes de la visita a los templos, le decía: “le anoto ordenadamente los obsequios que ruego haga la ilustre viajera en las principales iglesias que ha de visitar".

 

ITALIA

 En Roma contó con la fiel informante Adelina Erro, quien le enviaba partes diarios de los movimientos de la comitiva. En una carta fechada el 1 de julio desde Roma, ella se refiere al primer intento de Evita por reencontrarse con su guía y confesor, que está en España. El avión ha vuelto sin él: "Respecto de su viaje, Padre, ya me he desengañado que no se hará, pues me dice también Salarí que lo que ocurre es que Ud. no puede venir. También sé que la Señora, como último intento, lo envió a Ballofet a verlo al General de Ud. Y creo que no hubo caso. Eso me han dicho.

 "Hoy ya regresa la Señora de cuya estancia en dicha ciudad he visto fotos y parece que la han recibido bien. La Opera está llena y ella muy sonriente y lindísima. Ahora parece que han apresurado el regreso y no van a Venecia y creo que a Florencia tampoco porque a De Gasperi le fue muy mal, antes de la llegada de ella, en Milano, y hubo muchos disturbios.... A ella le ha ido muy bien, salvo pequeños incidentes de los “rojillos”, pero el cariño del resto del pueblo se ha demostrado ampliamente y ella está satisfecha.  Parece que regresan de Milán también en parte porque hace muchísimo calor, aplastante.

 "En cuanto a lo del Vaticano, puedo ampliárselo en la siguiente forma: de lo de la condecoración de ella, no le habló nada el Papa. Concedió la Pío Nono al general Perón; a ella, como sabrá, le regaló un rosario de oro.

"Al querer yo nuevamente que ella me explicara lo que había hablado con el Papa me dijo que fue bastante intrascendente; que felicitó por intermedio de ella al general, por su obra de gobierno y su apoyo a la doctrina de la Iglesia en lo social y en la enseñanza en las escuelas oficiales”.

 "Ella tiene interés en que se continúen las gestiones digamos, por lo de la rosa de oro.

"Convendría, ya que no puede venir, que le escribiera a la Señora. No dándose por enterado de nada sino aconsejándole en general, sobre todo en lo del regreso; si Ud. hace ver que conoce detalles me descubrirán como “el correo que va y viene”. Hágalo, ¿eh? Ella es muy buena, le hará caso en todo."

¿A qué se refería Adelina Erro, cuando hablaba del "regreso"? El padre Benítez, en carta a Evita el 25 de junio, le había advertido que desluciría su visita si se demoraba semianónimamente en Londres, Paris, Niza o Biarritz para descansar.

 "La primera figura femenina del mundo no tiene derecho a coronar con un viaje un poco vulgar de turismo, la embajada presidencial más grande de este siglo. No se es personaje mundial sino a precio de grandes sacrificios." 

Evita fue a descansar a Rapallo, y allí sufrió una fuerte depresión. El embajador en Francia, Julio Victorica Roca, quien años más tarde iba a dejar constancia en un incunable que sobre él se había jurado la Constitución de 1949, no había realizado gestiones para su visita. Y el padre tenía prohibido acompañarla. El 28 de junio, después del regreso del avión vacío, él le escribía: "Son en estos instantes las 19 horas y no he tenido noticia ninguna de Berna. Esto me hace sospechar que el Padre General no ha autorizado mi viaje, y acaso no haya querido siquiera recibir al embajador. Puede imaginar V. E. mi estado de ánimo y la inquietud que he padecido desde el primer aviso de ayer.

Desde que llegaron por radio las noticias de la actitud insultante de ciertos núcleos italianos más que nunca hubiera deseado estar a su lado. No podrá imaginar jamás cuánto he orado al Cielo a fin de que el P. General comprendiera que en su visita a Europa no se persigue nada político. Pero, como usted misma lo habrá experimentado, es desesperante la lentitud con que se procede en las altas esferas eclesiásticas y la incomprensión por todos nuestros asuntos.

 " ... Adivino que la entrevista con el Romano Pontífice ha sido fría y prácticamente sin resultado ninguno... No tengo que expresarle todo el dolor que me embarga el alma al no poder ir a su lado, por prohibición de mis superiores.  V. E. puede ver qué dura, qué terriblemente dura resulta a veces la obediencia sacerdotal. Sólo por amor de Dios puede uno tolerarla "

 Ella no se rindió: llegó al Papa. Y es así que el 2 de julio de 1947, el padre Benítez recibía la siguiente misiva-permiso del general Janssens, desde Roma: "Rev. en Cristo Padre; P. C., En atención a las razones que acaban de dárseme, permito que V. R. venga a Roma por un día, lo que espero sabrá hacer en la mayor reserva y procurando la menor divulgación posible de tal viaje y de su presencia en Roma. En sus SS SS mucho me encomiendo; De V. R.; Siervo en Cristo; J. JANSSENS."

