
Relacion
Entre
los libros más importantes publicados sobre Licio Gelli figura “L’ Italia
della P-2”, escrito por varios periodistas italianos, Andrea Barberi, Pino
Buongiorno, Maurizio De Luca, Nazareno Pagani, Giampaolo Pansa, Eugenio Scalfari
y Giusseppe Turani. De ese material, publicado por Arnoldo Mandadori Editore,
extraemos un cápitulo titulado “La Internacional del Venerable Licio”,
escrito por Pino Buongiorno.
La
transcripción del cápitulo de Buongiorno es textual y TODO ES HISTORIA no abre
juicio sobre sus menciones y conceptos.
"Pe two, pe
two... ¿Qué
hay de nuevo hoy?". El general americano Bemard Rogers llegó a las ocho,
puntual como todas las mañanas, a su oficina supercustodiada en el cuartel
general de la NATO en Europa, el SHAPE en código, en Casteau, a 50 kilómetros
al sudoeste de Bruselas. También aquel jueves 21 de mayo de 1981 encontró
sobre su escritorio un expediente con el título: "Escándalo de la logia
masónica P2 en Italia".
"Todavía",
se fastidió el general, que como buen oficial USA no habla pensado jamás que
la masonería provocara tanto escándalo. De aquella extraña logia ya había
leido algo el día anterior en la revista de la NATO. Mas, verdaderamente, como
habla confesado a un general italiano, aún no comprendía por qué en Roma hacían
tanto alboroto. Abrió distraído la carpeta. Aquel día era más voluminosa que
de costumbre. Adentro había una decena de hojas mecanografiadas. El primer
encabezamiento era: Nómina de los 962 afiliados a la logia P2. Procedencia:
gobierno italiano. Fecha: 20 de
mayo de 1981, hora: 23.00.
El comandante en
jefe de la NATO comenzó a interesarse. Muchos de aquellos nombres no le decían
nada. Pero, en la tercera página encontró la primera sorpresa: cuatro nombres
subrayados con rojo por un funcionario eficiente que quería llamar su atención.
Eran los de Giovanni Toffisi, carné N° 1825, fecha de inscripción 26 de enero
de 1978, jefe de estado mayor de la defensa; Walter Pelosi, expediente 754,
fecha 27 de marzo de 1979, prefecto, responsable del Cesis, órgano de
coordinación de los servicios secretos italianos, Giuseppe Santovito, carné N°
1630, fecha 1° de enero de 1977, general y jefe del Sismi, el contraespionaje
militar; Giulio Grassini, carné No 1620, fecha 1° de enero de 1977, grado
tercero. ("maestro"), general de los carabineros, director del Sisde,
el servicio de seguridad interno.
El general Rogers sospechó: ¿Era posible que la cúpula de las
fuerzas armadas y de los servicios secretos italianos estuviese toda asociada a
aquella logia un poco misteriosa? Pero, las sorpresas de aquella mañana aún no
había terminado. Adjunto al
expediente había un informe reservado. Rogers lo leyó de un tirón: el jefe
del departamento que coordina la actividad de seguridad de la NATO le señalaba
que en el puesto 211 de la lista de la P2 aparecía el nombre del teniente de
navío Bruno Di Fabio, carné N° 1768, fecha de inscripción 1° de enero de
1977, y una constancia de pago de una cuota de 80.000 liras, enviada por carta
certificada el 24 de octubre de 1977. El oficial de la marina italiana trabajaba
desde hacía un año en ese mismo comando de la NATO, en la oficina de
Informaciones, a la sazón, centro de recepción de informes de los servicios
secretos de los quince paises de la Alianza. Y Di Fabio no era el único
piduista que prestaba servicio en la NATO.
Estaba acompañado por Angelo Rega, expediente 73, código E.19.77,
dirigente del Ministerio de la Industria, desde años atrás destacado en la
Representación Italiana en el Consejo Atlántico.
Su cargo era de carácter técnico: cooperación en el sector de producción
de armas.
Eran noticias bombas. La P2 se había ramificado en el santuario
inviolable del SHAPE. El general Rogers decide que ha llegado el momento de
ponerse en claro y
convoca a una reunión de altísimo nivel. El tema: la NATO y la logia
de Licio Gelli.
El análisis del "caso Italia" fue despiadado. Algunos
oficiales del Departamento de Seguridad recordaron que desde unos tres años atrás
habían comenzado a sospechar que en Italia operaba una organización
encubierta, dirigida operativamente desde sectores militares, pero con fuertes
intereses de partidos y grupos económicos, la que practicaba una desprejuiciada
política de venta de armas, sobre todo en los enfrentamientos de los paises árabes.
Además de hacer este negocio, la organización ofrecía a los adquirentes
documentos top secret de la NATO. Por otra parte, un oficial americano reveló
que estas sospechas quedaron confirmadas recientemente. Precisamente porque
meses atrás habían sido transmitidos a la CIA por el Mossad israelí tres
documentos de notable importancia estratégico - militar, interceptados en un
par de paises árabes (uno era Irak), con los cuales Italia acababa de
establecer importantes acuerdos para el suministro de armas. En el sello de
entrada se leía claramente que los dossier habían pasado a través de oficinas
italianas consideradas como áreas restringidas. El primer informe era un estudio sobre los Depósitos estratégicos
de petróleo de los comandos de la NATO en Italia, con indicación de los
niveles de reserva y la hipótesis de agotamiento. El segundo se refería al
problema de los misiles Cruise por instalar en la península: las distintas
localidades puestas a consideración, las ventajas y desventajas de las diversas
zonas, también en relación con la reestructuración de la red ínterradar
emplazada en el Mediterráneo. El tercero, finalnente, se trataba de un proyecto
de posibles recorridos "standard" y de "emergencia" de los
aero - laboratórios Awacs en el centro y en el sur de Europa.