Evita necesitaba una fina negociación diplomática para lograr la invitación oficial del gobierno francés. Francia, para la oposición interna proaliada, era un trofeo más importante que Italia. ¿Quién ayudó a Benítez en la difícil misión? Un sindicalista y jefe del Partido Comunista italiano de apellido Togliatti, en quien buscó consejo vía el embajador argentino Ocampo Giménez. El se ofreció a escribirle al jefe del comunismo francés, un escritor que vivía en Lyon "y cuyo nombre, de dos sílabas, sonaba a Dijon", recordaba el padre. Togliatti le recomendó: "Vaya a Lyon y entreviste al jefe del Partido Comunista francés antes que a Monsieur Bidault".

El consejo fue perfecto: cuando el primer ministro Bidault alegó que la visita de la señora de Perón no podía ser oficial por temor a la reacción del comunismo, el padre no hizo más que entregarle una carta en la que el comunismo se comprometía a cuidarla durante su estadía.

 

FRANCIA 

Ya en Francia, el problema fue España. Se presentó el embajador español en París, Aguirre de Cárcer, con una orden evidente de copar la visita y reafirmar que España era la anfitriona de Evita en Europa. Intentó comportarse como su manager, pero fue tan desplazado e ignorado que, en unas líneas de despedida al padre Benítez, le recordó que no se habían concretado ni la audiencia especial, ni la visita a la embajada de España, ni la invitación a los almuerzos que había ofrecido el embajador Victorica Roca, tal como se lo había asegurado el padre "en la forma más terminante, y con palabras y acentos de extraordinaria cordialidad y afecto". Le dijo: "la prudencia y la amistad me vedan hacer comentario alguno". El sacerdote se había ganado otro enemigo.

 

EL CASTIGO DE LA COMPAÑÍA 

Este viaje a Europa, la iniciación de Eva Perón, y la difusión mundial de la "tercera posición", le ocasionarían a Hernán Benítez repudio y admoniciones, hasta de su propia familia. Su hermana Lydia, su "dulce y terrible hermana", fue una de las personas que le reprochó haber actuado como speaker del viaje, y le envió un recorte de Argentina Libre del 17 de julio de 1947, en el que un columnista, bajo el seudónimo de Fray Pacífico, decía: "A cuantos se quejaron de la oratoria evaperonista del padre Benítez en España, se los tranquilizó afirmando que, en consecuencia, se le había prohibido hablar.  Pero ¿se le ha prohibido actuar? ¡Oh, eso no! Y como es dificil tener datos ciertos de lo que Benítez hace en Europa en cumplimiento de su embajada política para exaltar a Perón... ciertos católicos se dan por satisfechos. "Benítez muestra, a quien quiera atenderlo, una credencial del Presidente Perón , que lo transforma en embajador del país a que se presente. Desde ese instante, cesan las funciones y atribuciones del señor embajador para quedar bajo la representación de Benitez. (!) Esto es anticonstitucional...

"Hemos tenido cartas de nuestras casas en España. Todas coinciden en que Benítez exhibió ese documento y otros más, privados, del matrimonio Perón. Manifestó que estaba en continua correspondencia con el matrimonio presidencial, orientándolo en su política internacional. Se atribuye la dirección y programación del recibimiento otorgado a la señora Eva en España; mostró cartas que esta señora le había escrito contestando a sus recomendaciones: 'No se olvide señora, de traer su Misal y un rosario...'

 En respuesta a su hermana Lydia, le escribió unas líneas de una decepción cansada, incomprendido por todos, pero seguro de que obraba bien. Encontraba en el artículo de Fray Pacífico (pobre mujer despechada, inteligente y anormal) un fondo de verdad, por lo que dedujo que algunos amigos hablaban por demás y era preciso ser prudentes. Sin justificarse, le demuestra la importancia que tiene su proximidad con Evita, una joven de 27 años a quien ha debido muchas veces contradecir, argüir, censurar con violencia, entre otras cosas, por no restituirse en cuanto termina el viaje a su hogar y su país, por rodearse de gente poco edificante en el viaje, oponiéndose a un desfile de modelos que intentaron realizar en su hotel... "En suma nadie en Europa ignora que he sostenido una verdadera guerra con ciertas personas adineradas que la rodean, que la comprometen y que han tratado de quitarles a sus visitas a Europa todo sentido trascendente y espiritual.  Y este deber sacerdotal mío, cuyo cumplimiento era fundamental en mi vida me ha tornado antipático no sólo a los que la rodean, sino también a ella." 

El hombre rico a quien hacía referencia era Alberto Dodero, el empresario naviero que financiaba el viaje. Todas las mañanas le dejaba a Evita un regalo en la servilleta del desayuno. El cura guardó como una espina un secreto hasta uno de los últimos días de España: Dodero, le había dicho Montini, tenía prohibida la entrada al Vaticano. ¿Por qué? Se había presentado ante el Papa con una concubina joven, haciéndola pasar por esposa, para oficializar de ese modo la falsa relación. El Vaticano pronto supo del engaño. Pensó que Evita o Dodero lo tomarían trágicamente, y en uno de los últimos desayunos del viaje se lo hizo saber a ella antes de que él se presentara, con la camisa desprendida como aparecía siempre, un poco grosero: ella se rió, lo increpó delante del sacerdote, y el empresario se alegró porque podría ir tranquilo todos los días de parranda en Italia. 

Anticipándose a lo que ocurriría días después, Benitez le escribió a su hermana: "No me extrañaría nada que mis ideas y mis hechos me lleven al martirio moral y que mis hermanos me condenen, Dios permitiéndolo o queriéndolo acaso, para que bañe con dolor lo que otros atrás de mí recogerán con gozo".

 El mundo se le había vuelto abominablemente pequeño, le decía. Una noche, con las piernas adormiladas por una carrera en La Toja, y que pudo ser uno de los primeros síntomas de su enfermedad, entró a la Catedral de Santiago de Compostela y, entre las sepulturas de patriarcas, profetas y héroes medievales, descubrió la imagen de Teresita de Lisieux, la chiquilla. Descubrió que sólo había una cosa eterna: la que uno hallaba en los sagrarios, sin hacer antesalas. Deseó entonces que lo propusieran para general de los jesuitas, obispo o cardenal, ministro, embajador en el Vaticano o presidente, para mandar todo "a la mismísima mi..."- 

"No, no es hacer de speaker la peor bajeza en que pueda precipitarme. La peor sería que después de haber hecho eso recogiera unas regojos del festín del Príncipe."

 

 CÓMO CONOCI A EVITA

 A Evita la había conocido en una forma que no lo honraba mucho, decía. En 1944, la Curia de Buenos Aires le había pedido que predicara los sermones de Cuaresma en la Catedral, que eran transmitidos por Radio Belgrano. Los complementaba con unas meditaciones poéticas desde la misma radio, al atardecer. La tarde del Viernes Santo, una mujer lo observaba detrás del vidrio mientras él relataba "El Jueves Santo en el olivar de Gethsemaní": "... Jueves Santo en el olivar de Gethsemaní Y Jueves Santo en el corazón de Jesucristo.

 "... Y en esta hora en el pecho de Jesús se resume el miedo y las angustias de todos los sufrimientos y de todas las muertes de la historia.

 “Es espléndido el preludio de dolor del gran drama que comienza aquí, ahora en Gethsemaní, y rematará mañana en la Cruz.

 "Sombras y nubes viajeras recubren por un instante el reclinatorio de piedra y, provocando escalofríos, corren en grandes manchas espectrales por el suelo breñoso.

 "Jesús torna a su angustia. Sus latidos foscos, apremiantes, ahogados contrastan con la respiración honda, satisfecha y sosegada de sus apóstoles dormidos un poco más allá del amparo de los olivos..."

 Cuando terminó, se acercó la mujer que lo había observado muy emocionada, "una artista de radioteatro de la emisora”, y le dijo:

-Necesito hacerte una consulta. ¿Dónde puede usted atenderme?

-¿Es urgente?

-Bastante.

-En el Colegio de El Salvador, el próximo domingo a las 16.

-Gracias, allí estaré, contestó ella.

 Como había llegado a un alto grado de fatuidad y soberbia por ser el orador de moda, se creía con derecho a dejar plantadas a muchas de las personas que citaba, y no estuvo ese domingo en el Salvador a las 16. A mediados de 1945, fue un día a entrevistarse con Perón al departamento de la calle Posadas y, cuando se despedían, Perón le dijo que su esposa quería conocerlo. Evita entró y le dijo:

 -Usted me conoce de Radio Belgrano. Me citó al Salvador. Y me dejó plantada. ¿No se acuerda? Claro que si yo hubiera sido una Anchorena...

 Muchas veces le refregó el plantón, que el padre Benitez no recordaba, y fue tal la gracia con que se lo reprochaba que él nunca dijo nada. Pero siempre se emocionaba al evocar ese reclamo franco de Evita: " Quién me hubiera dicho que pocos años después, aquella pobrecita niña a la que planté por no apellidarse Anchorena moriría en mis brazos, convertida en figura mundial. Y el día en que muera yo, si alguien publica mi muerte, dirá sólo esto: “Ha muerto el confesor de Eva Perón”. La brizna de nombres que deje en el mundo, si dejo alguna, la deberé a quien dejé plantada en el Colegio del Salvador ...”.