Ahora resurgia la necesidad de individualizar a toda costa a aquel
grupo que operaba en Roma. La investigación se había intensificado aunque con
escaso éxito. Sólo hoy, fue la
conclusión de aquella reunión cumbre, acaso la verdad esté cerca: con la nómina
de los altos oficiales afiliados; con la destacada corte de funcionarios y
dirigentes de la industria armamentista; con aquel Maestro Venerable,
desprejuiciado y cínico que se proclama anticomunista y luego hace negocios,
sobre todo con Rumania, la logia P2 tiene todas las características de aquella
lobby oculta que vende carros armados y corbetas regalando también secretos de
la NATO.
Para Rogers esta evaluación, aunque sin pruebas ciertas, fue más que
suficiente. Aquella misma tarde
interviene ante el Presidente del Consejo, Amaldo Forlani.
Los altos oficiales que figuraban en la lista, según el general
americano, tenían un solo deber: resignar sus cargos. Si no lo hiciesen
enseguida, haría suspender sus permisos de seguridad (Nos) que la NATO otorga
para acceder a los secretos y participar de las reuniones de la Alianza Atlántica.
Era un escándalo de proporciones gigantescas. Forlani obedeció: Torrisi,
Pelosi, Santovito y Grassini fueron separados de sus cargos. Por su parte, el
joven teniente Di Fabio, un oficial dinámico, ambicioso y con la posibilidad de
desarrollar una brillante carrera en los servicios secretos italianos, de
inmediato voló a Roma.
Si hubiese sido por Alexander Haig predecesor del general Rogers en el
comando de las fuerzas aliadas en Europa y desde enero de 1981 secretario de
Estado americano, a la logia de Licio Gelli se le hubiese prestado mayor atención.
"¿Qué me dice de Mr. Gelli, su compatriota?", preguntaba Haig cada
vez que en Bruselas encontraba a un diplomático italiano. A menudo las
respuestas eran desmayadas: no todos conocían al Maestro Venerable. Haig, en
cambio, demostraba saber muchas cosas de Gelli. Le habían hablado, sobre todo
en Estados Unidos, unos muy mal y otros muy bien.
Recordaba por ejemplo que la masonería americana lo había puesto en el
indice después de una investigación realizada en Italia por el vice Gran
Maestro de la Logia de Nueva York, el juez Charles Frossel. El fallo había
ratificado la excomunión del jefe masón en Estados Unidos.
"La
P2", había sostenido Frossel, "es una carnavalada útil sólo para
los intereses personales de Gelli y de sus acólitos. Exactamente lo contrario a
los ideales masónicos".
Mas Haig tenía en mente también la óptima referencia dada acerca de
Gelli en el aaño 1969, cuando trabajaba como segundo de Henry Kissinger en el
staff para la Seguridad Nacional del presidente Richard Nixon: "Licio Gelli
puede ser un peón para contrarrestar la influencia comunista en Italia”. Este
juicio le interesaba más a Haig que las controversias masónicas.
A los ojos de los gobernantes americanos, Gelli siempre ha hecho lo
posible para acreditar su imagen de paladin anticomunista. No conocía bién el
idioma inglés, pero a través de sus arrebatos contra el PCI y la izquierda en
general, los amigos de Michele Sindona rescataban aquella imagen. Uno en
particular, Philip Guarino, ex sacerdote, masón declarado, simpatizante de la
extrema derecha. Se encontraban en Nueva York, en el hotel Pierre, en el lujoso
departamento de Sindona y hablaban siempre de las mismas cosas cómo ayudar a
Michele y cómo defender a Italia de la amenaza de Moscú. Guarino era siempre
el más fiel intérprete de las sugerencias de Gelli. Fue uno de los primeros en
firmar la declaración jurada en favor del ex financiero siciliano para evitar
su extradición a Milán. Asimismo, tuvo a su cargo la organización, en vísperas
de la campaña política de 1976, del comité "Americans for Mediterranean
freedom" (americanos por la libertad del Mediterráneo), una entidad que se
proponía servir de dique a la avanzada comunista. Además invitó a tomar parte
en aquella a Walter Rostow, ex consejero del Departamento de Estado y de la Casa
Blanca, y a Claire Boothe Luce, ex embajadora de Estados Unidos en Roma,
distinguida por su posición reaccionaria. Confió la imagen pública a John
Connally, apodado Big John, riquísimo abogado tejano, que había sido ministro
del Tesoro de Estados Unidos durante el gobierno de Nixon y asistente de prensa
en la Casa Blanca.
Connally ya se había interesado en los acontecimientos italianos
durante los primeros meses de 1943, cuando había formado parte del grupo de
expertos que formuló los planes para la campaña de Italia. Un verdadero volcán
de iniciativas, como su amigó Gelli. Guarino envió tres veces, entre el '76 y
el '78, a Connally a Italia para estudiar la mejor manera de bloquear cualquier
acuerdo entre la DC (Democracia Cristiana) y el PCI. Entonces Connally encontró
a Giulio Andreotti, "un viejo amigo", decía "un hombre de Estado
digno de admiración". Entre una y otra visita el político americano logró
ocuparse también de negocios. Primero se puso a la cabeza de un grupo de
tejanos que querian comprar, en el otoño del '77, a la IRI la sociedad
Condotte, dirigida por Loris Corbi que, en aquel periodo, según las cartas de
Gelli, ya se había afiliado a la P2. Luego decidió salvar la Inmobiliaria, el
Grupo ya controlado por Michele Sindona. Finalmente trató con otro amigo de
Gelli, Francesco Cosentino, entonces presidente de la Ciga, la compra de las
propiedades que la sociedad tenía en Francia.
Siempre atento a no atarse más a un solo carro, el jefe de P2 en aquel
mismo periodo logró estrechar amistades en el Partido Demócrata, explotando
abusivamente, como han reconocido después los jefes de la logia americana, las
credenciales masónicas. Le fue fácil
así dar un golpe importante: en enero de 1977 se hizo invitar a titulo personal
a la ceremonia de toma de posesión del mando del nuevo presidente de Estados
Unidos, Jimmy Carter. Una invitación de la que por años ha alardeado por todas
partes y que le ha servido también en Italia para acrecentar la fama de hombre
poderoso que había llegado a la misma Casa Blanca.
No obstante el importante favor que le había hecho, aquel presidente
no le gustaba del todo a Gelli. Lo encontraba demasiado débil y dócil con la
Unión Soviética, en tanto intervenía duramente en los países sudamericanos
acusando a aquellos regímenes que no eran de su agrado de violar los derechos
humanos. Había llegado, y ésto le pareció el colmo a Gelli, a cortar la ayuda
económica a tales regímenes. Así, cuando surgió la candidatura de Ronald
Reagan en oposición a la de Carter para las elecciones presidenciales de 1980,
el Maestro Venerable le escribió a Guarino, por entonces uno de los miembros más
influyentes del Comité Nacional Republicano, poniéndose a su entera disposición.
"Si tú creyeras oportuno difundir en Italia alguna información favorable
a vuestro candidato a la presidencia, mándame el material y haré publicar en
cualquiera de nuestros diarios lo que envíes. Aquí se habla muy bien de
Reagan". Y veinte días después
de la victoria del ex actor de Hollywood, en el colmo de la alegría, también
por la designación del general Haig en la Secretaria de Estado, a quien
apreciaba muchísimo, mandó un regalo al nuevo presidente: una Biblia en latín
ilustrada por Salvador Dali, "que forma parte" escribió en la tarjeta
que la acompañaba, con algo de coquetería y bastante mal gusto, "de la
apreciadisima y única edición del año 1950 de sólo 950 ejemplares hoy
inhallables". Adjunta al
regalo una colección de articulos de diarios italianos sobre el nuevo
presidente. "En su mayor parte han sido realizados bajo mis
indicaciones", alardeó. Y también esta vez hizo lo imposible para hacerse
invitar a la ceremonia de asunción del flamante mandatario. El 6 de enero de
1981 estaba en la comida del presidente americano.
"¡Sugestiva esta fiesta!', dice feliz al fiel Guarino. "Con
Reagan los Estados Unidos volverán a ser una potencia". Gelli ocupa uno de
los mejores puestos, en la primera fila, junto a embajadores y altos
funcionarios americanos.
Siempre había tenido debilidad por ese tipo de ceremonias. Elegantísimo,
con smoking y moño mariposa, también el 13 de octubre de 1973, Gelli estaba
presente en la ceremonia de asunción de un nuevo jefe de Estado: aquélla en
honor del general Juan Domingo Perón, por tercera vez en el poder en la
Argentina, y de su mujer, María Estela Martínez, apodada Isabelita, nombrada
vicepresidente. Aquel día, en
verdad, se sentía él, más que la pareja, el festejado. Estaba firmemente
convencido de que si aquella fiesta se podía celebrar con tanto fasto, era por
la presencia de autoridades de todos los paises, como Giulio Andreotti, llegado
expresamente de Italia, y el mérito era todo suyo. ¿Quién si no él había
sido el artífice del retorno de Perón al poder?
También el dictador lo había reconocido y, para recompensarlo, ocho días
después, una vez terminados los festejos, lo invitó a la Casa Rosada, y le
puso sobre el pecho la "Gran Cruz de la Orden del Libertador San Martín",
la máxima condecoración argentina. También le había hecho saber, lo que
incrementó su orgullo, que José de San Martín, héroe de la Independencia,
era masón.
Gelli había conocido a Perón a comienzos de 1971. Se lo había
presentado en la villa " 17 de Octubre", de Puerta de Hierro, en
Madrid, donde el general vivía en el exilio después del golpe de Estado de
Eduardo Lonardi, uno de los "hermanos" de la P2, Giancarlo Elía
Valori. "Si Perón accede de nuevo al poder" -había dicho excitadísimo
Valori a Gelli antes de partir de Roma a Madrid - "las industrias
italianas, más bien, ¿qué digo?, las industrias de la Comunidad Europea se
beneficiarán". Y el jefe de la P2 lo había seguido porque sabia que
Valori, a pesar de su trabajo aparentemente insignificante (era funcionario de
la RAI), desarrollaba una serie de actividades encubiertas de gran importancia.
Valori era un poco como él. En efecto, hacía de maestro de ceremonias a
Amintore Fanfani, el brasseur d'affaires de la Fiat, la eminencia gris para un
par de cardenales de la curia romana. Pero, particularmente desde unos años atrás,
era el embajador personal del dictador argentino con la misión de organizar su
retorno a la patria. Y Gelli estaba
ansioso por conocer a aquel general coetáneo de Hitler y de Mussolini,
anticomunista apasionado, pero también astuto para comprender que con los países
marxistas se deben hacer negocios porque rinden, fundador del movimiento
"justicialista", que retomaba viejos principios de la República
Socialista: populismo, demagogia y nacionalismo. En efecto, el Maestro de la.P2,
de pronto se da cuenta de que no se había equivocado al seguir al fiel Valori,
tanto más por cuanto el viejo dictador le había presentado a su secretario
privado, con el cual se entendió a la perfección, lo que le permitiría ganar
terreno. Era José López Rega, ex
cabo de la policía, gorila y mayordomo del general, gestor del encuentro de Perón
con Isabelita, una ex bailarina de los night de Panamá, pero ante todo, masón
puro, cultor de ritos esotéricos, de la magia y de la astrología.
Aquel día Gelli prometió a Perón que lo ayudaría, también porque
en su corazón pensaba que una vez vuelto al poder aquel dictador, se abrirían
para él las puertas de un nuevo mundo y sus tentáculos se prolongarían hasta
Sudamérica.
El jefe de la P2 comenzó a ocuparse personalmente como lo han revelado
altos signatarios del Palacio Giustiniani, de la venta de todo el oro que Perón
se había llevado con él en el momento de la fuga y que debía por fuerza ser
transformado en dinero para financiar el regreso a Buenos Aires.