  

EL SECRETO 

Al final de su vida, Evita confiaba en que la Fundación le daría no sólo la gloria de la Tierra sino la de los Cielos. Perón le había pedido al padre Benitez que la preparara para la muerte, así como más tarde le pidió que preparara a la gente para la noticia durante la misa que organizó la CGT, por sugerencia del republicano Isaías Santín, porque temía que hubiese suicidios en masa.  No fue una misión fácil.

 En los años cincuenta aún no “estaba claro que el "verdadero cristianismo" estaba saliendo de los templos para estar con el pobre y el miserable. "Le dije mil veces a Eva Perón la frase de Cristo: 'Lo que diste a los pobres, a mi me lo diste', para fabricarle ese estado de ánimo. Yo distinguía muy bien lo que era la religión del cuerpo  eucarístico de Jesucristo y la religión del cuerpo bioquímico de Jesucristo, el pobre. El que esté allí va a estar en el Evangelio, el otro estará en una religión puramente eclesial, aniquilada por la misma Iglesia que se ha hecho poder. Se necesitaba una gran fuerza para darse cuenta de que era un mundo que acababa, que iba en declive. Las formas de la Iglesia son pegajosas, inmóviles, la Iglesia siempre ha llegado tarde. No sé en qué términos sensoriales lo traducía Evita, pero lo traducía Y esa comprensión le dio mucha paz."

 Sin embargo, al quedarse sola, se desesperaba. Muchas noches lo llamó por teléfono a su confesor para pedirle: "Padre, recemos juntos". Rezaba él, y ella repetía en voz casi inaudible, la oración que Hernán Benítez le había escrito: la Oración de Evita. Agotado porque llegaba tarde de sus clases en la Universidad, cuando iba a colgar pensando "se ha dormido", ella emergía de la debilidad y le pedía: "sigamos". 

Años después, Hernán Benítez revelaría que Evita había muerto con un mérito mayor que la entrega a los pobres, un dolor insoportable y secreto. Ese dolor que la desgarraba no era un secreto de confesión, lo conocían sus hermanas y parecía merodear la casa de su madre, en la calle Tres de Febrero. Muchas hipótesis se tejieron desde entonces, hipótesis que van desde lo afectivo hasta lo político. Pese a que el cura siempre aseguró que ese secreto moriría con él, quiso que se supiera que Evita, como muchos santos, había soportado mientras vivió un gran dolor. Y lo hizo en 1992, haciendo pública la carta que le había enviado a Blanca Duarte, la hermana de Evita, el 3 de enero de 1985: "Sra. Blanca Duarte de Álvarez Rodríguez

 

“Querida Hermana:

“¿Podría llamarla de otro modo que hermana. cuando hemos llorado a unos mismos queridos y padecidos unos mismos sufrimientos?

 Cierta vez me expresó usted, Blanca, su deseo de que yo la acompañe en su última hora, como acompañé a Evita. "Seguramente moriré antes que Usted. Pero aunque muera antes, en los cielos (los que espero de la divina misericordia) pediré al Señor que su muerte sea entrar en éxtasis. El que nace para los Cielos no sabe que muere para la Tierra. Estaré por tanto a su lado. Espiritualmente al menos. Lo prometo. Prestándole sin duda mayor ayuda a usted desde los Cielos que cuanto pude prestarle a Evita en la Tierra..

 "En julio se cumplirán 33 años de su muerte, ¡33 años! Los que ella contaba de edad al morir. Pero créame, no me parece recordar sino vivir la noche aquella de su muerte. No se me ha vuelto pasado. La sigo viviendo de presente. La contemplo a ella al vivo. De espaldas en el lecho. Serena. Respirando cada vez más espaciada pero más profundamente. La veo emitir el postrer aliento. Sin un solo     estertor. Sin un sólo estremecimiento. La veo quedarse inmóvil. Su rostro refleja serena beatitud. 0 acaso asombro al comprender, en los umbrales de la eternidad, el don inmenso que Dios le hizo en vida al elegirla para servir sin medidas a los humildes y para sufrir, asimismo sin medida, padecimientos que jamás se sabrán en este mundo. 

Ignoro si viven alguna otra de las siete u ocho personas que rodeábamos su lecho en el instante preciso de su muerte. En ese momento ustedes, las tres, hermanas, acompañaban a la mamá en la habitación vecina. Al lado derecho de la cama estábamos por este orden: Finochietto, yo, Juan. El general se hallaba un poco distante como solía, tras el respaldo trasero. Siempre fue aprensivo al dolor y mucho más a la muerte. A la izquierda recuerdo a Renzi, Nicolini, y no sé si a Taiana o Aloe.

 "Como usted recordará, la extremaunción se la había administrado ese mismo sábado, en las primeras horas de la tarde. Ustedes estaban presentes. Luego de su último respiro, le di la postrera absolución. Y tras ella, recé el primer responso. El rumor de las plegarias sirvió de aviso de su muerte a las personas de la planta baja. Las que comunicaron la infausta noticia al gentío inmenso congregado en calle Agüero y Avenida del Libertador.