Y ahora, en pareja con Valori, movió a sus amigos en el Vaticano para
hacer levantar la excomunión que había sido dictada contra Perón poco después
de la caída, en 1955, por el Papa Pío XII, por haber expulsado a dos obispos
de la Argentina. Quedaba un último obstáculo: convencer al más obstinado
enemigo de Perón, el ex presidente Arturo Frondizi, para que fuera a pactar con
él. La misión le fue confiada a
Valori, quien voló a la Argentina el 12 de marzo de 1972 y logró llevar a
Frondizi a la villa madrileña del General. Para el regreso sólo faltaba tomar
el avión. Como de costumbre, Gelli y Valori hicieron las cosas a lo grande:
fletaron sin más rodeos un DC8 de Alitalia.
Perón partió de Roma y el 17 de noviembre de 1972, después de 17 años
de exilio, regresó a Buenos Aires. En el aeropuerto de Ezeiza llovía.
Valori fue el primero en bajar del avión; se hizo dar un paraguas y
esperó paciente al pie de la escalera. Luego
tomó el brazo de Perón ubicándose a su izquierda, en tanto Isabel hacia lo
propio por la derecha y se dirigieron a la sala VIP. Era el triunfo de la P2 en
la Argentina.
Gelli esparció
por Roma la versión de que Perón era un queridísimo amigo, casi una criatura
suya. Y a los más escépticos ("es el acostumbrado fanfarrón") dio
una demostración cuando en febrero de 1973, el dictador, su mujer Isabelita y López
Rega volvieron a Europa por algunas semanas. Los hospedó en la villa recién
adquirida en Lebole, sobre la colina de Santa María de las Gracias, en Arezzo.
Los llevó de paseo y, para hacer ver que también tenía amigos de sangre azul,
los condujo a la finca del duque Amedeo d'Aosta, en San Giustino Valdarno, a
pocos kilómetros de Arezzo.
Todo estaba
pronto para el gran salto más allá del océano. No era la primera vez que
Gelli viajaba a Sudamérica. Según un informe del Departamento de Informaciones
del Frente Amplio, la organización uruguaya de resistencia a la dictadura
militar, inmediatamente después de la guerra había llegado a Sudamérica para
reencontrarse con algunos camaradas allí refugiados, pero esta vez quería
volver con todas las credenciales en regla. También aquellas masónicas.
Fue a lo del Gran Maestro Salvini y le pidió que le preparara una carta
de presentación oficial: "Licio Gelli representa al Gran Oriente de Italia
ante la Gran Logia de la Argentina". Con esta presentación, en setiembre
de 1973, golpeó a la puerta de Alcibíades Lappas, uno de los mayores
productores de piezas de plata, secretario de la masonería argentina. Le habló
de su logia, "la más importante de Italia", se vanaglorió "la
flor a los ojos del Gran Oriente con tantos diputados, ministros, generales y
empresarios". Le dice que quería conocer también en Buenos Aires a la
gente importante. Y Lappas, un poco impresionado por tanta intromisión, le
contestó presentándole a los "hermanos sudamericanos". A los más
famosos, naturalmente.
Igualmente, Gelli tenía un proyecto para la Argentina: organizar una
logia encubierta con la participación de los jefes de las Fuerzas Armadas, de
los principales industriales y de los políticos más destacados, un modo de
tener siempre el control político del país. A la logia le dio un nombre: Pro-Patria, esto es, como explicó, propaganda patriótica, una sigla que le recordaba un poco la suya, P2, y un poco sus
principios nacionalistas. El primero en seguirlo fue, naturalmente, López Rega,
que, a la sombra de Perón se volvía cada vez más importante, ya sea como
consejero político o como ministro de Bienestar Social, una cartera clave del
gobierno argentino. Alistó luego a Alberto Vignes, alto dignatario de la
masonería argentina y ministro de Relaciones Exteriores; a César de la Vega,
Gran Maestro de la logia de Buenos Aires de 1972 a 1975 y embajador primero en
Dinamarca y luego ante la UNESCO; a Guillermo de la Plaza, embajador en el
Uruguay; a Raúl Alberto Lastiri, presidente del Senado y yerno de López Rega;
a Federico Barttfeld, un ambicioso diplomático, agregado comercial a la
embajada argentina en Roma.
Y todos fueron afiliados de oficio también a la P2. Para hacer nuevas
amistades comenzó a frecuentar los congresos masónicos que se realizaban en
Sudamérica. A fines de octubre de
1973 participó, junto a López Rega y a Bindo Corradi, que representaba al
Uruguay, en una importante reunión panamericana que tuvo lugar en Buenos Aires.
A medida que crecia su influencia en la Casa Rosada y en los ministerios, Gelli
entró en conflicto con Valori, quien trataba de mantener a toda costa aquel
papel de interlocutor privilegiado del poder político y económico argentino
que había tenido hasta la llegada del jefe de la P2. "Yo he estado para
allanarte el camino y ahora no acepto pasar a un segundo término", le gritó
Valori un día. Y Gelli, habituado a no compartir nada con nadie, lo expulsó de
la logia. Posteriormente le aplicó
un castigo; tras haberse enterado por López Rega de que Valori andaba hablando
de él con Perón, le hizo advertir por el jefe de la policía que no deberia
poner más los pies en la Argentina. "Mario, si alguno busca a Valori mandámelo
a mí. He tomado su puesto", ordenó en abril de 1974 al portero del hotel
Claridge, donde había fijado su cuartel general en Buenos Aires.
Tras librarse de un peligroso competidor, Gelli vivió sus días de
gloria a la muerte del viejo Perón, el 1° de julio de 1974. Formalmente asumió
el poder Isabelita. En realidad, al mando estaba López Rega, que desde aquel día
no fue tan sólo "el brujo" sino también el "Rasputin de la
pampa", porque como el lúgubre monje ruso que había plagiado a la zarina
Alejandra, había sometido completamente a la descolorida Isabelita.
En aquel clima de violencia que los escuadrones de la muerte de la
Triple A, organizada por López Rega, volvían cada día más candente (los
muertos hasta el golpe de estado de 1976 que depuso a Isabelita fueron más de
2.000), con una crisis económica agudísima (la tasa de inflación era superior
al 600 por ciento), el jefe de la P2, en compañía de los "hermanos"
de la Pro-Patria, se encontró a sus anchas e hizo los mejores negocios.
El 13 de setiembre de 1974, después de adoptar la ciudadanía
argentina (se lo permitía la Ley 282, en virtud de la cual todo ciudadano
italiano puede nacionalizarse argentino y viceversa), fue acreditado como
consejero económico de la embajada argentina en Roma. Un procedimiento ordenado
personalmente por López Rega y avalado por otro masón, el ministro de
Relaciones Exteriores Vignes, que de hecho otorgaba a Gelli de ahí en más un
poder excepcional: el de tramitar todos los negocios entre Italia y la
Argentina.
Tres meses más tarde, a mediados de diciembre de 1974, en un DC 8
especial el jefe de la P2 voló a Libia en compañia de López Rega y otros cien
funcionarios argentinos. Con el coronel Muammar Kaddahafi trató durante más de
un mes la compra de petróleo para la Argentina, pero a un precio notablemente
superior al fijado en aquel momento en el mercado libre de Rotterdam. Esto se
descubrió meses después, cuando el negociado fue denunciado por el diario de
la vieja burguesía "La Prensa". López Rega fue explícitamente
acusado de haber fijado el precio en aquel contrato y de abrir una serie de
cuentas numeradas en Suiza. Y Gelli, desde aquel día, según un informe de los
servicios secretos argentinos, preparado después del estallido del escándalo
de la P2, aumentó notablemente su influencia en la banca sudamericana.
Por último, en la primavera de 1975, a instancias de López Rega, que
había soñado siempre con la idea de una masonería "sinárquica"
(una tercera potencia mundial capaz de equilibrar los bloques opuestos del
imperialismo americano y soviético), fundó la OMPAM, organización mundial del
pensamiento y de la asistencia masónica, a la que deberían adherir sobre todo
los paises del tercer mundo. Con su acostumbrada modestia se autoproclamó
secretario de la organización. La finalidad, como se desprende del artículo 41
de la Constitución de la OMPAM, era desatinada: "Ofrecer asistencia para
la solución de problemas internacionales mediante la coordinación de todas las
fuerzas masónicas de los paises interesados de manera de favorecer y
posiblemente alcanzar una equitativa composición de reivindicaciones,
divergencias, enfrentamientos suscitados por causas de naturaleza religiosa,
social, económica y política". Y entonces: la OMPAM deberia "proveer
acciones intermediarias, a pedido de los Estados y de los organismos en pleito,
valiéndose de las instituciones masónicas de las naciones interesadas, cuyo
espíritu de universalidad está por sobre toda ideología política y confesión
religiosa, para contribuir a reforzar iniciativas tendientes a resolver pacíficamente
las controversias". Para un
proyecto tan grandioso Gelli encontró también la sede apropiada: un palacete
de tres plantas, con una treintena de habitaciones, salones y jardín en pleno
centro de Roma, a pocos pasos de la vía Veneto. Los fondos los recolectó en
Brasil al convencer a la Gran Logia Masónica de Guanabara (Río de Janeiro)
para que le concediera 8 millones de dólares "la fuerza del amor necesita
sustituir el equilibrio del terror", andaba repitiendo para ahuyentar las
dudas de los más reacios. Sin embargo aquel proyecto no caminó: ni el duque de
Kent, Gran maestro de la Gran Logia Unida de Inglaterra, máxima autoridad masónica
mundial, ni la poderosísima Gran Logia de Nueva York quisieron conceder su
reconocimiento a la OMPAM, desconfiando totalmente de los buenos propósitos de
Gelli. Y si lo hubieran hecho, también los "hermanos" de la Logia de
Guanabara hoy no habrían sido expulsados de la masonería brasileña. Y tampoco
habrían terminado bajo investigación con la acusación de "haber enviado
ilegalmente capitales a Italia para inversiones inmobiliarias y para la compra
de empresas estatales y “paraestatales italianas".
Y llegó también
el mal dia de la expulsión de López Rega, condenado a muerte por los
Montoneros, odiado por la izquierda peronista, despreciado por los lideres políticos
que, sin embargo, habían dado su apoyo político a Isabelita, odiado además
por el Ejército. El pretexto fue una huelga general en Buenos Aires, en julio
de 1975: "Ladrón, asesino, torturador" gritó la muchedumbre delante
del Ministerio de Bienestar Social, a dos pasos de la Presidencia. Isabelita
aquella vez no pudo defender a su consejero amante y lo hizo escapar. Gelli,
naturalmente, le cuidó los flancos. Primero le dio un refugio en Italia, luego
lo mandó a España, seguidamente lo hizo someterse a una intervención quirúrgica
para cambiar el rostro, finalmente le consiguió sede fija en Suiza. El ingente
patrimonio de López Rega ya estaba seguro en las cajas de Zurich y no le habría
sido difícil vivir en paz y en lujo. "Vendré
a encontrarte seguido", le prometió, y, en los años siguientes, mantuvo
la palabra: por lo menos cada dos meses invitaba a los "hermanos" más
íntimos: "Voy a Suiza, a casa de José".