 "'Hermanita, hermanita fuimos siempre tan unidos...", dijo Juan sollozando. Y se tendió un instante de bruces sobre los pies de Evita. Terminando el responso, me acerqué al general. Lo tomé por la cintura y lo acerqué a la cabecera, deslizándole al oído, como si fuera parte de la liturgia: “Bésela en la frente”. La besó, regando de lágrimas el rostro de la esposa. Tras él, todos los presentes la besamos.

 "En ese instante entraron ustedes, la madre y las hermanas con entereza y dominio ejemplar. Los hombres se retiraron discretamente y las dejaron solas. Yo también quise retirarme. Pero usted me lo impidió, rogándome rezáramos juntos las plegarias de la liturgia. El cuadro de ustedes acariciando a Evita, sollozando y orando dulcemente, merecía los pinceles del Tiziano. Ni a la reina Isabel, la española, pudo rodearla en su muerte tanta majestad y tanta espiritualidad. Lo digo así, con todas las letras, cuantas veces refiero este hecho.

 “Muy dueño de sí el general dictó al intendente las normas para el velatorio, en el edificio de Trabajo y Previsión. Las exequias comenzarían en la mañana del día siguiente, domingo 27, con la misa de réquiem. A su pedido y en su nombre invité al cardenal Copello a asistir a la ceremonia. Monseñor se hallaba profundamente conmovido. Me rogó transmitiera sus condolencias a los familiares. 'A la señora madre especialmente.' Y me aseguró asistiría a la ceremonia. Asistió por supuesto, con lágrimas en los ojos. Admiraba de verdad a Evita. En el 55, a la caída de Perón, pagó caro esa su admiración. Perón no hizo de él el mérito debido. Y los 'libertadores' lo persiguieron con saña. Hasta deponerlo de su arzobispado. Consistiendo en el atropello Pío XII, tan absolutista e independiente como se mostró siempre. 

“Pasadas las 21 arribó a la residencia el doctor Ara. Antes de dar paso alguno y, sin asomarse a la cámara mortuoria, pidió lo primero tratar a solas con el general las condiciones de su trabajo. Ocuparon para ello la salita de la biblioteca, en el extremo opuesto a la habitación de Evita. Los acompañó Mendé. Allí se estuvieron, cerca de una hora concertando los términos y honorarios del embalsamamiento.

 "El español era amigo de cuentas claras. Lo conocía yo de tiempo atrás. Éramos amigos.  El largo cónclave me vino de perlas para meditar largo rato, a solas en ocasiones, sin apremios de tiempo, ante el cadáver de Evita. Tenía la percepción viva, diría que sensorial, de la trascendencia de esos momentos, cuando miles de millares de seres humildes lloraban desconsoladamente la pérdida de quien era para ellos su todo.

 “Sabe Blanca qué sentimientos embargaban mi corazón cuando el frío de la muerte iba enseñoreándose del ser ante mis ojos? '¡ Gracias Dios mío, por el regalo de Eva Perón a la Argentina aunque nos la lleves cuando más la necesitamos, gracias!' Luego sentí sin la menor vacilación que la historia le haría justicia. Algún día el mundo reconocería la pasión casi sobrehumana y, por cierto, carisma de Dios, con que ella había servido a los necesitados, inmolándose entera. Esto era lo sustancial de su ser. Esta su misión. Todo lo demás eran postizos e intrascendencias. Pero, le confieso a usted, yo estaba convencido que el reconocimiento histórico tardaría años, muchos años. No lo contemplaríamos nosotros por descontado. Su nombre para imponerse debía atravesar barreras de prejuicios inveterados, de enconos, de infamias... 

"¡Qué error el mío! No se me cruzó por las mientes que pudiera entrar en las trazas de Dios sublimarla de inmediato,  elaborando su nombradía mundial, paradójicamente, no con la baba de los adulones sino con la bilis de los calumniadores. A esta técnica divina despistante y enigmática la llamé 'el misterio Eva Perón' en el discurso del 17-10-1982 ante su tumba ¿Lo recuerda? 

"Pero -escúcheme bien Blanca-- lo que me conmovía aquella noche, ante los despojos de Evita, en medio del impresionante silencio de la residencia, era que veía alzarse su corazón ya sin latidos, como una patena, ante el rostro de Dios, brindándole el holocausto de un inmenso dolor. De un dolor que jamás se sabrá en este mundo. De un dolor más meritorio a los ojos de Dios que su lucha en favor de los necesitados, con ser ésta heroica, como no cabe negarlo. Usted sabe muy bien a qué dolor me refiero. Sabe quién lo provocaba y de qué manera. Dolor que, como ningún otro, desgarró su corazón Más, mucho más que la enfermedad. Lo hemos comentado en nuestras conversaciones, con usted y Chicha, sangrándonos todavía el corazón.