Gelli se dio cuenta de que sin LR la presidencia de Isabelita tendría
los días contados. También él juzgaba a la viuda de Perón con desprecio y se
había habituado a llamarla, como casi todos los argentinos, la
"copera", aquella que hace beber las copas de champaña en los nights;
I'entraineuse, en suma. Sé buscó nuevos aliados y también esta vez sacó
provecho del vínculo masónico. Visitando las logias argentinas y participando
de los congresos masónicos en Sudamérica, se había acordado que el cuerpo
militar más representado entre los "libres albañiles" de la pampa
era el de la Marina, también por una vieja tradición: muchos oficiales
argentinos habían pasado por la escuela
de la Royal Navy inglesa, desde siempre fragua de masones. Gelli puso los
ojos precisamente en el jefe de la Marina. Le conocía virtudes y defectos que sólo
él habría podido cultivar y explotar: el fanatismo; la admiración ciega por
el dictador chileno, el masón Augusto Pinochet; la ambición desenfrenada por
el liderazgo político; la pasión por las mujeres bellas; el juego y el lujo,
tanto que en Buenos Aires lo habían apodado "el almirante en blue
jeans". Se lo presentó el capitán Carlos Alberto Corti, eminencia gris
del comandante de la Marina, ya afiliado a la Pro-Patria. Y también esta vez
Gelli demostró haber escogido el caballo apropiado: el 24 de marzo de 1976,
precisamente Massera, junto al jefe del Ejército, Jorge Videla, y al comandante
de la Fuerza Aérea, Ramón Agosti, depuso a Isabelita.
Se iniciaba el período más negro de la reciente historia argentina:
20.000 desaparecidos, millares de presos politicos torturados, otros dos
millones de personas obligadas al exilio. El mismo Massera se distingue por la
ferocidad represiva: bajo sus órdenes operaban los despiadados torturadores de
la Escuela de Mecánica de la Armada. "La acción que desarrollamos es más
dura que la de cualquier guerra conocida, porque ésta es la lucha del bien
contra el mal", dijo en una oportunidad procurando encontrar al menos un
apoyo moral para aquellas masacres.
Pero estas cosas a Gelli no le interesaban mucho. Lo importante para él
era quedar a flote con los nuevos patrones de uniforme y no interrumpir los
negocios de primera. Mejorarlos, si
era posible. Y así lo hizo. Ante todo fue confirmado en el cargo en Roma. En
esta oportunidad, quien firmó la medida fue Walter Aliara, subsecretario de
Relaciones Exteriores, fidelisimo a Massera. Casi todas las relaciones económicas
ítalo-argentinas debían pasar ahora a través de ti. Dio también mucho
trabajo: en 1977 Italia estaba en primer lugar entre los países que habían
invertido capitales en la Argentina y en segundo en el intercambio comercial. A
Gelli se dirigió también Lucien Sicouri, presidente de la Italimpianti de Génova.
Junto con un grupo canadiense Sicouri había ganado la licitación del contrato
para la realización de la central nuclear de Córdoba, uno de los más
importantes centros de la Argentina. El contrato se había firmado cuando aún
estaba en el poder Isabelita. ¿Qué podría suceder con el nuevo régimen?
"Ningún problema", le aseguró Gelli. Y lo afilió también a
la P2, "Así será más seguro". Lo mismo hizo con Loris Corbi,
presidente de la Condotte, en carrera por un importante contrato ferroviario.
Se ocupó luego del ingreso de la Rizzoli en la Argentina. La editorial
italiana compró en 1977 el 50 por ciento de las acciones de la "Editorial
Abril" (la otra parte fue adquirida por la empresa ítalo-argentina
"Celulosa"). A cambio del
aval de la junta militar para concluir las operaciones, Gelli hizo aceptar a la
Rizzoli una serie de pesadas condiciones: el control de la línea política de
las publicaciones, la posibilidad de vetar a sus directores y, finalmente, el
retiro del corresponsal del "Corriere della Sera" en la Argentina,
Gian Giacomo Foa, malvisto por los militares por los artículos que denunciaban
la sanguinaria represión en acción en el país.
Pero el más grande negocio Gelli lo vislumbra en la compra de armas..
Los triunviros Videla, Massera y Agosti habían asignado una cifra monstruosa
para el equipamiento del Ejército, de la Marina y de la Fuerza Aérea: 6.000
millones de dólares, para gastar dentro de 1980 a toda costa. El jefe de la P2
no deja escapar la muy apetitosa ocasión. Hace invitar a Italia a Massera para
concluir acuerdos para la provisión de fragatas Lupo, sistemas misilísticos y
preparación electrónica naval. No obstante una fuerte oposición
parlamentaria, el 24 de octubre de 1977 Massera estaba en Roma, naturalmente en
el hotel Excelsior. Gelli logró también hacerlo recibir por Giulio Andreotti,
presidente del Consejo en esa época, que se apresuró a explicar inmediatamente
después de aquel encuentro: "He recibido a Massera en forma privada".
Asimismo lo llevó de visita a los astilleros de la Oto Melara de La Spezia. Mas
tuvo una sorpresa brutal: los sindicalistas habían declarado una huelga general
en señal de protesta por la llegada de "uno de los miembros de la
tristemente famosa junta militar argentina". El almirante anduvo enfadado y
partió inmediatamente hacia Alemania, abandonando en Roma, en la suite del
Excelsior, los preciosísimos libros de arte que la Rizzoli le había regalado.
De las fragatas Lupo no se quiere saber más y para nada sirve el viaje a
Buenos Aires, del 25 al 28 de agosto de 1978, del almirante Giovanni Torrisi,
jefe de estado mayor de la Marina, al cual Gelli hizo de anfitrión. Más
afortunado fue el jefe de la P2 con el radar y los misiles de la Selenia. El
contrato anduvo bien y, a cambio, el presidente de la sociedad, Michele Príncipe,
se afilió a la P2.
A medida que los golpes salían bien, Gelli acrecentaba su fama, poder
y riqueza. Se vinculó además a
otro importante militar, el general Carlos Suárez Mason, uno de los exponentes
más reaccionarios, comandante del primer cuerpo de ejército, con sede en
Buenos Aires. Lo había enrolado en la Pro-Patria y, de oficio, en la P2.
Podía ser él, de un momento a otro, el nuevo "caudillo" en
condiciones de tomar las riendas de un país que estaba cada día más
destrozado (inflación del 140 por ciento, los precios de los servicios
aumentados en un 50 por ciento, los de los hidrocarburos en un 69 por ciento,
los transportes subterráneos en el 50 por ciento, los ferroviarios en un 70 por
ciento y los salarios bloqueados en los niveles de 1975). No se dio, pero Gelli
anduvo bien igual porque Mason llegó a la presidencia de YPF. el ente petrolífero
del Estado, un sector que apreciaba muchísimo.
Pensó también que había llegado el momento de invertir las enormes
ganancias. Compró departamentos en
Buenos Aires y haciendas en el interior del país; entró como socio en la
empresa de búsqueda petrolífera submarina; compró acciones de la sociedad de
exportación de carne. El creía verdaderamente en el futuro de los bistés de
la pampa. Con cerca de 35 millones de cabezas bovinas para 25 millones de
habitantes, con una hectárea de tierra por cada novillo; estaba convencido de
que la carne en la Argentina era lo que el petróleo en Arabia Saudita. Costaba
poco y era buenísima. En Italia se hace promotor de una campaña para hacer
abolir el límite fijado por la Comunidad Europea para la importación de carne
de los paises sudamericanos (no más de 10.000 toneladas al año). Lo iba
diciendo frecuentemente a sus "hermanos" del Parlamento. Lo repitió
también, con no poca ironía, al periodista Maurizio Costanzo en su entrevista
proclama de octubre de 1980: "En Italia la carne tiene un precio promedio
de 13 dólares por kilo, incluidos los estrógenos. Si en cambio fuese
consentido por los países de la Comunidad el aprovisionarse en los países de
América centromeridional, tendríamos la carne libre de estrógenos y a un
precio cercano a los 5 dólares el kilo". Mas no lo decía ciertamente sólo
por hacer el gusto a los administradores italianos.
La orquesta alternaba apasionados tangos argentinos y viejas melodías
napolitanas. Algunas parejas bailaban exhibiéndose en pasos falsos y cambiados.
Los ventiladores a paletas atenuarían a medias el calor de aquella húmeda
noche de pleno verano.
El salón de fiesta estaba colmado; había cerca de doscientas
personas. Estaban allí el Gotha
militar del Uruguay, algunos diplomáticos acreditados en Montevideo, una decena
de riquísimos terratenientes llegados del Paraguay y distintos políticos
argentinos. Umberto Ortolani, con saco negro y pantalón blanco, hacía los
honores de dueño de casa junto a su mujer Marcella, que había deslumbrado a
todas las señoras con aquellos siete hilos de perlas al cuello. No obstante el
aspecto viejo y decadente, el hotel Casino Carrasco conservaba aún intacto su
encanto. También el chef estaba a la altura de aquella noche. Era óptimo el
potaje hispanogermano, con trocitos de ananá fresco. Excelente, naturalmente,
el mixto de carne a la parrilla. Faltaba sólo el agasajado, Licio Gelli.
Aquella gran cena de primero de año de 1978 era en su honor: su presentación
oficial a la sociedad uruguaya. De improvisto, cerca de las 23, la orquesta dejo
de sonar. En el fondo del salón apareció Gelli, con traje color crema,
sombrero panamá en la cabeza, anteojos con armazón de oro y bastón con pomo
de oro centelleante. Caminaba lentamente dando el brazo a su mujer Wanda,
enjoyadisima para la ocasión. Ortolani
corríó a recibirlo. El le hizo
una seña con la cabeza y comenzó a pasar revista a las mesas para las
presentaciones. Hablaba con voz débil y pronunciaba alguna palabra de
circunstancia; a todos les deseaba "feliz año". Se aproximó a un
diplomático italiano: "¿Cómo están las cosas en Roma?", le preguntó.
"No es un buen momento, comendador", respondió el diplomático.
"Lo sé, lo sé", dijo Gelli. "Veremos
qué se puede hacer para mejorar la situación. Entre tanto ¡diviértase! "A medianoche en punto brindaron con Moët & Chandon
producido en la Argentina. Un general uruguayo vestido con ropas civiles se puso
de pie y dio solemnemente la bienvenida al "nuevo amigo italiano" y le
auguró "grandes éxitos".
A 25 minutos de vuelo de Buenos Aires, después de haber atravesado el
estuario del Río de la Plata, el jefe de la P2 habla descubierto en el Uruguay
un nuevo paraíso para multiplicar sus negocios. Un país que era al mismo
tiempo una inmensa caja fuerte para capitales libres de impuestos y de control y
una gran hacienda con vista sobre el Atlántico, con las vacas en el pastizal
abundante de los gigantescos latifundios y, los turistas cada vez más numerosos
sobre las playas de Punta del Este, una localidad balnearia de moda, conocida
también como la "Acapulco del Cono Sur". En Montevideo había
encontrado a su brazo derecho, Umberto Ortolani, una verdadera potencia
financiera, con el acreditadisimo y muy dinámico Banco Financiero Sudamericano
(BAFISUD): cinco agencias en la capital y cinco sucursales en el interior del país,
una filial sobre la avenida Paulista, en San Pablo, Brasil, y dos oficinas de
representación, una en Roma y otra en Ginebra. Desde que lo había comprado, a
comienzos de 1970, el BAFISUD no había hecho otra cosa que aumentar su
movimiento de dinero hasta alcanzar la cifra récord de 1.50 millones de dólares,
con capitales especulativos provenientes sobre todo de Italia, como había
admitido el mismo Ortolani ante una comisión del gobierno uruguayo. También
los partner del Banco eran importantes: Lavorobank,
una financiera luxemburguesa controlada directamente por la Banca Nazionale del
Lavoro el Banco de Sicilia; la Cisalpine Overseas Bank de Nassau, de Bahamas,
propiedad del Banco Ambrosiano de Roberto Calvi y el Banco Occidental de Madrid,
dependiente del Banco Ambrosiano.