 “¿Con qué ganó más Evita el corazón de Dios, con ese su secreto sufrimiento que ignorará la historia, o con su obra social pública en la que--corno no podía ser de otro modo-. se mezclaba mucho de vanidad, mucho de éxito mundano, mucho de política y ostentación? Sorprendente: lo que de verdad hizo grande a Eva Perón jamás se sabrá en este mundo. Lo ignorarán las gentes. Escapará a la búsqueda de los historiadores.  Morirá con la muerte de contadas personas. La de usted, la de Chicha, la mía y no sé si de alguien más. Las veces que ella, anegada en lágrimas, me confesaba no aguantar más y estar dispuesta a tomar medidas extremas -bien sabe usted cuales- yo le machacaba.  'Evita, nada grande se hace sin dolor. Sin su secreto dolor toda su obra publica ¿qué sería a los ojos de Dios?  Vanidad de vanidades y todo vanidad (EC: 1, 1). Por inmenso que sea el bien que usted hace a los humildes, por mucho que la aplauda el mundo, sin secretos renunciamientos, todo eso ante la eternidad de poco y de nada le serviría....' 

"Y le recordaba lo que San Agustín decía de no pocas grandes celebridades de la historia Laudantur ubi non sunt et cremantur ubi sunt (Los aplaude el mundo donde no están. Pero los condena la eternidad donde están). ¡Tremendo! ¿No es verdad? Si el condenado ilustre y famoso pudiera desde el más allá hacerles llegar una súplica sería a cuantos lo exaltan en el más acá, esta súplica sería; 'Señores, por favor, olvídense de mí Bórrenme de su recuerdo'. Y es que deben sonarles a sarcasmo los aplausos del reino de la mentira a quienes fracasaron en el reino de la verdad.

“Aquella noche, ante los despojos de Evita, a la congoja por su pérdida se sobreponía en mi alma la satisfacción de saber, como sabía que ella ante Dios cargada de merecimientos eternos. El purgatorio lo había padecido ya en este mundo. No en su carne cancerada, sino en su corazón acrisolado en la peor de las torturas. Bien sabe usted Blanca a qué me refiero. Eran ustedes, a sus hermanas, las únicas a quienes ella abría todo su corazón.

 "Los anales de la iglesia están llenos de seres insignes por su capacidad de sufrimiento y por su capacidad de secreto. No hablemos de los clásicos: Santa Teresa la de Ávila - San Juan de la Cruz; Fray Juan de los Ángeles. Recuerde usted a Don Bosco, Don Orione, Juan XXII, Kentenich, el fundador de Schoenstatt. Nadie, ni un sabueso de la garra de Yallop, ha podido develar el misterio que rodeó la muerte del Papa Luciani,  Juan Pablo I, en el amanecer del día 34 de su pontificado. Y esto ¡en las barbas de San Pedro! Es que en todas partes se cuecen habas. Si en el Vaticano, sí: ¡cómo para que no en calle Tres de Febrero 1350! ¿Me entiende, verdad?

 "Sería imperdonable callar que también Cristo nuestro Señor quiso presentarse al padre en su muerte llevando un albricias inefable de misterioso secreto. ¡Sí, señor! Porque bajo la crucifixión visible padeció otro Señor invisible. Esta más cruel que aquella ¿Cómo lo sé? Porque hubo un momento en el cual los sufrimientos de la cruz invisible fueron tan atroces que lo traicionaron. No pudo más. Y se le escapó el gemido misterioso: “Eli, Eli, lema sabactani' (Mat: 37. 46) 'Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. La queja más atroz pronunciada por lengua humana.

 “El alcance de estas palabras? Abismal imposible medirlo. No recuerdo si Orígenes o Clemente de Alejandría aventura esta exégesis impactante. Quiso el Señor – dice – llevado de su amor al hombre, a todos los hombres, los condenados incluso, experimentar en su corazón el sufrimiento de la condenación eterna. Sufrimiento que, en el fondo, consiste en sentirse el precinto abandonado de Dios.¿Cómo pudo experimentar el verbo de Dios el abandono de Dios? Pregunta imposible de responder. Se soslaya diciendo: puso para ello en juego la omnipotencia infinita. Como quiera que sea, el resultado de experimentar Cristo en su corazón lo que pasa por el corazón del condenado a muerte eterna fue ese gemido: 'Dios mío, ¿por qué me has abandonado?'

 "¡ Dios condenado  al infierno! Condenado al vacío de sí mismo! ¡A desesencialización  de su esencia esencial! ¡A desabsolutización del Absoluto! Marea pensarlo. Las palabras ya no dicen nada por pretender decirlo todo. Marea semejante amasijo de aporías. La vuelta a la nada del universo no es absurdo pensarla. Nos da la cabeza para ello. Pero la desabsolutización del Absoluto es locura pretender imaginarla por poco que se entienda el sentido de estas palabras.