El régimen político del Uruguay era sin duda lo mejor que Gelli podía
desear. En el poder, después del golpe de Estado del 27 de junio de 1973,
estaban los militares, quienes habían transformado en una dictadura durisima
aquella que había sido hasta entonces una isla de civilidad. En el Uruguay, la
famosa Suiza de América latina, la mujer había alcanzado la paridad de
derechos ya en 1910; el analfabetismo había sido erradicado a fines de 1920 y
las instituciones eran un modelo de eficiencia y seriedad. Con los generales, en
cambio, habían llegado los escándalos, la corrupción y el peculado. La
represión era feroz: cerca de 80.000 personas encarceladas; 60.000 torturadas,
200 muertas bajo tortura; 110 prisioneros oficialmente
"desaparecidos"; 15.000 dirigentes políticos proscriptos; 107
decretos de clausura de diarios y revistas. También las condiciones de vida habían
empeorado: los salarios habían perdido más del 40 por ciento del poder
adquisitivo; 500.000 personas habían sido obligadas a emigrar, los desocupados,
sobre un total de 2.800.000 habitantes eran 300.000.
Los únicos sectores que habían recibido ventajas eran el gran capital
bancario ligado a la especulación financiera y la industria de la conservación
de la carne. En total no más de 150 familias. Vivían todas en el residencia de
Carrasco, a 10 kilómetros del centro de Montevideo, en el "barrio de los
elefantes", definido así porque allí habitan los "elefantes",
los poderosos del país.
También Gelli, que "elefante" se ha sentido siempre, fue a
comprar una villa en 1978 entre los pinos y eucaliptos de Carrasco. Quizás era
menos bella que la de Arezzo, pero también esta tenía de todo: un panrque
grandisimo que ocupaba toda una manzana, la piscina una veintena de habitaciones
y por último un pequeño zoo. La pagó 600.000 dólares. Para reestructurarla y
arreglarla empleó más de un
año: hizo traer
directamente de Italia los preciados mármoles de Carrara, los muebles
seleccionados por anticuarios, los cuadros de autores famosos. Para
transportarlos usufructuó de las franquicias de los diplomáticos. Amigos en el
ambiente no le faltaban, comenzando por el embajador Emiliano Guidotti, toscano
como él, siempre a su disposidón. Logró también hacerse instalar un teléfono
conectado al servicio de telediscado internacional. Otro símbolo de poder-. en
el Uruguay no lo tienen más de 80 familias. Y de Estados Unidos se hizo mandar
una potentísima radio transmisora.
Aquella villa, transformada en fortaleza, a sólo 300 metros del
palacete estilo morisco de Ortolani, se convirtió en el cuartel general de sus
negocios en América latina. Organizó diversas recepciones y huésped fijo era
el embajador argentino en Montevideo, Guillermo de la Plaza, ya afiliado a la
logia secreta, un personaje clave para entrar en contacto con los generales y
ministros más influyentes. También
se ligó a los halcones de la dictadura: el ministro del Interior, Manuel Núñez;
el director de la Escuela Militar, Alberto Ballestrino; el jefe de la policía
de Montevideo, Hugo Arregui, que dimitieron tres meses después, a fines de mayo
de 1981, porque estaban comprometidos en un grueso escándalo financiero. Logró
además acercarse al generál Luis Queirolo, jefe de estado mayor del Ejército,
el hombre fuerte del régimen. Para
congraciarse con él, el 28 de diciembre de 1979 lo hizo condecorar con la.
"Gran Croce al merito con Spade" por el fiel Ortolani, designado el 19
de julio de 1979 embajador de la Soberana Orden Militar de Malta, quitándole a
último momento el puesto a un secretario de la embajada de España, el abogado
Medina. Asimismo, estrecha amistad con Pablo Pardo Santallanna, al propietario
del Banco Comercial la principal entidad bancaria privada del Uruguay, y editor
de dos diarios de Montevideo, "Mañana" y El Diario”.
Construida así la red de enlace con las cumbres del país, Gelli creó
un imperio de inmuebles y latifundios. "Tierras y departamentos",
repetía frecuentemente, "son las inversiones más seguras". En pareja
con Ortolani fundó 280 sociedades anónimas, con sede en el edificio Artigas,
en el centro de Montevideo. Entre las propiedades más importantes está la
Cachorro, y se incluyen además de su villa otra treintena de casas en Carrasco,
muchas de las cuales fueron compradas a precios irrisorios a los diplomáticos
acreditados en el Uruguay. Compró también departamentos y chalés en Punta del
Este y haciendas en el interior del país, sobre todo en el Departamento de
Soriano. Igualmente adquirió terrenos para hacer importantes especulaciones,
como los 1850 lotes ( por un valor aproximado a los 80 millones de dólares )
del conocido Club del Lago. Confió la administración de todos estos bienes a
un comerciante de Montevideo, Luis Fugasot, a quien, naturalmente, lo inscribió
en su logia.
P-2 EL INFORME
PARLAMENTARIO ITALIANO
La
Cámara de Diputados y la Cámara de Senadores de Italia, ante la magnitud del
escándalo protagonizado por Licio Gelli, designaron una comisión bicameral
presidida por Tina Anselmi, que trabajó durante dos años, con la ayuda de
cuarenta, “comisarios" especializados, para desenredar los hilos del
affaire.
El
20 de mayo de 1984 se publicó el texto del informe de la Comisión Anselmi en
la revista "L'Espresso". Es la síntesis de unas 500.000 páginas de
documentos, testimonios y declaraciones acumuladas por los investigadores, que
ocupan un salón entero del Parlamento italiano y es custodiado día y noche por
guardias armados. El Informe Anselmi revela" entre otras cosas, las
conexiones civiles y militares de la Logia P-2 en el Estado italiano y el grado
de peligrosidad que alcanzó la organización dirigida por Gelli en sus intentos
de desestabilizar las instituciones republicanas ("Operación Rosa de los
Vientos").
Las
vinculaciones de la logia se extendían al mundo financiero, a los servicios
secretos, a la magistratura judicial, al periodismo, etc. En cuanto a las
conexiones de la P-2 con nuestro país, el Informe Anselmi señala la notoriedad
de las relaciones de Gelli con el general Perón y el almirante Massera, así
como las distinciones de que fue objeto por el gobierno argentino en 1973.
Referencia
Revista
Todo es Historia - Numero 214 - Febrero 1985

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