 "Punto al sermón. Comencé a teclear estas páginas sólo para augurarle un 85 feliz. Su cruz, tan meritoria, me llevó a recordar la cruz de Evita de la que quedamos tan pocos testigos con vida todavía. Ella me remontó a la cruz de todo Cristo. La invisible cruz de Cristo. La de la queja inenarrable. No podía ocurrirme de otro modo. Recuerde sólo esto, Blanca. Nuestras cruces constituyen una y la misma cruz con la de Cristo. La visible y la invisible.

 "Como recordé al comienzo, el 26-7-85 se cumplirán 33 años del fallecimiento de Evita. Como ella había nacido el 7-5-19 (la menor los cinco hermanos) contaba al morir 33 años y 80 días. Por consiguiente, si mis cuentas no fallan, el 14-10-85 se contarán igual número de años y días desde su muerte que cuantos ella vivió en su vida. Al dato, al parecer intrascendente, ¡cuánto nos hace pensar! "Recuérdenmelo, les ruego ese día.

 Saben que las quiero como a hermanas. A usted y a Chicha. Saben que rezo por ustedes.  No es cierto que Evita se llevara toda la gloria dejándoles a ustedes sólo sufrimientos. Nadie sabe mejor que ustedes cuánto padeció ella. Pero, aun suponiendo erróneamente que a ustedes las hubiera elegido Dios para padecer y a ella para gozar en este mundo, deberían dar gracias a Dios por semejante elección. A la luz de la fe, serían ustedes las favorecidas, las predilectas de Dios. Lo saben perfectamente.

 Un fuerte abrazo. El Señor nos bendiga

 HERNÁN BENITEZ.  Florida 3-1-85.  "

  

El padre Benítez aseguraba que nunca pensaron que las exequias de Eva Perón se convertirían en ese peregrinaje de diecisiete días. Perón le había pedido que preparara la capilla del Barrio Presidente Perón para velarla allí. Desde entonces, ese cadáver embalsamado se transformó en un hecho político, temido y enloquecedor. Ya en 1955, cuatro días después del golpe de Estado del 16 de septiembre, el doctor Ara había llegado sin aviso una noche a su casita del Barrio, en un Cadillac amarillo. 

Presentía que el cuerpo de Evita en la CGT corría mucho peligro, por lo que había intentado llegar a Perón días antes del golpe con el fin de conseguir un permiso escrito para retirarlo, pero Perón no lo había recibido.  Por el sistema empleado en el embalsamamiento, si se le acercaba un fósforo el cadáver iba a arder. Doña Juana Ibarguren de Duarte, la madre de Evita, también tenía premoniciones: le había hecho llegar al doctor Ara un mensaje en el que le pedía que salvara de profanaciones al cadáver de su hija.

 Decidieron que, al día siguiente, Benítez se presentaría sin aviso en la casa del embajador paraguayo César Cháves, en el barrio de Belgrano. Perón esperaba en el río, en una cañonera paraguaya, que los militares que habían tomado el gobierno decidieran su suerte. Algunos de ellos no querían dejarlo partir vivo. A través del embajador le hicieron llegar su inquietud, y Perón respondió que se quedaran en sus casas, que el 17 de octubre estaba cerca y que si el pueblo no sabía defenderlo y defenderse no podía pretender que otros lo hicieran. El padre Benítez no recordaba las palabras exactas de Perón, pero en esencia decían, según él, que si ardía la CGT y el país entero es que lo tenían merecido.

 Desde entonces, el confesor de Evita sostuvo una extraña teoría: quien salvó el cadáver de Eva Perón fue Aramburu. El mismo hombre que ordenó el fusilamiento de dieciocho militares, en base a una ley proclamada después de un levantamiento incruento; y que lo hizo por primera vez en este siglo, ejecutando a algunos de ellos sin juicio previo, así como a nueve civiles señalados como cómplices en un basural de José León Suárez.  Había sido Aramburu, desobedeciendo sus propios decretos que condenaban como delito exhibir fotos o retratos de Evita, símbolos, cantar Evita Capitana, evocarla o nombrarla, porque "cuanto huele a Eva Perón ofende el sentimiento democrático del pueblo argentino. Porque constituye para este pueblo una afrenta que es imprescindible borrar. Porque recuerda una época de escarnio y de dolor (...) Porque, en lo internacional, afecta el prestigio de la República".

 Ese hombre había ordenado cristiana sepultura para sus restos, salvándola del fuego o del fondo del río, donde muchos militares creyeron que se habían podido deshacer del cajón. "Los designios de los hombres no siempre coinciden con los designios de Dios", decía el padre Benítez para defender esa teoría, que rebelaba a muchos peronistas.

 El padre Benítez siempre porfió que el libro Cartas peligrosas´1' debió haberse llamado "Cartas urticantes" o "Cartas irritantes". Nadie había corrido peligro en esa correspondencia, según él. Sin embargo, en los años de resistencia del peronismo, después del golpe militar de 1955, habían allanado muchas veces su casa del barrio Presidente Perón, una vez con gran despliegue militar. Tanto él se salvó, escapando por los techos, como su valiosa documentación, escondidos en la capilla San Patricio del padre Gaynor, donde en los años del Proceso se masacró a los padres palotinos. Poco después publicaba el periódico más combativo de la resistencia: Rebeldía.

 Cuando conoció la investigación en marcha sobre esos años, prometió que revelaría una correspondencia explosiva sobre el uso de la violencia entre él y Perón, una disidencia que los había llevado a la ruptura política. En dos oportunidades, salió de la casa de la calle Blas Parera con varios cartapacios o biblioratos que él atesoraba y salvó de aquellas razzias, con gran sigilo y cautela. Llevaba la documentación sobre las directivas e instrucciones de Perón a los militantes y dirigentes peronistas, que llamaban a ejercer una violencia masiva desde miles de kilómetros de distancia, y ese mandato, que a Arturo Jauretche le parecía infantil, al padre Benítez le parecía inmoral.

 La correspondencia entre Perón y el padre Benítez a lo largo de los años 56 y 58 es estremecedora, y preanuncia el drama de los años setenta. Pero en su última y definitiva carta, del 14-1-1958, el sacerdote profetiza: "Anestesia el ánimo del peronismo subversivo una objeción harto repetida y no fácil de solventar. 'Perón --dicen—asimiló los 300 asesinatos del bombardeo a Plaza de Mayo'.

Salió de ellos proclamando paz, concordia, gobierno ecuánime... En las actuales circunstancias, ¿no se da cuenta el general de que la represión no dejará sólo 30 ni sólo 300 víctimas asesinadas, sino 3000, sino ya 30. 000?

 "La subversión narcotiza la sensibilidad juvenil en forma irreparable. Se abraza como una aventura excitante pero, cuando se escapa con vida, se sale de ella con el alma destruida. La subversión actúa como el más dañino de los narcóticos, aniquilando el carácter y la personalidad. Aridece el corazón como la peor de las desventuras amorosas.

 ¿Qué ha hecho usted, mi general?¿Cómo ha podido caer en semejante abismo? ¿Usted, precisamente usted a quién aterró el abismo y lo derrocó del poder y lo arrojó al destierro? Convertido a usted en pregón de crímenes y muertes, ¿no ve usted que está creando el más profundo e insalvable abismo de toda la historia argentina?

 "Hoy veo con mucha mayor claridad que la muerte cae más al lado de la eternidad que al lado de la temporalidad. La muerte juega el destino eternal del hombre. Matar un hombre es invadir su eternidad. Es arrogarse sacrílegamente el hombre un poder divino. Llegará un tiempo en que –así como ahora no comprendemos existiera el tribunal de la inquisición con tormentos y autos de fe-- tampoco se comprenderá hubiera podído alguna vez el hombre arrogarse poderes sobre las puertas de la eternidad. 

Puede parecer paradójico entonces que el padre Benítez admirara profundamente a dos guerrilleros: el Che Guevara, cuyo retrato ocupaba un lugar principalísimo en su casa junto al busto blanco de Evita, y a Camilo Torres. En los setenta, después del asesinato de Aramburu, la revista Cristianismo y Revolución publicó un reportaje que la revista Panorama, autocensurándose, había retenido porque le parecía muy peligroso.

 En él explicaba Benítez que en tiempos pasados se había prohibido enseñar en los seminarios la teoría del regicidio, o el asesinato "por razón de Estado" para evitar el puñal exaltado de los Ravaillac. Pero esa teoría era aceptada, bajo ciertas y estrictas circunstancias, en caso de tiranía evidente y prolongada que atente contra los derechos Fundamentales de la persona y dañe peligrosamente el bien común, en la encíclica Populorum Progressio, la que dio pie a que los teólogos no condenaran absolutamente a la violencia por antievangélica.

Por ello, en su Carta a Dom Helder Camara, el padre Benítez escribió: "Cuando afirmo que sólo la propia conciencia es la que puede dar el trágico sí o el trágico no al llamado de la guerrilla (comparable al trágico sí de Abrahan) me estoy refiriendo a la orden divina, dictada sólo al oído del guerrillero, para su uso exclusivo, no a las leyes divinas y humanas de imperio universal. 

"Frente a una decisión como la de Camilo Torres, lo que implica el sacrificio heroico de la propia vida, no cabe sino el silencio y el asombro. No fue a la montaña a matar. Fue a morir (...).”

 1.            MARTHA CICHERO, Cartas peligrosas, Editorial Planeta, Buenos Aires, 1992.

 

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